Relatos Eróticos Nuevos: La Vecina de Madrid
Lo olió antes de verla. Jazmín y piel caliente subiendo por el hueco de la escalera, tan dulce y tan animal a la vez que Marco se quedó parado en el rellano del segundo piso con la bolsa de la compra colgando de la mano. Pensó, con una sonrisa torcida, que era el tipo de perfume que merecía aparecer en todos los relatos eróticos nuevos que prometen ponerte la piel de gallina.
La risa de Lucía bajó desde el tercero como una campana de cristal. «¿Marco? ¿Eres tú el que resopla ahí abajo?» Su voz tenía esa risa contenida, la de quien sabe exactamente el efecto que causa.
«Soy yo. ¿Llevas perfume nuevo o has robado un jardín entero?» Él subió dos escalones de más, sin darse cuenta, hasta que la vio en el rellano de arriba.
Lucía llevaba un vestido de verano color melocotón, el pelo recogido en un moño deshecho y dos bolsas de papel que parecían pesarle. «Jazmín, canela y un poquito de sudor. Es mi receta. ¿Me ayudas con esto o te quedas ahí olisqueando como un perro?»
Marco cogió las bolsas sin discutir. Pesaban de verdad, latas, fruta, una botella de vino que tintineó al moverse. Ella caminó delante de él y el olor se volvió más denso, más íntimo, como si lo llevara pegado a la nuca.
«Tercero B, ya lo sabes», dijo ella, y abrió la puerta con un empujón de cadera. «Pasa. Te debo un café por esto. Un café de los de verdad, no esa agua sucia que tomas tú.»
El piso de Lucía olía a café recién hecho y a algo dulce del horno. La cocina era pequeña y luminosa, con una ventana que daba a un patio interior. Marco dejó las bolsas en la encimera y ella se acercó tanto al pasar a su lado que su brazo rozó el suyo, y el roce le quemó.
«Siéntate», ordenó, señalando un taburete. «¿Azúcar?»
«Dos.»
«Qué hombre más dulce.» Ella se rio de su propia broma y se inclinó sobre la cafetera italiana, y el vestido se tensó sobre sus caderas. Marco apartó la mirada un segundo tarde. Ella lo pilló.
«¿Te gusta lo que ves, vecino?» No había enfado en su voz. Había juego.
«Me gusta el café», mintió él, y ella soltó una carcajada que le puso el vello de punta.
El café llegó en tazas pequeñas, humeante. Lucía se sentó en la encimera, justo delante de él, con las piernas cruzadas y el vestido subido un palmo más de lo necesario. «¿Sabes? Llevo un mes cruzándome contigo en la escalera y siempre vas con prisa. Hoy no tienes prisa.»
«Hoy no», dijo Marco, y su voz le salió más grave de lo que esperaba.
Ella bajó de la encimera de un salto y se plantó entre sus rodillas. Le quitó la taza de las manos y la dejó en la mesa sin mirar. «Entonces no tengas prisa para esto tampoco.» Y le besó.
El beso sabía a café y a algo más salvaje. Lucía besaba como quien no pide permiso, la lengua buscando la suya, las manos en su nuca tirando de él hacia abajo. Marco sintió cómo su polla despertaba contra los vaqueros, dura e impaciente, y ella lo notó porque se rio contra su boca.
«Vaya», susurró. «El vecino tímido no es tan tímido.»
Le desabrochó la camisa botón a botón, despacio, mirándole a los ojos. Cuando llegó al último, le pasó las uñas por el pecho, apenas rozando, y Marco soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
«Quítate los pantalones», dijo ella, y no era una pregunta.
Marco se levantó del taburete y se bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón. Su polla saltó libre, dura, goteando ya una gota clara en la punta. Lucía la miró con una sonrisa de hambre pura.
«Preciosa», dijo, y se arrodilló.
La primera lamida fue lenta, desde la base hasta la punta, la lengua caliente y experta. Marco apoyó las manos en la encimera detrás de él porque las rodillas le temblaban. Ella se la metió en la boca hasta la mitad y empezó a chupar con un ritmo que le volvía loco, la mano subiendo y bajando por lo que no cabía en su boca.
«Lucía, joder, para o me corro», jadeó él.
Ella levantó la vista, los ojos brillantes, y en vez de parar aceleró, hundiéndose más, hasta que Marco sintió el fondo de su garganta. El placer le subió por la espalda como una ola eléctrica. Se agarró a su pelo, al moño deshecho, y se corrió en su boca con un gemido ronco que le salió del pecho.
Lucía tragó, se limpió la comisura con el pulgar y se levantó con una elegancia insultante. «Buen chico», dijo. «Ahora me toca a mí.»
Se quitó el vestido por la cabeza de un solo movimiento y se quedó en bragas y sujetador de encaje negro. Tenía el cuerpo de una mujer de verdad, caderas anchas, pechos llenos que se escapaban del sujetador, la piel dorada del verano. Marco la miró como si fuera la primera mujer que veía en su vida.
«Túmbate en el sofá», ordenó ella. «Quiero que me comas el coño hasta que grite.»
El sofá era pequeño y hundido, perfecto. Lucía se quitó las bragas y se sentó en el borde, abriendo las piernas sin vergüenza. Su coño estaba mojado, los labios hinchados y brillantes, y el olor a jazmín se mezclaba ahora con algo más crudo, más suyo.
Marco se arrodilló en el suelo y la probó. Dulce y salada a la vez. Pasó la lengua por toda su raja, despacio, y ella gimió y le agarró del pelo. Encontró su clítoris con la punta de la lengua y lo rodeó en círculos, y Lucía empezó a moverse contra su cara, sin control.
«Sí, así, no pares, por favor no pares», jadeó, y Marco metió dos dedos dentro de ella mientras seguía lamiendo. Estaba empapada, caliente, apretándole los dedos con cada embestida de sus caderas.
«Me voy a correr, me voy a correr», gritó ella, y su cuerpo se tensó como un arco. El orgasmo la atravesó en oleadas, los muslos apretándole la cabeza, un grito agudo que rebotó en las paredes de la cocina. Marco no paró hasta que ella le empujó la cabeza, temblando.
«Dios mío», susurró Lucía, riéndose entre jadeos. «¿Dónde has aprendido eso?»
«En la escalera», dijo Marco. «Oliéndote.»
Ella se rio y le tiró del brazo hasta tumbarle en el sofá. Se quitó el sujetador, liberando sus pechos, y se subió encima de él a horcajadas. Su coño mojado rozó su polla, que ya estaba dura otra vez, y los dos gimieron al contacto.
«¿Tienes condón?» preguntó ella, y Marco asintió, señalando sus vaqueros tirados en la cocina. Ella fue a por uno, volvió, y se lo puso con la boca, despacio, mirándole. Marco pensó que iba a correrse solo de verla.
Lucía se colocó encima y se dejó caer sobre él de un golpe seco. Su polla entró hasta el fondo de su coño apretado y caliente, y ella echó la cabeza atrás con un gemido largo. «Joder, qué grande», susurró.
Empezó a moverse, arriba y abajo, al principio despacio, sintiendo cada centímetro, y luego más rápido, más salvaje. Sus pechos botaban con cada embestida y Marco los agarró, pellizcando sus pezones duros, y ella gritó su nombre.
«Más fuerte, Marco, fóllame más fuerte», le ordenó, y él le agarró las caderas y empujó hacia arriba, encontrando su ritmo, hundiéndose en ella una y otra vez. El sofá crujía bajo ellos. El olor a jazmín, a sudor, a sexo llenaba el piso.
Lucía se corrió primero, con un grito ahogado, su coño contrayéndose alrededor de su polla en espasmos deliciosos. Marco aguantó tres embestidas más y se corrió dentro del condón, vaciándose en ella con un rugido bajo, abrazándola contra su pecho.
Se quedaron así, pegados, sudados, respirando al unísono. La tarde caía sobre Madrid y la luz de la cocina se volvía dorada. Lucía trazó círculos perezosos en su pecho con un dedo.
«¿Tienes hambre?» preguntó.
«De ti», dijo Marco, y ella se rio y le mordió el hombro.
Cenaron en su cocina, pasta con tomate que ella cocinó desnuda con un delantal, y Marco no pudo dejar de mirarla. Bebieron el vino de la bolsa, dos copas cada uno, y hablaron de todo y de nada: del trabajo, del casero, del gato del quinto que maullaba a las tres de la mañana.
«¿Sabes lo que más me gusta de ti?» dijo Lucía, con la copa a medio camino de los labios. «Que en la escalera siempre me miras como si quisieras comerme. Y hoy por fin lo has hecho.»
«Mañana te miro igual», prometió Marco.
«Mañana me como yo a ti», corrigió ella, y le guiñó un ojo.
Cuando el vino se acabó, Lucía le cogió de la mano y le llevó escaleras arriba, más arriba, hasta la azotea del edificio. La puerta chirrió al abrirse. Madrid se extendía abajo, un mar de luces temblorosas, y el cielo estaba limpio y negro.
«Mi sitio secreto», susurró ella. «El casero no sabe que tengo la llave.»
Hacía fresco, pero Lucía se quitó el delantal y se quedó desnuda bajo las estrellas, la piel brillando a la luz de la ciudad. Marco se desnudó también, y el aire frío en su piel caliente le puso el vello de punta.
Ella le empujó suavemente contra la barandilla y se arrodilló delante de él. «Otra vez», dijo. «Quiero oírte gemir con toda la ciudad mirando.»
Su boca le envolvió, caliente y experta, y Marco se agarró a la barandilla con las dos manos. Abajo, un coche pitó. Alguien rio en un balcón lejano. Y él estaba allí, en la azotea, con la vecina del tercero mamándosela bajo las estrellas, y pensó que no había mejor sitio en el mundo.
Se corrió en su boca con un gemido que se perdió entre los tejados, y ella se levantó, se limpió los labios y le besó, dejándole probar su propio sabor. «Ahora tú», dijo, y se dio la vuelta, apoyando las manos en la barandilla, ofreciéndole su culo redondo y su coño mojado a la luz de la ciudad.
Marco se puso detrás de ella, le separó las nalgas con las manos y la penetró de un empujón lento y profundo. Lucía gimió y arqueó la espalda, y él empezó a follarla contra la barandilla, con Madrid entero a sus pies, el ritmo creciendo, los dos jadeando al unísono.
«Más, no pares, fóllame aquí, que nos vea la luna», jadeó ella, y Marco le agarró del pelo y aceleró, hundiéndose en su coño empapado una y otra vez, sintiendo cómo ella se tensaba, cómo su cuerpo pedía el final.
Lucía se corrió con un grito que voló sobre los tejados, su coño apretándole la polla en oleadas, y Marco se salió justo a tiempo, corriéndose sobre su espalda en chorros calientes que brillaron a la luz de la ciudad. Ella se rio, temblando, y se apoyó en la barandilla sin fuerzas.
Se quedaron un rato así, desnudos en la azotea, mirando las luces. Lucía se acurrucó contra su costado y él le pasó el brazo por los hombros. El jazmín de su piel se mezclaba con el olor a noche y a sexo, y Marco supo que nunca más podría subir esas escaleras sin pensar en ella.
«Oye», dijo Lucía de pronto, levantando la vista. «El ascensor lleva roto dos semanas. ¿Y si no lo arreglan nunca?»
Marco sonrió en la oscuridad y le besó la frente. «Entonces subiré por las escaleras el resto de mi vida.»
«Yo también usaré las escaleras», dijo ella, y le mordió el labio, suave. «Nos vemos mañana en el rellano. Trae café. Yo traigo el postre.»
Readers who enjoyed “Relatos Eróticos Nuevos: La Vecina de Madrid” also read
8 curated storiesRelatos Porno Caseros: Follando a mi Esposa Toda la Noche en Casa
Relatos porno caseros: una noche en Madrid, un vecino que llama a la puerta y una idea traviesa que cambia la noche de Carlos y Elena para siempre.
Relatos Eróticos de la Nuera: Parte 2
El móvil vibra sobre la mesa de la cocina delante de Teresa: es Bruno. «¿A la misma hora de siempre?». Parte 2 y final de los relatos eróticos de la nuera: la última tarde de riesgo, el regreso de Álvaro y una María transformada.
Historias Eróticas Cortas: El Electricista de Lavapiés
Una de esas historias eróticas cortas que se leen de un tirón: Marta, divorciada, llama a un electricista por el horno y la tarde se calienta más que la resistencia.
Cuentos Porno: Marta Abre las Piernas para la Polla Dura de Diego en Barcelona
Cuentos Porno: En una librería de Barcelona, el olor a papel viejo y café esconde la tarde más inolvidable de Marta.
Relatos eróticos de lesbianas: la vecina del balcón de abajo
Uno de estos relatos eróticos de lesbianas ocurre en Madrid: las macetas de Elena inundan el balcón de Marta y la visita para disculparse enciende un deseo imparable.
Nuevos Relatos Eróticos: La Vecina del Ático
Un sujetador rojo vuela hasta la terraza de Pablo, el nuevo vecino del tercero. Elena, la vecina del ático, lo invita a una copa de vino, y la noche de agosto se convierte en uno de sus nuevos relatos eróticos más calientes.
Relatos Eróticos Apasionados: Noche Andaluza
Una madrileña llega a una finca andaluza para cuidarla dos semanas y encuentra al dueño aún en casa: así empieza uno de esos relatos eróticos apasionados que no se olvidan.
Historias Calientes Gratis: La Librera de Valencia
En una librería pequeña de Valencia, Marta vende libros de día y sueña de noche, hasta que Diego, un cocinero con las manos manchadas de harina, entra buscando recetas antiguas, en estas historias calientes gratis de dos personas que se encuentran tarde pero a tiempo.