Relatos eróticos de esposas infieles: el secreto de Irene (Parte 2)
Dicen que los relatos eróticos de esposas infieles siempre tienen un momento en que la mentira se rompe en voz alta. El mío llegó a las dos de la madrugada, en mi propio salón, con mi marido sentado en el sofá sujetando mi móvil viejo como si fuera una prueba del juzgado.
"¿Quién es Gonzalo, Irene?", preguntó Andrés con una calma que me heló la sangre. Y en ese mismo instante sonó mi otro teléfono, el de verdad, iluminándose sobre la mesa con un mensaje suyo: "¿Ya estás en casa, mi amor?"
Me quedé quieta en la puerta, con el vestido rojo todavía puesto y el perfume del hotel Gran Vía pegado a la piel. Mi cabeza iba a mil por hora buscando una salida que no existía. Andrés no gritaba. Eso era lo peor. Me miraba con unos ojos que yo no le conocía, ojos despiertos de verdad por primera vez en años.
"Es un cliente", dije. Mi voz sonó falsa hasta para mí. "Me escribe a deshoras por la obra del ático."
Andrés sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, que me dio más miedo que cualquier grito. Deslizó el móvil viejo por la mesa hacia mí. La pantalla seguía encendida. Vi el WhatsApp abierto, mis propios mensajes, fotos que yo había mandado hacía semanas. Se me cortó la respiración.
"Lo cargué por error el otro día", dijo. "Se conectó al wifi. Y empezó a vibrar. ¿Sabes lo que se siente, Irene? Ver cómo tu mujer le escribe 'te echo de menos' a otro hombre mientras roncas a su lado."
Intenté acercarme a él y se apartó. No me tocó, no me empujó. Simplemente se levantó, cogió una manta del armario y la dejó en el sofá.
"Esta noche duermes aquí", dijo. "Mañana hablamos. O no. Ya veremos."
Se metió en el dormitorio y cerró la puerta sin pestillo, como si quisiera demostrarme que no tenía miedo de mí. Yo me quedé en el salón, con el vestido rojo, temblando. Cogí mi teléfono de verdad y le escribí a Gonzalo con dedos torpes: "Lo sabe. No me escribas." Lo leyó al instante. Los dos ticks azules me parecieron una condena.
Dormí en el sofá vestida, con la manta hasta la barbilla, oliendo a champán y a sexo y a culpa. A las seis oí la ducha. A las siete, Andrés salió del dormitorio ya vestido para la oficina, se hizo un café y me miró como se mira a una desconocida educada.
"¿Vas a trabajar hoy?", preguntó.
"Sí", mentí. No tenía nada urgente en el estudio. Solo necesitaba salir de aquella casa.
"Bien", dijo. Y se fue.
Los días siguientes fueron los más raros de mi vida. Andrés no gritaba, no lloraba, no me echaba de casa. Hacía algo peor: observaba. Dejó de viajar tanto. Canceló un viaje a Zaragoza con una excusa vaga sobre una auditoría interna. Empezó a llegar a casa a horas distintas, sin avisar. Una tarde lo encontré en la cocina, mirando por la ventana, cuando yo volvía del estudio.
"¿Qué tal el día?", me preguntaba, con una normalidad ensayada que me ponía la piel de gallina.
Yo le contaba mentiras pequeñas, de esas que ya salían solas, y él asentía, y yo notaba que asentía demasiado. Como si estuviera tomando notas mentales. Empecé a revisar mi bolso por si me había dejado algo. Empecé a borrar mensajes delante de él, con un descaro nervioso que me delataba más que los mensajes mismos.
Lo peor era por las noches. Dormíamos en la misma cama porque ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta que el matrimonio se había roto. Él se ponía de espaldas. Yo miraba el techo. Y en la oscuridad, con mi marido a medio metro, yo me moría por el olor de Gonzalo, por sus manos, por su boca. El deseo no entiende de culpas. El deseo es un animal que sigue teniendo hambre aunque la casa esté ardiendo.
El jueves, Gonzalo me llamó desde un número desconocido. Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que tuve que sentarme en el taburete del estudio.
"No puedo seguir así", susurró. "Te necesito. Ven al ático esta tarde. Los albañiles se van a las seis."
"Andrés lo sabe", le dije, con la voz rota. "Lo sabe todo, Gonzalo."
Hubo un silencio largo al otro lado. Luego su voz, más grave: "Entonces ya no tenemos nada que perder. Ven."
Fui. Claro que fui. Me dije que era para despedirme, para cerrar aquello como una persona adulta. Mentira. Fui porque llevaba cuatro días sin que me tocaran y mi cuerpo gritaba.
Llegué al ático a las seis y media. Olía a pintura fresca y a polvo. Gonzalo me esperaba junto a la ventana sin cristales, con una camisa manchada de yeso. Me miró como se mira algo que se va a perder y me agarró por la cintura antes de que yo pudiera decir una palabra.
Me besó con una urgencia nueva, desesperada. Sus manos me subieron la falda en el mismo recibidor, sin preámbulos, y me bajaron las bragas hasta los tobillos. "Aquí no", jadeé, pensando en los vecinos, en los andamios, en todo. "Aquí sí", gruñó él, y me dio la vuelta contra la pared sin pintar.
Me penetró de pie, contra la pared, con una embestida profunda que me arrancó un gemido que tuve que ahogar mordiéndome el puño. Abajo, en la calle, se oían las voces de los albañiles recogiendo. El peligro me volvía loca. Cada embestida me golpeaba el punto exacto, cada vez más hondo, y yo me corrí temblando contra aquella pared rugosa, con el yeso arañándome la mejilla.
Él se vino dentro de mí segundos después, con la frente apoyada en mi nuca, respirando como un animal herido. Nos quedamos así, pegados, con la ropa revuelta, escuchando cómo la calle seguía su vida sin saber nada.
"Déjalo", me dijo entonces, con la voz ronca. "Déjalo y vente conmigo. Al ático, a donde sea."
Yo me recompuse la falda con manos temblorosas y no contesté. Porque la verdad era que no sabía qué quería. Solo sabía que aquella tarde, entre polvo de obra y con el miedo latiéndome en las sienes, me había sentido más viva que en nueve años de matrimonio.
Volví a casa a las nueve. Andrés estaba en la cocina, cenando solo, con el portátil abierto. Levantó la vista y me miró de arriba abajo, despacio. Yo sentí que me leía el cuerpo entero: el pelo revuelto, los labios hinchados, la culpa escrita en la cara.
"¿Mucho trabajo?", preguntó.
"Mucho", dije.
Asintió y volvió a su pantalla. Pero aquella noche, cuando me metí en la cama, noté algo distinto. Andrés no se puso de espaldas. Se quedó mirando el techo un rato y luego, sin decir nada, me pasó la mano por el brazo. Un roce lento, deliberado. Yo me quedé rígida.
"¿Qué haces?", susurré.
"Nada", dijo. Y retiró la mano. Pero yo había notado algo en aquel roce que me dejó helada: no era ternura. Era otra cosa. Algo que no supe nombrar entonces.
El sábado por la mañana me despertó el olor a café. Andrés estaba ya vestido, con una carpeta marrón sobre la mesa de la cocina. Mi estómago se encogió al verla. Las carpetas marrones nunca traen nada bueno.
"Siéntate", me dijo.
Me senté. Él abrió la carpeta despacio, como un abogado en un juicio. Dentro había fotos. Fotos impresas, en papel. Yo entrando en el hotel de Gran Vía del brazo de Gonzalo. Yo saliendo del ático de Salamanca con el pelo revuelto. El coche de Gonzalo aparcado frente a mi estudio un viernes por la noche.
Las miré una por una, con las manos temblando. Eran fotos de móvil, algo borrosas, pero clarísimas. Me sentí desnuda de una forma que ningún sexo me había hecho sentir.
"¿Me has seguido?", pregunté, con un hilo de voz.
"Contraté a alguien", dijo, tan tranquilo. "Un detective. Barato, por cierto. No hizo falta mucho esfuerzo. Sois muy descuidados."
Esperé el grito. Esperé el "fuera de mi casa", el "quiero el divorcio". No llegó nada de eso. Andrés cerró la carpeta, me miró a los ojos y dijo, con una calma absoluta:
"Mañana por la noche cenamos los tres. Gonzalo, tú y yo. En casa. Yo cocino."
Parpadeé, segura de haber oído mal. "¿Qué?"
"Lo que has oído", dijo, y se levantó. "Y dile a Gonzalo que si no viene, le mando copias de estas fotos a su exmujer. Y al juzgado que lleva la custodia de su hija. Seguro que a un juez le encanta saber dónde pasa las tardes el señor arquitecto."
Se fue al salón dejándome sola con la carpeta. Abrí el móvil con dedos torpes y le escribí a Gonzalo: "Tenemos que hablar. Es urgente. Andrés quiere cenar con nosotros mañana."
Me contestó en un minuto: "¿Está loco?"
Yo miré las fotos esparcidas sobre la mesa de mi cocina, mi vida secreta impresa en papel barato, y pensé que sí, que quizá Andrés se había vuelto loco. O quizá, pensé con un escalofrío, era yo la que nunca lo había conocido de verdad.
Esa noche, Andrés me hizo el amor por primera vez en meses. Fue distinto a todo lo anterior. Me desnudó despacio, sin ternura pero sin rabia, y me miró el cuerpo como si lo estuviera inventariando. Me besó el cuello, me bajó hasta los pechos y me los lamió con una lentitud deliberada que me puso la piel de gallina por motivos que no eran solo deseo.
"¿Te gusta que te miren?", me susurró al oído mientras me acariciaba por dentro con dos dedos, despacio, sin prisa. Yo gemí, confusa, excitada a mi pesar. "¿Te gusta que otro hombre te folle mientras tu marido trabaja?"
No supe qué contestar. Sus dedos encontraron mi punto exacto y me arqué. Me penetró entonces, mirándome a los ojos todo el tiempo, con un ritmo lento y profundo que no era el de antes. Era el ritmo de alguien que está aprendiendo algo nuevo sobre su mujer en tiempo real.
Me corrí gritando su nombre, y él se vino después, sin apartar la mirada ni un segundo. Después se quedó tumbado a mi lado, en silencio, y yo supe, con una certeza fría en el estómago, que aquel no había sido un polvo de reconciliación. Había sido otra cosa. Algo que me daba miedo nombrar.
A la mañana siguiente encontré una nota suya en la nevera, sujeta con un imán: "Compra vino tinto. El bueno. Mañana viene Gonzalo a cenar."
La tercera parte llegará pronto...
Relatos eróticos de esposas infieles: el secreto de Irene (Parte 3)
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