Relatos eróticos de dominación: Elena y el arquitecto que manda
Elena estaba sola en el estudio cuando Javier interrumpió su noche, y así comenzaron estos relatos eróticos de dominación que ella nunca habría imaginado vivir.
Eran casi las nueve, el estudio de arquitectura estaba vacío, y Elena revisaba los planos de un hotel sobre la mesa grande, con la lámpara encendida y una taza de café frío a su lado. La puerta se abrió sin aviso y Javier entró, con la chaqueta en la mano y una sonrisa tranquila. Elena levantó la vista, sorprendida, y dijo que el estudio estaba cerrado. Javier cerró la puerta detrás de él y dijo que lo sabía, y que por eso había venido.
Elena tenía treinta años, era arquitecta en un estudio de Madrid, seria en el trabajo y reservada fuera de él. Javier tenía treinta y cuatro, era consultor de la empresa cliente del hotel, un hombre de voz baja y mirada directa que llevaba dos semanas visitando el estudio. En las reuniones él siempre la miraba un segundo más de lo necesario, y Elena siempre apartaba la vista un segundo demasiado tarde.
Javier se acercó a la mesa y miró los planos. Dijo que el diseño era bueno, pero que le faltaba atrevimiento. Elena sonrió y dijo que el atrevimiento no se dibuja en los planos, se vive fuera de ellos. Javier la miró fijamente y dijo, entonces vive algo atrevido esta noche, conmigo. Elena sintió un calor repentino en el pecho y en el vientre, y no apartó la vista.
Javier dio la vuelta a la mesa y se puso detrás de ella. Le apartó el pelo del cuello con una mano lenta y le susurró al oído que esta noche él mandaba, y que ella solo tenía que obedecer y disfrutar. Elena respiró hondo, su corazón latía deprisa, y dijo que sí con un hilo de voz. Javier le quitó la chaqueta de trabajo, le desabrochó la blusa botón a botón, y le besó el cuello, los hombros, la espalda, mientras sus manos le recorrían la cintura.
Elena se dejó llevar. Javier le ordenó que se pusiera de pie, que se quitara la falda, que se quedara solo con la ropa interior delante de él. Ella obedeció, temblando un poco, excitada por obedecer. Javier la miró de arriba abajo, despacio, y dijo que era preciosa, y que esta noche iba a descubrir hasta dónde llegaba su obediencia. Le ató las muñecas con su propia corbata, suave pero firme, y la sentó en la mesa de planos.
Con las muñecas atadas, Elena sintió una mezcla de nervios y deseo que nunca había sentido. Javier le quitó el sujetador y le acarició los pechos con las palmas, despacio, en círculos, hasta que sus pezones se endurecieron. Luego se los metió en la boca, uno tras otro, chupándolos con fuerza mientras ella gemía y arqueaba la espalda. Elena dijo, por favor, más, y Javier sonrió y dijo, todavía no, primero aprendes a pedirlo bien.
Javier le bajó las bragas y le separó las piernas. Ella ya estaba mojada, muy mojada, y cuando sus dedos tocaron su coño, Elena soltó un gemido largo. Javier introdujo dos dedos dentro de ella y los movió despacio, entrando y saliendo, mientras con la otra mano le apretaba un pecho. Elena movía las caderas buscando más, y Javier le ordenó que se quedara quieta, que el placer lo marcaba él. Ella obedeció, mordiéndose el labio, temblando.
Cuando Javier consideró que había esperado bastante, se desabrochó el pantalón y sacó su polla, larga, dura y caliente. Elena la miró con deseo y abrió la boca, pero Javier le dijo que todavía no, que primero la quería dentro de ella. La tumbó sobre la mesa, le levantó las piernas y la penetró despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Elena gritó de placer, su coño lo apretaba con fuerza, y Javier empezó a embestir, primero lento, luego cada vez más fuerte.
Cada embestida hacía que la mesa temblara y que los planos se movieran. Elena gemía sin control, decía su nombre, le pedía más fuerte, más dentro. Javier le agarró las muñecas atadas por encima de su cabeza y la folló con fuerza, mirándola a los ojos, ordenándole que lo mirara mientras se corría. Elena sintió que su orgasmo llegaba como una ola, gritó, y su cuerpo se tensó entero mientras su coño se contraía alrededor de su polla.
Javier no paró. La dio la vuelta sobre la mesa, le levantó las caderas, y la penetró por detrás, agarrándole el pelo con una mano. Elena, con las manos aún atadas, apoyaba la cara en los planos mientras él la follaba con embestidas profundas y rápidas. Sus pechos se balanceaban con cada golpe, y sus gemidos llenaban el estudio vacío. Javier le susurró al oído que era suya esta noche, y Elena contestó que sí, que era suya, que no parara.
Cuando Elena se corrió por segunda vez, gritando, Javier salió de ella y le desató las muñecas. Ella se dio la vuelta, se arrodilló en el suelo del estudio y se metió su polla en la boca. La chupó con fuerza, con la lengua recorriendo toda su longitud, con las manos acariciándole los huevos. Javier le agarró el pelo y le marcó el ritmo, y Elena obedeció, chupando cada vez más rápido, hasta que él se corrió en su boca, caliente y abundante, y ella lo tragó todo, mirándolo a los ojos.
Se quedaron sentados en el suelo del estudio, entre planos caídos y una taza volcada, riendo en voz baja. Javier le besó la frente y dijo que el hotel iba a salir bien, pero que esto había salido mejor. Elena se rió y dijo que el atrevimiento, al final, sí se podía dibujar, solo que no en los planos.
Dos noches después, Javier la invitó a su casa, un piso alto en Chamberí con vistas a los tejados de Madrid. Elena llegó con un vestido rojo y sin ropa interior, tal como él le había ordenado por mensaje. Javier abrió la puerta, la miró, y sin decir palabra la empujó contra la pared del pasillo y la besó con fuerza, levantándole el vestido. Le ordenó que se arrodillara allí mismo, y Elena obedeció, abriéndole el pantalón con manos ansiosas.
En el pasillo, de rodillas, Elena le chupó la polla despacio, mirándolo desde abajo, mientras él le acariciaba el pelo y le decía lo bien que obedecía. Luego Javier la levantó, la llevó al salón, y la tumbó en el sofá. Le separó las piernas y le comió el coño con la lengua, despacio al principio, luego rápido, en círculos sobre su clítoris, hasta que Elena se retorció y gritó, agarrando los cojines con las manos.
Javier la penetró en el sofá, con las piernas de ella sobre sus hombros, embistiendo con fuerza, mientras el sofá se movía y los cojines caían al suelo. Elena gritaba su nombre, le pedía que no parara, que la follara más fuerte. Javier le tapó la boca con una mano y le ordenó que gimiera bajito, que los vecinos no debían enterarse, y eso la excitó aún más. Su orgasmo llegó con un gemido ahogado, y su cuerpo se tensó bajo el de él.
Javier la levantó del sofá y la llevó al dormitorio, donde la puso a cuatro patas sobre la cama. Le ató las muñecas a la cabecera con una corbata, como en el estudio, y la folló por detrás, con embestidas largas y profundas, agarrándole las caderas. Elena gemía con la cara hundida en la almohada, su coño mojado y caliente, y cada embestida la hacía gritar más. Javier le dio un azote suave en el culo y le ordenó que se corriera para él, y Elena obedeció, corriéndose con un grito largo.
Después, Javier se tumbó a su lado y le desató las muñecas, besándole las marcas rojas con ternura. Elena apoyó la cabeza en su pecho y dijo que nunca había obedecido a nadie así, y que nunca había disfrutado tanto. Javier le acarició el pelo y dijo que obedecer también es mandar, cuando se elige a quién. Elena sonrió y dijo que entonces ella elegía mandar la próxima vez, y Javier se rió y dijo que eso habría que negociarlo, despacio, toda la noche.
Una semana después, Elena y Javier visitaron juntos el hotel en construcción, para revisar los espacios que ella había diseñado. El edificio estaba vacío, con el olor a cemento y a madera nueva, y las habitaciones aún sin muebles. En una de las suites, con las vistas a la sierra, Javier cerró la puerta y la miró con esa sonrisa tranquila que ya la hacía temblar. Le ordenó que se quitara el vestido y se apoyara en la ventana, y Elena obedeció, sintiendo el cristal frío contra su piel.
Javier la penetró de pie, contra la ventana, con las vistas de Madrid detrás del cristal, agarrándole las caderas con fuerza. Elena gemía mirando el paisaje, viendo su propio reflejo en el cristal, viendo cómo él la follaba con embestidas profundas y lentas. Le ordenó que no cerrara los ojos, que mirara cómo la tomaba, y Elena obedeció, mirando su reflejo hasta que su orgasmo llegó, fuerte y largo, con un grito que resonó en la habitación vacía. Javier se corrió dentro de ella poco después, abrazándola contra el cristal, y se quedaron así, respirando, mirando la ciudad que algún día dormiría en el hotel que ella había dibujado.
Una noche, Elena le dijo a Javier que quería negociar. Esta vez, dijo, mando yo, y tú obedeces. Javier sonrió, se sentó en la silla del salón y le entregó su corbata sin discutir. Elena le ató las muñecas con calma, disfrutando de cada nudo, y luego se puso de pie delante de él, quitándose el vestido despacio, prenda a prenda, mientras él la miraba sin poder tocarla.
Elena se sentó sobre sus rodillas, frente a él, y le ordenó que la besara donde ella señalara. Le señaló el cuello, luego los pechos, luego el vientre, y Javier obedeció cada orden con la boca, con la lengua, con una paciencia que la volvía loca. Cuando por fin le señaló entre las piernas, Javier la comió con una devoción total, hasta que Elena se corrió agarrándose a sus hombros, gritando su nombre.
Después, Elena desató a Javier y lo tumbó en el sofá, subiéndose encima de él. Lo cabalgó despacio, marcando el ritmo, mirándolo a los ojos, hasta que ambos se corrieron juntos, riendo, sudando, y Javier le dijo que negociar con ella era la mejor idea que había tenido nunca.
Al día siguiente, Elena le envió un mensaje a Javier con una sola orden: esta noche, en mi casa, y trae la corbata. Javier llegó puntual, con la corbata en el bolsillo, y Elena lo recibió en la puerta con un vestido negro y una sonrisa que ya era una orden. Lo sentó en el sofá, le ató las muñecas con calma, y le prohibió tocarla hasta que ella lo dijera. Cada minuto de espera lo volvía más ansioso, y cuando por fin le permitió tocarla, Javier la tomó con una urgencia que hizo temblar el sofá, mientras Elena reía y le ordenaba que fuera despacio, que la noche era larga y que ella mandaba hasta el final.
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