Relatos Eróticos de Primas: La Finca de Toledo
Claudia se zambulló en la piscina al atardecer y, cuando salió a la superficie sacudiéndose el agua del pelo, lo vio. Diego estaba en el porche, con una copa de vino en la mano, mirándola sin disimulo. Estos relatos eróticos de primas siempre empiezan con una mirada que dura un segundo de más, y aquella tarde en la finca de Toledo la mirada de su primo duró una eternidad.
"¿Se puede saber qué miras?" Claudia preguntó, apoyando los brazos en el bordillo. El agua le resbalaba por los hombros y el bikini rojo se le pegaba al cuerpo.
"A mi prima favorita haciendo el ridículo en la piscina," Diego sonrió. "¿Desde cuándo nadas tan mal?"
"Desde que me casé con un hombre que prefiere el sofá a todo lo demás," Claudia replicó, y salió del agua de un impulso. Diego le tendió una toalla sin apartar los ojos de su cuerpo.
La finca era de la abuela, y cada verano la familia se reunía allí. Este año solo habían venido ellos dos con sus parejas, o lo que quedaba de ellas. Jorge, el marido de Claudia, dormía la siesta desde las cuatro. Lucía, la ex de Diego, ni siquiera había querido venir después del divorcio.
"¿Dónde está Jorge?" Diego preguntó, sirviéndose más vino.
"Roncando en la habitación de invitados. Dice que el campo le da alergia." Claudia se secó el pelo. "Creo que lo que le da alergia es moverse."
Diego rio, pero su risa se apagó cuando Claudia se inclinó para recoger su libro y el escote del bikini le mostró más de lo prudente. Ella lo notó. Y no se enderezó enseguida.
"¿Cuánto hace que no te tocan como mereces?" Diego preguntó de pronto, con la voz más grave.
Claudia se quedó quieta. "¿Perdona?"
"Me has oído." Dejó la copa en la mesa. "Llevas toda la tarde provocándome, prima. ¿O vas a decirme que ese bikini es casualidad?"
El corazón de Claudia latía tan fuerte que estaba segura de que él lo oía. "Diego, estoy casada."
"Y yo divorciado. Y los dos somos adultos." Se levantó y se acercó a ella. "Dime que pare y paro. Pero dímelo mirándome a los ojos."
Claudia lo miró a los ojos. Y no dijo nada.
Diego la besó. No fue un beso de primos. Fue un beso de hombre que lleva años deseando a una mujer. Sus manos le sujetaron la cara y su lengua le abrió los labios sin pedir permiso. Claudia gimió contra su boca y le clavó las uñas en los hombros.
"La caseta de la piscina," ella jadeó. "Allí no nos ve nadie."
Corrieron los veinte metros hasta la caseta, riendo como adolescentes, con la toalla de Claudia arrastrando por la hierba. Dentro olía a cloro y a madera caliente. Diego cerró la puerta con el pestillo.
"¿Estás segura?" preguntó, ya con las manos en el nudo de su bikini.
"Desátalo y lo sabrás," Claudia respondió.
El top cayó al suelo. Diego la miró un segundo entero, de arriba abajo, y luego se arrodilló delante de ella. Le besó el vientre, subiendo despacio, hasta llegar a sus pechos. Los tomó en la boca uno tras otro, chupándolos con fuerza.
"Más fuerte," Claudia jadeó, agarrándole el pelo. "Me gusta que duela un poco."
Diego obedeció. Le mordisqueó un pezón con suavidad y ella arqueó la espalda. Sus manos bajaron hasta la braguita del bikini y la deslizaron por sus piernas. Claudia estaba completamente mojada.
"Mira cómo estás," Diego murmuró, acariciándola con dos dedos. "¿Jorge no te pone así?"
"Jorge no me pone de ninguna manera desde hace dos años," Claudia confesó, y la verdad le supo a liberación. "Hazme olvidar su nombre."
Diego la tumbó sobre la toalla extendida en el suelo de madera. Se quitó la camiseta y el bañador de un tirón. Su polla estaba dura, gruesa, palpitante. Claudia la agarró y la guió hasta su entrada.
"Espera," Diego dijo. "Quiero verte." La penetró despacio, centímetro a centímetro, sin apartar los ojos de su cara. Claudia sintió cada milímetro y se mordió el labio para no gritar.
"Dios, qué grande," jadeó.
"¿Te gusta?" Diego empezó a moverse, primero lento, luego cada vez más rápido.
"Me encanta. No pares."
El suelo de madera crujía bajo ellos. Afuera se oían las cigarras y, a lo lejos, el ronquido inexistente de nadie que pudiera interrumpirlos. Diego le agarró las muñecas y se las sujetó por encima de la cabeza.
"Dime que soy mejor que tu marido," le ordenó al oído.
"Eres mil veces mejor que mi marido," Claudia gritó, y no le importó quién la oyera. "¡Más fuerte, primo, más fuerte!"
La palabra "primo" pareció encenderlo aún más. La embistió con una fuerza que la hizo deslizarse sobre la toalla. Claudia le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo más adentro.
"Voy a correrme," anunció ella, con el cuerpo tenso como un arco.
"Córrete para mí," Diego jadeó. "Quiero sentirlo."
Claudia se corrió con un grito que ahogó mordiéndole el hombro. Su coño se contrajo alrededor de su polla en oleadas y Diego, incapaz de aguantar más, se corrió dentro de ella con un rugido sordo.
Se quedaron abrazados en el suelo, sudados, jadeantes, con el olor a cloro mezclado con el de sus cuerpos. Claudia rio de pronto, una risa nerviosa y feliz.
"¿De qué te ríes?" Diego preguntó.
"De que la abuela nos mataría si lo supiera. Esta caseta la construyó el abuelo."
"El abuelo nos guiñaría un ojo," Diego dijo, y la besó en la frente. "¿Te arrepientes?"
Claudia lo pensó un segundo. Pensó en Jorge roncando, en dos años de noches frías, en la mujer que había sido esa mañana. "No," dijo. "Ni un poco."
Entonces oyeron pasos en la grava. Los dos se quedaron helados.
"¿Claudia?" Era la voz de Jorge, todavía pastosa de sueño. "¿Dónde estás?"
Diego le tapó la boca con la mano y señaló la ventana trasera de la caseta. Claudia asintió, con el corazón desbocado. Se vistieron a toda prisa, con las manos temblorosas, y salieron por detrás justo cuando Jorge doblaba la esquina delantera.
"¡Aquí estoy!" Claudia gritó, apareciendo por el lateral con la toalla al hombro como si nada. "Estaba recogiendo la toalla. ¿Ya te has despertado, dormilón?"
Jorge la miró con los ojos entrecerrados. "¿Y Diego?"
"Fue a por hielo al pueblo, creo," Claudia mintió sin pestañear. "¿Te apetece un baño?"
Jorge negó con la cabeza y volvió adentro arrastrando los pies. Claudia esperó a que desapareciera y entonces se giró hacia los arbustos, donde Diego la miraba con una sonrisa torcida.
"Casi nos pilla tu marido," susurró él, saliendo del escondite.
"Casi," Claudia repitió, y lo besó con fuerza, saboreando el peligro. "La próxima vez cierra mejor."
"¿Habrá próxima vez?" Diego preguntó, agarrándola por la cintura.
Claudia miró hacia la casa, luego hacia él. "Cuenta con ello, primo."
Se vistieron deprisa. Al salir, el sol ya se había puesto y las primeras estrellas salpicaban el cielo. Jorge seguía sin aparecer. Probablemente seguiría dormido.
Cenaron los tres en la terraza. Jorge habló del tráfico de Madrid y de un compañero de trabajo insoportable. Claudia asentía y sonreía, con la piel aún caliente y el sabor de Diego en los labios. Bajo la mesa, el pie de Diego buscó el suyo y lo encontró.
"¿Mañana qué hacemos?" Jorge preguntó, sirviéndose más ensalada.
"Yo pensaba ir al olivar por la mañana," Diego dijo con naturalidad. "A ver cómo están los árboles. ¿Te apuntas, prima?"
"Me apunto," Claudia dijo, y su voz no tembló. "Me encanta el olivar a primera hora."
Jorge bostezó. "Yo me quedo. El campo y yo no nos llevamos bien."
A las once Jorge ya roncaba en la habitación. Claudia esperó diez minutos, se puso un vestido ligero sin nada debajo y salió descalza al jardín. La noche olía a tomillo y a tierra caliente. Diego la esperaba junto a los olivos, con dos copas y una botella.
"¿Vino?" ofreció.
"Después," Claudia dijo, y se pegó a él. "Primero tú."
Lo besó con la misma hambre de la tarde. Diego la levantó y la sentó en el muro bajo de piedra que rodeaba el olivar. Le subió el vestido hasta la cintura y descubrió que no llevaba nada debajo.
"Eres una tentación andante," murmuró, arrodillándose entre sus piernas.
La lamió despacio, con toda la calma que no habían tenido en la caseta. Claudia se agarró a su pelo y echó la cabeza hacia atrás, mirando las estrellas. Su lengua encontró su clítoris y lo rodeó una y otra vez hasta que ella empezó a temblar.
"Diego, por favor," suplicó.
Él se incorporó y la penetró de pie, contra el muro. Claudia le rodeó la cintura con las piernas y se dejó llevar. Cada embestida la hacía chocar suavemente contra la piedra caliente del día.
"¿Te gusta que tu primo te folle en el olivar de la abuela?" Diego le susurró al oído, embistiéndola más fuerte.
"Me gusta que me folles en todas partes," Claudia jadeó. "No pares, no pares."
Se corrieron juntos bajo las estrellas, con el único testigo de un búho lejano. Después se quedaron abrazados en el muro, compartiendo el vino a morro, riendo bajito.
"¿Qué vamos a hacer?" Claudia preguntó al fin, apoyando la cabeza en su hombro.
"Nada," Diego dijo. "Mañana desayunamos todos juntos, hablamos del tráfico y de los olivos, y nadie sabrá nada. Será nuestro secreto."
"¿Solo este fin de semana?"
Diego la miró. "La finca es grande, prima. Y el verano es largo."
Claudia sonrió y apuró su copa. Cuando volvieron a la casa, de puntillas como dos adolescentes, Jorge seguía roncando. Claudia se metió en la cama a su lado, con el cuerpo aún vibrando, y durmió como no dormía desde hacía años.
A la mañana siguiente, en el desayuno, Diego le pasó la mermelada con la mano más lenta de lo necesario. Sus dedos se rozaron. Claudia lo miró por encima de su taza de café y le sostuvo la mirada un segundo de más. El verano acababa de empezar.
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