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Relatos eróticos de la novia del amigo: la noche de Carla

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Siempre me han gustado los relatos eróticos de la novia del amigo, pero nunca imaginé que iba a vivir uno de verdad, con la piel de gallina y el corazón golpeándome las costillas en el pasillo de un piso de Valencia.

Era jueves. Llevaba dos noches durmiendo en el sofá de Andrés, entre cajas de mudanza y bolsas de ropa, esperando las llaves de mi piso nuevo.

Carla salía del baño casi siempre a esa hora. La ducha llevaba un rato sonando cuando crucé el pasillo con una caja de libros que pesaba como un muerto.

La puerta se abrió de golpe. Salió envuelta en una toalla blanca, el pelo mojado pegado a los hombros, una gota de agua resbalándole por la clavícula hasta perderse en el nudo de la toalla.

El pasillo era estrecho, de esos pasillos de piso viejo donde dos personas no caben sin rozarse. Intenté pegarme a la pared y la caja se me movió hacia ella.

«Perdona, perdona», dije, dando un paso a un lado justo cuando ella daba otro hacia el mismo lado. Su cadera chocó contra mi mano abierta.

No fue un roce rápido. Mi mano se quedó un segundo de más sobre su cadera, sobre la toalla húmeda, notando el calor de su piel a través del tejido fino.

Levanté la vista. Carla me miraba fijo, sin apartarse ni un centímetro. Sus labios se entreabrieron como si fuera a decir algo, y luego sonrió de una forma que no supe leer del todo.

«Cuidado con las cajas, Marco», dijo al fin, con la voz más baja de lo normal. Pasó a mi lado tan cerca que su hombro me rozó el pecho, y el olor de su champú se me quedó en la nariz.

Me quedé allí plantado, con la caja en los brazos, escuchando sus pasos descalzos hacia el dormitorio. Aquella noche tardé más de una hora en dormirme.

El viernes apenas la vi. Salió pronto y volvió tarde, y Andrés y yo cenamos pizza viendo un partido que a ninguno de los dos le importaba demasiado.

Pero el sábado todo cambió. Y lo cambió el vino, el calor, y un camisón tan fino que parecía hecho de aire.

Andrés había cocinado. Bueno, había pedido que cocináramos: pasta con una salsa de tomate que se nos pegó un poco, pan de ajo del súper, y dos botellas de tinto que vaciamos entre risas.

Carla estaba distinta aquella noche. Se reía de todo lo que decía Andrés, pero sus ojos se me escapaban a mí cada dos por tres, y cada vez que me pillaba mirándola apartaba la vista tarde, a propósito.

Llevaba un vestido corto de tirantes durante la cena. Cuando se levantó a por más hielo vi que no llevaba sujetador, y tuve que concentrarme muy fuerte en no quedarme mirando.

A las once y media Andrés se rindió. El vino le había dado de lleno y se quedó dormido en el sofá con la boca abierta, roncando bajito, la copa vacía aún en la mano.

Carla y yo nos miramos por encima de su cabeza dormida. Ella se encogió de hombros, sonriendo, y recogió las copas con un cuidado exagerado para no hacer ruido.

«Salgo al balcón un rato», susurré. «Hace un calor horrible aquí dentro». Ella asintió y me siguió con la mirada hasta la puerta corredera.

El balcón daba a una calle ruidosa del centro. Abajo pasaban coches sin parar, un zumbido constante de tráfico que se mezclaba con alguna moto lejana y una terraza de bar dos portales más allá.

Las baldosas estaban frías bajo mis pies descalzos. Me apoyé en la barandilla, encendí un cigarro que ni siquiera me apetecía, y miré las luces sin verlas.

La puerta corredera sonó a mi espalda. Carla salió al balcón y cerró despacio, con cuidado de no despertar a Andrés.

Se había cambiado. Llevaba un camisón de tirantes, de un rosa pálido casi transparente, que le llegaba a medio muslo. Se le marcaba todo: la curva de las tetas, los pezones duros por la brisa, la línea de las bragas.

«No podía dormir con este calor», dijo, aunque los dos sabíamos que no había venido al balcón por el calor. Se apoyó en la barandilla a mi lado, tan cerca que nuestros brazos se tocaban.

«Tu amigo ronca como un tractor», añadí yo, y ella soltó una risa bajita que se le quedó vibrando en la garganta.

«Siempre ha roncado. La primera noche que dormí aquí pensé que había obras en el piso de abajo». Se giró hacia mí. «¿Te acuerdas del jueves, en el pasillo?»

Se me secó la boca de golpe. «Me acuerdo».

«No se me ha quitado de la cabeza». Lo dijo mirándome a los ojos, sin pestañear. «Tu mano en mi cadera. El agua. Tu cara de no saber dónde meterte».

«Carla...» Empecé a decir su nombre como una advertencia y me salió como una súplica.

«Andrés está dormido, Marco. Dormidísimo. Y yo llevo dos días pensando en lo que habría pasado si en vez de apartarte te hubieras quedado quieto».

Se acercó un paso más. El camisón se le pegaba a los muslos con la humedad de la noche. Olía a vino y a crema corporal, algo dulce con un fondo cítrico.

«Esto está mal», susurré, pero no me moví. Ella sonrió, esa misma sonrisa del pasillo, y me puso un dedo en los labios.

«Chisss. No lo pienses tanto». Y entonces me besó.

No fue un beso tímido. Me agarró la cara con las dos manos y me besó con la boca abierta, la lengua buscándome, un gemido pequeño que se le escapó cuando le devolví el beso con la misma hambre.

Sus tetas se aplastaron contra mi pecho a través del camisón fino. Podía sentir sus pezones duros como piedras pequeñas, y mis manos bajaron solas hasta su cintura.

La besé por el cuello, lamiendo el sabor salado de su piel, y ella echó la cabeza hacia atrás con un suspiro largo. «Sigue», murmuró. «No pares».

Metí las manos bajo el camisón. Su espalda estaba caliente y suave, y cuando llegué al elástico de las bragas se las bajé despacio, arrodillándome delante de ella sin dejar de mirarla.

Las bragas cayeron a sus tobillos. Se las quitó de una patada y quedaron tiradas junto a la barandilla, un montoncito de encaje negro que parecía una prueba del delito.

Delante de mí tenía su coño, depilado, húmedo, los labios entreabiertos y brillantes. Le pasé un dedo despacio por la raja y ella se estremeció entera, agarrándose a la barandilla.

«Joder, Marco», jadeó. Le separé los labios con dos dedos y lamí despacio, de abajo arriba, deteniéndome en el clítoris para chuparlo con suavidad.

Sabía a ella, a sexo y a vino, y gemía bajito tapándose la boca con la mano para que no se oyera dentro. Cada vez que mi lengua la tocaba sus muslos temblaban un poco más.

Le metí dos dedos mientras la lamía, moviéndolos dentro de ella, notando cómo se apretaba alrededor de mis dedos, cada vez más mojada, cada vez más caliente.

«Para, para», susurró de pronto, tirándome del pelo con suavidad. «Quiero tu polla. La quiero ya».

Me levanté y ella misma me bajó el pantalón del pijama y los calzoncillos de un tirón, impaciente. Mi polla salió dura como una piedra, goteando ya de la punta.

Carla la miró un segundo con los ojos brillantes, se lamió los labios, y se arrodilló en las baldosas frías del balcón sin importarle nada más.

Se la metió en la boca de golpe, hasta el fondo, y tuve que agarrarme a la barandilla para no gemir en voz alta. Su boca estaba caliente y apretada, y la movía con un ritmo lento y profundo que me volvía loco.

Le puse la mano en la nuca, entre su pelo suelto, y ella me miró hacia arriba mientras me la chupaba, con esa mirada que decía que sabía exactamente lo que me estaba haciendo.

La sacó de su boca con un sonido húmedo y la lamió de arriba abajo, pasando la lengua por la punta una y otra vez, jugando conmigo, haciéndome esperar.

«Carla, voy a...» «Todavía no», me cortó, sonriendo con la boca brillante. «Todavía no te corres. Quiero sentirte dentro».

Se puso de pie y se dio la vuelta, apoyando los codos en la barandilla, ofreciéndome su culo redondo bajo el camisón levantado. «Fóllame», dijo sin girarse. «Fóllame aquí, con la calle debajo».

Le coloqué la polla en la entrada de su coño, resbaladiza de su saliva y de su humedad, y empujé despacio hasta enterrarla entera de una vez.

Gritó bajito, un «ah» ahogado que se perdió entre el ruido de los coches. Estaba ardiendo por dentro, apretadísima, y cada embestida mía le sacaba un gemido que intentaba contener mordiéndose el labio.

La agarré por las caderas y empecé a follarla con fuerza, el sonido húmedo de nuestros cuerpos mezclándose con el zumbido del tráfico de abajo. Sus tetas botaban bajo el camisón con cada golpe.

«Más fuerte», pidió, jadeando. «No me trates como si fuera de cristal, joder». Le obedecí, clavándosela hasta el fondo una y otra vez, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mi polla.

De pronto se giró a medias, conmigo aún dentro, y me besó con desesperación, mordiéndome el labio inferior. «No pares, no pares, estoy a punto», murmuró contra mi boca.

La giré del todo sin sacarla, quedando frente a frente, su espalda contra la barandilla fría. Le subí el camisón hasta la cintura y le agarré una teta con la boca, chupándole el pezón duro mientras la embestía.

Carla me rodeó la cintura con las piernas, clavándome los talones en el culo para metérmela más hondo, y empezó a correrse con un temblor que le recorrió todo el cuerpo.

Su coño se apretó como un puño alrededor de mi polla, una oleada tras otra, y sus uñas se me clavaron en los hombros mientras gemía mi nombre bajito, una y otra vez: «Marco, Marco, joder, Marco».

Verla correrse así, con la cabeza echada hacia atrás y el camisón arrugado en la cintura, me llevó al límite. La embestí tres, cuatro veces más, hondo, y me corrí dentro de ella con un gruñido que me salió del pecho.

Sentí cada chorro, cada sacudida, mientras ella seguía apretándome con las piernas, sin soltarme, hasta que los dos nos quedamos quietos, jadeando, pegados el uno al otro.

El tráfico seguía zumbando abajo. Una moto pasó haciendo rugir el motor y ninguno de los dos se movió. Su frente descansaba contra la mía, y olíamos a sexo y a vino y a noche de verano.

«Madre mía», susurró al fin, con una risa nerviosa que se le escapó. «Madre mía lo que acabamos de hacer».

Me separé despacio de ella. Un hilo de mi semen le resbaló por el muslo y ella lo miró, se mordió el labio, y se lo limpió con la mano sin decir nada.

Se bajó el camisón de un tirón, se pasó los dedos por el pelo para ordenarlo, y recogió las bragas del suelo con una naturalidad que me dejó helado y excitado a la vez.

Dentro, en el salón, Andrés roncó más fuerte, se dio la vuelta en el sofá, y siguió durmiendo como si nada. Las copas vacías seguían en la mesa, testigos mudos.

Carla se acercó a la puerta corredera y antes de entrar se giró hacia mí. Tenía las mejillas rojas y los labios hinchados, y sonreía de aquella forma del pasillo.

«Mañana, cuando me veas desayunando con él como si nada», dijo en voz muy baja, «finge que no recuerdas nada. Yo fingiré que no recuerdo cómo gimes».

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