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Relatos eróticos de hermanas: el secreto de Lucía y Marta (Parte 1)

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El olor a jazmín del gel de ducha de Marta se coló bajo la puerta del baño mucho antes de que el agua dejara de correr, y Lucía, sentada en la penumbra del sofá con el móvil apagado sobre el muslo, pensó que si alguien escribiera los relatos eróticos de hermanas que ella llevaba meses inventando en su cabeza, empezarían exactamente así: con una fragancia robada, la piel de gallina y las dos y siete minutos de la madrugada parpadeando en el microondas.

Llevaba cuatro meses viviendo con Marta en aquel piso de Malasaña y cuatro meses sin dormir bien. Cada noche repasaba los mismos detalles como quien cuenta monedas: la risa de Marta rebotando en los azulejos de la cocina, el lunar diminuto que había vislumbrado una vez bajo su pecho izquierdo cuando se agachó a recoger una cuchara, la forma en que se mordía el labio inferior al concentrarse.

Y luego estaban las pistas, porque Lucía ya no podía llamarlas casualidades. La semana pasada encontró unas bragas de encaje negro sobre su propia almohada, y Marta, roja hasta las orejas, dijo que se habría confundido de cama. El martes le pidió que le subiera la cremallera del vestido y se quedó quieta, respirando despacio sobre su nuca, un segundo más de lo necesario.

El agua se detuvo con un golpe seco de tubería. Lucía contuvo la respiración y escuchó los pies descalzos de Marta sobre las baldosas frías, el chirrido de la mampara, el susurro de una toalla. Se puso de pie de golpe, dispuesta a refugiarse en su habitación antes de hacer una tontería, y entonces la puerta del baño se abrió.

Marta apareció envuelta en una toalla blanca demasiado pequeña, el pelo negro chorreando sobre los hombros, gotas de agua resbalando por la clavícula. Se quedó mirándola desde el marco de la puerta con una sonrisa que no era del todo inocente. «¿Tú tampoco podías dormir?», preguntó, y su voz sonó más grave que de costumbre.

«Quédate un rato conmigo», añadió antes de que Lucía pudiera inventar una excusa, y se sentó en el sofá dando unas palmaditas en el cojín de al lado. Lucía obedeció porque su cuerpo ya había decidido por ella. El vapor tibio que desprendía la piel de Marta le llegó en oleadas, mezclado con el jazmín, y una gota de agua cayó del pelo mojado directamente sobre su antebrazo desnudo.

«Yo las dejé ahí», dijo Marta de pronto, sin mirarla. «Las bragas. En tu cama. Quería ver tu cara cuando las encontraras.» El corazón de Lucía golpeó tan fuerte que estuvo segura de que Marta podía oírlo. «¿Y qué cara puse?», logró preguntar. Marta se volvió por fin, y sus ojos brillaban en la penumbra. «La misma que pones ahora.»

Entonces Marta hizo algo que Lucía había soñado despierta cien veces: tomó su mano y la posó sobre su propio muslo, justo donde terminaba la toalla, sobre la piel caliente y todavía húmeda. Lucía temblaba tanto que apenas podía respirar. Se inclinó, o fue Marta quien se inclinó, ya no importaba, y sus bocas se encontraron a medio camino en un beso torpe, húmedo, que supo a pasta de dientes y a algo prohibido.

El beso se volvió hambriento en segundos. Marta se movió hasta quedar a horcajadas sobre sus piernas y la toalla se aflojó, luego cayó, dejando sus tetas al aire, redondas y firmes, los pezones duros por el frío del pasillo. Lucía las tomó con ambas manos como si llevara años esperando ese permiso, las amasó despacio, y Marta echó la cabeza hacia atrás con un gemido que le vibró en la garganta.

«Llevo meses queriendo hacer esto», susurró Marta, y empezó a desabrocharle el pijama botón a botón, con una lentitud deliberada que era casi cruel. Cuando la tela cayó, su boca bajó por el cuello de Lucía, se detuvo en cada teta, lamió, mordisqueó con suavidad, y siguió descendiendo por el vientre mientras sus manos le abrían las piernas sin pedir permiso.

La primera caricia de su lengua en el coño de Lucía fue como una descarga eléctrica. Marta lamió despacio, en círculos amplios, y luego concentró la punta de la lengua justo sobre el clítoris, alternando presión y suavidad con una intuición que dejó a Lucía sin aliento. Dos dedos se deslizaron dentro de ella, curvos, buscando, y la encontraron: aquel punto que la hizo arquear la espalda y agarrarse al borde del sofá.

Lucía se corrió con un grito ahogado que tuvo que morder contra su propio puño, el cuerpo sacudiéndose en oleadas mientras Marta seguía lamiendo sin prisa, alargando cada espasmo hasta exprimirlo. Cuando por fin se quedó quieta, temblando, Marta subió gateando por su cuerpo y le enseñó los dedos brillantes. «Mira lo mojada que estás por mí», dijo, y se los llevó a la boca despacio, sin dejar de mirarla.

Algo se rompió dentro de Lucía entonces, el último dique de la vergüenza, y la tumbó de espaldas sobre el sofá con una fuerza que sorprendió a las dos. Besó cada centímetro de aquel cuerpo que había memorizado a distancia: el lunar bajo el pecho, el ombligo, la línea del bikini. Cuando su boca llegó al coño de Marta, lo encontró hinchado y empapado, el clítoris asomando, ávido.

Lo tomó entre los labios y succionó con ritmo, metiendo dos dedos dentro de ella y moviéndolos en un vaivén firme mientras el pulgar dibujaba círculos sobre el clítoris. Marta se retorcía bajo su boca, los dedos enredados en su pelo, tirando sin darse cuenta, jadeando su nombre entre dientes. «Lucía, por favor, no pares, no pares...» Y entonces se corrió con un chillido agudo, las piernas temblando alrededor de su cabeza, el coño contrayéndose contra su lengua en pulsaciones largas.

Se quedaron abrazadas sobre el sofá estrecho, sudadas, riéndose bajito como niñas que acabaran de romper algo caro. «Mi cama es más grande», susurró Marta contra su boca, y la tomó de la mano para guiarla por el pasillo a oscuras. Las sábanas olían a ella, a jazmín y a sueño, y Lucía se hundió en aquel olor mientras Marta cerraba la puerta con el pie.

El segundo asalto fue más lento y más salvaje a la vez. Se colocaron de lado, frente a frente, las piernas entrelazadas en tijera, los coños presionados uno contra otro, y empezaron a moverse en un ritmo acompasado que encontraron sin hablar. La fricción directa, piel contra piel, clítoris contra clítoris, era tan intensa que Lucía tuvo que morderle el hombro a Marta para no gritar.

Marta le dio la vuelta sin avisar y la puso a cuatro patas sobre la cama, se pegó a su espalda y deslizó la mano entre sus piernas por detrás, los dedos entrando y saliendo con fuerza mientras con la otra mano le retorcía suavemente un pezón. «Así», jadeaba Lucía, «así, no pares», y el sonido húmedo de los dedos en su coño llenaba la habitación.

Cuando Marta se corrió por segunda vez fue de golpe, con un chorro caliente que empapó los dedos de Lucía y las sábanas, el cuerpo entero convulsionando, un gemido largo y roto que terminó en risa histérica. «Joder», respiraba, «joder, Lucía.» Lucía se tumbó sobre ella, las dos empapadas, y la besó hasta que el temblor se calmó.

La tercera vez fue Lucía quien mandó. Se sentó a horcajadas sobre el muslo tenso de Marta y se frotó contra él con movimientos largos, mientras Marta, desde abajo, le metía tres dedos hasta el fondo y le susurraba barbaridades al oído. El orgasmo la alcanzó de pie, por así decirlo, arqueada hacia atrás, gritando el nombre de Marta tan alto que la vecina de arriba golpeó el techo con la escoba. Las dos se taparon la boca y se rieron hasta llorar.

Después ya no hubo prisa. Se quedaron enredadas bajo la sábana fina mientras la luz gris del amanecer empezaba a colarse por las rendijas de la persiana. Marta le trazaba círculos perezosos en la mejilla con la yema del dedo, y Lucía pensó que podría morirse allí mismo, feliz, sin necesitar nada más. «¿Y ahora qué?», preguntó en voz baja, porque alguien tenía que decirlo.

Marta dejó de dibujar círculos. Su mano se quedó quieta sobre la mejilla de Lucía, y en la penumbra del amanecer su cara cambió por completo, como si se hubiera puesto una máscara. «Hay algo que tengo que decirte», susurró. «Y tienes que prometerme que me vas a escuchar hasta el final.»

Lucía se incorporó sobre un codo, el corazón desbocado de nuevo, pero esta vez de miedo. Marta respiró hondo, clavó los ojos en el techo y lo soltó de golpe, sin anestesia: «Me caso el mes que viene, Lucía.» El silencio que siguió fue tan absoluto que se oyó el goteo del grifo del baño. «¿Cómo?», fue todo lo que Lucía pudo decir.

«Se llama Javier. Llevamos dos años. La boda es el veinte del mes que viene y...» Marta se interrumpió porque Lucía se había levantado de la cama de un salto, buscando su pijama a tientas, con las manos temblando tanto que no acertaba con los botones. «Lucía, por favor.» «¿Dos años?», repitió Lucía, y su voz sonó extraña, rota. «¿Mientras me dejabas bragas en la almohada?»

Entonces llamaron a la puerta. Tres golpes secos, decididos, a las seis y diez de la mañana. Las dos se quedaron petrificadas, desnudas entre las sábanas revueltas, mirándose con los ojos muy abiertos. «¿Esperas a alguien?», susurró Lucía. Marta negó con la cabeza, pálida como la cera. Los golpes se repitieron, más fuertes, y una voz de hombre sonó al otro lado: «¿Marta? Soy yo. Tenemos que hablar.»

La próxima parte llegará muy pronto...

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Relatos eróticos de hermanas: el secreto de Lucía y Marta (Parte 2)

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