Intercambio de parejas relatos eróticos: nuestra primera noche
«¿De verdad quieres entrar?» La voz de Elena tembló apenas, pero sus dedos apretaron los míos con fuerza. Delante de nosotros, una puerta negra sin cartel respiraba música grave. Llevábamos meses buscando en el móvil «intercambio de parejas relatos eróticos» y leyéndolos en voz alta en la cama, y esta noche habíamos decidido dejar de leer.
El portero nos miró de arriba abajo y asintió sin una palabra. Dentro, el club olía a cuero, a perfume caro y a algo más denso que no supe nombrar. Luces rojas bajas, sofás en semicírculo, una barra al fondo. Elena llevaba el vestido verde que yo le había pedido que se pusiera, el que se abre por la espalda hasta la cintura.
«Si en algún momento quieres irte, nos vamos. Sin preguntas», le dije al oído. Ella se rio, nerviosa. «Y si no quiero irme en toda la noche, ¿qué?» Aquella risa me encendió más que el vestido. Pedimos dos copas y nos sentamos a observar, como dos estudiantes el primer día de clase.
No tardaron en acercarse. Él se presentó como Iván, alto, barba cuidada, camisa blanca abierta dos botones de más. Ella era Carla, pelirroja, con una sonrisa que parecía saber cosas. «¿Primera vez?» preguntó Carla directamente, mirando a Elena. Mi mujer asintió y se sonrojó hasta las orejas. A mí aquel sonrojo me volvió loco.
Hablamos de todo menos de lo evidente durante media hora. Trabajo, viajes, el calor imposible de Madrid en julio. Bajo la mesa, la rodilla de Carla rozaba la de Elena cada pocos minutos, y ninguna de las dos la apartaba. Iván me contó que llevaban tres años en el ambiente y que la primera regla era no tener prisa.
«¿Bailamos?» Iván se puso de pie y tendió la mano a Elena. Ella me miró buscando permiso y yo asentí con una sonrisa que me costó fabricar. En la pista pequeña, entre apenas diez parejas, Iván colocó las manos en la cintura desnuda de mi mujer, justo donde el vestido se abría. La vi cerrar los ojos.
Carla se acercó a mi oído. «Se te nota en la cara que te gusta mirarla.» Tenía razón y me avergonzó admitirlo. «Es la primera vez que la veo así con otro», confesé. «Y te excita», dijo ella, sin preguntar. Su mano encontró mi muslo por encima del pantalón y apretó. «A mí me excita que te excite.»
Cuando volvieron del baile, Elena tenía los labios algo corridos y la respiración agitada. «Iván me ha propuesto subir a una de las habitaciones», dijo de golpe, sin rodeos. «Los cuatro. Sin compromiso. Si algo no nos gusta, paramos.» Miré a Carla, que me guiñó un ojo. Miré a Elena. «Vamos», dije.
La habitación era amplia, con una cama redonda en el centro y espejos en el techo. Carla cerró la puerta con llave y la dejó sobre la mesilla, un gesto que me pareció extrañamente tierno. «La llave ahí, a la vista», dijo. «Nadie toca a nadie sin que esa persona lo pida en voz alta. ¿De acuerdo?» Asentimos los tres.
Iván se acercó a Elena por la espalda y le bajó lentamente la cremallera del vestido verde. La tela cayó al suelo y mi mujer quedó en ropa interior negra, temblando. Yo nunca la había visto desnudarse delante de otro hombre. Carla se puso detrás de mí y me quitó la camisa botón a botón, con una lentitud criminal.
«Pídemelo», susurró Iván junto al cuello de Elena. «Pide lo que quieras.» Ella me miró a mí, no a él, y dijo: «Quiero que me bese». Iván la giró y la besó despacio, profundo, con las manos abiertas sobre su espalda desnuda. Yo sentí un golpe de celos y de deseo tan mezclados que no supe dónde empezaba uno y terminaba el otro.
Carla me desabrochó el cinturón mirándome a los ojos. «¿Te molesta que te toque?» «No», dije, y era la verdad más grande de la noche. Su mano se cerró sobre mí por encima de la ropa interior y apreté los dientes. Al otro lado de la habitación, Iván ya había liberado los pechos de Elena del sujetador y los besaba uno tras otro.
Elena gimió bajito y buscó mi mirada entre los cuerpos. Le sonreí y articulé sin voz: «disfruta». Ella asintió y echó la cabeza atrás cuando la boca de Iván bajó por su vientre. Carla, arrodillada delante de mí, me liberó por fin y me tomó con la boca, despacio, mirándome mientras lo hacía.
Ver a mi mujer con las piernas abiertas para otro hombre mientras una desconocida me devoraba fue la imagen más obscena y más hermosa de mi vida. Iván se arrodilló entre los muslos de Elena y la probó con la lengua, largo, sin prisa. Los dedos de Elena se enredaron en su pelo y sus caderas empezaron a moverse solas.
«Marcos», gimió ella, «no dejes de mirarme». No podía apartar los ojos aunque hubiera querido. Carla aumentó el ritmo y una de sus manos me apretó con fuerza los glúteos. El espejo del techo me devolvía la escena completa: mi mujer retorciéndose, yo dejándome hacer, y todo bañado en luz roja.
Elena llegó primero, con un grito ahogado que se mordió contra el dorso de la mano. Su cuerpo se arqueó entero sobre la cama redonda y tembló durante largos segundos. Iván la sostuvo por las caderas sin dejar de mirarla, como si aquel temblor fuera un regalo. Yo estuve a punto de correrme solo de verla.
«Tu turno», dijo Carla, poniéndose de pie y quitándose el vestido de un solo movimiento. Debajo no llevaba nada. Se tumbó en la cama junto a Elena y abrió las piernas con total naturalidad. «Ven aquí», me ordenó. Miré a mi mujer, que asentía con los ojos brillantes. Me arrodillé entre los muslos de Carla.
La saboreé despacio mientras Iván se colocaba detrás de Elena, que se había puesto a cuatro patas sobre la cama. «Dime que sí», le pidió él. «Sí», jadeó ella, «sí, por favor». Lo vi entrar en ella de una embestida lenta y profunda, y Elena gritó mi nombre. No el suyo. El mío.
Aquello me desató. Tomé a Carla con la boca con más hambre, mis dedos entrando en ella mientras mi lengua no le daba tregua. Ella me agarró del pelo y me empujó contra sí. A mi lado, el ritmo de Iván se hizo más duro y los gemidos de Elena más agudos. La cama redonda temblaba con cuatro cuerpos.
Carla me apartó la cara con suavidad y me atrajo hacia arriba. «Ahora tú», dijo, guiándome dentro de ella. Entré despacio, mirando a Elena todo el tiempo. Mi mujer me devolvía la mirada mientras Iván la tomaba por detrás, y en sus ojos no había culpa, solo un deseo desatado que yo no le conocía.
Cambiamos de ritmo sin hablar, como si una música inaudible nos dirigiera. Iván tumbó a Elena bocarriba y le levantó las piernas sobre sus hombros. Carla me hizo rodar hasta quedar ella encima, cabalgándome con movimientos circulares que me volvían loco. Los cuatro jadeábamos al mismo compás.
«Estoy a punto», avisó Iván con la voz rota. «Corre», le dijo Elena, clavándole las uñas en la espalda. «Córrete mirándome.» Él obedeció con un rugido sordo, hundiéndose en ella hasta el fondo. Verlo correrse dentro de mi mujer me empujó al borde de un modo brutal e irreversible.
Carla lo notó y se inclinó sobre mí, sus pechos rozando mi cara. «Córrete», me ordenó al oído. «Quiero sentirlo.» Dos embestidas más y me vacié en ella con un gemido largo, mientras Elena, a un metro de distancia, me miraba correrse a mí con la boca entreabierta y los ojos nublados.
Nos quedamos los cuatro enredados sobre la cama redonda, sudorosos, riéndonos bajito como adolescentes. Iván trajo agua para todos. Carla acariciaba el pelo mojado de Elena y le decía algo al oído que la hizo reír. Nadie tenía prisa por vestirse. Nadie quería romper el hechizo.
Antes de marcharnos, los cuatro tomamos una última copa en la barra, ya vestidos, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Carla me dio su número y contó que organizaban cenas en su casa una vez al mes, siempre con gente nueva. Iván abrazó a Elena y le susurró algo al oído que la hizo sonrojar otra vez. Salimos del club cogidos de la mano, con la ropa algo arrugada y una complicidad nueva brillando entre nosotros.
En el taxi de vuelta, Elena apoyó la cabeza en mi hombro. «¿Celoso?» preguntó. «Mucho», admití. «¿Y excitado?» «Muchísimo.» Se rio y me besó con una ternura nueva, distinta. «La próxima vez», susurró, «quiero mirar yo cómo te lo hace ella.» El taxista carraspeó. Nosotros nos reímos hasta nuestra calle.
En casa, antes de dormir, Elena me abrazó por la espalda y me dijo al oído: «Gracias por no soltarme la mano». Y yo supe que aquella noche no nos había roto nada. Nos había abierto una puerta que ya no íbamos a cerrar.
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