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Relatos eróticos de infieles: una habitación de hotel en Valencia

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«La reunión se alarga, no me esperes despierto. Te quiero.» Lo escribí con los pulgares temblorosos, le di a enviar y guardé el móvil en el bolso. El ascensor del hotel subía hacia la séptima planta y a mi lado, tan cerca que notaba su calor, estaba Andrés. Yo llevaba doce años casada y nunca había sido infiel, pero aquella noche en Valencia entendí por qué existen los relatos eróticos de infieles: porque hay deseos que no caben en una vida ordenada.

Me llamo Marta, tengo treinta y seis años, dos hijos y un marido bueno al que quiero de verdad. Trabajo en el departamento comercial de una empresa de logística y aquella semana me habían mandado a Valencia a cerrar un contrato importante. El cliente era Andrés, cuarenta y un años, director de operaciones, divorciado, con una forma de mirarme en las reuniones que me hacía perder el hilo de mis propias frases.

Llevábamos tres días de reuniones, comidas de trabajo y copas «para celebrar los avances». Tres días de roces accidentales al pasar papeles, de miradas que duraban un segundo de más, de una tensión que los dos fingíamos no notar. La tercera noche, después de firmar el precontrato, dijo: «Esto hay que celebrarlo como es debido. ¿Una última copa en el bar del hotel?»

El bar del hotel estaba en la azotea, con vistas a la Ciudad de las Artes y las Ciencias iluminada. Pedimos un gin tonic cada uno y brindamos por el contrato, y luego por nosotros, y luego ya no recuerdo por qué brindamos. Hablamos de todo menos de trabajo: de viajes, de música, de lo que nos gustaba hacer cuando nadie miraba.

«¿Eres feliz?», me preguntó de pronto, mirándome por encima de su copa. La pregunta me pilló desprevenida. «Sí», dije, y era verdad. «Tengo una vida buena.» Él asintió despacio. «Yo también tuve una vida buena. Hasta que un día me di cuenta de que buena no era suficiente.»

Nos quedamos en silencio, mirando las luces de la ciudad. Su mano estaba sobre la mesa, cerca de la mía, y yo la miré como si fuera un precipicio. Luego, sin pensarlo más, puse mi mano sobre la suya. Él entrelazó los dedos con los míos y ninguno de los dos dijo nada.

«Marta», susurró, «si subimos a mi habitación, no va a ser a tomar café. Quiero que lo sepas antes.» Yo lo miré a los ojos y vi en ellos el mismo hambre que me estaba quemando por dentro. «Lo sé», dije. «Llévame.»

En el ascensor escribí el mensaje a mi marido. Andrés lo vio y no dijo nada, solo me apretó la mano. Cuando las puertas se cerraron, me empujó suavemente contra la pared del ascensor y me besó. Fue un beso urgente y culpable y delicioso, con sabor a gin tonic y a pecado.

«Si alguien nos ve...», susurré contra su boca. «Que nos vea», respondió, y me besó el cuello. El ascensor subía despacio, parándose en cada planta, y cada parada era una tortura deliciosa: nos separábamos un segundo y volvíamos a pegarnos en cuanto las puertas se cerraban.

Su habitación era una suite en la séptima planta, con una cama enorme y un ventanal con vistas a la ciudad. Nada más cerrar la puerta me pegó contra ella y me besó con una pasión que me dejó sin aliento. Sus manos me subieron la falda del traje hasta la cintura mientras yo le arrancaba la corbata.

«Doce años», susurré, mientras me desabrochaba la blusa con dedos temblorosos. «¿Doce años qué?», preguntó. «Doce años sin sentir esto», admití. Él me miró con una intensidad que me atravesó. «Entonces esta noche vas a sentirlo todo.»

Me quitó la blusa y el sujetador y se quedó mirándome, con la respiración acelerada. «Eres preciosa, Marta.» Me tumbó en la cama y se colocó sobre mí, besándome el cuello, los hombros, los pechos. Tomó un pezón entre los labios y lo succionó mientras su mano bajaba por mi vientre.

Sus dedos se colaron dentro de mis bragas y me encontraron empapada. Gimió contra mi piel y me acarició con una habilidad que me hizo arquearme en la cama. Metió un dedo dentro de mí, luego dos, moviéndolos con un ritmo experto mientras su pulgar dibujaba círculos en mi clítoris.

Yo me agarraba a las sábanas del hotel, mordiéndome el labio para no gritar. El placer iba creciendo en oleadas, mezclado con la culpa y el morbo de estar haciendo aquello en una habitación de hotel, a doscientos kilómetros de mi casa, con un hombre que no era mi marido. La mezcla era explosiva.

Me corrí con un gemido ahogado, temblando entre sus brazos. Él me besó en la frente y me susurró: «Eso ha sido solo el principio.» Se incorporó y se desnudó delante de mí, despacio, dejándome mirarlo. Su cuerpo era atlético y moreno, y su polla estaba dura y ansiosa.

Me arrodillé en la cama y me la metí en la boca, saboreándolo con una entrega que me sorprendió a mí misma. La chupé con ganas, moviendo la cabeza, usando la lengua y las manos. Él me agarró del pelo y gimió mi nombre, y oírlo me puso aún más caliente.

Me tumbó de espaldas y se colocó entre mis piernas. «Mírame», me ordenó, y me penetró despacio, sin dejar de mirarme a los ojos. La sensación de ser llenada por él, después de tanto deseo contenido, fue indescriptible. Yo gemí y le clavé las uñas en la espalda.

Empezó a moverse con embestidas lentas y profundas, y yo le rodeé la cintura con las piernas para sentirlo más hondo. Nos besábamos mientras nos movíamos, con una intimidad que me asustó y me excitó a partes iguales. Esto no era solo sexo: era algo que no sabía nombrar.

El ritmo fue creciendo hasta volverse salvaje. Me follaba con fuerza sobre las sábanas del hotel, con mis gemidos amortiguados contra su hombro. «No pares», le pedí. «No pienso parar», respondió, y me embistió más fuerte.

Me puso a cuatro patas en medio de la cama y me penetró por detrás, agarrándome de las caderas con fuerza. Yo gemía con la cara hundida en la almohada, sintiendo cada embestida en lo más profundo. Con una mano me frotó el clítoris y el orgasmo me atravesó como un rayo.

Me corrí gritando su nombre contra la almohada, y él se corrió justo después, con un gemido grave, desplomándose sobre mi espalda. Nos quedamos así, jadeando, pegados por el sudor, hasta que nuestros cuerpos se separaron.

Nos tumbamos de lado, mirándonos, sin hablar. La culpa llegó entonces, en oleadas frías, mezclada con una felicidad culpable que no podía negar. «¿Estás bien?», preguntó, acariciándome la mejilla. «No lo sé», admití. «Pero no me arrepiento.»

Pedimos la cena a la habitación y comimos en la cama, desnudos bajo las sábanas, como una pareja de verdad. Hablamos de nuestras vidas, de sus dos hijas, de mis hijos, de todo lo que nos separaba y de lo poco que importaba en aquel momento. Cada vez que me miraba, yo sentía que me derretía.

Después de cenar, me hizo el amor otra vez, despacio y tierno, con la luz de la ciudad entrando por el ventanal. Fue distinto: más suave, más íntimo, como si ya no tuviéramos nada que demostrar. Yo lloré un poco al correrme, abrazada a él, y él me besó las lágrimas sin preguntar.

Dormimos abrazados, con las piernas enredadas. Me desperté a las seis de la mañana con su boca en mi cuello y su cuerpo pegado a mi espalda. «Una más», susurró. «La de despedida.»

Nos duchamos juntos, con el agua caliente resbalándonos por el cuerpo. Me pegó contra los azulejos y me penetró de pie, con una pierna mía enredada en su cintura. El agua nos caía encima mientras nos movíamos, y nos corrimos juntos, abrazados bajo el chorro.

Nos vestimos en silencio, con la luz gris del amanecer entrando por la ventana. Él me ayudó con la cremallera del vestido y me dio un beso largo en la nuca. «Gracias», susurró. «Por esta noche.» Yo me giré y lo besé en los labios. «Gracias a ti.»

En la puerta me tendió su tarjeta de visita. «Por si alguna vez vuelves a Valencia», dijo. Yo la guardé en el bolso, junto al móvil lleno de mensajes de mi marido preguntando si había dormido bien. La culpa y el deseo se mezclaron en mi pecho en un nudo imposible de deshacer.

Bajé en el ascensor sola, con el sabor de su boca todavía en la mía y su olor en mi piel. En el vestíbulo, pedí un taxi al aeropuerto con la voz más normal del mundo. Nadie sospechó nada. Las mejores infidelidades, pensé, son las que no dejan rastro.

En el avión, con Valencia quedando atrás bajo las nubes, saqué su tarjeta del bolso y la miré un buen rato. Luego la guardé en la cartera, en el compartimento secreto donde guardo las cosas que no quiero perder. Mi marido me esperaba en casa con los niños y una cena preparada. Yo volví a ser Marta, la esposa, la madre, la mujer ordenada.

Pero por las noches, cuando todos duermen, a veces abro la cartera y miro aquella tarjeta. Y recuerdo la séptima planta, el ascensor, su boca en mi cuello. Y sonrío en la oscuridad, porque hay noches que no se olvidan, por mucho que la vida siga igual al día siguiente.

Dos semanas después, mi marido me preguntó por qué sonreía mirando el móvil. «Nada», dije, borrando el historial. «Cosas del trabajo.» Él me besó en la frente y siguió con lo suyo. Yo guardé el móvil y me prometí que aquello no volvería a pasar. Y crucé los dedos por debajo de la mesa, por si acaso.

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