Mi vecina me sedujo relato: la noche del taladro
Dicen que cada hombre guarda un mi vecina me sedujo relato en la memoria, aunque casi ninguno se atreve a contarlo en voz alta. El mío empieza con tres golpes en mi puerta, un jueves a las nueve de la noche, cuando yo estaba en el sofá con la cena a medio hacer y la tele puesta de fondo.
"¿Javier?" La voz de Sofía sonaba contenida, como si no quisiera que la escuchara nadie más en el rellano. "Perdona la hora. ¿Me prestas tu taladro?"
Abrí y me la encontré descalza, con una bata de seda color vino atada a la cintura y el pelo recogido en un moño improvisado. Llevaba dos años viviendo en el piso de enfrente y nunca la había visto así, tan cerca, tan de noche.
"Claro, pasa un momento que lo busco." Ella negó con la cabeza y sonrió. "Mejor ven tú con él, que yo de esas cosas no entiendo. Es para colgar un cuadro y pesa un quintal."
Crucé el rellano con el taladro en la mano como un imbécil, en calcetines y con la camiseta vieja de estar por casa. Su piso olía a vela encendida y a algo cocinado con mimo. En la mesa del salón había una copa de Rioja a medias y un marco enorme apoyado contra la pared.
"Raúl dice que el taladro es cosa de hombres." Se encogió de hombros. "Raúl está de turno en el hospital hasta las ocho de la mañana, así que cosa de hombres o no, el cuadro se cuelga esta noche."
Me subí a una silla con el taladro mientras ella sostenía el marco contra la pared. Cada vez que se estiraba para sujetarlo bien, la bata se le abría un poco por el cuello y yo veía el encaje negro del camisón de debajo.
No llevaba sujetador. Lo supe en el segundo agujero, cuando se inclinó para mirar si el marco estaba recto y el escote se rindió del todo a la gravedad. Aparté la vista como pude y me concentré en el taco y el tornillo.
"Ya está." Bajé de la silla con las manos un poco temblorosas y ella aplaudió como una niña. "Eres un manitas, Javier. Quédate a una copa, que te la has ganado."
No me dio tiempo a decir que no. Ya estaba sirviendo Rioja en una segunda copa y señalando el sofá con la barbilla. "Siéntate. Cuéntame qué haces un jueves por la noche cenando solo a las nueve."
Nos sentamos y su rodilla quedó rozando la mía. Hablamos del trabajo, del ruido del tercero, de lo caro que está todo. Bebí despacio, pero ella rellenaba mi copa cada vez que bajaba de la mitad.
"¿Y Raúl? ¿Muchas noches de turno?" "Tres por semana."
Suspiró y se recostó en el sofá. "La casa se me hace enorme de noche, te lo juro. A veces pongo la tele solo para oír voces."
¿Y tú, Javier? Un tío apañado como tú no me creo que cene solo los jueves. "Me miró por encima del borde de la copa." ¿No tienes novia?
"Ahora mismo no." "Qué desperdicio." Su mano aterrizó en mi rodilla con una naturalidad ensayada, y allí se quedó, pesando lo justo. "Con lo guapo que eres."
El corazón me golpeaba las costillas. Miré su boca sin poder evitarlo y ella lo notó, porque dejó la copa en la mesa con un cuidado exagerado. "¿Qué miras?"
Tienes... "Tragué saliva." Tienes vino en el labio.
No hizo ademán de limpiárselo. "Pues quítamelo tú."
Me incliné y la besé. Sabía a Rioja y a algo más, a ganas contenidas durante mucho tiempo. Su mano subió de mi rodilla a mi nuca y me atrajo con una fuerza que no esperaba.
Cuando nos separamos para respirar, tenía los ojos brillantes. "Llevo meses imaginando esto cada vez que te cruzo en el ascensor." Lo dijo sin vergüenza, y eso me encendió más que el vino.
Desaté el nudo de su bata con dedos que no me obedecían del todo. Debajo, el camisón de encaje negro se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Sus pechos, libres y firmes, subían y bajaban deprisa.
Los cubrí con las manos por encima del encaje y ella gimió contra mi boca. El tejido era tan fino que sentía los pezones endurecerse bajo mis palmas, pidiendo más.
Me arrodillé en la alfombra delante del sofá y le subí el camisón hasta la cintura. Llevaba un tanga de encaje negro tan pequeño que parecía una broma, y lo aparté a un lado con dos dedos sin molestarme en quitárselo.
"Javier..." Mi nombre en su boca sonó como una súplica. La besé por dentro de los muslos, despacio, notando cómo temblaba, y cuando por fin mi lengua la encontró, arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
Sabía a mujer deseada durante meses, a impaciencia. La lamí sin prisa, dibujando círculos, y metí dos dedos dentro de ella mientras mi lengua seguía trabajando. Sus caderas empezaron a moverse solas, buscándome.
"No pares, por favor, no pares." Sus dedos se enredaron en mi pelo y tiraron con fuerza cuando el orgasmo la atravesó. Se mordió el puño para no gritar y su cuerpo se sacudió contra mi boca.
Antes de que pudiera recuperarse, me puse de pie y me quité la camiseta. Ella me miró de arriba abajo con una sonrisa torcida y se incorporó en el sofá. "Ven aquí."
Me desabrochó el cinturón con una destreza que me dejó sin aliento y me liberó de los vaqueros. Me miró a los ojos mientras me tomaba en su mano, y luego, sin apartar la vista, se lo llevó a la boca.
El calor de su boca me hizo soltar un gruñido. Lo chupó despacio al principio, con la lengua dando vueltas en la punta, y luego más hondo, hasta que noté el fondo de su garganta. Una de sus manos me acariciaba por debajo al mismo ritmo.
"Sofía..." Le aparté el pelo de la cara para verla mejor, arrodillada en su alfombra, con el camisón subido y la boca llena de mí. Era la imagen más erótica que había visto en mi vida.
La levanté antes de llegar al límite y la tumbé en el sofá. Se abrió para mí sin que tuviera que pedirlo, el tanga ya olvidado en algún punto de la alfombra, y me guié dentro de ella con la mano.
Entré despacio, notando cómo se adaptaba a mí, caliente y estrecha. Ella me rodeó la cintura con las piernas y me atrajo hasta el fondo. "Así, quédate ahí un momento", susurró.
Nos quedamos quietos, mirándonos, sintiéndonos. Luego empecé a moverme, primero lento, saboreando cada embestida, y después más rápido cuando sus uñas se clavaron en mi espalda pidiendo más.
El sofá crujía bajo nosotros. Sus pechos se movían al ritmo de mis embestidas y bajé la cabeza para tomar un pezón entre los labios sin dejar de moverme. Ella gritó mi nombre, ya sin importarle quién pudiera oír.
Noté que estaba cerca por cómo se tensaron sus muslos alrededor de mí. "Córrete conmigo", le pedí. "Ya..." Y nos corrimos casi a la vez, ella temblando debajo de mí y yo hundiéndome hasta el fondo con un gemido ronco.
Me dejé caer a su lado en el sofá, los dos sudados y jadeantes. Se rio bajito y me pasó un dedo por el pecho. "El cuadro ha quedado torcido, ¿lo has visto?"
Lo he hecho a propósito. "La miré muy serio." Así tendré que volver a arreglarlo.
Se rio más fuerte y me dio un beso corto en los labios. "Qué morro tienes, vecino."
Trajo agua de la cocina y bebimos sentados en la alfombra, ella todavía con el camisón subido hasta la cintura y yo en calzoncillos. Hablamos de nada, riéndonos como dos adolescentes después de hacer una travesura.
Entonces me tomó de la mano y tiró de mí hacia el pasillo. "Ven. La cama está fría sin Raúl y son solo las once." No hizo falta que lo repitiera.
Su dormitorio olía a su perfume. Me empujó sobre la cama, se quitó el camisón de un tirón y se quedó desnuda delante de mí, sin pudor, con las manos en las caderas. "Mírame bien, que esta imagen te va a acompañar mucho tiempo."
La miré bien. Cada centímetro. Luego la puse a cuatro patas sobre el edredón y me coloqué detrás de ella, acariciándole la espalda con las palmas antes de entrar de nuevo.
La agarré por las caderas y embestí con fuerza. El cabecero golpeó la pared al ritmo de nuestros cuerpos y ella mordió la almohada para amortiguar sus gemidos. "Más despacio, que se va a enterar todo el bloque."
Que se enteren. "Aumenté el ritmo y sentí cómo se apretaba alrededor de mí, al borde otra vez. Una de mis manos bajó entre sus piernas y la acaricié justo donde más lo necesitaba."
Se corrió con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, y yo salí de ella en el último segundo y me corrí sobre su espalda, caliente, marcándola. Se dejó caer bocabajo en la cama, rendida, y yo me tumbé a su lado.
"¿Te arrepientes?" Me dibujó círculos en el pecho con la uña. "¿Tú?"
Yo llevo meses pensándolo, Javier. Cada vez que te oía llegar por la noche me preguntaba qué estarías haciendo.
"Cenando solo un jueves a las nueve." "Ya no." Me besó despacio, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche. Y la teníamos: Raúl no volvía hasta las ocho de la mañana.
Nos metimos juntos en su ducha. El agua caliente nos caía por los cuerpos mientras nos enjabonábamos mutuamente, y sus manos volvieron a encontrarme, ya recuperado. Me apoyé contra los azulejos y la dejé hacer.
Me masturbó despacio bajo el agua, mirándome a los ojos, hasta que me corrí contra las baldosas con un gemido que rebotó en las paredes. Ella se rio y me besó la frente como si fuera un niño bueno.
Después la puse contra la pared de la ducha, le levanté una pierna y la penetré de pie, con el agua corriéndonos por la cara. Se corrió agarrada a mi cuello, temblando, y yo la sostuve hasta que se le pasaron los espasmos.
Volvimos al salón envueltos en toallas. El cuadro seguía torcido en la pared y nos reímos al verlo. "Déjalo así", dijo.
"Me gusta que esté torcido. Me acordaré de por qué."
Me vestí despacio, sin ganas de irme. En la puerta me devolvió el taladro y me dio un beso largo, de los que saben a promesa. Llevaba puesta mi camiseta vieja y le quedaba enorme.
"El jueves que viene Raúl hace turno otra vez." Lo dijo mirándome a los ojos, sin rodeos. "Y el cuadro sigue torcido, por si necesitas una excusa."
Crucé el rellano hasta mi piso con el taladro en la mano y la ropa oliendo a su perfume. El taladro sigue en su casa. Yo, los jueves, también.
Readers who enjoyed “Mi vecina me sedujo relato: la noche del taladro” also read
8 curated storiesRelatos Eroticos de Vecinos: Carmen Abre las Piernas para la Polla Dura de Pablo en su Piso de Madrid
Una queja por la música en un piso de Madrid se convierte en una noche larga entre una ilustradora y el vecino que llama a su puerta.
Relatos Eróticos de la Compañera de Piso: Elena, la Polla de Jorge y Una Noche en Sevilla
Relatos eróticos de la compañera de piso en Sevilla: Elena escucha sin querer una conversación de Jorge, su nuevo compañero, y la noche cambia para los dos.
Intercambio de parejas relatos eróticos: nuestra primera noche
Elena y Marcos llevaban meses leyendo intercambio de parejas relatos eróticos en foros. Una noche de sábado, en un club discreto de Madrid, decidieron convertir la fantasía en realidad. Lo que ocurrió entre esas cuatro paredes superó todo lo que habían imaginado.
Relatos eróticos de dependientas: El almacén (Parte 2)
Relatos eróticos de dependientas: Carmen las pilla en el almacén y todo parece perdido, hasta que Lucía descubre el secreto mejor guardado de la encargada. Final de la serie.
Relatos eróticos de infieles: una habitación de hotel en Valencia
Marta lleva doce años casada y nunca ha sido infiel, hasta que un viaje de trabajo la convierte en protagonista de esos relatos eróticos de infieles que nunca creyó vivir. Un cliente, una última copa en la azotea del hotel y un deseo imposible de resistir.
Relatos Eróticos Nuevos: La Vecina de Madrid
Uno de esos relatos eróticos nuevos que empiezan con un perfume en la escalera: el jazmín de Lucía volvió loco a Marco, y lo que pasó después nadie lo habría imaginado.
Relatos eróticos de hermanas: el secreto de Lucía y Marta (Parte 1)
Relatos eróticos de hermanas: una noche en un piso de Madrid, Lucía cede al deseo que lleva meses ocultando por su hermanastra Marta. Primera parte de una historia de pasión secreta.
Relatos Eróticos en la Ducha: El Apartamento de Valencia
Relatos eróticos en la ducha: Lucía llega sola a un apartamento en Valencia y el técnico Diego, que viene a arreglar el calentador, convierte la prueba de la ducha en algo inolvidable.