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Relatos Eróticos BDSM: El Recuerdo de Barcelona

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Dicen que algunos relatos eróticos bdsm se quedan pegados a la piel como el sudor de una noche de verano. El mío empezó hace dos años, en Barcelona, bajo una máscara de terciopelo negro que olía a perfume barato y a promesa cara. La fiesta de carnaval ocupaba un palacete del Eixample. Yo había ido con dos amigas del trabajo, con un vestido rojo que me quedaba mejor de lo que mi matrimonio merecía últimamente.

La música estaba alta y yo bailaba sin pensar en nada por primera vez en meses. Él apareció junto a la barra cuando fui a por otra copa. Alto, de unos treinta y ocho años, lo supe después. Máscara negra sencilla, camisa blanca abierta dos botones, una sonrisa que no pedía permiso para mirar.

Me dijo: «Bailas como si te hubieras escapado de algo.» «Me he escapado de todo», le contesté. Y era verdad. En Madrid me esperaba un marido que roncaba frente al telediario y una rutina que olía a detergente.

Aquella noche, en cambio, olía a cera de vela y a piel. Se llamaba Pablo. No me pidió el teléfono. Me pidió la verdad: qué quería.

Le dije que no lo sabía, que llevaba años sin que nadie me lo preguntara. Él asintió, serio por primera vez, y me dijo: «Entonces esta noche descubrimos lo que quieres. Pero con reglas.» Me llevó a una salita apartada, con un sofá de cuero y una lámpara baja.

Antes de tocarme un solo centímetro, me lo explicó todo. Que a él le gustaba mandar. Que a algunas mujeres les gustaba obedecer. Que nada pasaba sin un sí claro.

Que tendríamos una palabra de seguridad, y que si la decía, todo paraba al instante, sin preguntas. La palabra era «rojo». La repetí en voz alta para probarla. Me supo a poder.

Él sonrió y dijo: «Perfecto. Esa palabra te hace más fuerte que yo.» Me besó entonces, y fue un beso de los que reorganizan la sangre. Sus manos se quedaron quietas a los lados de mi cara, esperando.

«Dime qué quieres que haga», susurró. Y yo, que llevaba años sin pedir nada, pedí: «Mándame. Quiero no tener que decidir nada.» Me desabrochó el vestido despacio, botón a botón, con los ojos fijos en los míos.

No tenía prisa. La prisa era mía, y él la estaba domando. Cuando el vestido cayó, me quedé en ropa interior negra delante de un desconocido, y en lugar de vergüenza sentí una electricidad que me subía por las piernas. «De rodillas», dijo.

Y obedecí antes de pensarlo. El suelo estaba frío bajo mis rodillas y eso me excitó más. Me ató las muñecas por delante con su corbata, un nudo firme pero cuidadoso. «¿Duele?»

«No.» «¿Quieres seguir?» «Sí. Por favor.»

Me lamió el cuello mientras sus dedos recorrían mis pechos por encima del sujetador. Me lo quitó con una mano, como si lo hubiera hecho mil veces, y se quedó mirando mis pezones duros. «Mírame», ordenó. Lo miré.

«Pídemelo.» «Chúpamelos, por favor», dije, y mi voz sonó ronca, de otra mujer. Su boca en mi pecho fue un incendio lento. Chupaba, mordía suave, tiraba con los dientes justo hasta el borde del dolor.

Yo gemía con las muñecas atadas, atada e inútilmente excitada. Metió una mano entre mis piernas, por encima de las bragas, y encontró todo mojado. «Joder, Carla», murmuró. «Estás empapada.»

Me bajó las bragas hasta las rodillas sin desatarme. Me abrió las piernas con la rodilla y me tocó directamente, dos dedos firmes sobre mi clítoris, en círculos lentos. Yo me retorcía en el sofá, atada, y él me sujetaba la cadera con la otra mano. «Quédate quieta», dijo.

Lo intenté. No pude. Cuando estaba a punto de correrme, paró.

Me miró con esa sonrisa suya y dijo: «Todavía no. Cuando yo diga.» Casi lloré de frustración. Y descubrí que la frustración, en sus manos, era otro tipo de placer.

Me puso de pie, me desató las muñecas y me dio la vuelta. «Apóyate en el sofá.» Obedecí. Sentí su cuerpo detrás del mío, su erección dura contra mi culo a través del pantalón.

Me azotó una nalga con la mano abierta, un golpe seco que me hizo gritar. «¿Rojo?» «No», jadeé. «Otra vez.»

Me folló así, de pie, apoyada en el sofá, entrando en mí desde atrás con una lentitud cruel. Cada embestida me llenaba entera. Yo gritaba su nombre en la salita vacía, y él me agarraba del pelo, lo justo para sentir quién mandaba. «¿De quién eres esta noche?»

«Tuya», dije. «Solo tuya.» Me corrí gritando, con las piernas temblando, y él siguió dentro de mí hasta correrse él, hondo, con un gemido grave que sentí en los huesos. Después me abrazó, me dio agua, me trató como a una reina después de haberme tratado como a su juguete.

Me dio su tarjeta antes de irme. Blanca, solo un nombre y un número. «Si algún día quieres repetir, escríbeme, sin prisa, sin compromiso.» La guardé en el bolso como se guarda una bomba.

Volví a Madrid. Volví a mi marido, a su ronquido, a la colada de los domingos. Guardé la tarjeta en el cajón de la mesilla y me prometí no usarla. Durante dos años cumplí la promesa a medias: no la usé, pero la miré.

La miraba las noches en que me quedaba despierta, con el cuerpo pidiendo algo que él ya no sabía darme. El martes pasado la rutina me rompió. Llegué del trabajo, cena recalentada, él con el móvil, yo con la sensación de estar viviendo la vida de otra. Me duché, me puse el camisón, y al abrir el cajón la tarjeta me miró.

Pablo. Dos años. Mi mano temblaba cuando la cogí. Escribí el mensaje tres veces antes de enviarlo.

«Hola, soy la máscara negra de Barcelona, ¿te acuerdas de mí?» Lo envié a las once y media de la noche, con el corazón en la garganta. A las once y treinta y dos, respondió: «Me acuerdo de todo. ¿Quieres venir el viernes?»

El viernes mentí por primera vez en años con una mentira completa. Cena con una amiga, no me esperes despierto. Me puse el vestido rojo, el de Barcelona, que aún me quedaba bien. En el taxi hacia su piso, en Malasaña, me temblaban las rodillas como a una cría.

Me abrió la puerta sin máscara, con vaqueros y una camiseta negra. «Hola, Carla», dijo, y mi nombre en su boca me supo a aquella noche. Entré. El piso olía a cuero y a café.

En el salón, sobre la mesa baja, había unas esposas de cuero, una venda negra y una cuerda enrollada con cuidado. «Las reglas siguen valiendo», dijo, señalando la mesa. «Palabra de seguridad: rojo, todo para si la dices, ¿la recuerdas?» «Rojo», dije.

«No la voy a necesitar, pero me gusta tenerla.» Él asintió, y vi respeto en sus ojos. Eso me excitó casi tanto como las esposas. Me besó contra la puerta, un beso largo que me dejó sin aire.

Sus manos me subieron el vestido hasta la cintura. «¿Llevas algo debajo?» «Nada», susurré. Había salido de casa sin bragas, y decírselo en voz alta me hizo arder.

Él soltó una risa baja. «Mi chica lista.» Me llevó al dormitorio de la mano, como si fuera suya desde siempre. La cama era grande, con cabecero de forja.

Me desnudó despacio y me tumbó boca arriba. Me ató las muñecas al cabecero con la cuerda, con nudos firmes, comprobando con un dedo que no apretaban demasiado. «¿Bien?» «Bien.»

Me vendó los ojos. El mundo se volvió negro y mi piel se volvió todo oídos. Sentí su aliento en mi cuello, luego su lengua, bajando despacio. Se detuvo en mis pechos.

Los lamió, los chupó, me mordió los pezones con suavidad creciente hasta que gemí. «¿Te gusta?» «Sí, joder, sí.» Bajó más.

Me abrió las piernas y me sujetó los muslos. Su boca encontró mi sexo y me lamió de arriba abajo, lenta, deliberada, como si tuviera toda la noche. Metió dos dedos dentro de mí mientras su lengua trabajaba mi clítoris, y yo tiré de las cuerdas, arqueándome. «Pablo, por favor...»

«¿Por favor qué?» «Por favor, no pares.» Me llevó al borde dos veces y me dejó caer. La tercera vez me dejó correrme, y grité tan alto que me tapó la boca con la mano.

«Shhh. Los vecinos.» Me corrí contra su mano, temblando entera, atada y vendada. Me quitó la venda.

Sus ojos estaban oscuros. Se desnudó delante de mí, despacio, y lo vi entero por primera vez a la luz: el pecho, los brazos, su polla dura apuntando hacia mí. «Mírala bien», dijo.

«Es tuya esta noche. Dime qué quieres.» «Quiero chupártela», dije. Me desató una muñeca para que pudiera arrodillarme en la cama.

La tomé con la mano, caliente y pesada, y me la metí en la boca. La chupé despacio al principio, con la lengua alrededor de la punta, y luego más hondo, hasta que me llegó a la garganta. Él me agarró del pelo. «Joder, Carla, así, justo así.»

Me la sacó de la boca cuando estaba a punto de correrse. «Todavía no», dijo, con la misma sonrisa cruel de Barcelona. Me tumbó boca arriba otra vez y se colocó entre mis piernas. Me miró a los ojos y entró en mí de una embestida lenta y profunda.

Grité. Me llenaba de una manera que me hacía ver estrellas. Follamos así un rato, él encima, marcando un ritmo hondo que me hacía gemir en cada entrada. Me agarró las muñecas por encima de la cabeza y me besó con una fiereza que me dejó la boca hinchada.

«¿De quién eres?» «Tuya», jadeé. «Esta noche soy tuya.» Me dio la vuelta.

«A cuatro patas.» Obedecí, con el culo en alto, temblando de ganas. Entró en mí desde atrás, agarrándome las caderas con fuerza. El ritmo se volvió salvaje.

Me azotó una nalga, luego la otra, y cada golpe me hacía apretarme más alrededor de él. «Te gusta, ¿eh? Te gusta que te trate así.» «Sí», grité.

«Sí, joder, sí.» Me sacó de dentro y me puso de pie junto a la cama. Me ató las muñecas a la espalda con las esposas de cuero, con cuidado, y me inclinó sobre el colchón. Volvió a entrar en mí desde atrás, esposada e indefensa, y fue lo más erótico que había sentido en mi vida.

Cada embestida me empujaba hacia delante y las esposas me recordaban que no podía hacer nada más que sentir. «Voy a correrme», advirtió, y me agarró del pelo para que arqueara la espalda. Se corrió dentro de mí con un gemido largo y grave, temblando contra mi cuerpo. Yo me corrí un segundo después, solo sé que grité su nombre y que las esposas se me clavaron en las muñecas de tanto tirar.

Me desató con manos tiernas, me masajeó las muñecas, me besó cada marca roja. «¿Estás bien? ¿De verdad?» «Estoy mejor que bien», dije, riendo.

Me trajo agua y nos tumbamos abrazados, sudados y enredados. A las dos de la mañana me acompañó a la puerta. Me besó en la frente, un gesto tan tierno que casi me rompe. «Cuando quieras», dijo.

«Tú mandas, bueno», sonrió, «tú decides cuándo, luego mando yo.» En el taxi de vuelta a casa, con el vestido rojo arrugado y el cuerpo zumbando, supe que había cruzado una línea y que no quería volver atrás. Mi marido dormía cuando entré. Me duché, me metí en la cama y me dormí enseguida.

Por la mañana, antes de que él se despertara, abrí el cajón de la mesilla. La tarjeta seguía allí, un poco doblada por el tiempo. La saqué, la miré, y la volví a guardar.

Pero esta vez la dejé justo encima de todo, bien visible, para encontrarla pronto. Para la próxima vez.

🔒 Bonus Scene locked

Lo que Pablo le susurró al oído antes de abrir la puerta la segunda noche... compártelo para descubrirlo.

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