Relatos Eróticos del Gimnasio: Carmen, la Polla de Diego en el Vestuario de Madrid
Carmen estaba en medio de su serie de sentadillas cuando la puerta del vestuario se abrió de golpe y Diego entró sin avisar, con una toalla al hombro y la respiración agitada. Ella llevaba unos leggings ajustados y un top deportivo, y el espejo le devolvió la imagen de sus caderas en movimiento. Diego se quedó parado, mirándola, y Carmen sintió que el aire del gimnasio cambiaba de repente. "Perdona, pensaba que no había nadie," dijo Diego, pero no se movió para salir. Carmen sonrió, se secó el sudor de la frente y respondió, "No pasa nada, entrenador, puedes quedarte, si te atreves." Estos relatos eróticos del gimnasio ya no eran solo historias que Carmen leía en su móvil por la noche. Esta noche, en este vestuario de Madrid, iban a ser reales.
Carmen tenía 27 años, era diseñadora gráfica en Madrid, y llevaba tres meses entrenando en ese gimnasio del barrio. Diego tenía 31 años, era su entrenador personal, alto, de hombros anchos, con una sonrisa que la ponía nerviosa desde la primera clase. Durante semanas, cada corrección de postura había sido una excusa para tocarla, cada estiramiento una oportunidad para acercarse demasiado. Carmen lo sabía, Diego lo sabía, y los dos habían estado jugando a este juego sin decirlo en voz alta. Hasta esta noche, cuando la interrupción rompió el juego y lo convirtió en algo real.
Diego cerró la puerta del vestuario por dentro y se acercó a Carmen. Ella no retrocedió. Él puso las manos en su cintura y la atrajo hacia sí, y Carmen sintió su cuerpo fuerte contra el suyo. "Carmen, llevas semanas provocándome," susurró Diego, "y hoy ya no voy a aguantar más." Carmen se rió, le rodeó el cuello con los brazos y le besó. El primer beso fue lento, luego hambriento. Diego le quitó el top deportivo y le desabrochó el sujetador. Sus pechos quedaron libres, grandes y redondos, y Diego los tomó en su boca. Carmen gimió largamente y le agarró el pelo.
Diego bajó las manos hasta los leggings de Carmen y los bajó despacio, junto con su ropa interior. Carmen quedó desnuda frente a él, con el cuerpo todavía caliente del entrenamiento, y Diego la miró de arriba abajo. La sentó en el banco del vestuario, le abrió las piernas y tocó su coño con los dedos. Carmen arqueó la espalda. Su coño ya estaba mojado, y cuando Diego metió dos dedos dentro, ella apretó el banco con las manos. "Más rápido, Diego, más rápido," dijo, "llevo semanas soñando con esto." Diego aumentó la velocidad de sus dedos, y el cuerpo de Carmen empezó a temblar.
Diego se arrodilló y puso su lengua en el coño de Carmen. Ella gritó, pero se tapó la boca con la mano para que nadie en el gimnasio la oyera. Su lengua se movía a veces lenta, a veces rápida, a veces dentro, a veces jugando con su clítoris. Los ojos de Carmen se cerraron, y ella apretó la cabeza de Diego entre sus muslos. "No pares, Diego, así mismo," susurró. En pocos minutos Carmen tuvo su primer orgasmo, su cuerpo se retorció, y su coño soltó su jugo en la cara de Diego. Él lo lamió y subió a besarle los labios, para que ella probara su propio sabor.
Después Carmen le quitó la camiseta a Diego y le bajó los pantalones cortos. Su polla era larga y gruesa, y Carmen la tomó en su mano y la acarició. La metió en su boca y empezó a chuparla despacio, jugando con la punta con su lengua. Diego le agarró el pelo y empujó suavemente. A Carmen le encantaba su sabor, y la tomaba cada vez más adentro. Cuando la respiración de Diego se hizo pesada, él la detuvo y dijo, "Carmen, ahora quiero estar dentro de ti."
Diego puso las piernas de Carmen sobre sus hombros y colocó su polla en la entrada de su coño. Con un empujón entró hasta la mitad, y los ojos de Carmen se abrieron mucho. "Oh, Diego, qué gruesa es," gimió. Diego dio un segundo empujón y toda la polla se deslizó dentro. El coño de Carmen lo apretaba con fuerza, y Diego empezó a empujar despacio. Con cada empujón el banco se movía, y los gemidos de Carmen resonaban en el vestuario, aunque ella se tapaba la boca con la mano. Diego aumentó el ritmo. Ahora sus empujones eran rápidos y profundos, y los pechos de Carmen rebotaban con cada uno. Diego agarró sus pechos y los apretó mientras la follaba. Carmen enredó sus piernas en su cintura y empujaba desde abajo. "Más fuerte, Diego, fóllame más fuerte," susurró en voz alta. Diego obedeció y la folló tan fuerte que a Carmen le salieron lágrimas, pero no quería que parara.
Después Diego la puso a cuatro patas sobre el banco. Ella se apoyó en manos y rodillas, y Diego entró en su coño por detrás. En esta posición la polla entraba aún más profundo, y cada gemido de Carmen se hacía más largo. Diego le agarró el pelo y empujaba por detrás, dándole a veces una palmada suave en las nalgas. El coño de Carmen goteaba, y la polla de Diego entraba y salía con más facilidad en esa humedad. "Tu coño es tan estrecho, Carmen," dijo Diego, "podría quedarme en él toda la noche." Carmen dijo, "Pues quédate, no salgas, fóllame así toda la noche." Diego la dio la vuelta, la tumbó de espaldas y levantó una de sus piernas para follarla de nuevo. Ahora el segundo orgasmo de Carmen estaba cerca. Su respiración se rompía, sus uñas se clavaban en la espalda de Diego. Diego lo notó y aumentó aún más el ritmo. Carmen gritó y se corrió, su cuerpo se retorció, y su coño apretó la polla de Diego tan fuerte que él tampoco pudo aguantar.
Diego dio sus últimos empujones con fuerza y se corrió dentro del coño de Carmen. Su semen caliente la llenó, y los dos quedaron jadeando, abrazados. Carmen puso la cabeza en el pecho de Diego y dijo, "Estos relatos eróticos del gimnasio ahora son mi historia real, Diego." Diego se rió y dijo, "Entonces escribiremos la segunda parte mañana por la noche, y esta vez tú serás la protagonista, de verdad."
La segunda vez, Carmen tomó la iniciativa. Hizo que Diego se tumbara en el banco y se sentó encima de él, metiendo su polla en su coño ella misma. Empezó a moverse arriba y abajo despacio, y Diego le agarró la cintura desde abajo y empujaba hacia arriba. En esta posición Carmen tenía el control total, e iba a veces rápida, a veces lenta, a veces parando para hacer sufrir a Diego. Diego tomó sus pechos en su boca y chupó sus pezones mientras empujaba con fuerza desde abajo. Los gemidos de Carmen se hicieron más largos, y cuando se corrió agarró los hombros de Diego con tanta fuerza que le quedaron las marcas de sus uñas. Diego también se corrió dentro de ella, y los dos cayeron uno sobre otro, empapados en sudor.
Por la tarde, cuando el gimnasio estaba vacío, Carmen llevó a Diego a la sala de estiramientos. Entre las colchonetas, con la luz baja, Diego pegó a Carmen contra la pared y le levantó una pierna. De pie, la folló contra la pared mientras ella le rodeaba el cuello con los brazos. El eco de sus gemidos se perdía entre las máquinas, y Carmen se corrió rápido, su coño apretó la polla de Diego, y él se corrió dentro de ella también. Los dos se rieron, se arreglaron la ropa y salieron, y nadie supo nada, pero sus ojos llevaban una sonrisa secreta.
Por la noche Diego llevó a Carmen a las duchas. Bajo el agua caliente, los dos se enjabonaron mutuamente mientras se mojaban. Diego le echó jabón en la espalda y puso su mano en sus nalgas, y Carmen se dio la vuelta y tomó su polla en su mano y la acarició. De pie bajo el agua, Diego levantó una pierna de Carmen y metió su polla en su coño. Cuerpos mojados, agua caliente, y con el ritmo de los empujones, los gemidos de Carmen resonaban en las paredes de la ducha. Diego la folló contra la pared, y Carmen se corrió con sus uñas en sus hombros. Diego también se corrió dentro de ella, y los dos quedaron bajo la ducha abrazados hasta que el agua se enfrió. Carmen susurró, "Diego, hoy ha sido el mejor día de mi vida."
Por la mañana, cuando Carmen se despertó, Diego dormía a su lado, y su móvil tenía un mensaje que decía solamente: esta noche otra vez. Carmen sonrió y borró el mensaje, le dio un café a Diego, y los dos decidieron que esta historia nunca la sabría nadie en el gimnasio, pero que se escribiría cada noche. En el desayuno Carmen puso su pie sobre el pie de Diego, y Diego apretó su mano bajo la mesa, y los ojos de los dos llevaban la misma picardía de la noche. Cuando los demás se fueron a sus trabajos, Carmen le dio a Diego una notita que decía que se verían en la sala de estiramientos por la tarde, cuando todos descansaran, porque su sed todavía no se había apagado del todo, y Diego guardó la notita en silencio en su bolsillo.
Al día siguiente, cuando el gimnasio estaba vacío, Carmen llevó a Diego a la sauna. El calor era intenso, y los dos estaban envueltos en toallas. Diego le quitó la toalla a Carmen y la sentó en el banco de madera. Sus cuerpos sudaban, y Diego besó su cuello, sus pechos, su vientre, bajando despacio. Carmen gimió y le agarró el pelo, y Diego puso su lengua en su coño.
Carmen se corrió rápido por el calor y la excitación, y Diego la levantó y la penetró de pie, contra la pared de la sauna. Sus gemidos se mezclaban con el vapor, y Carmen enredó sus piernas en su cintura. Diego la folló despacio y profundo, y Carmen se corrió por segunda vez, gritando su nombre. Diego también se corrió dentro de ella, y los dos quedaron abrazados, sudando, riendo.
Cuando salieron de la sauna, se ducharon juntos y se vistieron como si nada hubiera pasado. Carmen le dio a Diego una notita que decía mañana otra vez, y Diego la guardó en su bolsillo. Los dos sabían que esta historia se escribiría cada día, en el gimnasio y fuera de él, y eso los hacía sonreír todo el día.
A la mañana siguiente, Carmen se despertó antes que Diego y lo miró dormir un rato, sonriendo al recordar la noche. Preparó café en silencio y lo llevó a la cama, y Diego abrió los ojos y la atrajo para un beso. Hicieron el amor una vez más con la luz de la mañana, despacio y con ternura, sin ninguna prisa, y Carmen susurró que era la primera vez en años que se sentía realmente deseada. Diego la abrazó y le prometió que esa noche sería aún mejor, y Carmen le creyó completamente.
Diego dijo, "Carmen, esta historia nunca va a terminar."
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