Relatos eróticos de amigas de mi esposa: la fiesta secreta de Laura
Siempre había pensado que los relatos eróticos de amigas de mi esposa eran fantasías de internet, hasta que la puerta del salón se abrió de golpe y Patricia entró riendo con una botella de vino en cada mano. "¡Juego nuevo!", anunció. "Y antes de que lo preguntes, Jorge, no te vas a librar."
Mi mujer, Laura, me miró desde el sofá con una sonrisa que yo ya conocía demasiado bien. Era la sonrisa que ponía cuando había planeado algo y no me lo había contado. El corazón me dio un vuelco que traté de disimular bebiendo de mi copa.
La cena había sido normal, demasiado normal: risotto, chistes malos, las anécdotas de siempre. Pero ahora, con la mesa recogida y la segunda botella abierta, Patricia había traído algo en los ojos. Y Marta, sentada a mi lado en la alfombra, me rozaba la rodilla con la suya cada vez que se reía. No era accidental. Lo sabía yo, lo sabía ella.
"Verdad o reto", dijo Patricia, dejándose caer en el sillón. "Pero versión adulta. Nada de secretos de instituto. Si alguien dice la verdad, tiene que ser una verdad de verdad. Si elige reto, se cumple aquí. Sin excepciones."
"Eso suena peligroso", dije, intentando que sonara a broma. Laura se levantó, se sentó a mi lado y me puso la mano en el muslo, alta, muy alta. "Suena perfecto", dijo ella.
Marta fue la primera. Miró a Laura directamente a los ojos y preguntó: "¿Verdad o reto?"
"Reto", dijo Laura sin parpadear.
Marta sonrió despacio. "Besa a Jorge como si lleváramos una hora sin vernos."
Laura se giró hacia mí. Su mano ya estaba donde estaba. Me agarró por la nuca y me besó con la boca abierta, con lengua, sin ninguna prisa, mientras Patricia silbaba y Marta aplaudía bajito. Cuando Laura se separó, me temblaban las manos. Y mi mujer me miró y me dijo al oído, tan bajo que solo yo lo oí: "Todavía no has visto nada."
El juego continuó. Patricia le preguntó a Marta una verdad: que describiera su última fantasía. Marta no se anduvo con rodeos. "Que alguien me mire mientras me toco", dijo. "Que no me toque él. Que solo mire. Eso me vuelve loca."
El silencio que siguió fue espeso. Patricia rompió la tensión riendo, pero su risa sonaba distinta, más grave. "¿Reto o verdad, Jorge?"
"Verdad", dije, porque era un cobarde.
"¿Cuándo fue la última vez que pensaste en otra mujer que no fuera Laura?"
Sentí la mano de Laura apretarse en mi muslo. La miré. Ella asintió, casi imperceptible. "Esta misma noche", dije. "Hace diez minutos. Pensaba en Marta."
Marta se quedó quieta. Patricia soltó una carcajada que se cortó a la mitad. Y Laura, mi mujer, se inclinó y me besó la mejilla. "Buen chico", susurró. "Por fin dices la verdad."
Fue entonces cuando entendí que aquella noche no era improvisada. Laura y sus amigas lo habían hablado antes. Lo vi en la forma en que Patricia me miró después, como evaluándome. Lo vi en cómo Marta se acercó un poco más en la alfombra.
"Mi turno", dijo Laura. Su voz había cambiado de tono, más baja, más segura. Miró a Patricia. "Reto o verdad, Patri."
"Reto", dijo Patricia, y su voz tembló un poco.
"Quítate la blusa", dijo Laura. "Y quédate así el resto del juego."
Patricia se rio, nerviosa, pero se desabotonó la blusa y la dejó caer al suelo. Debajo llevaba un sujetador negro de encaje. Sus pechos subían y bajaban rápido. Me miró a mí, directamente, y no apartó la vista.
"¿Te gusta lo que ves, Jorge?" preguntó Laura, con la mano todavía en mi muslo, ahora apretando con intención.
"Mucho", dije. Y era verdad. La tenía dura desde el beso y no había forma de disimularlo con los vaqueros.
"Bien", dijo Laura. "Porque esta noche se trata de mirar. ¿Verdad, chicas?"
Marta asintió despacio. Patricia se mordió el labio.
Laura se puso de pie y se colocó detrás del sofá, con las manos en mis hombros. "Reglas nuevas", anunció. "Jorge no se mueve del sofá. Puede mirar. Puede hablar. Pero no toca a nadie. Nosotras jugamos."
"¿Y tú?" preguntó Marta.
"Yo dirijo", dijo Laura. Y me masajeó los hombros con una fuerza que me hizo cerrar los ojos un segundo.
Patricia fue la primera en moverse. Se acercó a Marta, que seguía en la alfombra, y se arrodilló frente a ella. "¿Te acuerdas de tu verdad?", le dijo. "La de que te miren mientras te tocas."
Marta tragó saliva. "Sí."
"Pues hazlo", dijo Patricia. "Que Jorge mire."
Lo que pasó después lo recuerdo a fragmentos, como fotos: Marta recostándose en la alfombra, la falda subida hasta la cintura, los dedos desapareciendo bajo el encaje de sus bragas. Patricia a su lado, mirando, con la respiración acelerada. Y yo en el sofá, con las manos agarrando los cojines porque Laura me había prohibido moverme.
"Mírale", le dijo Laura a Marta. "Mírale mientras lo haces."
Marta me miró. Sus ojos estaban vidriosos. Sus dedos se movían rápido y su otra mano se apretaba un pecho por encima de la blusa. Un gemido se le escapó y se tapó la boca con la mano libre, pero Patricia se la apartó. "No", dijo Patricia. "Que se te oiga."
Yo estaba a punto de explotar. Literalmente. Laura lo notó porque se inclinó sobre mi hombro y me dijo: "Todavía no. Aguanta. Quiero verte sufrir un poco más."
Marta llegó con un grito ahogado, el cuerpo arqueado sobre la alfombra, los dedos quietos por fin. Patricia la ayudó a incorporarse y la besó en la boca, un beso largo, sin prisa, y Marta le devolvió el beso agarrándola por el pelo.
"Mi turno", dijo Patricia, con la voz ronca. Miró a Laura. "Reto."
Laura sonrió. Aquella sonrisa otra vez. "Bésale el cuello a Jorge. Despacio. Y no pares hasta que yo diga."
Patricia se acercó al sofá y se arrodilló a mi lado. Su boca encontró mi cuello y yo solté un gemido que no pude contener. Sus labios estaban calientes. Su lengua dibujó una línea lenta hasta mi oreja. Su mano, desobedeciendo las reglas, se posó en mi pecho.
"He dicho que no tocaras", dijo Laura, pero su voz sonaba divertida, no enfadada.
"No puedo evitarlo", susurró Patricia contra mi piel. "Está temblando."
"Que tiemble", dijo Laura. Y entonces, para mi sorpresa total, mi mujer se sentó a horcajadas sobre mis rodillas, de espaldas a mí, de cara a sus amigas. "Ahora míranos", me dijo por encima del hombro.
Lo que siguió fue lo más erótico que he visto en mi vida. Laura, mi mujer de ocho años, la madre de mis rutinas y mis domingos, se inclinó hacia Patricia y la besó. No un pico. Un beso de verdad, con lengua, con manos. Patricia respondió agarrándole la cintura. Marta se acercó por el otro lado y empezó a besarle el cuello a Laura.
Y yo, en medio, sin poder moverme, con la polla a punto de romperme los vaqueros, mirando cómo mi mujer se dejaba querer por sus dos mejores amigas.
"¿Te gusta, Jorge?" preguntó Laura sin dejar de besar a Patricia. "¿Te gusta ver cómo me tocan?"
"Me encanta", dije, y mi voz sonó rota. "No pares."
Laura se separó de Patricia y me miró por encima del hombro. Sus ojos brillaban. "¿Seguro? Porque lo que viene ahora es lo mejor."
Se levantó de mis rodillas y se puso de pie frente al sofá. Lentamente, muy lentamente, empezó a desabrocharse la blusa. Sus amigas la miraban como yo: sin parpadear. Cuando la blusa cayó, cuando el sujetador cayó después, Laura se quedó de pie ante nosotros tres, desnuda de cintura para arriba, con los pezones duros y la respiración acelerada.
"Venid", les dijo a sus amigas.
Patricia y Marta se acercaron y cada una tomó un pecho de Laura en su boca. Mi mujer echó la cabeza hacia atrás y gimió, alto, sin vergüenza. Sus manos se hundieron en el pelo de sus amigas. Y yo miraba, y cada segundo era una tortura deliciosa.
"Jorge", dijo Laura de pronto, abriendo los ojos y mirándome. "¿Recuerdas las reglas? No tocas."
Asentí, incapaz de hablar.
"Bien", dijo. "Porque ahora te toca a ti mirar de verdad." Se giró hacia Marta. "Desnúdale."
Marta se arrodilló frente a mí y me desabrochó los vaqueros con manos que temblaban un poco. Cuando me liberó, solté un gemido de alivio tan fuerte que Patricia se rio. Marta me miró, luego miró a Laura pidiendo permiso.
"Con la boca", dijo Laura. "Despacio. Quiero verlo todo."
Lo que Marta hizo con su boca debería ser ilegal. Lenta al principio, la lengua rodeándome, y luego más rápido, más profundo, con una mano en la base marcando el ritmo. Patricia se había acercado y me acariciaba los muslos, subiendo cada vez más alto sin llegar nunca del todo. Laura miraba, de pie, desnuda de cintura para arriba, tocándose a sí misma mientras miraba.
"Para", dijo Laura de pronto.
Marta se detuvo al instante. Yo gemí de frustración.
"Ven aquí", me dijo Laura. Y por primera vez en toda la noche, me permitió moverme.
Me levanté del sofá con las piernas temblorosas. Laura me agarró de la mano y me llevó hasta la alfombra, donde Marta y Patricia nos miraban. Mi mujer se tumbó boca arriba y abrió las piernas. "Ahora", dijo. "Fóllame. Delante de ellas. Quiero que vean cómo me pones."
No necesité que me lo dijera dos veces. Me coloqué entre sus piernas y entré en ella de una embestida. Laura gritó, un grito de verdad, y me clavó las uñas en la espalda. Sus amigas se acercaron, una a cada lado, y empezaron a tocarla: Patricia en los pechos, Marta en el cuello, en la boca.
Cada embestida mía era respondida por un gemido de Laura y por las manos de sus amigas sobre su cuerpo. Era como si las tres estuvieran conectadas, como si mi polla dentro de Laura moviera algo en las tres a la vez.
"Más fuerte", pidió Laura. "Que lo vean. Que vean cómo me corres."
Aumenté el ritmo. El sonido de nuestros cuerpos llenaba el salón. Patricia había metido la mano entre las piernas de Laura, donde yo entraba y salía, y la tocaba al mismo tiempo. Laura empezó a temblar.
"Ya viene", susurró Marta, fascinada. "Mira, ya viene."
Laura se corrió con un grito que debió oír todo el edificio, el cuerpo arqueado, las manos agarrando la alfombra. Y su orgasmo me arrastró: me corrí dentro de ella segundos después, con las manos de sus amigas todavía sobre su piel.
Nos quedamos los cuatro en la alfombra, respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Patricia tenía la blusa en el suelo al otro lado del salón. Marta, la falda por las rodillas. Laura, desnuda de cintura para arriba, conmigo todavía dentro de ella.
"¿Entonces?", preguntó Laura, incorporándose sobre un codo y mirando a sus amigas. "¿Repetimos el viernes que viene?"
Patricia se rio, una risa que era casi un sollozo. "Yo traigo el vino."
"Yo traigo el juego", dijo Marta.
Y yo, que una hora antes era un marido normal en una cena normal, miré a mi mujer y entendí que mi vida acababa de cambiar para siempre. Laura me guiñó un ojo. "Bienvenido a mi verdadero yo, Jorge", dijo. "Espero que te guste."
Me gustaba. Me gustaba muchísimo. Y el viernes siguiente, cuando sonó el timbre a las nueve en punto, fui yo quien abrió la puerta con dos botellas de vino en las manos y una sonrisa que no me cabía en la cara.
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