Relatos eróticos de dependientas: El almacén (Parte 2)
El giro de la llave de Carmen en la cerradura principal nos dejó helados en mitad del almacén, y en los relatos eróticos de dependientas que circulan por internet nunca te cuentan el frío que te sube por la espalda cuando la encargada de tu tienda entra a una hora en la que nadie debería estar allí. "¿Lucía, estás ahí? Me dejé el móvil en el cajón", gritó su voz desde la puerta, y yo solo tuve tiempo de mirar a Diego, que seguía con la camisa abierta y los pantalones a medio subir, y pensar que mi vida laboral acababa de terminar.
Mi falda estaba en el suelo junto a las cajas de sujetadores, su corbata colgaba de un gancho de alambre, y en el espejo de cuerpo entero del rincón se veía el desastre: el pelo revuelto, el sujetador rojo que Diego me había elegido abierto por delante, sus ojos enormes de pánico. "Escóndete", le susurré, empujándole detrás de la estantería de medias, pero ya era tarde porque los tacones de Carmen resonaban por el pasillo de la tienda y cada paso me sonaba a sentencia de muerte.
Carmen entró en el almacén con el bolso colgado del hombro y la mirada de quien ya sabe que ha pillado algo. Se detuvo en seco. Sus ojos bajaron a mi falda del suelo, subieron a mi blusa a medio abrochar, y se clavaron en Diego, que asomaba detrás de la estantería con la cara roja como un tomate. "¿Pero qué coño es esto?", soltó, y su voz temblaba más de rabia que de sorpresa.
"Carmen, espera, déjame explicarte", empecé yo, pero ella levantó una mano con la palma abierta que me cortó en seco. "No, ni se te ocurra. Esto es motivo de despido inmediato, Lucía. Follar en el almacén, en la tienda, con un cliente. Voy a llamar a la dueña ahora mismo y se lo cuento todo, todo." Sacó el móvil del bolsillo del abrigo y me miró como si fuera una desconocida.
Diego salió de detrás de la estantería, intentando arreglarse la camisa con las manos temblorosas. "Señora, por favor, ha sido cosa mía, yo la provoqué, ella no tiene la culpa de nada." Su voz era grave y cansada, la voz de un hombre de treinta y ocho años que ya había pasado por un funeral y no tenía miedo a nada, o eso quería que creyéramos. Carmen lo miró de arriba abajo. "Y usted sobra aquí. Largo de mi tienda."
Yo sentí que se me cerraba la garganta. Tres años en El Encanto, las mejores dependientas de Gràcia, mi sueldecillo, mi vida ordenada. Pero entonces miré bien a Carmen, de verdad la miré: cincuenta y seis años, el rímel corrido por el calor, los labios apretados, las manos que no dejaban de moverse. Había algo en su rabia que no cuadraba, una especie de temblor íntimo que no era solo indignación. "Carmen", le dije bajando la voz, "no me mires así. Sé que no eres de piedra."
"¿Qué dices? ¿Me estás vacilando?", bufó ella, pero bajó el móvil un centímetro. Me acerqué despacio, como se acerca una a un animal asustado, y le puse una mano en el brazo. Su piel estaba caliente. "No te estoy vacilando. Te conozco hace tres años, Carmen. Llegas la primera, te vas la última, nunca hablas de nadie, nunca sales con nadie. Dime la verdad: ¿cuándo fue la última vez que alguien te tocó de verdad?"
El silencio que siguió fue tan denso que se oía el zumbido del fluorescente. Carmen tragó saliva y su dureza se resquebrajó por un borde, solo un borde, pero yo lo vi. "Eso no es asunto tuyo", dijo, pero ya no gritaba. "Años", susurró al final, casi sin voz. "Hace años que nadie me toca. ¿Contenta? ¿Ya tienes tu excusa?"
Le quité el móvil de la mano con suavidad y lo dejé sobre una caja de medias. "No es una excusa. Es una invitación." Le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos y noté cómo cerraba los ojos, solo un segundo, como si aquel roce mínimo fuera más de lo que su cuerpo recordaba poder recibir. Diego nos miraba en silencio, apoyado en la estantería, y supe que entendía exactamente lo que estaba pasando.
Desabroché el primer botón del abrigo de Carmen y ella no se apartó. "Lucía, esto está mal", murmuró, pero su voz ya no tenía filo, solo una súplica blanda que se deshacía entre sus labios. "Lo que está mal es llevar años sin sentir nada", le contesté, y le besé la comisura de la boca, despacio, dejándole tiempo para huir si quería. No huyó. Me devolvió el beso con una torpeza hambrienta que me encendió por dentro, sus manos grandes agarrándome la nuca como si tuviera miedo de que yo desapareciera.
Le quité el abrigo y lo dejé caer al suelo, y después fui botón a botón con su blusa beige de encargada seria. Debajo llevaba un sujetador blanco de algodón, sencillo, de esos que no ha elegido nadie para seducir, y me pareció la cosa más erótica del mundo. Se lo desabroché por delante y sus pechos cayeron libres, grandes, pesados, con los pezones oscuros y duros ya solo del aire del almacén. "Joder, Carmen", susurré, y me los metí en la boca uno a uno, chupando con ganas, lamiendo en círculos lentos.
Ella gimió, un gemido ronco que le salió de muy adentro, y me agarró el pelo con fuerza. "Dios, Lucía, sigue, no pares." Le bajé la falda de tubo hasta los tobillos y se la quité junto con los zapatos, dejándola en medias y bragas. Le metí la mano por dentro de las bragas y encontré su coño empapado, caliente, los labios hinchados de deseo contenido durante años. Le froté el clítoris con el pulgar en círculos rápidos y ella se dobló hacia delante, apoyando las manos en mis hombros.
"Túmbate", le ordené, señalando el colchón de muestras que guardábamos doblado en el rincón. Obedeció sin rechistar, y yo me arrodillé entre sus piernas, le bajé las bragas despacio y le abrí los muslos. Su coño olía a mujer madura y a ganas, y le pasé la lengua de arriba abajo, despacio al principio, saboreándola, hasta que empezó a moverse contra mi boca. Entonces aceleré, le chupé el clítoris con ritmo, se lo succioné entre los labios y se lo solté, una y otra vez, mientras le metía dos dedos bien adentro y se los movía en gancho contra su punto más sensible.
Carmen se corrió gritando mi nombre, un orgasmo largo y tembloroso que le sacudió todo el cuerpo, y cuando terminó me miró con los ojos vidriosos. "Lucía, yo... nadie me había hecho eso nunca." Le sonreí y le besé el interior del muslo. "Pues prepárate, porque esto no ha hecho más que empezar." Me giré hacia Diego, que se había quedado quieto, con el bulto marcándosele en los pantalones de una forma obscena. "¿Vienes o te lo vas a perder?"
Diego se acercó y se arrodilló junto a mí, y le besé con la boca todavía sabiendo a Carmen. Él me devolvió el beso con ansia, metiéndome la lengua hasta el fondo, y después bajó a por Carmen, que seguía tumbada con las piernas abiertas y la respiración agitada. Le lamió el coño con una dedicación de hombre agradecido, la lengua larga y paciente, y Carmen volvió a gemir, agarrándole el pelo, moviendo las caderas contra su cara sin ningún pudor.
Yo mientras tanto me desnudé del todo, me quité el sujetador rojo y las bragas, y me puse a horcajadas sobre la cara de Carmen, bajándome despacio hasta que su boca encontró mi coño. Ella me lamió con torpeza al principio, pero aprendió rápido, y cuando Diego se incorporó y me penetró por detrás de un solo empujón profundo, el grito que solté retumbó en el almacén. Su polla me llenaba entera, dura y caliente, y cada embestida me empujaba la cara más contra la boca de Carmen.
"Más fuerte, Diego, fóllame más fuerte", le pedí, y él me agarró las caderas y me embistió con un ritmo brutal, sus huevos golpeándome el clítoris en cada choque. Carmen me chupaba sin parar, su lengua y los empujones de Diego me llevaban a un punto en el que ya no sabía dónde acababa mi cuerpo y empezaba el suyo. Me corrí con un alarido, temblando entera, el coño contrayéndose alrededor de su polla, y él se salió justo a tiempo para correrse sobre mi espalda en chorros calientes.
Nos quedamos los tres jadeando en el suelo del almacén, pegajosos, desnudos, ridículos y felices. Carmen se rio, una risa nerviosa que se le escapó sin permiso, y yo me reí con ella. "¿Ves? No ha pasado nada malo", le dije, acariciándole el pelo. Diego nos miraba a las dos con una ternura que me desarmó, y entonces Carmen, la estricta Carmen de cincuenta y seis años, se puso de rodillas y le hizo una seña. "Ven aquí, guapo. Que no se diga que me quedo a medias."
Lo que siguió fue un desmadre glorioso. Carmen se la chupó a Diego con una entrega de novata aplicada, mirándome de reojo para que la guiara, y yo le enseñé a usar la lengua en la punta, a apretar con los labios, a mirarle a los ojos. Diego gemía y me miraba a mí mientras ella trabajaba, y yo me masturbaba mirándolos, frotándome el clítoris en círculos rápidos hasta que volví a estar a punto. "Fóllala, Diego", le ordené. "Fóllala bien."
Diego tumbó a Carmen boca abajo sobre el colchón y la penetró por detrás, agarrándole las caderas anchas con las dos manos. Ella gritó de placer, un grito libre y desinhibido que no se parecía en nada a la encargada seria de El Encanto, y yo me puse delante de su cara para que me lamiera mientras él la embestía. "Así, Carmen, no pares", le animé, y su lengua en mi coño, combinada con el espectáculo de Diego follándosela con fuerza, me llevó a otro orgasmo que me dejó viendo estrellitas.
Cambiamos una vez más: yo a cuatro patas, Diego detrás de mí, y Carmen debajo de mí, chupándome las tetas con avidez mientras él me penetraba. Sus pezones duros rozándome la piel, su boca en mis pechos, la polla de Diego entrando y saliendo de mi coño empapado. Era demasiado, era perfecto. "Me voy a correr", avisó Diego con la voz rota, y se salió para correrse sobre mi culo en un chorro caliente que me resbaló por la espalda. Carmen y yo nos besamos entonces, un beso largo y húmedo, sabiéndonos la una a la otra, y nos corrimos juntas frotándonos, riéndonos entre gemidos.
Después nos quedamos tumbados en el colchón de muestras, los tres enredados, sin decir nada durante un rato largo. El fluorescente zumbaba, olía a sexo y a lencería nueva, y por primera vez en mucho tiempo yo sentí que todo estaba exactamente donde tenía que estar. Carmen fue la primera en hablar, con la voz todavía ronca. "No voy a llamar a nadie. Y no voy a despedir a nadie. Pero esto", dijo señalándonos a los tres, "esto no sale de aquí."
"Palabra", dijo Diego, y le tendió la mano para sellarlo. Yo asentí, pero por dentro ya sabía que mi etapa en El Encanto había terminado de todas formas, no por el escándalo, sino porque algo en mí había cambiado aquella noche. Quería más que vender bragas ajenas. Se lo dije a Diego una semana después, tomando un café en Gràcia, y él ni siquiera parpadeó: "Pues la montamos. Tu propia línea de lencería. Yo pongo el dinero, tú pones el talento y las ganas."
Carmen se quedó con la tienda y con el secreto, y cada vez que paso por delante de El Encanto me guiña un ojo desde el escaparate como si nada, la muy pilla. La primera colección salió en primavera, y la noche del lanzamiento, entre copas y aplausos, Carmen me abrazó fuerte y me susurró al oído: "Gracias por aquella noche, niña. Me devolviste la vida." Diego me esperaba en la puerta con dos cafés, y los tres nos sentamos en la terraza a reírnos de todo y de nada, y pensé que hay finales que no necesitan nada más.
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