Historias de sexo: una noche loca en Madrid
El vino tinto cayó sobre el vestido blanco de Lucía como una mancha de guerra, y el culpable, un desconocido de ojos verdes con una copa temblorosa en la mano, se quedó mirándola con la boca abierta. Así empiezan las mejores historias de sexo: con un desastre, un viernes por la noche, en un bar abarrotado de Malasaña.
Lucía tenía veintinueve años, trabajaba en marketing y llevaba tres meses sin que nadie la tocara de verdad. Esa noche había salido con Marta y Javi para olvidar a un ex que ni siquiera merecía el olvido. Llevaba un vestido blanco corto que se había comprado para sentirse guapa, y ahora un desconocido alto, con barba de dos días y camisa azul, acababa de arruinarlo con un Rioja.
"¡Joder! ¡Perdona! ¡Perdona, de verdad!" El desconocido dejó su copa en la barra y agarró una servilleta. Se arrodilló delante de ella sin pensarlo y empezó a secar la mancha, con las manos demasiado cerca de sus muslos. Lucía notó el calor de sus dedos a través de la tela. "¿Me dejas invitarte a otra copa? Es lo mínimo", dijo él, y sonrió con una sonrisa torcida que le desarmó por completo.
"Me llamo Diego", añadió. "Soy arquitecto. Estoy en Madrid por un proyecto, solo por el fin de semana." Lucía lo miró de arriba abajo. Treinta y un años, quizás. Hombros anchos, manos grandes, acento de Barcelona. "Lucía", dijo ella. "Y este vestido me costó una fortuna." "Entonces te debo al menos tres copas", respondió él, y pidió dos gintonics.
Marta le guiñó un ojo desde la mesa y articuló en silencio: "quédate con él". Javi levantó su cerveza en señal de aprobación. Lucía se quedó en la barra con Diego, y la conversación fluyó como si se conocieran de años. Hablaron de trabajo, de viajes, de la manía de Diego por los edificios antiguos. Cada vez que él reía, se inclinaba un poco más hacia ella. Cada vez que ella hablaba, él la miraba a los labios.
A la una de la madrugada el DJ subió el volumen y la pista se llenó. Diego le tendió la mano. "¿Bailamos?" Lucía dudó un segundo. Luego dejó su copa y lo siguió. Bailaron pegados, entre la multitud, con el bajo retumbando en el pecho. Las manos de Diego bajaron hasta su cintura. Después un poco más abajo. Ella no lo detuvo. Al contrario: se giró, le puso los brazos alrededor del cuello y pegó su cuerpo al suyo.
Podía sentirlo. Duro, contra su vientre, a través de los pantalones. Diego la miró con los ojos oscurecidos y le susurró al oído: "Si sigues así, no respondo." Lucía sonrió y le mordió el lóbulo de la oreja. "¿Quién te ha pedido que respondas?" Fue suficiente. Diego la agarró por la nuca y la besó.
Fue un beso de esos que borran el ruido. La lengua de Diego entró en su boca con hambre, y Lucía respondió con la misma hambre. Sus manos se perdieron en su pelo. La gente bailaba alrededor, pero ellos estaban en otro planeta. Cuando se separaron, los dos respiraban agitados.
"Mi hotel está a cinco minutos", dijo Diego, con la voz ronca. "¿Vienes?" Lucía pensó en Marta, en Javi, en el vestido manchado, en los tres meses de sequía. "Voy a por mi bolso", dijo. En la mesa, Marta le metió un preservativo en la mano con disimulo. "Sé buena", susurró. "Lo intentaré", respondió Lucía, "pero no prometo nada."
El taxi olía a ambientador de pino. Diego no perdió el tiempo: en cuanto el coche arrancó, la atrajo hacia sí y volvió a besarla. Su mano subió por su muslo, apartó el borde del vestido y encontró sus bragas. Lucía abrió las piernas sin vergüenza. Los dedos de Diego rozaron la tela húmeda y ella gimió contra su boca. El taxista subió la radio y miró al frente, profesional.
Llegaron al hotel, un edificio elegante cerca de Gran Vía. Diego pagó, la agarró de la mano y cruzaron el vestíbulo como dos fugitivos. En el ascensor, a solas por fin, Lucía lo empujó contra el espejo y le desabrochó dos botones de la camisa. "Impaciente", murmuró él. "Tres meses", respondió ella. No hizo falta más.
La habitación estaba en la octava planta, con una cama enorme y una ventana que daba a los tejados de Madrid. Diego cerró la puerta de una patada y la abrazó por la cintura. La besó en el cuello, despacio, saboreándola. Sus manos recorrieron su espalda hasta la cremallera del vestido. Lo bajó con calma, centímetro a centímetro, mientras sus labios seguían en su piel.
El vestido cayó al suelo. Lucía se quedó en bragas y sujetador de encaje negro. Diego dio un paso atrás para mirarla. "Joder", dijo, en voz baja. "Eres preciosa." La cogió en brazos, ella soltó una carcajada sorprendida, y la tumbó en la cama. Se quitó la camisa y los pantalones. Su polla, dura y grande, se liberó de los calzoncillos.
Lucía se incorporó sobre los codos para mirarla. Era gruesa, con las venas marcadas, la punta brillante de líquido. Se humedeció los labios. "Ven aquí", dijo Diego, tumbándose a su lado. Pero Lucía tenía otros planes: se arrodilló entre sus piernas y la tomó en la mano. La acarició despacio, de la base a la punta, y luego se la metió en la boca.
Diego gimió y agarró las sábanas. La lengua de Lucía jugó con la punta, la lamió en círculos, y después la tragó más hondo. Él le acarició el pelo, primero con ternura, después con más fuerza, guiando su ritmo. "Así... joder, así", murmuraba. Lucía aceleró, usando la mano en la base mientras su boca trabajaba la punta. Sentía su polla palpitar contra su lengua.
"Para", dijo Diego de pronto, apartándola con suavidad. "Si sigues, me corro y quiero hacerlo dentro de ti." La tumbó boca arriba y le quitó el sujetador. Sus tetas quedaron libres, firmes, con los pezones duros. Diego los tomó en la boca uno por uno, chupándolos, mordisqueándolos con suavidad. Lucía arqueó la espalda y gimió.
Su boca bajó por su vientre, dejando un rastro de besos húmedos. Le quitó las bragas despacio, mirándola a los ojos. Su coño estaba mojado, brillante, los labios hinchados de deseo. Diego lo miró un segundo, como admirando una obra de arte, y luego hundió la cara entre sus piernas.
Su lengua encontró su clítoris y Lucía gritó. La lamió con ritmo, en círculos, y después metió dos dedos dentro de ella mientras su lengua seguía trabajando fuera. Lucía se agarró a su pelo y movió las caderas contra su cara. "¡No pares! ¡Por favor, no pares!" El orgasmo la golpeó como una ola: su cuerpo se tensó, su coño se contrajo alrededor de sus dedos, y un gemido largo escapó de su garganta.
Diego subió por su cuerpo besándola, y se colocó entre sus piernas. Se puso el preservativo con manos temblorosas de impaciencia. Apoyó la punta de su polla en la entrada de su coño y la miró. "¿Segura?" Lucía le rodeó la cintura con las piernas. "Fóllame ya", dijo.
Entró despacio, llenándola centímetro a centímetro. Lucía sintió cómo su coño se estiraba para recibirlo, cómo la llenaba por completo. Cuando estuvo dentro del todo, se quedó quieto un momento, mirándola. Después empezó a moverse. Primero despacio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Después más rápido, más fuerte.
La cama golpeaba contra la pared con cada embestida. Lucía le clavó las uñas en la espalda y le mordió el hombro. "¡Más fuerte! ¡Más!" Diego la obedeció, embistiéndola con fuerza, y ella sintió que otro orgasmo se acercaba, más grande que el anterior. "¡Me corro! ¡Me corro!" gritó, y su cuerpo se convulsionó bajo el suyo. Diego aguantó unas embestidas más y se corrió también, con un gemido ronco, desplomándose sobre ella.
Se quedaron abrazados, sudados, riendo bajito. "El vestido", dijo Lucía de pronto. "¿Qué pasa con el vestido?" "Nada. Que ha sido la mejor mancha de mi vida." Diego se rió y la besó en la frente. Fueron a la ducha juntos, y bajo el agua caliente volvieron a tocarse, a besarse, las manos resbalando por la piel mojada. Diego la puso contra la pared de la ducha y la tomó por detrás, de pie, con el agua cayendo sobre los dos, hasta que ambos se corrieron otra vez, temblando.
Volvieron a la cama empapados y se secaron a medias con las toallas del hotel. Lucía se puso una camiseta de Diego, enorme, que le llegaba a medio muslo. Pidieron algo de picar al servicio de habitaciones y comieron en la cama, hablando como viejos amigos. Él le contó que odiaba Barcelona en agosto. Ella le contó que su ex era un imbécil con miedo al compromiso. Se rieron. Se besaron con sabor a patatas.
A las cinco de la mañana, con la primera luz gris entrando por la ventana, Diego la despertó con besos en el cuello. "Una más", susurró. "Para despedirnos." Lucía se giró hacia él, ya mojada solo de oírlo. Esta vez fue lento y profundo: ella a cuatro patas frente a la ventana, mirando los tejados de Madrid mientras él la follaba desde atrás, agarrándole las caderas, sus tetas balanceándose con cada embestida.
Diego le pasó una mano por delante y le frotó el clítoris mientras la penetraba. Lucía apoyó la frente en el cristal frío y gimió su nombre una y otra vez. El contraste del cristal frío y su cuerpo caliente la volvió loca. Se corrió con un grito ahogado, y él la siguió, embistiéndola hasta el fondo, quedándose dentro mientras ambos temblaban.
Se durmieron abrazados con la persiana a medio subir. A las nueve, el teléfono de Lucía vibró: Marta preguntaba si seguía viva. "Más viva que nunca", respondió, con una sonrisa que Diego vio y entendió. Él pidió churros con chocolate al servicio de habitaciones. Desayunaron en la cama, desnudos bajo las sábanas, y hablaron de verse otra vez cuando él volviera a Madrid.
Al mediodía, Diego la acompañó abajo. En la puerta del hotel, la besó despacio, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. "Me quedo con tu número", dijo él. "Y yo me quedo con tu camiseta", respondió ella, señalando la prenda que aún llevaba puesta. Él se rió. "Y con algo más", añadió Lucía, sacando del bolsillo el botón de su camisa que se había soltado en el ascensor. Lo guardó en su bolso como un trofeo. Después se giró y caminó hacia el metro, con el vestido manchado en una bolsa y la mejor noche de su vida en la memoria.
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