Relatos eróticos de casadas infieles: la vecina del tercero
Dicen que los mejores relatos eróticos de casadas infieles empiezan con una puerta que se abre cuando no debería. El mío empezó un sábado por la tarde, con Marta llamando a mi puerta en albornoz y el pelo mojado. Me llamo Raúl, tengo treinta y dos años y vivo en el tercero izquierda de un bloque antiguo de Madrid. Marta vive en el tercero derecha con su marido, un comercial que viaja toda la semana y vuelve los domingos con cara de cansado y maletas vacías.
Raúl, perdona. Se me ha roto la ducha y el fontanero no viene hasta el lunes. ¿Puedo usar la tuya? Llevaba el albornoz blanco atado a la cintura y nada más, eso se notaba. Las gotas de agua le bajaban por el cuello hasta el escote. Tragué saliva y aparté la puerta. Claro, pasa.
Marta entró en mi piso como si fuera suyo. Conocía la distribución porque nuestros pisos son gemelos. Fue directa al baño y cerró la puerta sin pestillo. Me quedé en el pasillo escuchando el agua caer. Me serví un vaso de agua con manos que no eran del todo firmes. Marta era de esas mujeres que se notan: treinta y cinco años, caderas anchas, el pelo negro recogido en un moño improvisado, una risa que se oía desde el portal.
El agua dejó de sonar. Oí que abría el armario del baño. Raúl, ¿tienes una toalla limpia? Le llevé una toalla grande y abrí la puerta un palmo para pasársela. Lo que vi me dejó clavado: Marta estaba de espaldas, desnuda, secándose el pelo con la cabeza inclinada. Sus nalgas redondas, su espalda mojada, las marcas del sol en la piel. Levantó la vista hacia el espejo y me vio mirando. No se tapó. Sonrió.
¿Te gusta lo que ves, vecino? Mi cara debió de ponerse roja como un tomate. Marta se giró despacio, sin prisa, y se envolvió en la toalla. Pero la toalla era pequeña y el nudo quedó justo encima de sus pechos. Salió del baño y se sentó en mi sofá como si nada. Mi marido no me mira así desde hace años, dijo. A veces me pregunto si sigo siendo una mujer o solo la que le plancha las camisas.
Me senté en el sillón de enfrente, sin saber dónde mirar. Eres una mujer espectacular, Marta. Lo dije y me arrepentí al instante, pero ella se rio, una risa baja que me puso la piel de gallina. Ven aquí, dijo dando palmaditas en el sofá, a su lado. Fui. El sofá era pequeño y nuestros muslos se tocaron. Su piel todavía estaba caliente de la ducha.
Marta me miró a los ojos y luego bajó la vista a mi entrepierna. Se notaba todo a través del pantalón corto. Vaya, dijo. Parece que a ti sí te parezco una mujer. Antes de que pudiera responder, puso su mano sobre mi polla por encima de la tela y la apretó despacio. Se me escapó un gemido. Shh, dijo ella. Los vecinos.
Me desabrochó el pantalón con una soltura que me dejó claro que no era la primera vez que hacía algo así. Sacó mi polla, ya dura como una piedra, y la miró con hambre. Cuánto tiempo sin ver una así de cerca, murmuró. La agarró con fuerza y empezó a mover la mano arriba y abajo, primero despacio, luego más rápido. Yo le agarré un pecho por encima de la toalla y lo apreté. La toalla se abrió.
Sus tetas cayeron libres, grandes, con los pezones duros y oscuros. Me incliné y me metí un pezón en la boca. Marta echó la cabeza hacia atrás y gimió. Sí, así. Chúpamelas. Chupé y mordisqueé despacio mientras ella me hacía una paja cada vez más rápida. Su otra mano me agarró del pelo y me apretó la cabeza contra su pecho.
De pronto se levantó y se quitó la toalla del todo. Se puso a horcajadas sobre mí en el sillón, desnuda, magnífica. Me agarró la polla y se la frotó contra el coño, arriba y abajo, sin metérsela todavía. Estaba empapada, caliente, resbaladiza. Me miraba a los ojos mientras se restregaba. ¿Quieres follarme, Raúl? Dilo. Quiero follarte, Marta. Lo dije con la voz rota.
Se la metió de golpe, hasta el fondo, y los dos gemimos a la vez. Empezó a moverse encima de mí, despacio al principio, saboreándolo, y luego cada vez más rápido. Sus tetas botaban delante de mi cara y yo las agarraba y las chupaba por turnos. El sillón crujía bajo nosotros. Marta se mordía el labio para no gritar.
Más fuerte, me pidió al oído. Cógeme como si fuera tuya. La agarré de las caderas y la embestí desde abajo con todas mis fuerzas. Su coño me apretaba la polla con cada embestida, mojado y caliente. Sentí que me iba a correr y se lo dije. No, aguanta, dijo ella. Quiero correrme yo primero. Aceleró el ritmo hasta que su cuerpo se tensó entero y se corrió con un gemido largo que ahogó contra mi hombro.
Cuando se calmó, se levantó y me llevó de la mano al dormitorio. Túmbate, ordenó. Me tumbé en la cama y ella se puso de rodillas entre mis piernas. Se metió mi polla en la boca hasta la garganta, una y otra vez, mirándome a los ojos. La tenía grande en la boca y no le importaba. Me la chupaba con ganas, con ruido, con las manos agarrándome los muslos.
Me puse de pie, la giré y la puse a cuatro patas en la cama. Le agarré las caderas y se la metí por detrás, fuerte, sin avisar. Marta gritó y se agarró a las sábanas. Así, sí, así me gusta. La follé duro, agarrándole el pelo, viendo cómo sus tetas se balanceaban con cada embestida. Le di una palmada en el culo y ella gimió más alto.
La giré de nuevo y se la metí en la postura del misionero, con sus piernas sobre mis hombros. La embestía profundo, mirándola a la cara, viendo cómo se le cerraban los ojos de placer. Marta me arañaba la espalda. Córrete dentro, me pidió. Hoy es día seguro, no pasa nada. Esas palabras me volvieron loco.
Aumenté el ritmo hasta que no pude más y me corrí dentro de ella con un gruñido, temblando entero. Me dejé caer a su lado, jadeando. Marta se quedó quieta un momento, respirando agitada, y luego se rio bajito. Joder, Raúl. Hacía tres años que nadie me follaba así.
Nos quedamos en la cama un rato, en silencio, con la tarde cayendo por la ventana. Marta se vistió despacio, se puso el albornoz todavía húmedo y se recogió el pelo. En la puerta me dio un beso en la mejilla, casto, casi irónico. Gracias por la ducha, vecino, dijo con una sonrisa pícara.
Cuando terminamos la primera vez, Marta no tuvo ninguna prisa por irse. Se quedó tumbada boca abajo en mi cama, desnuda, dibujando círculos con el dedo en mi pecho. ¿Sabes lo que más me pone?, me preguntó. Que mi marido cree que los sábados por la tarde estoy en casa de mi madre. Y mi madre cree que estoy con él. Nadie sabe dónde estoy de verdad. Me miró con esos ojos negros y añadió: me encanta ser la casada infiel de la que nadie sospecha.
Se levantó y fue al baño a ducharse de verdad esta vez. Oí el agua y, sin pensarlo, entré con ella. Marta me miró bajo el chorro caliente y sonrió. Me enjabonó el pecho despacio, bajando hasta la polla, que se puso dura otra vez entre sus manos llenas de espuma. Lávame tú la espalda, me pidió, dándose la vuelta. Le pasé la esponja por la espalda, por las nalgas, metiendo los dedos entre sus muslos hasta que gimió.
La giré contra la pared de la ducha y se la metí de pie, con el agua cayendo sobre nosotros. La follé despacio al principio, disfrutando de cómo el agua caliente resbalaba entre nuestros cuerpos, y luego más fuerte, agarrándola de las caderas. Marta apoyaba las manos en los azulejos y gemía sin contenerse, porque con la ducha abierta nadie oía nada. Se corrió temblando contra la pared y yo me corrí justo después, con el agua llevándose todo.
Salimos de la ducha riéndonos como dos adolescentes. Marta se secó, se puso el albornoz y me miró una última vez desde la puerta del baño, ya vestida de mujer decente. Raúl, dijo muy seria, y por un momento me asusté. Esto no ha pasado. ¿Entendido? Asentí. Ella sonrió y su seriedad se rompió. Hasta el próximo sábado, susurró, y se fue.
El domingo por la mañana oí la puerta de su piso y la voz de su marido en el rellano. Marta me vio por la mirilla, lo sé, porque me guiñó un ojo antes de cerrar. El lunes el fontanero arregló su ducha. Pero algunos sábados, cuando su marido está de viaje, Marta llama a mi puerta con alguna excusa: que si el azúcar, que si la bombilla del pasillo. Yo siempre abro. Siempre.
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