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Relatos Eróticos de Parejas: La Noche Que Sofía se Dejó Desear

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«Esto que te voy a contar parece sacado de esos relatos eróticos de parejas que una lee a escondidas en el móvil», le dijo Sofía a Pablo sin apartar los ojos de la carretera que bajaba hacia Valencia. «Pero anoche, mientras tú dormías, me toqué pensando en que otro hombre me deseara delante de ti. Y me corrí como una loca.»

Pablo sintió que el volante se le escurría un segundo entre las manos. Nueve años de matrimonio, dos hijos que se habían quedado con los abuelos, y su mujer acababa de soltarle la frase más excitante que había oído en su vida como si estuviera comentando el tráfico.

«¿Y qué más pensabas?», preguntó él, con la voz más grave de lo normal.

«Pensaba en sus manos. En que me miraba como tú me mirabas al principio, cuando aún no me tenías. En que tú estabas ahí, en un sillón, mirando. Y eso me ponía aún más cachonda que sus manos.»

El silencio que siguió duró tres kilómetros. Pablo miraba la línea blanca de la autopista y notaba la polla dura contra la cremallera del pantalón, traicionera, imposible de disimular con los vaqueros.

«Yo también tengo una confesión», dijo al fin. «Hace meses que fantaseo con verte con otro. Con verte disfrutar. Con ser el hombre que te regala eso.»

Sofía se giró hacia él, los ojos brillantes. «¿Lo dices en serio?»

«Nunca he hablado tan en serio. Pero con reglas. Tú mandas en todo. Tú eliges a quién, cuándo y hasta dónde. Yo miro. Y si en algún momento dices basta, se acabó.»

«¿Y si quiero que participes?»

«Entonces participo», sonrió él. «Soy tu marido, no tu carcelero.»

Llegaron a Valencia con el plan a medio hacer y la sangre ardiendo. Hotel de cuatro estrellas frente a la Malvarrosa, habitación con vistas al mar, y una tarde entera por delante para encontrar al tercer vértice del triángulo.

«Tiene que ser alguien que no nos complique la vida», dijo Sofía mientras se probaba un vestido rojo que dejaba la espalda al aire. «Ni compañeros de trabajo. Ni vecinos.»

«¿Y si no encontramos a nadie?», preguntó Pablo, tumbado en la cama, mirándola.

«Entonces improvisamos. Pero algo me dice que esta noche Valencia nos va a ayudar.»

El chiringuito de la playa estaba lleno cuando llegaron al atardecer. Cerveza fría, calamares, el rumor del mar. Y entonces Sofía se quedó quieta, con la copa a medio camino de los labios.

«No me lo puedo creer. Marco.»

Marco Vidal. Compañero de universidad de Pablo, cuarenta y dos años, divorciado hacía dos, comercial de una empresa de Valencia. Estaba en la barra, solo, con pinta de turista perdido en su propia ciudad.

«¿Marco? ¿En serio?», susurró Pablo.

«¿Hay alguien en quien confíes más? Le conoces desde los veinte años. Es discreto, está soltero y míralo: sigue estando buenísimo.»

Pablo lo miró con ojos nuevos. Marco, moreno, con esa sonrisa torcida que en la facultad volvía locas a las chicas. «¿Crees que aceptaría?»

«Solo hay una forma de saberlo», dijo Sofía, y se levantó del taburete contoneándose con el vestido rojo. Pablo sintió un pinchazo de celos y de excitación tan mezclados que no supo cuál pesaba más.

La conversación fluyó como si los años no hubieran pasado. Marco se unió a su mesa, pidió una botella de vino blanco y contó que estaba en Valencia cerrando un contrato. Cuando Sofía cruzó las piernas y su rodilla rozó la de Marco bajo la mesa, Pablo lo vio. Y Marco también lo notó, porque carraspeó y la miró.

«Marco», dijo Pablo de pronto, con el corazón martilleándole el pecho, «¿te apetece tomar una última copa en nuestro hotel? Tenemos una terraza con vistas al mar.»

Marco los miró a los dos, alternativamente. Algo en los ojos de Sofía debió de darle la respuesta, porque sonrió despacio.

«Me encantaría.»

En el ascensor del hotel nadie habló. Sofía estaba entre los dos hombres, y Pablo podía oler su perfume mezclado con el salitre de la playa. Cuando las puertas se abrieron en la séptima planta, ella tomó la iniciativa.

«Voy a ser muy clara, Marco, porque no me gustan los malentendidos. Pablo y yo llevamos nueve años casados y nos queremos con locura. Esta noche quiero cumplir una fantasía. Quiero que me desees. Quiero que me toques. Y quiero que Pablo mire.»

Marco se quedó parado en el pasillo. Miró a Pablo, que asintió con un gesto tenso.

«¿Hablas en serio?»

«Completamente. Mis reglas: nada de besos en la boca si yo no los pido. Nada que yo no pida. Y cuando yo diga que paramos, paramos. ¿Aceptas?»

«Acepto», dijo Marco, y su voz salió ronca.

La habitación tenía un sillón de cuero frente a la cama, como colocado allí a propósito por un decorador perverso. Pablo se sentó en él sin que nadie se lo pidiera. Sofía se puso delante de Marco, le desabrochó la camisa botón a botón y le dijo al oído, lo bastante alto para que Pablo lo oyera:

«Quiero que me mires como si llevaras años esperando este momento.»

Marco no necesitó más. Sus manos grandes bajaron por la espalda desnuda de Sofía, encontraron la cremallera del vestido rojo y la bajaron despacio. El vestido cayó al suelo y ella se quedó en ropa interior negra, con la respiración acelerada.

«Estás preciosa», murmuró Marco.

«No me hables. Tócame», ordenó ella.

Pablo, desde el sillón, sintió que se le cortaba la respiración cuando Marco ahuecó los pechos de su mujer por encima del sujetador y luego se lo quitó con un gesto experto. Los pezones de Sofía estaban duros, erectos, y ella echó la cabeza hacia atrás cuando la boca de Marco se cerró sobre uno de ellos.

«Mírame, Pablo», jadeó Sofía, buscándolo con los ojos. «Quiero que veas cómo me pone.»

Él la miraba. No podía dejar de mirarla. Su mujer, la madre de sus hijos, arqueándose bajo la boca de otro hombre, con las bragas ya empapadas. Y lo más perturbador era que nunca la había visto tan viva.

Marco la tumbó en la cama con delicadeza y le bajó las bragas despacio, besándole el interior de los muslos. Cuando su lengua encontró el clítoris de Sofía, ella gritó, un grito corto y agudo que rebotó en las paredes de la habitación.

«¡Joder, sí! ¡Ahí! ¡No pares!»

Pablo se desabrochó el pantalón sin darse cuenta. Su polla palpitaba, dura como una piedra, y se la agarró por encima del bóxer mientras miraba cómo Marco devoraba a su mujer.

«Quítate los pantalones», le ordenó Sofía a Marco entre jadeos. «Quiero verte entero.»

Marco se incorporó y se desnudó de pie junto a la cama. Su polla era gruesa, venosa, y apuntaba directamente a Sofía. Ella se la quedó mirando con una sonrisa hambrienta.

«Ven aquí», dijo, abriendo las piernas. «Fóllame. Pero despacio al principio. Quiero sentir cada centímetro.»

Marco se colocó entre sus muslos y la penetró con una lentitud tortuosa. Sofía gimió largo, agarrándose a las sábanas, y Pablo vio cómo el cuerpo de su mujer se abría para recibir a otro hombre. Los celos le quemaban el estómago y la excitación le nublaba la vista, todo a la vez.

«Dime que te gusta mirarme», le pidió Sofía, con los ojos clavados en él mientras Marco empezaba a moverse dentro de ella.

«Me encanta», confesó Pablo, con la voz rota. «Eres la mujer más follable del mundo.»

«¡Más fuerte!», le exigió ella a Marco, clavándole las uñas en la espalda. «¡Fóllame como si no hubiera un mañana!»

El ritmo se aceleró. La cama golpeaba contra la pared con cada embestida. Sofía se retorcía, gritaba, decía obscenidades que Pablo no le había oído nunca, y él se masturbaba en el sillón sin ningún pudor, completamente entregado al espectáculo más erótico de su vida.

«Me voy a correr», avisó Marco, con la frente perlada de sudor.

«¡No! ¡Todavía no!», jadeó Sofía. «¡Quiero correrme yo primero! ¡Sigue! ¡Sigue!»

Marco cambió el ángulo, embistiéndola más profundo, y de pronto el cuerpo de Sofía se tensó como un arco. Su grito fue animal, desgarrado, y Pablo la vio correrse con una intensidad que lo dejó temblando: los muslos apretando las caderas de Marco, los dedos crispados, un chorro de placer que la sacudió entera.

«¡Dios mío! ¡Dios mío!», sollozaba ella.

Marco salió de ella y se corrió sobre su vientre con un gruñido sordo, el semen caliente resbalándole por la piel. Durante unos segundos nadie se movió. Solo se oían tres respiraciones agitadas.

Entonces Sofía se giró hacia Pablo, con el pelo revuelto y los ojos brillantes, y le tendió la mano.

«Ahora tú. Ven aquí. Te toca a ti.»

Pablo se levantó del sillón, se quitó la ropa que le quedaba con manos torpes y se tumbó junto a su mujer. Ella lo besó con ansia, sabiendo a sexo y a vino, y le susurró al oído:

«¿Has visto cómo me miraba? ¿Has visto lo que provoco?»

«He visto a la mujer con la que me casé», dijo él, y la penetró de una embestida profunda que le arrancó un gemido. «Y nunca te había deseado tanto como esta noche.»

Lo hicieron despacio, mirándose a los ojos, con Marco duchándose al fondo como un invitado discreto que sabía cuándo desaparecer. Pablo se movía dentro de su mujer con una ternura feroz, y cada gemido de ella le sonaba a victoria.

«Córrete dentro», le pidió Sofía, enredando las piernas en su cintura. «Quiero sentirte. Quiero que esta noche sea solo nuestra al final.»

Él se corrió con un temblor largo, hundiéndose en ella, y se quedó abrazado a su cuerpo sudoroso mientras el mar sonaba al otro lado del balcón.

Marco salió de la ducha, se vistió en silencio y se despidió con un abrazo de hombre a hombre que decía más que mil palabras. En la puerta se volvió.

«Gracias. Ha sido... increíble.»

«Gracias a ti», dijo Sofía, envuelta en la sábana. «Has sido un caballero.»

Cuando la puerta se cerró, Pablo y Sofía se quedaron abrazados en la cama revuelta, desnudos, agotados, felices de una forma nueva y peligrosa.

«¿Te arrepientes?», preguntó él.

«Ni un poco. ¿Tú?»

«Ni un poco.» Ella apoyó la cabeza en su pecho y, justo antes de quedarse dormida, murmuró: «La próxima vez, en Madrid, buscamos una pareja. Quiero ver cómo te desea otra mujer delante de mí.»

Pablo sonrió en la oscuridad, con el corazón desbocado. El juego no había hecho más que empezar.

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