Relatos eróticos de esposas infieles: el secreto de Irene (Parte 3)
La nota seguía pegada en la nevera cuando Irene volvió del estudio: «Compra vino tinto. El bueno. Mañana viene Gonzalo a cenar.» Si aquello fuera uno de esos relatos eróticos de esposas infieles que algunas leen a escondidas en el móvil, Irene ya sabría cómo termina esta historia. Pero la letra firme de Andrés, tan tranquila, le heló la sangre más que cualquier grito. Habían pasado la noche anterior abrazados, fingiendo una reconciliación, y ahora esto.
Compró el Ribera del Duero más caro de la tienda, como una alumna obediente. Durante todo el día, entre muestras de tela y planos del estudio de Chamberí, ensayó frases que no servían para nada. «Lo siento» sonaba a mentira. «Te quiero» sonaba a excusa. A las ocho de la tarde puso la mesa para tres, con la cubertería buena, y se cambió dos veces de vestido. Eligió al final uno negro, sencillo, que Gonzalo le había desabrochado una vez en la suite del Gran Vía con los dientes.
Gonzalo llegó a las nueve en punto, puntual como siempre, con una botella de vino que nadie iba a abrir. Andrés le abrió la puerta como si fuera un viejo amigo, le estrechó la mano con fuerza y le quitó el abrigo. «Pasa, la cena está casi lista», dijo, y su voz no tembló ni un poco. Irene, desde la cocina, sintió que las piernas no le respondían.
Hablaron del ático de Salamanca durante el primer plato. Gonzalo describió el avance de la reforma con la soltura del arquitecto que es, y Andrés asentía, preguntaba por los plazos, por los materiales. Parecían dos hombres civilizados cenando. Solo Irene veía el temblor en la mano de Gonzalo cada vez que levantaba la copa, y solo ella notaba que Andrés no le quitaba los ojos de encima a ninguno de los dos.
«El solomillo está perfecto», dijo Gonzalo, y su voz sonó demasiado alta. Irene apenas había probado bocado. Tenía el estómago cerrado y la boca seca, y cada vez que Andrés se levantaba a por más vino sentía que el aire de la casa cambiaba de peso. El Ribera del Duero bueno bajaba por las copas como una cuenta atrás.
Con el postre en la mesa, Andrés se limpió los labios con la servilleta, se levantó y volvió con un sobre marrón que dejó en el centro del mantel, entre los platos. «Creo que ya podemos hablar claro», dijo. Irene dejó de respirar. Gonzalo miró el sobre como si fuera una granada.
Andrés lo abrió con calma y extendió las fotos en abanico: el portal del hotel de Gran Vía, los dos entrando en el ático a medio reformar, Irene riendo en el ascensor con la mano de Gonzalo bajo su falda. «El detective fue barato, para lo bien que trabaja», comentó Andrés, y se sirvió más vino. «Y el móvil viejo sincronizado fue un regalo. Llevo dos semanas leyendo cada mensaje.»
«Andrés, yo...», empezó Gonzalo, pero Andrés levantó una mano y el arquitecto se calló como un niño regañado. «Tú tienes una hija en Valencia y una exmujer que se muere por quitarte la custodia. Lo sé todo, Gonzalo. Cada hotel, cada tarde en el ático, cada foto que le mandaste.» Irene sintió las lágrimas subirle a los ojos y las contuvo a la fuerza. Esto era el final. El divorcio, el escándalo, la ruina.
«Lo fácil sería el divorcio», dijo Andrés, como si le leyera el pensamiento. Se recostó en la silla y miró a su mujer durante un largo segundo. «Lo fácil sería mandaros estas fotos al juez de Valencia y a un abogado. Pero llevo dos semanas sin dormir, Irene, y no es de rabia.» Hizo una pausa y apuró su copa. «Es de otra cosa. Cada mensaje que leía me ponía más cachondo que enfadado. Y me odio por eso, pero es la verdad.»
El silencio que cayó sobre la mesa fue total. Gonzalo parpadeó, sin entender. Irene notó un calor traicionero subirle por el cuello, porque una parte de ella, la parte más oscura y más honesta, acababa de encenderse con esas palabras.
«No quiero el divorcio», continuó Andrés. «Quiero las reglas. A partir de esta noche se acabaron las mentiras. Lo sabré todo, siempre: cuándo, dónde, cómo. Y cuando yo quiera mirar, miraré. Sin discusiones.» Miró a Gonzalo. «Tú seguirás viendo a mi mujer, pero con mis condiciones. Ni una palabra cerca de tu ex, ni una foto comprometida, ni un solo riesgo para la custodia de tu hija. Si rompes una regla, las fotos van al juez y los abogados salen del cajón. ¿Está claro?»
Gonzalo tragó saliva y asintió despacio. La amenaza de la custodia pesaba más que su orgullo. «Está claro», murmuró. Irene lo miró, atónita, y luego miró a su marido: aquel hombre tranquilo de logística que viajaba a Zaragoza y a Bilbao había resultado ser un desconocido mucho más interesante que el amante.
«¿Y yo?», preguntó ella, con la voz rota. «¿Yo no tengo voto?» Andrés se levantó, rodeó la mesa y se puso detrás de su silla. Le apartó el pelo del cuello con una lentitud deliberada y le susurró al oído, lo bastante alto para que Gonzalo lo oyera: «Tú ya votaste hace meses, cada tarde en ese ático. Ahora obedeces. ¿Te gusta la idea, Irene? Dilo en voz alta.»
Ella quiso negarlo y no pudo. El calor entre sus piernas era innegable y los dos hombres lo sabían. «Sí», susurró. «Dios, sí.» Andrés le apretó el hombro con fuerza y sonrió por primera vez en toda la noche. «Entonces empezamos esta noche. Aquí. En el cuarto de invitados. Yo miro.»
Gonzalo se levantó como un autómata y siguió a Irene por el pasillo. El cuarto de invitados olía a lavanda y a ropa limpia. Andrés colocó el sillón de la esquina frente a la cama, se sentó, se sirvió la última copa del Ribera bueno y dijo: «Desnúdala despacio. Quiero verlo todo.»
Gonzalo se puso detrás de Irene y le bajó la cremallera del vestido negro con dedos que ya no temblaban. La tela cayó al suelo y ella quedó en ropa interior negra, respirando deprisa. Él le desabrochó el sujetador por la espalda y sus pechos quedaron al aire, duros por el frío y por la vergüenza y por algo más. Andrés no apartaba los ojos, y su mano libre ya se había posado sobre su propio muslo.
«Las bragas», ordenó Andrés en voz baja. Gonzalo se arrodilló y se las bajó despacio, besándole los muslos por el camino, hasta que Irene quedó desnuda en el centro de la habitación, expuesta bajo la mirada de su marido como nunca lo había estado en nueve años de matrimonio. Se sentía humillada y tremendamente excitada a la vez, y el gemido que se le escapó cuando Gonzalo le separó las piernas con las manos lo dijo todo.
Gonzalo la tumbó en la cama y se arrodilló entre sus muslos. Le besó el vientre, bajó por el pubis y le pasó la lengua con una lentitud cruel, dibujando círculos alrededor del clítoris sin tocarlo del todo. Irene arqueó la espalda y se agarró a las sábanas. «Por favor», jadeó. Andrés se había desabrochado el cinturón y se tocaba por encima del pantalón, sin disimulo, con los ojos fijos en la lengua de otro hombre sobre su mujer.
Cuando Gonzalo por fin cerró los labios sobre su clítoris y succionó, Irene gritó de verdad. Le agarró la cabeza con las dos manos y empujó las caderas contra su boca, sin pudor, mientras su marido la miraba y se masturbaba despacio en el sillón. El primer orgasmo le llegó en oleadas, largo y tembloroso, y cuando abrió los ojos vio a Andrés con la polla fuera, dura, mirándola como si fuera la primera vez.
«Ahora fóllala», dijo Andrés, con la voz ronca. «Quiero ver cómo la tienes.» Gonzalo se desnudó deprisa, se colocó entre sus piernas y la penetró de una embestida profunda que le arrancó otro grito. La cama crujió con el ritmo. Irene rodeó su cintura con las piernas y lo recibió entero, una y otra vez, mientras Andrés se acercaba a la cama y le acariciaba los pechos, pellizcándole los pezones con una posesividad nueva.
«Mírame», le ordenó Andrés, y ella giró la cabeza hacia él mientras Gonzalo la embestía. «¿Te gusta que te folle delante de mí?» «Sí», sollozó Irene, «me encanta, me encanta.» Andrés le metió dos dedos en la boca y ella los chupó con desesperación, babeando, perdida por completo. Gonzalo cambió el ángulo, más profundo, y el segundo orgasmo la partió en dos con un alarido que debió oírse en todo el edificio.
Gonzalo salió de ella al borde del clímax, jadeando, y Andrés negó con la cabeza. «Dentro no. Esa es mi regla desde hoy.» Gonzalo asintió, aturdido, y se corrió sobre su vientre en espasmos largos, marcándola. Irene yacía temblando, cubierta de su semen, mirando a su marido con los ojos brillantes.
Andrés se levantó del sillón, se desnudó con calma y se tumbó a su lado. La besó en la boca con una ternura que contrastaba con todo lo anterior, le limpió el vientre con la sábana y luego se colocó sobre ella. La penetró despacio, mirándola a los ojos, y follaron como marido y mujer por primera vez en años: sin prisa, sin secretos, con Gonzalo mirando desde los pies de la cama, en silencio, aprendiendo su sitio.
«Eres mía», le susurró Andrés al oído mientras se movía dentro de ella. «Aunque te folle él, eres mía. Dilo.» «Soy tuya», gimió Irene, corriéndose por tercera vez alrededor de su polla, «solo tuya.» Él se corrió dentro de ella con un gruñido bajo y se quedó abrazándola, con la frente apoyada en la suya, mientras Gonzalo recogía su ropa sin hacer ruido.
Antes de irse, Gonzalo se detuvo en la puerta del cuarto. «Las reglas», dijo Andrés sin levantar la cabeza del hombro de Irene. «Ni una palabra.» «Ni una palabra», repitió Gonzalo, y cerró la puerta tras de sí. Irene escuchó sus pasos alejarse por el pasillo y sintió una paz extraña, completa, como si un nudo de meses se hubiera deshecho por fin.
«¿Me odias?», preguntó en voz baja. Andrés le acarició la espalda desnuda, despacio. «Te deseo más que el día que nos casamos. Eso es lo único que sé.» Se quedaron dormidos así, enredados, con el sabor del vino bueno todavía en la boca.
Las semanas siguientes tuvieron un ritmo nuevo. Gonzalo volvía al ático los jueves, y a veces Andrés iba con ella y miraba, y a veces se quedaba trabajando hasta tarde y le pedía el relato completo por la noche, en la cama, con todo detalle, mientras la tocaba. Irene dejó de borrar mensajes. Dejó de mentir. Y descubrió que la obediencia, cuando era él quien mandaba, la excitaba más que toda la clandestinidad anterior.
Una noche de viernes, un mes después de la cena, Andrés descorchó otro Ribera del Duero bueno, llenó dos copas y le tendió una. En la pantalla del móvil de Irene brillaba un mensaje de Gonzalo: «El jueves, el ático. ¿Vienes?» Andrés lo leyó por encima de su hombro y sonrió. Alzó su copa y dijo: «Por las reglas.» Irene entrechocó su copa con la suya, le puso la mano en el muslo por debajo de la mesa y respondió: «Por las reglas.» Y esta vez no había ningún secreto escondido detrás del brindis: Irene era suya, y los tres lo sabían.
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