Relatos eróticos de hoteles: la nota bajo la puerta de Sofía
Sofía encontró la nota cuando regresaba a su habitación del hotel de Madrid, después de una cena aburrida de congreso, y el papel blanco bajo la puerta la hizo detenerse en el pasillo. La nota decía, con una letra rápida y segura: Si estás despierta, llama dos veces a la puerta de al lado. No firmaba nadie, no explicaba nada, y Sofía se quedó mirando aquel papel durante un minuto entero, con el corazón latiéndole deprisa y una sonrisa que no podía controlar.
Sofía tenía veintinueve años, trabajaba en una empresa de Madrid, y había llegado al hotel para dos días de reuniones que le parecían eternas. Su habitación era cómoda pero impersonal, con una cama grande, una ventana que daba a la calle, y un silencio que por la noche se volvía demasiado pesado. Llevaba meses sin que nadie la mirara de verdad, sin que nadie le hiciera sentir deseada, y aquella nota, tan simple y tan atrevida, le pareció una invitación que no podía ignorar.
Se duchó despacio, se puso un vestido ligero que no pensaba ponerse para nadie, y se miró en el espejo mientras se preguntaba si estaba loca. Luego, con las manos un poco temblorosas, salió al pasillo y llamó dos veces a la puerta de al lado, tal como decía la nota. La puerta se abrió casi al instante, y un hombre de unos treinta y dos años, alto, con barba de dos días y una camisa remangada, la miró como si llevara toda la noche esperándola.
Me llamo Marco, dijo él, y Sofía se presentó con una risa nerviosa, sin saber si entrar o salir corriendo. Marco le ofreció una copa de vino, y ella aceptó, porque el vino le daba una excusa para quedarse un poco más. Hablaron de Madrid, del congreso, de los hoteles que siempre parecen iguales, y cada frase los acercaba un poco más en el sofá, hasta que sus rodillas se rozaron y ninguno de los dos se apartó.
Marco le preguntó si le gustaban los juegos, y Sofía, sintiéndose valiente por primera vez en mucho tiempo, le dijo que dependía del juego. Él sonrió, le tomó la mano, y le besó los dedos uno a uno, despacio, mirándola a los ojos. Sofía sintió un calor inmediato entre las piernas, y cuando Marco la besó en los labios, un beso profundo y sin prisa, ella le devolvió el beso con la misma intensidad, agarrándole la camisa para atraerlo hacia sí.
Marco la levantó del sofá y la llevó hacia la cama, quitándole el vestido por encima de la cabeza con un movimiento suave. Sofía se quedó en ropa interior delante de él, y Marco la miró de arriba abajo, como si quisiera memorizarla. Le desabrochó el sujetador, liberó sus pechos, y los besó con calma, primero uno y luego el otro, chupando sus pezones hasta que Sofía gimió y arqueó la espalda, clavándole las uñas en los hombros.
Sofía le quitó la camisa a Marco, le desabrochó los pantalones, y sacó su polla, dura y caliente, acariciándola despacio con la mano. Luego se la metió en la boca, lamiendo la punta y bajando poco a poco, mientras Marco le acariciaba el pelo y gemía su nombre. Sofía disfrutaba sintiendo cómo temblaba bajo su boca, y cómo su respiración se volvía más rápida con cada movimiento de su lengua.
Marco la tumbó en la cama, le quitó las bragas, y abrió sus piernas con suavidad. Su coño ya estaba mojado, y Marco lo acarició con los dedos, primero despacio y luego más rápido, hasta que Sofía se retorció en la cama y le pidió que no parara. Marco la lamió entonces, con la lengua caliente y precisa, y Sofía agarró las sábanas con fuerza, gimiendo sin importarle quién pudiera oírla al otro lado de la pared.
Marco se colocó encima de ella, puso su polla en la entrada de su coño, y la penetró despacio, muy despacio, hasta el fondo. Sofía gritó de placer, porque aquella plenitud era exactamente lo que llevaba meses deseando en silencio. Marco empezó a moverse, primero lento y profundo, luego más rápido y más fuerte, y la cama del hotel crujió bajo ellos mientras Sofía le rodeaba la cintura con las piernas y le pedía más.
Marco la folló con fuerza, agarrándole las caderas, entrando en ella una y otra vez, mientras le susurraba cosas sucias al oído que la excitaban todavía más. Sofía le clavó las uñas en la espalda, movió las caderas al ritmo de sus embestidas, y sintió cómo su orgasmo crecía, un calor intenso que le subía desde el vientre hasta el pecho. Le dijo que estaba a punto de correrse, y Marco la folló aún más fuerte, hasta que ella se corrió gritando su nombre, con el coño apretándose con fuerza alrededor de su polla.
Su orgasmo empujó a Marco al límite, y él se corrió dentro de ella con un gemido profundo, sujetándole las caderas mientras terminaba. Se quedaron abrazados, respirando agitados, con el cuerpo de él pesando sobre el de ella, y Sofía se rió, una risa feliz y un poco incrédula, porque acababa de vivir la noche más intensa de su vida con un desconocido de la habitación de al lado.
Después de aquello, Sofía volvió a su habitación al amanecer, con el vestido arrugado y el pelo revuelto, y durmió unas horas con una sonrisa en los labios. Por la tarde, cuando bajó a la recepción para otra reunión, encontró otra nota bajo su puerta, esta vez en el espejo del baño de su propia habitación, escrita con pintalabios: Esta noche, mi puerta estará abierta. Sofía se miró en el espejo, se retocó el pelo, y supo que no iba a asistir a ninguna reunión aquella noche.
La segunda noche fue aún más atrevida. Marco la recibió con una botella de vino y sin camisa, la tumbó en la cama, y le hizo el amor despacio, mirándola a los ojos, entrando en ella con movimientos largos y profundos, mientras ella le rodeaba el cuello con los brazos y le pedía que no terminara nunca. Sofía se corrió dos veces aquella noche, la segunda agarrándose a él con tanta fuerza que Marco se rió y le dijo que iba a dejarle marcas.
Cuando llegó la mañana de su partida, Sofía hizo la maleta despacio, sin ganas de irse, y Marco la acompañó hasta la puerta del hotel. Se despidieron con un beso largo en la calle, delante de los taxis y de la gente que pasaba, sin importarles nada. Marco le dio un papel con su número, y Sofía lo guardó en el bolsillo de su abrigo, junto a la primera nota, porque aquella historia de hotel, que había empezado con un papel bajo una puerta, merecía guardarse para siempre.
A la mañana siguiente, Sofía y Marco se encontraron en el desayuno del hotel, y fingieron ser dos desconocidos que se saludaban por educación. Ella tomó café, él tomó zumo, y bajo la mesa, sus pies se buscaron sin que nadie lo notara. Sofía tuvo que morderse el labio para no reírse, porque aquella farsa le parecía tan excitante como la noche anterior, y Marco le guiñó un ojo cuando el camarero se alejó, como si le dijera que la farsa no duraría mucho.
Por la tarde, Marco llamó a la puerta de Sofía, y esta vez fue ella quien lo recibió con una copa de vino y una sonrisa traviesa. Lo llevó hasta su cama, le quitó la camisa despacio, y lo besó en el cuello, en el pecho, y en el vientre, bajando poco a poco hasta su polla. Marco gimió y le agarró el pelo, y Sofía lo miró desde abajo, disfrutando de su poder, antes de metérsela en la boca y chuparla con calma, hasta que él le pidió que parara, porque quería correrse dentro de ella, no así.
Sofía se tumbó en la cama, abrió las piernas, y Marco se colocó entre ellas, penetrándola con un movimiento lento y profundo que le hizo cerrar los ojos. La folló despacio al principio, saboreando cada embestida, y luego más rápido, con las manos en sus pechos y la boca en su cuello, hasta que Sofía se corrió por segunda vez en aquel hotel, agarrándose a las sábanas y gritando su nombre contra la almohada. Marco se corrió justo después, desplomándose sobre ella, y ambos se quedaron quietos, escuchando el ruido lejano del tráfico de Madrid.
Aquella tarde, Sofía decidió alargar su estancia en el hotel un día más, inventando una reunión que no existía, y llamó a su empresa para avisar del cambio. Marco, al enterarse, sonrió y le dijo que los hoteles siempre guardan las mejores habitaciones para las mejores historias. Cenaron juntos en el restaurante del hotel, como dos viajeros normales, y subieron a la habitación tomados de la mano, sin prisa, porque sabían que aquella noche era suya, y que nadie se la iba a quitar.
La última noche en Madrid, Sofía y Marco hicieron el amor tres veces, una en la cama, otra en la ducha, con el agua caliente cayendo sobre sus cuerpos, y otra en el suelo, sobre la alfombra, riéndose entre besos y caricias. Al amanecer, Sofía se despidió de él en la puerta, con la maleta en una mano y las notas en el bolsillo, y le prometió que volvería, no por ningún congreso, sino por él. Marco le dio un último beso, largo y dulce, y la vio alejarse por el pasillo, sabiendo que algunos hoteles no se olvidan nunca.
La escena extra ocurre la tercera noche, cuando Sofía ya no necesita ninguna nota para llamar a la puerta de Marco. Entra en su habitación con un vestido nuevo, se sienta en la cama, y le pide que esta vez sea él quien espere, que esta vez sea ella quien tome la iniciativa. Marco obedece, se tumba en la cama, y deja que Sofía le quite la ropa despacio, besándole el pecho, el vientre, y finalmente su polla, hasta que él gime y le pide que pare antes de correrse.
Sofía se sube encima de él, se coloca su polla dentro de su coño, y se mueve despacio, disfrutando de cada centímetro, mientras Marco le agarra las caderas y le besa los pechos. Ella se corre mirándole a los ojos, con un gemido largo y feliz, y Marco la sigue un momento después, abrazándola con fuerza. Cuando terminan, Sofía se queda dormida sobre su pecho, y Marco la tapa con la sábana, sabiendo que aquella noche de hotel se ha convertido en algo que ninguno de los dos olvidará.
Por la mañana, Sofía despierta con otra nota en la mesilla, escrita por Marco mientras ella dormía: Gracias por llamar dos veces. Sofía guarda la nota junto a las demás, se viste despacio, y sale del hotel con la sensación de que algunas puertas, una vez abiertas, ya no se vuelven a cerrar del todo.
Semanas después, Sofía recibió un paquete en su oficina de Madrid, sin remitente, con una llave de hotel dentro y una nota que decía: Habitación 412, este viernes, mi puerta estará abierta. Sofía sonrió al leerla, guardó la llave en su bolso, y pasó el resto de la semana contando los días, porque sabía que algunas historias no terminan cuando se cierra la puerta del hotel, sino que esperan, pacientemente, a que alguien vuelva a llamar dos veces.
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