Relatos Eróticos de Tríos: La Noche Que Lo Cambió Todo (Parte 2)
Los tres golpes en la puerta de la habitación sonaron justo cuando Dani, desnudo de cintura para abajo, se colocaba entre las piernas abiertas de Lucía, y este segundo capítulo de nuestros relatos eróticos de tríos empieza exactamente ahí, con su polla dura rozando la entrada empapada de su coño y la voz de una mujer al otro lado diciendo que era la camarera del club. Lucía se quedó helada debajo de él, el pecho subiendo y bajando deprisa, mientras Marco, sentado en el sillón con los pantalones bajados y la polla en la mano, murmuraba que no abrieran.
Dani se apartó un instante, se enrolló la toalla alrededor de la cintura y abrió la puerta solo una rendija, lo justo para que la chica, una morena de unos treinta años con el delantal del club aún puesto, le tendiera una cartera de cuero gastada. «Te la dejaste en la barra, guapo», dijo ella, y luego miró hacia dentro, vio a Lucía tapándose con la sábana y a Marco intentando disimular, y sonrió con una complicidad que a Lucía le revolvió el estómago. «Lo que no te ha contado esta noche lo cambia todo», añadió la camarera mirando a Lucía directamente, y se marchó por el pasillo antes de que nadie pudiera preguntarle nada.
El silencio que quedó en la habitación pesaba como una losa. Lucía se incorporó, se apretó la sábana contra el pecho y clavó los ojos en Dani. «¿Qué es lo que no me has contado?», preguntó con la voz temblorosa pero firme. Dani dejó la cartera sobre la mesilla, se pasó una mano por el pelo mojado de sudor y respiró hondo. Marco se levantó del sillón, se subió los pantalones y se acercó a la cama, porque aunque aquella noche él había sido el mirón excitado, ahora era el marido, y su sitio estaba al lado de su mujer.
«Hace doce años no desaparecí porque quise», dijo Dani al fin, sentándose en el borde de la cama, dándole la espalda a Lucía porque no se atrevía a mirarla. «Tu padre me citó en su despacho. Me puso un sobre con dinero encima de la mesa y me dijo que si te quería de verdad, te dejaría en paz. Que yo era un muerto de hambre de diecinueve años y tú merecías algo mejor. Y cuando le dije que no, me enseñó fotos, Lucía. Fotos nuestras en el coche, en la playa. Me dijo que si no desaparecía, se las enseñaría a todo el instituto y arruinaría tu beca.»
Lucía sintió que el aire le faltaba. «¿Mi padre?», susurró. «¿Mi padre te echó de mi vida y tú te fuiste sin decirme nada?» La rabia le subió por el pecho como una llamarada, mezclada con un dolor antiguo que creía enterrado. «Podrías habérmelo contado. Podrías haber luchado.» Dani se giró entonces, y en sus ojos había doce años de arrepentimiento puro. «Tenía diecinueve años y tu padre me acojonó, Lucía. Me fui a Madrid con el rabo entre las piernas y tardé años en perdonármelo.»
Marco, que había escuchado todo en silencio, se sentó al otro lado de Lucía y le cogió la mano. «¿Y por qué estás en ese club?», preguntó él, con una calma que sorprendió a los tres. Dani soltó una risa amarga. «Porque Carla, la camarera, es mi prima. Me contó que el club buscaba gente para las noches de parejas y necesitaba el dinero. No sabía que ibais a venir vosotros. Cuando te vi entrar del brazo de tu marido, Lucía, pensé que me daba algo.»
Lucía miró a Marco, y Marco la miró a ella, y en esa mirada cruzaron ocho años de matrimonio, la cena de aniversario, la confesión de su fantasía, las reglas que ella había puesto. «Tú elegiste», le recordó Marco en voz baja, acariciándole los nudillos con el pulgar. «Tú pusiste las reglas. Y sigues mandando.» Aquellas palabras le devolvieron el control de su propio cuerpo, y Lucía notó cómo el deseo, que la interrupción había congelado, volvía a despertarse entre sus piernas, más caliente ahora, mezclado con la rabia y con una necesidad feroz de recuperar lo que le habían robado.
Se volvió hacia Dani y le agarró la barbilla con fuerza, obligándole a mirarla. «Doce años, Dani. Doce años preguntándome qué hice mal.» Y entonces le besó, un beso brutal, con dientes y lengua, un beso que sabía a venganza y a perdón al mismo tiempo. Dani gimió contra su boca y sus manos grandes le arrancaron la sábana del cuerpo, dejándola desnuda ante los dos hombres. Marco, desde su sitio en la cama, dejó escapar un gruñido grave al ver a su mujer ofrecerse así, los pechos erguidos, los pezones duros como piedras, el coño brillante y abierto.
«Mírame», le ordenó Lucía a Marco mientras Dani le recorría el cuello con la boca, y Marco obedeció, con los ojos ardiendo. Dani bajó por su cuerpo besando cada centímetro, se detuvo en sus tetas y las devoró una tras otra, chupando con fuerza, mordisqueando suavemente los pezones hasta que Lucía arqueó la espalda gritando su nombre. «Así», jadeó ella, «como aquella vez en la parte de atrás de tu coche, ¿te acuerdas?» Dani levantó la vista, con la boca húmeda, y sonrió de un modo que le encogió el vientre. «Me acuerdo de todo, Lucía. No he olvidado nada.»
Dani siguió bajando, con la lengua trazando un camino de fuego por su vientre, y cuando llegó a su sexo no dudó: separó sus labios con los pulgares y lamió su clítoris con pasadas largas y firmes, exactamente como a ella le gustaba, como si su cuerpo recordara un mapa que nunca se borró. Lucía gritó y hundió los dedos en su pelo, tirando sin piedad, mientras con la otra mano buscaba a ciegas a Marco y le agarraba la polla por encima del pantalón. «Sácala», le ordenó sin dejar de mirar a Dani. «Quiero verte, quiero veros a los dos.»
Marco se desnudó deprisa, torpe de la excitación, y se arrodilló junto a la cama ofreciéndole su polla dura y venosa. Lucía la tomó en la boca con ganas, chupando con fuerza, lamiendo la punta donde ya asomaba una gota, mientras Dani la penetraba con dos dedos y luego tres, follándola con la mano al ritmo de su lengua en el clítoris. El doble placer la partió en dos: gimió alrededor de la polla de su marido, el sonido vibrando contra su piel, y Marco le acarició el pelo con una ternura que contrastaba con la brutalidad de lo que estaba pasando en su cama.
«Estás empapada», gruñó Dani, sacando los dedos brillantes y mostrándoselos. «Doce años y sigues corriéndote igual cuando te toco.» Lucía le escupió en la cara, no de desprecio sino de pura provocación animal, y Dani se la devolvió con un beso que le dejó la boca ardiendo. «Fóllame», le dijo ella entonces, mirándole a los ojos sin parpadear. «Fóllame como debiste follarme aquella última noche, antes de largarte.»
Dani se colocó entre sus piernas, se agarró la polla gruesa y la frotó arriba y abajo por su raja empapada, torturándola, y Lucía sollozó de impaciencia hasta que por fin la punta se hundió en ella. El primer empellón le arrancó un grito ronco: la notó entera, llenándola, estirándola por dentro de un modo que ningún otro hombre la había llenado en doce años. Dani empezó a moverse despacio, profundo, cada embestida chocando contra un punto dentro de ella que le hacía ver estrellas, mientras Marco se tumbaba a su lado y le ofrecía la boca, y ella le besaba con desesperación, saboreando a su marido mientras otro hombre la follaba.
«Mira cómo te mira», jadeó Dani sin dejar de embestir, «mira cómo le pones». Y era verdad: Marco tenía la polla en la mano, masturbándose despacio, con los ojos clavados en el punto exacto donde el cuerpo de Dani entraba y salía del de su mujer, y en su cara había una mezcla de celos y de una excitación tan pura que a Lucía le dio un vuelco el corazón. «Ven aquí», le dijo a Marco, tirando de él. «No te quedes fuera. Esta noche es nuestra.»
Marco se colocó detrás de ella mientras Dani seguía dentro, y Lucía se encontró entre los dos hombres, el pasado y el presente, sintiendo la polla de Dani clavada en su coño y la boca de Marco en su cuello, sus manos en sus tetas, pellizcándole los pezones con la presión exacta que la volvía loca. Dani cambió el ritmo, más rápido, más duro, la cama golpeando contra la pared con cada embestida, y Lucía empezó a correrse con un orgasmo que le subió desde los dedos de los pies, que le tensó todo el cuerpo, que la dejó gritando el nombre de Dani una y otra vez mientras su coño se contraía alrededor de su polla ordeñándola.
Dani aguantó hasta que el temblor de ella amainó y entonces salió de su interior, brillante y enorme, y se corrió sobre su vientre en chorros calientes y espesos, gimiendo con la cabeza echada hacia atrás. Antes de que Lucía pudiera recuperar el aliento, Marco ya estaba entre sus piernas, apartando a Dani con un gesto posesivo que hizo reír a Lucía entre jadeos. «Mi turno», dijo Marco, y la penetró de una sola embestida, hundiéndose hasta el fondo en su coño aún tembloroso y resbaladizo.
Follar con Marco después de Dani fue distinto: no era el reencuentro con un fantasma, era su marido, el hombre que la había mirado arder sin apartar los ojos, el que le había devuelto el mando cuando más lo necesitaba. Lucía le rodeó la cintura con las piernas y le clavó las uñas en la espalda, atrayéndole hacia sí. «Más fuerte», le susurró al oído, y Marco obedeció, follándola con una intensidad que no le conocía, con algo salvaje que la noche había despertado en él. Dani, a un lado, les miraba y se acariciaba despacio, y de vez en cuando se inclinaba para besarle un tobillo, un hombro, recordándole que seguía allí.
El segundo orgasmo de Lucía llegó más lento y más hondo, construyéndose con cada embestida de Marco, con cada roce de sus cuerpos sudados, hasta que estalló y la dejó sollozando contra su hombro, mordiéndole para no gritar. Marco se corrió dentro de ella segundos después, con un gemido grave y largo, derramándose en su interior mientras la abrazaba con una fuerza que decía todo lo que no sabía decir con palabras. Los tres quedaron tendidos en la cama deshecha, respirando como si acabaran de cruzar a nado un océano, pegados por el sudor y por algo más difícil de nombrar.
Pasó un rato largo antes de que alguien hablara. Fue Lucía, con la cabeza apoyada en el pecho de Marco y la mano de Dani entrelazada con la suya. «Mañana llamo a mi padre», dijo en voz baja, mirando al techo. «Doce años, Marco. Me robó doce años.» Marco le besó la coronilla. «Llámale. Y dile que su hija ya no es una niña a la que se puede manejar con fotos.» Dani apretó su mano. «¿Me perdonas?», preguntó, y su voz sonaba pequeña, de diecinueve años otra vez. Lucía se giró hacia él y le acarició la mejilla. «Te perdono. Pero no vuelvas a desaparecer.»
Al amanecer, cuando la luz gris de Barcelona empezó a colarse por las rendijas de la persiana, Lucía se levantó desnuda y salió al balconcito con una manta sobre los hombros. Dani salió tras ella y se apoyó en la barandilla a su lado, y durante un minuto no dijeron nada, solo miraron la ciudad despertarse. «¿Te arrepientes?», preguntó él al fin. «¿De esta noche?» Lucía pensó en todo: en la cena, en la confesión de Marco, en el club, en los tres golpes en la puerta, en la verdad que había dolido como una herida abierta y en el placer que la había curado. «No», dijo, y sonrió por primera vez en horas, una sonrisa entera y luminosa. «Esta noche lo cambió todo, Dani. Y por una vez, lo cambió para bien.»
Marco apareció en la puerta del balcón, despeinado y envuelto en la sábana, y los miró a los dos con una expresión que Lucía no supo descifrar hasta que él habló. «¿Y ahora qué?», preguntó. Lucía alargó una mano hacia su marido y la otra hacia el hombre que había sido su primer amor, y los acercó a sí, uno a cada lado, sintiendo el calor de los dos cuerpos contra el suyo en el frío del amanecer. «Ahora desayunamos», dijo, riéndose bajito, «y luego volvemos a casa, y seguimos siendo nosotros. Solo que ahora sin secretos.» Marco la besó en la frente y Dani en la mejilla, y los tres se quedaron así un momento más, mirando salir el sol sobre Barcelona, antes de volver dentro a empezar el resto de sus vidas.
Readers who enjoyed “Relatos Eróticos de Tríos: La Noche Que Lo Cambió Todo (Parte 2)” also read
8 curated storiesRelatos Eróticos Swinger en Español: La Noche del Club en Valencia
Relatos eróticos swinger en español: Alba y Marcos reciben un mensaje de Javier y Noa, una pareja liberal de Ibiza, y una noche en el club Miró de Valencia cambia su matrimonio para siempre.
Relatos Eróticos de Tríos: La Noche Que Lo Cambió Todo (Parte 1)
En su aniversario en Barcelona, Marco le propone a Lucía vivir uno de esos relatos eróticos de tríos que siempre soñó. Ella acepta... hasta que el desconocido del club resulta ser su primer amor.
Relatos eróticos de amigas de mi esposa: la fiesta secreta de Laura
Relatos eróticos de amigas de mi esposa: lo que empezó como una cena normal terminó en el juego más atrevido de sus vidas, con Laura dirigiendo cada momento.
Relatos Eróticos de Cornudos: Cuando Él Decidió Solo Mirar
Marta llevaba meses con una fantasía secreta: que su marido Javier la mirara con otro hombre. En un hotel de Sitges, lejos de todo, la confesión sale a la luz. Una noche, un desconocido y un sillón desde el que solo se puede mirar.
Relatos eróticos de esposas infieles: el secreto de Irene (Parte 2)
Los relatos eróticos de esposas infieles continúan: Andrés descubre la aventura de Irene, contrata a un detective y la sigue, mientras Gonzalo la reclama con más deseo que nunca. Segunda parte de la serie.
Relatos Eróticos de Parejas: La Noche Que Sofía se Dejó Desear
Relatos eróticos de parejas: Pablo y Sofía cumplen su fantasía más atrevida en un fin de semana en Valencia, con reglas claras, un viejo amigo y una noche que los cambia para siempre.
Relatos Eróticos de Parejas Liberales: La Nota de Marta
Relatos eróticos de parejas liberales: Marta encuentra una nota anónima en su bolso que la invita, junto a su marido Pablo, a una noche secreta en un club privado de Barcelona.
Relatos eróticos de esposas infieles: el secreto de Irene (Parte 1)
Irene, 35, lleva nueve años casada con Andrés. Cuando el arquitecto Gonzalo entra en su estudio de Chamberí, una mentira pequeña se convierte en un secreto que ya no puede controlar. Primera parte de una serie de tres.