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Relatos Eróticos en la Ducha: El Apartamento de Valencia

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El taxi frenó delante del bloque y, mientras Lucía giraba la llave en la cerradura del apartamento, recordó los relatos eróticos en la ducha que había leído de joven y sonrió sin saber que estaba a punto de vivir uno.

El piso olía a mar y a pintura fresca, un apartamento pequeño a dos calles de la Malvarrosa para una semana sola mientras su marido trabajaba en Madrid. Dejó la maleta junto al sofá y abrió el balcón de par en par para que entrara la brisa.

Deshizo la maleta sin prisa, colgando dos vestidos y doblando el resto en los cajones. Le gustaba ese ritual de instalarse, de hacer suyo un espacio prestado. Se puso unos pantalones cortos y fue directa al baño, con el cuerpo pegajoso del viaje.

Giró el grifo del agua caliente y esperó, pero el agua salía tibia, luego fría, luego helada. Golpeó el calentador con los nudillos y el aparato respondió con un zumbido agónico que se apagó de golpe. «Perfecto, una semana sin ducha caliente», murmuró.

Llamó a la inmobiliaria con el número del correo de la reserva. La mujer que atendió le dijo que el técnico del edificio pasaba por las tardes y que lo avisaba en el acto. Lucía colgó, se puso un vestido ligero sin sujetador y esperó en el balcón.

El timbre sonó cuando el sol empezaba a bajar, y tras la mirilla había un hombre de unos treinta y cuatro años, moreno, con la camiseta empapada y una caja de herramientas. «Diego, mantenimiento del edificio, me han dicho que el calentador hace huelga», se presentó sonriendo.

«Hace huelga, sí, pasa», dijo Lucía apartándose. Él cruzó el salón con pasos decididos y entró en el baño como quien ya conoce el camino. El cuarto era pequeño, de azulejos blancos, con una ducha estrecha de mampara.

Diego se arrodilló ante el calentador, abrió la carcasa con un destornillador y tocó cables con una linterna pequeña. «Tiene pinta de ser la resistencia», dijo sin mirarla. «Lleva años pidiendo la jubilación este cacharro.» Lucía se apoyó en el marco y miró sus antebrazos.

«Voy a tener que probar la ducha», anunció, y abrió el grifo del agua caliente al máximo. «Déjala correr un par de minutos.» El agua salió con fuerza y el vapor no tardó en llenar el cuarto, empañando el espejo.

«Mete la mano y dime si calienta», le pidió él. Lucía estiró la mano bajo el chorro y negó con la cabeza: fría, congelada. Diego resopló y se puso a desmontar el calentador mientras el vapor seguía subiendo.

El vestido se le adhería a los muslos y Diego la miraba de reojo cada pocos segundos, intentando disimular. Lucía sintió un calor extraño en el bajo vientre, una mezcla de libertad y de algo que llevaba meses dormido. Hacía mucho que un hombre no la miraba así.

«¿Cuánto tardas?», preguntó, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía. «Diez minutos si tengo la pieza en la furgoneta», contestó Diego, y volvió del rellano con una resistencia nueva en una caja. Se quitó la camiseta para no mojarla y se quedó en camiseta interior.

El torso era ancho y bronceado, con una fina línea de vello bajando por el ombligo, y Lucía tragó saliva. Hacía mucho que no miraba a un hombre con esa atención hambrienta, y la sensación le devolvió de golpe los diecinueve años. «¿Te sujeto algo?», preguntó, y los dos rieron.

«La linterna, anda», pidió él, y ella se acercó con el haz temblando entre sus dedos. Diego cambió la pieza con gestos expertos, apretó los tornillos y cerró la carcasa. «Prueba otra vez», dijo abriendo el grifo, y el agua salió caliente entre el vapor.

«¡Funciona!», exclamó Lucía metiendo la mano bajo el chorro, y algunas gotas le salpicaron el vestido oscureciendo la tela sobre el pecho. Diego la miró fijamente, sin disimular ya, con la mandíbula tensa. El baño era una sauna pequeña y privada.

«Llevas una semana entera por delante», dijo él despacio, «y ahora con agua caliente.» Lucía sostuvo su mirada. El aire olía a vapor y a piel. Sin pensarlo, se desabrochó el vestido, lo dejó caer al suelo y se quedó solo con las braguitas.

«¿Te importa?», preguntó, aunque no era una pregunta, y Diego negó con la cabeza sin apartar los ojos de su cuerpo. Ella se bajó las braguitas despacio, las apartó con el pie y entró del todo bajo el chorro, cerrando los ojos un segundo.

Cuando los abrió, Diego estaba dentro de la ducha con ella, en calzoncillos empapados, las herramientas olvidadas en el suelo. La besó con una urgencia que la pilló desprevenida, una mano en su nuca y la otra bajando por su espalda mojada. El vapor lo difuminaba todo.

Lucía le quitó la camiseta interior mojada y le pasó las uñas por el pecho, notando cómo se le erizaba la piel. Él le agarró los pechos con las dos manos, los amasó bajo el agua y le pellizcó los pezones hasta que ella gimió contra su boca. «Joder, qué tetas», murmuró él.

Se arrodilló en el plato de ducha, con el agua caliente golpeándole la espalda, y le bajó los calzoncillos. La polla de Diego estaba dura y gruesa, goteando agua y preseminal. Lucía la agarró por la base y se la metió en la boca, chupando con fuerza.

Él gimió alto, le puso una mano en la cabeza y empezó a mover las caderas despacio, metiéndosela más hondo. «Así, joder, así», jadeó. Ella aceleró el ritmo, con el agua resbalándole por la cara, hasta notar que sus muslos temblaban. Entonces se apartó.

«Todavía no», le dijo con una sonrisa perversa, levantándose. Le dio la vuelta contra la mampara de cristal y se pegó a su espalda. Diego le separó las piernas con la rodilla y le metió dos dedos en el coño de golpe, buscándole el punto exacto.

Lucía gritó, un grito corto que rebotó en los azulejos, y se agarró a la mampara mientras él la follaba con los dedos bajo el agua. «Estás empapada», le susurró él al oído, mordisqueándole el lóbulo. «Y no es por la ducha.» Ella movió las caderas contra su mano, pidiendo más.

Diego sacó los dedos, se colocó detrás de ella y se la metió de una sola embestida, hasta el fondo. Lucía soltó un gemido largo y animal, y el cristal se empañó con su aliento. Él la agarró por las caderas y empezó a follarla con un ritmo profundo.

Cada embestida la empujaba contra el cristal y ella la sentía entrar y salir, llenándola por completo. «Más fuerte», pidió, y él aceleró. Le agarró un pecho con una mano mientras con la otra le frotaba el clítoris en círculos. El placer le subió como una descarga.

Lucía se corrió gritando su nombre, las piernas temblándole, el coño contrayéndose alrededor de él en oleadas. Diego aguantó dos embestidas más y se corrió dentro de ella con un gruñido ronco, pegando la frente a su espalda mojada. Se quedaron jadeando bajo el agua.

«Esto no ha pasado», dijo ella al final, girándose con una media sonrisa. «Esto no ha pasado», repitió él, besándola despacio. Recogió sus herramientas, se vistió en el salón sin dejar de mirarla y se fue. O eso creyó Lucía.

A la tarde siguiente el timbre sonó a las siete en punto, y Lucía abrió con el corazón desbocado: allí estaba Diego, con una bolsa de la ferretería. «He venido a revisar que la resistencia aguante, garantía del servicio», dijo muy serio. Ella lo dejó pasar intentando no sonreír.

Entró en el baño, abrió el grifo, comprobó la temperatura y asintió: aguantaba. Luego se giró hacia ella y, acercándose, añadió que la garantía solo cubría el calentador y que lo demás se cobraba aparte. Lucía se rio y tiró de él hacia la habitación.

En la cama lo desnudó despacio, saboreando cada prenda, cada centímetro de piel. Él le quitó el vestido de tirantes con la misma calma, besándole los hombros, el cuello, la curva de los pechos. Esta vez no había prisa: solo dos adultos solos con toda la tarde.

Lucía se tumbó boca arriba y lo miró desde la almohada. «Ahora me toca a mí mandar», le advirtió. Diego levantó las manos en señal de rendición. Ella le recorrió el cuerpo con la boca hasta agarrarle la polla ya dura y metérsela entera, chupando despacio.

Él gimió y le agarró el pelo, pero ella le apartó la mano con suavidad. «He dicho que mando yo.» Siguió chupando a su ritmo hasta tenerlo al borde. Entonces se incorporó, se colocó encima de él y se la metió ella misma, hundiéndose hasta el fondo.

Cabalgó despacio al principio, con las manos en su pecho, sintiendo cada centímetro dentro de ella. Luego aceleró, moviendo las caderas en círculos, y Diego le agarró los pechos, pellizcándole los pezones. El colchón crujía y la tarde entraba dorada por la persiana.

«Date la vuelta», le ordenó él de pronto, incorporándose. Lucía se puso a cuatro patas en medio de la cama y él se colocó detrás, agarrándola por las caderas. Se la metió de golpe y empezó a follarla con embestidas largas, frotándole el clítoris sin piedad.

Ella gritó contra la almohada, el placer subiéndole en oleadas. «No pares, no pares, no pares», jadeó, y él no paró. Aceleró hasta que Lucía se corrió con un grito ahogado, el cuerpo entero temblando. Diego salió y se corrió sobre su espalda.

Se quedaron en silencio, mirando el techo, con la brisa del mar entrando por el balcón. «Mañana es mi último día de turno de tarde, paso a despedirme del calentador», dijo Diego al rato. Lucía le mordió el hombro y contestó que el calentador y él tenían las horas contadas.

La tercera tarde llovía fino sobre Valencia, una lluvia de verano que empañaba los cristales. Diego llegó con el pelo mojado y la camiseta pegada al cuerpo. Lucía abrió la puerta con una toalla en el pelo y nada más, y él se quedó quieto en el umbral.

«La ducha», dijo ella simplemente, señalando hacia el baño. No hizo falta nada más. Entraron juntos, abrieron el agua caliente al máximo y el vapor los envolvió al instante. Diego la pegó contra los azulejos y la besó con hambre.

Lucía le bajó los pantalones allí mismo, bajo el chorro, y se arrodilló para chupársela mientras el agua les caía encima. Él gimió con la cabeza echada hacia atrás. Cuando estuvo a punto, ella se levantó y se apoyó en la pared con una pierna sobre el borde.

Diego se la metió de lado, sujetándole la pierna con una mano y el culo con la otra, follándola contra los azulejos con un ritmo salvaje. El agua caliente les corría por la cara y entre los cuerpos. Lucía gritaba sin cortarse, porque el agua lo tapaba todo.

La giró de espaldas sin salir de ella, le puso las manos en la pared y siguió follándola desde atrás, más hondo. Con la mano libre le frotó el clítoris en círculos rápidos y Lucía se corrió gritando, las uñas arañando los azulejos.

Él se corrió dentro de ella justo después, con un gemido ronco, y se quedaron abrazados bajo el agua caliente, jadeando. El vapor había empañado hasta la mampara y el baño era una nube privada donde no existían Madrid, ni el marido, ni la semana que se acababa.

«El viernes vuelvo a Madrid», dijo Lucía al final, con la voz pequeña. Diego le apartó un mechón mojado de la cara y la besó en la frente: entonces les quedaban dos duchas. Ella lo agarró por la nuca y lo besó, repitiendo que no se desperdiciara ni una gota.

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