Relatos Eróticos de Parejas Liberales: La Nota de Marta
La nota estaba dentro de mi bolso. No la había escrito yo. "Relatos eróticos de parejas liberales: esto no es un cuento, es una invitación. Viernes, club Luna, 23:30. Pregunta por Diego." La leí tres veces de pie en el pasillo de la fiesta de Carla, con la copa de vino temblando entre los dedos, y sentí que el calor me subía desde el estómago hasta las mejillas. Pablo me miró desde el sofá, alzó una ceja, y yo doblé la nota y la escondí en el puño como si fuera un secreto sucio.
¿Quién había metido eso en mi bolso? Lo repasé todo en la cabeza mientras Carla servía más vino y la conversación seguía su curso sobre el trabajo, los niños, las vacaciones. Mi bolso había estado en la entrada, en el perchero, durante toda la noche. Cualquiera pudo acercarse. Pero la letra era elegante, redonda, y el papel olía ligeramente a perfume caro. Me quedé mirando a Pablo. Él me sonrió, esa sonrisa suya de siempre, y algo dentro de mí se encendió como una cerilla.
En el taxi de vuelta a casa, con Barcelona desfilando por la ventanilla, saqué la nota otra vez. Pablo la leyó por encima de mi hombro. Se quedó en silencio unos segundos. Luego dijo, con la voz un poco ronca: "¿Y si vamos?" Lo miré. "¿Hablas en serio?" Él se encogió de hombros, pero sus ojos brillaban de una manera que no le había visto en años. "Es viernes. No tenemos planes. ¿Qué puede pasar?" Yo me mordí el labio. El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que el taxista lo oiría.
El club Luna estaba en un callejón del Born, sin cartel, solo una puerta negra con un timbre discreto. Un hombre de traje nos abrió, miró la nota, asintió y nos dejó pasar. Dentro, la música era baja, envolvente, y la luz roja teñía todo de un tono cálido y peligroso. Había parejas por todas partes. Algunas bailaban pegadas. Otras se besaban en los sofás sin pudor. Una mujer de unos cuarenta años, con un vestido que apenas cubría nada, nos sonrió al pasar y me guiñó un ojo. Pablo me apretó la mano. La suya sudaba.
"¿Estás segura?" me susurró al oído. Yo asentí, aunque no estaba segura de nada. Solo sabía que algo me tiraba hacia dentro, una curiosidad que me quemaba la piel. Nos dieron dos copas de champán y nos señalaron la pista. "Diego está por aquí", dijo el camarero con una sonrisa cómplice. "Suele estar en la barra." Miré hacia la barra y lo vi. Alto, camisa negra abierta en el cuello, una sonrisa lenta que parecía saberlo todo. Me miró directamente, como si me estuviera esperando.
Pablo me soltó la mano. "Ve", dijo. Lo miré, incrédula. "¿Qué?" Él tragó saliva. "Ve a hablar con él, Marta. Yo te miro desde aquí." Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Mi marido, el hombre con el que llevaba nueve años casada, me estaba diciendo que fuera con otro hombre. Y lo peor, o lo mejor, era que yo quería ir. Me levanté, crucé la sala con las piernas temblando, y me senté en el taburete junto a Diego. Él me ofreció una copa sin preguntar. "Marta", dijo. Sabía mi nombre. "¿Cómo lo sabes?" Él sonrió. "La nota la escribí yo. Te vi en la fiesta de Carla el mes pasado. No pude olvidarte."
Hablamos. O intentamos hablar. La música, el champán, su mirada fija en mis labios. Me contó que venía al club con su mujer, que estaban separados desde hacía un año, que buscaba algo sin complicaciones. Yo le conté lo justo: casada, feliz, curiosa. Demasiado curiosa. Cuando su mano rozó mi rodilla por debajo de la barra, no la aparté. Cuando subió un poco más, miré hacia Pablo. Estaba en la mesa, con la copa en la mano, mirándonos fijamente. No parecía enfadado. Parecía fascinado. Me hizo un gesto con la cabeza, casi imperceptible. Sigue.
Diego me llevó a la pista de baile. Me pegó a su cuerpo y empezamos a movernos despacio. Sus manos bajaron por mi espalda hasta mi cintura, luego más abajo, apretando mis caderas contra las suyas. Sentí su polla dura contra mi muslo a través de los pantalones y se me cortó la respiración. "Tu marido te está mirando", me susurró al oído, con la voz grave. "¿Te gusta que te mire?" Yo no respondí con palabras. Le mordí el labio inferior y apreté mi cuerpo contra el suyo. Eso fue respuesta suficiente.
Bailamos así un buen rato, cada vez más pegados, cada vez con menos distancia entre nosotros. Sus dedos se colaron por el escote de mi vestido y rozaron el borde de mi sujetador. Yo gemí bajito, sin poder evitarlo. La música cambió a algo más lento, más sucio, y Diego me giró de espaldas a él, pegando su pecho a mi espalda. Sus manos recorrieron mis costados, mis caderas, y una de ellas se deslizó entre mis piernas por encima del vestido. Presionó justo ahí, sobre mi coño, y yo me arqueé contra él con un jadeo que se perdió en la música.
Miré a Pablo. Se había acercado unos metros. Estaba de pie junto a una columna, con la mandíbula tensa, los ojos clavados en nosotros. Diego siguió mi mirada y sonrió. "¿Quiere unirse o solo mirar?" gritó por encima de la música. Pablo dudó un segundo eterno. Luego asintió y se acercó. Mi corazón iba a salirse del pecho. Diego me susurró: "Tú mandas, Marta. Esto es tu noche." Y tenía razón. Yo era la que había decidido venir. Yo era la que había cruzado la sala. Yo era la que iba a decidir hasta dónde llegábamos.
"Hay una sala privada", dijo Diego, señalando una puerta al fondo. "Si queréis." Miré a Pablo. Él me miró a mí. En sus ojos no había celos, había deseo, un deseo crudo que me hizo sentir poderosa. "Vamos", dije yo. Fui yo quien lo dijo. Fui yo quien tomó la iniciativa, quien agarró la mano de mi marido con una y la de Diego con la otra, y los conduje hacia la puerta como una reina llevando a sus súbditos.
La sala era pequeña, íntima, con un sofá grande de terciopelo rojo y una lámpara tenue en la esquina. En cuanto se cerró la puerta, Diego me besó. Fue un beso hambriento, profundo, con lengua, que me dejó sin aire. Sus manos me quitaron el vestido por encima de la cabeza en un solo movimiento y me quedé en ropa interior delante de los dos hombres. Pablo se sentó en el sillón de la esquina sin que nadie se lo pidiera, como si su lugar estuviera claro: mirar. Y mirar era exactamente lo que yo quería que hiciera.
Diego se arrodilló delante de mí. Me bajó las bragas despacio, con los dientes, y yo me agarré a su pelo cuando su lengua encontró mi coño. Lamió despacio al principio, trazando círculos lentos alrededor de mi clítoris, y yo gemí alto, sin vergüenza, mirando a Pablo directamente a los ojos mientras otro hombre me comía. Pablo se había desabrochado los pantalones y se estaba tocando la polla despacio, sin apartar la mirada. Verlo así, tan excitado, tan entregado a mirarme, me volvió loca.
"Más fuerte", le ordené a Diego, tirando de su pelo. Él obedeció al instante, metiendo dos dedos dentro de mí mientras su lengua trabajaba mi clítoris sin piedad. Yo me corrí en su boca con un grito que me salió del fondo del pecho, temblando entera, con las piernas flojas. Diego se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió. "Joder, Marta." Se puso de pie y se desabrochó los pantalones. Su polla salió dura, gruesa, venosa. Se la agarró con la mano y me la acercó a la boca.
La tomé entre mis labios despacio, saboreándola, mientras Pablo se acercaba un poco más en su sillón para ver mejor. Chupé con ganas, con la lengua rodeando la punta, bajando hasta donde podía y subiendo otra vez. Diego gimió y me agarró del pelo, marcando el ritmo. Yo lo miré desde abajo, con sus ojos clavados en los míos, y supe que Pablo estaba viendo cada segundo. Eso me excitó más que nada. Me saqué la polla de la boca con un chasquido obsceno y dije: "Fóllame. Ahora."
Diego me tumbó en el sofá de espaldas, me abrió las piernas y se colocó entre ellas. Me miró una última vez, buscando permiso, y yo asentí. Entró en mí de una embestida lenta y profunda que me arrancó un gemido largo. Empezó a follarme con un ritmo constante, cada vez más fuerte, y yo me agarré a sus hombros clavándole las uñas. "Más", jadeé. "Más fuerte, joder." Él me obedeció, embistiendo con fuerza, y el sofá empezó a golpearse contra la pared con cada empujón.
Pablo se había levantado del sillón. Estaba de pie junto al sofá, con la polla en la mano, mirándonos a centímetros de distancia. Extendí una mano hacia él y él la tomó. Entrelacé mis dedos con los suyos mientras Diego me follaba sin piedad. "¿Te gusta verme así?" le pregunté a mi marido, sin aliento. Él asintió, con los ojos brillantes, y se llevó mi mano a su polla. La agarré y empecé a moverla al ritmo de las embestidas de Diego. Los tres respirábamos como animales.
Diego me agarró por las caderas y me puso a cuatro patas en el sofá. Entró en mí por detrás, agarrándome del pelo, follándome con embestidas profundas que me hacían gritar su nombre. Pablo se colocó delante de mí, se sacó la polla y me la puso en la boca. La chupé con desesperación mientras me follaban por detrás, sintiéndome llena, usada, adorada. Era la fantasía más sucia que había tenido nunca y estaba viviéndola de verdad, con mi marido mirando y participando.
Me corrí otra vez, más fuerte que la primera, con el cuerpo convulsionando y un grito que me desgarró la garganta. Diego salió de mí justo a tiempo y se corrió sobre mi espalda, con chorros calientes que me resbalaron por la piel. Pablo también se corrió en ese momento, en mi boca, y yo tragué mirándolo a los ojos. Nos quedamos los tres jadeando, sudados, en silencio. Diego se vistió despacio, me besó en la frente con una ternura inesperada, y salió de la sala sin decir palabra.
Nos quedamos solos Pablo y yo. Me ayudó a vestirme con manos temblorosas. En el taxi de vuelta, con Barcelona dormida tras la ventanilla, me tomó la mano y me dijo: "Ha sido la mejor noche de mi vida." Yo me reí, nerviosa, exhausta, feliz. "¿Y ahora qué?" Él me miró con esa sonrisa suya, pero distinta, más oscura, más libre. "Ahora", dijo, "la próxima vez elijo yo la nota." Guardé la servilleta del club en mi bolso, junto al recuerdo de la primera nota, y supe que esto solo acababa de empezar.
Dos semanas después de la noche del club Luna, Marta encontró otra nota. Esta vez estaba pegada con celo en el espejo del baño, escrita con la misma letra redonda. Decía solo: "Sábado. La misma hora. Trae a tu marido. Y esta vez, sin bragas." Marta miró su propio reflejo, con el corazón desbocado, y sonrió.
El sábado llegaron al club a las once y media. Diego los esperaba en la barra, pero no estaba solo. A su lado había una mujer morena de unos treinta y pocos años, con un vestido verde que le marcaba cada curva. "Esta es Lucía", dijo Diego. "Mi mujer. O mi ex, según el día." Lucía tendió la mano a Marta con una sonrisa pícara. "Diego me ha hablado mucho de vosotros." Pablo tragó saliva. A Marta la excitación le subió por las piernas.
Esta vez no hubo rodeos. Diego los llevó a la sala privada del terciopelo rojo. En cuanto se cerró la puerta, Lucía se acercó a Marta y le quitó la blusa con dedos expertos. Su boca encontró el cuello de Marta y bajó hasta sus tetas. Marta gimió al sentir unos labios de mujer en su piel por primera vez en su vida. Lucía le bajó los pantalones y las bragas, porque Marta había obedecido la nota al pie de la letra, y se arrodilló para lamerla despacio. "Joder", susurró Marta, agarrándose a su pelo. "No pares."
Pablo miraba desde el sillón, como la otra vez, pero Diego se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro. "Tranquilo. Mira y aprende." Mientras Lucía devoraba a Marta, Diego se acercó por detrás de ella y empezó a besarle la espalda. Marta estaba entre dos cuerpos, dos bocas, a punto de explotar. Pablo se desabrochó los pantalones y se tocaba despacio, con los ojos fijos en su mujer. Diego lo miró y señaló a Lucía con la cabeza. "Tu turno." Pablo dudó un segundo. Luego se levantó y empezó a besar el cuello de Lucía por detrás mientras ella seguía con la boca en el coño de Marta.
Lo que siguió fue un enredo que Marta jamás habría imaginado. Lucía se tumbó en el sofá y Pablo se colocó entre sus piernas, follándola despacio mientras ella gemía el nombre de Marta. Diego tomó a Marta por detrás con embestidas profundas, y Marta se inclinó para besar a Lucía en la boca mientras los dos hombres las follaban al ritmo de la música que se colaba por la puerta. Cuatro cuerpos, un solo ritmo, un solo jadeo compartido. Marta se corrió primera, con un grito que hizo a Diego embestir más fuerte hasta correrse dentro de ella con un gruñido animal. Pablo aguantó un poco más, hasta correrse sobre el vientre de Lucía con un gemido largo. Lucía se limpió con la mano, se la llevó a la boca y miró a Marta con los ojos brillantes. "La próxima vez", dijo, "la nota la escribo yo."
Readers who enjoyed “Relatos Eróticos de Parejas Liberales: La Nota de Marta” also read
8 curated storiesRelatos Eróticos de Tríos: La Noche Que Lo Cambió Todo (Parte 2)
Tres golpes en la puerta interrumpieron la noche. Lo que Dani no había contado lo cambiaba todo, y Lucía tuvo que decidir entre el pasado y el hombre que la miraba arder.
Relatos Eróticos Swinger en Español: La Noche del Club en Valencia
Relatos eróticos swinger en español: Alba y Marcos reciben un mensaje de Javier y Noa, una pareja liberal de Ibiza, y una noche en el club Miró de Valencia cambia su matrimonio para siempre.
Relatos Eróticos de Tríos: La Noche Que Lo Cambió Todo (Parte 1)
En su aniversario en Barcelona, Marco le propone a Lucía vivir uno de esos relatos eróticos de tríos que siempre soñó. Ella acepta... hasta que el desconocido del club resulta ser su primer amor.
Relatos eróticos de amigas de mi esposa: la fiesta secreta de Laura
Relatos eróticos de amigas de mi esposa: lo que empezó como una cena normal terminó en el juego más atrevido de sus vidas, con Laura dirigiendo cada momento.
Relatos Eróticos de Cornudos: Cuando Él Decidió Solo Mirar
Marta llevaba meses con una fantasía secreta: que su marido Javier la mirara con otro hombre. En un hotel de Sitges, lejos de todo, la confesión sale a la luz. Una noche, un desconocido y un sillón desde el que solo se puede mirar.
Relatos eróticos de esposas infieles: el secreto de Irene (Parte 2)
Los relatos eróticos de esposas infieles continúan: Andrés descubre la aventura de Irene, contrata a un detective y la sigue, mientras Gonzalo la reclama con más deseo que nunca. Segunda parte de la serie.
Relatos Eróticos de Parejas: La Noche Que Sofía se Dejó Desear
Relatos eróticos de parejas: Pablo y Sofía cumplen su fantasía más atrevida en un fin de semana en Valencia, con reglas claras, un viejo amigo y una noche que los cambia para siempre.
Relatos eróticos de esposas infieles: el secreto de Irene (Parte 1)
Irene, 35, lleva nueve años casada con Andrés. Cuando el arquitecto Gonzalo entra en su estudio de Chamberí, una mentira pequeña se convierte en un secreto que ya no puede controlar. Primera parte de una serie de tres.