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Leer Relatos Eróticos: Una Noche en Barcelona

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El olor a mar le llenó los pulmones antes incluso de quitarse las sandalias. Priya cerró los ojos un segundo y dejó que la brisa le pegara el vestido al cuerpo: sal en la piel, sangría dulce en los labios, el rumor de las olas rompiendo a pocos metros. Leer relatos eróticos se había convertido en su ritual durante los vuelos largos, y aquella tarde en Barcelona, con el sol cayendo sobre el Mediterráneo, sintió que por fin vivía dentro de uno de ellos.

El chiringuito estaba a medio llenar. Pidió una copa de sangría y se sentó en una mesa de madera desgastada, con los pies hundidos en la arena todavía tibia. Tenía treinta y tres años, venía de Delhi para una conferencia de marketing de tres días, y aquella era su primera tarde libre. El camarero, un hombre de unos treinta y ocho años, con los antebrazos marcados y una sonrisa fácil, le dejó unas olivas que no había pedido.

"De la casa," dijo él, secándose las manos en el delantal. "Tienes cara de necesitar algo más que sangría."

Priya se rió. "¿Y eso qué sería?"

"Depende de cuánto tiempo tengas." Se llamaba Diego, era el cocinero, y el chiringuito era de su familia. Hablaba un inglés con acento cerrado, mezclado con gestos amplios. Le contó que el local cerraba a las once, y que después solía caminar por el casco antiguo, cuando las calles se vaciaban de turistas.

"¿Te apetece que te lo enseñe? El Barcelona de verdad, no el de las postales." La miró directamente, sin disimular el interés. Priya sintió un calor que no venía del sol. Hacía dos años que no sentía que un hombre la mirara así, como si ya supiera lo que iba a pasar.

"Te espero aquí a las once," dijo ella, y él asintió con una sonrisa lenta antes de volver a la cocina.

Las horas pasaron despacio. Priya pidió otra sangría, mojó los pies en el agua, dejó que la sal se secara en su piel. A las once menos diez, Diego salió por la puerta trasera, ya sin delantal, con una camisa blanca remangada y el pelo todavía húmedo. "¿Lista?" Ella se levantó, y él le ofreció el brazo como si fueran a un baile antiguo. Ella se rió y lo aceptó.

Caminaron por la orilla, donde la arena estaba dura y fría. La luna dibujaba un camino plateado sobre el agua. Hablaron de poco: de Delhi, del tráfico imposible, de la cocina de su abuela, del restaurante que Diego soñaba abrir algún día. En un momento, él se detuvo junto a una barca de pescadores varada en la arena y la atrajo hacia sí.

"Priya," dijo, y no dijo nada más. La besó. Fue un beso lento al principio, con sabor a sangría y sal, y después más hondo, con las manos de él en su cintura y las de ella enredadas en su pelo húmedo. Cuando se separaron, los dos respiraban agitados. "Mi apartamento está encima del restaurante," susurró él. "A cinco minutos."

Ella no lo dudó. "Llévame."

Subieron por una escalera estrecha de piedra, con las paredes frías bajo las palmas. El apartamento era pequeño: una cocina abierta, un salón con un sofá gastado y una puerta que daba a un dormitorio con una cama grande y una ventana abierta al mar. Se oían las olas. Diego cerró la puerta con el pie y la besó de nuevo, esta vez sin prisa pero sin pausa.

Sus manos le bajaron la cremallera del vestido, despacio, deteniéndose en cada centímetro de piel que aparecía. El vestido cayó al suelo. Priya se quedó en ropa interior negra, con la piel erizada por la brisa que entraba por la ventana. Diego la miró de arriba abajo, con una admiración tan directa que a ella se le cortó la respiración.

"Eres preciosa," dijo, y le desabrochó el sujetador con una facilidad practicada. Sus pechos quedaron libres, firmes, con los pezones duros por el frío y el deseo. Él los tomó con las manos, los pesó, y luego bajó la boca a uno de ellos. Lo lamió en círculos, lo succionó con suavidad, y Priya gimió, echando la cabeza hacia atrás.

Ella le quitó la camisa, botón a botón, y le pasó las manos por el pecho, por los hombros anchos, por la línea de vello que bajaba hacia el pantalón. Le desabrochó el cinturón y le bajó los pantalones junto con la ropa interior. Su polla estaba dura, gruesa, con la punta brillante de humedad. Priya la tomó con la mano y la acarició despacio, sintiendo cómo palpitaba.

Se arrodilló y se la metió en la boca. La lamió de arriba abajo, jugó con la lengua en el glande, se la metió hasta el fondo y la sacó despacio. Diego gimió, con las manos en su pelo, sin empujar, dejándola llevar el ritmo. "Para," dijo al fin, con la voz ronca. "Si sigues así, no llego a la cama."

La levantó y la llevó al dormitorio. La tumbó sobre las sábanas frescas y le quitó las bragas con los dientes, tirando despacio de la tela con la boca mientras sus manos le abrían los muslos. Su coño estaba mojado, hinchado, brillante. Diego la miró un segundo y luego bajó la boca.

La lamió con calma, como quien saborea, pasando la lengua por los labios, deteniéndose en el clítoris, dibujando círculos lentos que la hacían arquearse. Priya se agarró a las sábanas, con las piernas temblando. "Diego, por favor," susurró. Él sonrió contra su piel y siguió, metiendo un dedo dentro de ella mientras la lengua no paraba, y luego otro dedo, moviéndolos con un ritmo que la volvió loca.

Ella se corrió con un grito ahogado, con el cuerpo sacudiéndose, con las manos crispadas en su pelo. Diego subió por su cuerpo, besándole el vientre, los pechos, el cuello, y se colocó entre sus piernas. La penetró despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos. Priya sintió cómo la llenaba por completo, y se mordió el labio para no gritar.

Empezó a moverse, primero lento, saliendo casi del todo para volver a entrar hasta el fondo. Cada embestida le arrancaba un gemido. Ella le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo más hondo. "Más fuerte," pidió. Él obedeció, con el ritmo acelerándose, con la cama golpeando suavemente contra la pared, con el sonido del mar de fondo.

Priya se giró, poniéndose a cuatro patas, ofreciéndose. Diego la penetró desde atrás, agarrándola por las caderas, con embestidas profundas y duras. Le pasó una mano por delante y le acarició el clítoris al mismo ritmo. Ella gritó su nombre, con la cara hundida en la almohada, sintiendo cómo el placer subía en oleadas.

Se corrió de nuevo, con más fuerza que antes, con el coño contrayéndose alrededor de su polla. Él aguantó unos segundos más, con los movimientos cada vez más rápidos y descontrolados, y se corrió dentro de ella con un gemido largo, desplomándose sobre su espalda, con el pecho subiendo y bajando contra ella.

Se quedaron así un rato, enredados, sudados, con la brisa del mar secándoles la piel. Diego le apartó el pelo de la cara, pegajoso de sudor. "¿Tienes hambre?" preguntó. Priya se rió, sin fuerzas. "Siempre tengo hambre después de..." No terminó la frase. Él la entendió igual.

Se levantó desnuda a beber agua, con la garganta seca. La cocina estaba a oscuras, solo iluminada por la luz de la nevera. Oyó pasos detrás de ella y unas manos en su cintura. "No he terminado de enseñarte Barcelona," susurró Diego, con la boca en su nuca. La giró y la sentó sobre la encimera de la cocina, fría contra sus muslos desnudos.

Le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. La lamió de nuevo, con más ansia esta vez, como si quisiera aprenderse cada pliegue de memoria. Priya se agarró al borde de la encimera, con la cabeza echada hacia atrás, gimiendo sin contenerse. El mármol frío bajo su cuerpo y su boca caliente entre sus piernas era una combinación que la volvía loca.

Diego se incorporó y la penetró allí mismo, sobre la encimera, con ella sentada en el borde y las piernas alrededor de su cintura. La embistió con fuerza, con las manos agarrándole el culo para atraerla hacia él en cada movimiento. Los tarros de la encimera tintineaban. Priya le mordió el hombro para no gritar, y él jadeó contra su pelo.

Se corrieron casi a la vez, con ella gritando su nombre y él apretándola contra sí como si no quisiera soltarla nunca. Se quedaron abrazados en la cocina a oscuras, riéndose bajito, con el corazón desbocado. "Esto no estaba en el menú," dijo él. "Lo mejor nunca está en el menú," respondió ella.

Volvieron a la cama y durmieron unas horas, enredados. Priya se despertó con la primera luz del amanecer entrando por la ventana y el sonido de las gaviotas. Diego ya estaba despierto, mirándola. "Ven," dijo, y la llevó de la mano a la terraza, con una manta sobre los hombros desnudos de los dos.

La terraza daba al mar. El sol asomaba en el horizonte, tiñendo el agua de rosa y dorado. Diego extendió la manta en el suelo y la tumbó sobre ella, con el cielo aclarándose sobre sus cuerpos. La besó despacio, con una ternura nueva, y le acarició todo el cuerpo con las manos, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

La penetró con suavidad, mirando el amanecer por encima de su hombro, moviéndose al ritmo lento de las olas. Fue distinto: sin urgencia, sin hambre feroz, solo dos cuerpos moviéndose juntos mientras el día nacía. Priya sintió el placer crecer despacio, como la luz, hasta desbordarse en un orgasmo largo y silencioso que le erizó toda la piel. Él se corrió poco después, con un suspiro profundo, abrazándola fuerte.

Se quedaron en la terraza, tapados con la manta, viendo cómo Barcelona despertaba. Diego se levantó un momento y volvió con dos cafés humeantes. Priya cogió el móvil, que había estado ignorado toda la noche, y vio tres mensajes de su jefa. Sonrió, escribió una respuesta rápida y dejó el teléfono boca abajo.

"¿Todo bien?" preguntó Diego, tendiéndole el café.

Priya tomó un sorbo, miró el mar, lo miró a él, y dijo: "Acabo de decirle a mi jefa que mi vuelo se ha retrasado."

🔒 Bonus Scene locked

Con el vuelo oficialmente retrasado, la tarde pedía una ducha para dos y una siesta que ninguno de los dos quería terminar.

WhatsApp par share karo, turant unlock1 dost ko bhejo, bonus scene yahin khul jayega
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