Relatos eróticos de vecinos: lo que pasó en la escalera
Todos los relatos eróticos de vecinos que yo había leído empezaban con un ascensor atascado, pero el nuestro empezó en la escalera, a las once de la noche, con el apagón tragándose toda la luz del edificio y una bolsa de la compra reventada a mis pies. Los huevos rodaron escalones abajo como si huyeran y yo solté una palabrota que resonó en el hueco de la escalera.
«¿Martín?» La voz de Marta llegó desde dos rellanos más arriba, entre divertida y asustada. «Dime que eres tú y no un ladrón con muy mala compra.» Yo me reí a oscuras y le contesté que los ladrones no compraban leche desnatada. Ella bajó a tientas, guiada por mi risa, y se sentó en el escalón de al lado con un suspiro que sonó a alivio.
Llevábamos ocho meses viviendo puerta con puerta en el tercero y lo nuestro había sido hasta entonces una coreografía de saludos largos, de miradas que duraban un segundo de más en el felpudo, de conversaciones en el ascensor que siempre se cortaban en el piso equivocado. Ella tenía treinta y cuatro años, un trabajo de enfermera con turnos imposibles y una risa que yo reconocía incluso sin luz.
«Se ha ido en todo el bloque», dijo, y encendió la linterna del móvil. El círculo de luz nos encerró a los dos en una burbuja pequeña y cálida, y de pronto la escalera entera desapareció y solo quedamos nosotros. Yo recogí la botella de vino que había sobrevivido al desastre y la levanté como un trofeo. «Al menos la cena no está perdida del todo», dije.
Ella sacó de su bolso dos vasos de plástico de esos que regalan en las ferias y me miró con una sonrisa torcida. «Siempre llevo vasos encima, por si acaso. No me preguntes por qué.» Sirvió el vino a la luz temblorosa del móvil y brindamos por el apagón, por la compañía eléctrica y por los huevos perdidos. El vino estaba tibio y sabía a aventura.
«¿Sabes qué es lo peor de vivir sola?», me preguntó después del segundo trago, con la voz un poco más baja. «Que cuando pasa algo así no tienes a quién contárselo en el momento. Mañana en el trabajo lo contaré y nadie se reirá igual.» Yo le dije que a partir de ahora tenía a su vecino del tercero para emergencias de apagón. Ella me miró por encima del vaso y dijo: «¿Solo para emergencias de apagón?»
El silencio que siguió duró lo que tarda un corazón en decidirse. Yo dejé mi vaso en el escalón y cubrí su mano con la mía, y ella no la apartó. Sus dedos estaban fríos y los míos temblaban un poco, y los dos fingimos que era por el susto del apagón. «Marta», dije, y no supe seguir, porque todo lo que venía después de su nombre sonaba demasiado grande para una escalera a oscuras.
Fue ella la que acortó la distancia. Su boca encontró la mía en la penumbra con una precisión que me hizo pensar que llevaba meses ensayando ese movimiento en su cabeza. El beso supo a vino tibio y a todas las conversaciones del ascensor que nunca terminamos. Yo le rodeé la cintura y la atraje hacia mí, y el vaso de plástico crujió entre nuestros cuerpos sin que a ninguno nos importara.
El segundo beso ya no tuvo nada de tímido. Su lengua buscó la mía con una urgencia que me encendió la sangre de golpe, y su mano subió por mi muslo con una lentitud deliberada que era casi una tortura. Yo gemí contra su boca y ella sonrió sin separar los labios, orgullosa del efecto que tenía. «Llevo ocho meses queriendo hacer esto», susurró.
«Y yo ocho meses fingiendo que no me daba cuenta», contesté, y la besé en el cuello, justo debajo de la oreja, donde su pulso latía desbocado. Ella echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido suave que la escalera devolvió multiplicado. «Cuidado», jadeó, riendo, «que nos oye todo el bloque.» «Que nos oiga», dije, y seguí besándole el cuello.
Mi chaqueta terminó doblada sobre el escalón de arriba, convertida en un cojín improvisado. Marta se arrodilló sobre ella con una naturalidad que me dejó sin aire, y sus manos empezaron a desabrocharme la camisa botón a botón, sin prisa, mirándome a los ojos a la luz del móvil. Cada botón que cedía era una promesa. Cuando la camisa quedó abierta, sus palmas recorrieron mi pecho y se detuvieron sobre mi corazón.
«Late muy fuerte», dijo. «Es por ti», contesté, y metí las manos bajo su vestido, subiendo por sus muslos hasta encontrar el borde de sus bragas. La tela era de encaje y estaba ya húmeda, y cuando la rocé por encima con los dedos ella se mordió el labio para no gritar. La escalera, el apagón, el mundo entero dejaron de existir.
Le bajé las bragas hasta las rodillas con una lentitud que la hizo jadear, y luego las dejé caer del todo mientras ella levantaba las caderas para ayudarme. Mis dedos encontraron su sexo caliente y resbaladizo, y empecé a acariciarla en círculos suaves mientras la besaba. Sus gemidos subían de tono y su mano se aferró a mi hombro con fuerza. «Martín, por favor», susurró, «no pares.»
Entonces hizo algo que no esperaba. Se inclinó sobre mí, me desabrochó el pantalón con dedos expertos y liberó mi miembro, ya duro y palpitante. Me miró una vez, con una sonrisa pícara a la luz temblorosa, y lo tomó en su boca con una calidez que me hizo ver estrellas. Su lengua trazó círculos lentos alrededor de la punta mientras una de sus manos me acariciaba la base con ritmo.
Yo me agarré al pasamanos para no caerme del escalón mientras ella me devoraba con una dedicación absoluta. Cada succión me arrancaba un gemido que intentaba ahogar en vano. La escalera olía a vino derramado y a deseo, y el eco de nuestros sonidos subía y bajaba por el hueco como si el edificio entero contuviera la respiración. «Marta, voy a...», advertí, pero ella no se apartó.
Justo cuando yo estaba al borde, unos pasos sonaron en el portal de abajo y una voz de niño preguntó: «¿Mamá, por qué está todo oscuro?» Nos quedamos helados, yo con la camisa abierta y ella recomponiéndose a toda velocidad, conteniendo la risa como dos adolescentes pillados. Los pasos se alejaron hacia el garaje y el silencio volvió, cargado de una electricidad nueva.
«Mi casa», susurró Marta, poniéndose en pie y tendiéndome la mano. «Está a cuatro pasos y tiene velas.» No hizo falta decir más. Recogimos la botella de vino, los vasos y mi dignidad a medias, y cruzamos el rellano hasta su puerta. Ella abrió con unas llaves que le temblaban en la mano, y entramos riendo bajito como si acabáramos de robar algo.
Su piso olía a jazmín y a limpio, y en el salón encendió tres velas gruesas que bañaron todo de una luz dorada y bailarina. Sin el móvil, sin la escalera, verla entera por primera vez me dejó mudo: el vestido arrugado, el pelo revuelto, los labios hinchados de besarme. «¿Qué miras?», preguntó, y se acercó despacio, desabrochándose el vestido por la espalda.
El vestido cayó al suelo con un susurro y se quedó solo con las bragas de encaje, que ya me había quitado una vez en la escalera. Yo terminé de quitarme la camisa y el pantalón mientras ella me observaba sin pudor, con los brazos cruzados bajo el pecho. «Quítate eso también», le dije, señalando la última prenda. Ella obedeció despacio, y cuando quedó desnuda del todo la abracé contra mí, piel contra piel por fin.
La llevé hasta el sofá y la tumbé sobre los cojines, y me arrodillé entre sus piernas abiertas para terminar lo que la escalera había interrumpido. Besé el interior de sus muslos subiendo despacio, y cuando mi boca encontró su sexo ella arqueó la espalda con un gemido largo y profundo. La lamí con calma, aprendiendo su sabor, su ritmo, lo que la hacía temblar.
Sus dedos se enredaron en mi pelo y tiraron suavemente, guiándome, y yo obedecí encantado, alternando lametones largos con succiones suaves sobre su punto más sensible. Sus caderas empezaron a moverse contra mi boca con un ritmo desesperado, y sus gemidos se hicieron más agudos. «No pares, no pares, por Dios», repetía, y yo no tenía ninguna intención de parar.
Cuando llegó al orgasmo fue como una ola: su cuerpo se tensó entero, sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza y un grito ahogado escapó de su garganta mientras temblaba sin control. La sostuve hasta que los temblores se calmaron, besando su vientre, sus caderas, la cara interna de sus muslos. Ella me miró con los ojos brillantes y me atrajo hacia arriba para besarme, saboreándose a sí misma en mis labios.
«Ahora tú», susurró, y me empujó suavemente hasta quedar sentada a horcajadas sobre mí en el sofá. Se colocó sobre mi miembro erecto y descendió despacio, tomándome dentro de ella centímetro a centímetro, con los ojos clavados en los míos. La sensación de su calor húmedo envolviéndome me arrancó un gemido ronco. «Quédate quieto», ordenó con una sonrisa, «quiero sentirlo todo.»
Empezó a moverse con una lentitud exquisita, subiendo y bajando sobre mí, y cada embestida suya me llevaba más alto. Sus pechos se movían al ritmo de sus caderas y yo los tomé en mis manos, acariciando sus pezones duros con los pulgares mientras ella jadeaba. El sofá crujía bajo nosotros y las velas proyectaban nuestras sombras gigantes en la pared, como un teatro de deseo.
El ritmo se aceleró y sus movimientos se volvieron más urgentes, más profundos. Ella se inclinó hacia adelante y me besó con desesperación mientras sus caderas golpeaban contra las mías una y otra vez. Yo la agarré por las nalgas y la ayudé a subir y bajar, sintiendo cómo su interior se contraía alrededor de mí. «Martín, me voy a correr otra vez», gimió contra mi boca.
«Córrete», le ordené, y empujé hacia arriba para encontrarla en cada embestida. Su segundo orgasmo la atravesó con un grito que esta vez no intentó ahogar, y la oleada de contracciones a mi alrededor me llevó al límite. La levanté en brazos sin salir de ella y la llevé hasta la pared del pasillo, donde la sostuve contra el yeso frío mientras la penetraba de pie, con fuerza, hasta que me corrí dentro de ella con un rugido sordo.
Nos quedamos así un rato, jadeando, su frente apoyada en la mía, mi cuerpo aún dentro del suyo. Las velas chisporroteaban y el piso seguía a oscuras, y en aquel momento el apagón me pareció el mejor regalo que nos había hecho la compañía eléctrica en años. «¿Y si no vuelve la luz?», susurró ella. «Entonces nos quedamos aquí para siempre», contesté.
Pero la noche aún no había terminado. Marta me tomó de la mano y me llevó a su dormitorio, donde la cama estaba hecha con sábanas de algodón que olían a suavizante. Me tumbó boca arriba y se colocó a mi lado, trazando círculos perezosos sobre mi pecho con la uña. «Tengo una confesión», dijo. «Cuando te oigo llegar tarde por la noche, a veces me asomo a la mirilla. Solo para verte.»
«¿Y qué ves?», pregunté, riendo. «A un hombre cansado que sonríe cuando abre su puerta», dijo, «y cada vez pienso: ojalá sonriera así al abrir la mía.» La besé despacio, con ternura, y luego la puse de espaldas sobre la cama, arrodillándome tras ella. La penetré desde atrás agarrándola por las caderas, y ella se arqueó como una gata, ofreciéndose por completo.
La embestí con un ritmo profundo y constante, y cada golpe arrancaba de ella un gemido grave que me volvía loco. Una de mis manos bajó a acariciarla por delante mientras la penetraba, y la combinación la llevó al tercer orgasmo de la noche, largo y estremecedor, con su cuerpo temblando bajo el mío. Yo la seguí poco después, corriéndome dentro de ella mientras le mordía suavemente el hombro.
Caímos de lado sobre las sábanas revueltas, enredados, sudorosos, felices. Marta apoyó la cabeza en mi pecho y dibujó formas invisibles sobre mi piel con el dedo. «¿Sabes qué es lo mejor del apagón?», murmuró. «Que mañana, cuando nos crucemos en la escalera con luz, ya no tendremos que fingir que no pasa nada.» Yo le besé la coronilla y cerré los ojos.
La luz volvió a las tres de la mañana con un zumbido eléctrico que nos despertó a los dos. El frigorífico carraspeó, el router parpadeó y el piso se llenó de lucecitas verdes y rojas. Marta se incorporó, desnuda y despeinada, y me miró con una sonrisa soñolienta. «Vete a tu casa», dijo, «que mañana trabajo a las siete y si te quedas no dormimos.»
Me vestí a la luz recuperada, recogí mi chaqueta y crucé el rellano hasta mi puerta con las llaves en la mano. Antes de entrar me giré: ella estaba en el quicio de la suya, envuelta en una sábana, mirándome. «Martín», dijo, y esperó a que la mirara. «La próxima vez no esperes a que se vaya la luz.» Cerró la puerta despacio, y yo me quedé en el rellano sonriendo como un idiota, con el sabor de sus besos aún en la boca.
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