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Relatos Eróticos de Colegialas: La Fiesta de Disfraces de Madrid

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El flash estalló justo cuando el tirante del top se soltó con un chasquido seco, y media fiesta de disfraces giró la cabeza hacia Elena en el mismo segundo. Se rió a carcajadas, sin ninguna prisa por arreglarlo, mientras los truenos retumbaban sobre el tejado del loft de Malasaña. Aquella tormenta de octubre en Madrid prometía convertirse en una de esas historias que luego se cuentan en voz baja, como los mejores relatos eróticos de colegialas que solo los adultos se atreven a vivir.

Tenía veinticinco años, era fotógrafa freelance y su disfraz era una broma deliberada entre adultos: falda escocesa corta, blusa blanca anudada en la cintura, corbata floja y calcetines hasta la rodilla. Nada de inocencia, todo de fiesta, y ella lo sabía perfectamente. Caminaba entre la multitud como quien desfila por su propia pasarela, copa en mano y sonrisa de medio lado.

Fuera, la tormenta azotaba Madrid con una furia casi teatral, y dentro del loft las luces parpadeaban cada vez que un rayo partía el cielo. La música latía grave desde los altavoces y el aire olía a lluvia colada por los ventanales, a perfume caro y a alcohol. Era una de esas noches en las que todo parece permitido. Incluso la tormenta parecía coreografiada para la ocasión.

Marco, el anfitrión, veintiocho años, la observaba desde la barra con una sonrisa torcida. Iba de corsario, con la camisa abierta hasta el pecho y una cámara colgada del cuello como un talismán. Sus ojos no se apartaban de ella, y cuando Elena lo pilló mirando, le guiñó un ojo sin pizca de vergüenza.

Ella decidió darle un espectáculo. Se agachó despacio a recoger una servilleta caída, muy despacio, sabiendo exactamente lo que la falda corta revelaba desde su ángulo. Cuando se incorporó, Marco se había quedado inmóvil con la copa a medio camino de los labios. Elena se mordió el labio inferior y le dedicó la más inocente de las sonrisas, que de inocente no tenía nada.

Él cruzó la pista con dos copas y le tendió una. "Te he pillado robando focos", dijo, rozando su hombro al pasarle la copa. Ella bebió un sorbo largo antes de responder: "¿Robando? Cariño, yo no robo nada. Yo poso, y la fiesta me lo agradece".

La música cambió a un ritmo lento y pegajoso, y Marco la tomó de la mano sin pedir permiso. Bailaron pegados, su pecho contra el corsario abierto de su camisa, su muslo colándose entre los de ella. "Ten cuidado conmigo, fotógrafa", le susurró él al oído, con la mano bajando hasta el límite de la falda. "¿Por qué?", ronroneó ella. "¿Muerdes?". Él no respondió con palabras, solo apretó un poco más su cintura contra la de ella.

El presentador del concurso de disfraces subió al pequeño escenario y pidió un aplauso atronador para las finalistas. Elena subió entre vítores, giró sobre sí misma y la falda voló lo justo para arrancar silbidos de todas las mesas. Bajó del escenario riendo a carcajadas, con las mejillas encendidas y la corbata ya torcida.

Ganó el premio al disfraz más atrevido: una botella de cava y una ronda de aplausos que hizo temblar las lámparas. Marco la esperaba al pie de las escaleras, aplaudiendo más fuerte que nadie, con una mirada que ya no disimulaba nada. "El jurado ha sido generoso", dijo él. "El jurado no ha tenido nada que ver", replicó ella, "esto ha sido el público".

"Dicen que también haces fotos", soltó Elena de pronto, señalando la cámara que colgaba de su cuello. "¿O solo la llevas para ligar?". Él se rió y ajustó el objetivo con gesto profesional, sin apartar los ojos de los suyos. "Hago fotos. Pero contigo tendría que tener cuidado, sales demasiado bien".

Ella se mordió el labio y se inclinó hacia él hasta que su aliento le calentó la oreja. "Entonces fotografíame como un secreto", susurró, con la voz ronca por el cava. "Sin público. Solo tú, yo y tu cámara". Marco tragó saliva y miró hacia el fondo del loft, donde una cortina roja marcaba su rincón de estudio.

Cruzaron la fiesta entre vampiros, enfermeras y un Quijote borracho, y él apartó la cortina con un gesto teatral. Detrás se abría un pequeño estudio: pared de ladrillo visto, un sofá de cuero gastado y, al fondo, la luz roja del cuarto oscuro parpadeando como un corazón. La lluvia golpeaba los ventanales con furia, como si la tormenta quisiera entrar a mirar.

"Ponte ahí", ordenó él, señalando la pared, y levantó la cámara con manos que temblaban un poco. Elena se apoyó en el ladrillo frío, cruzó los brazos y ladeó la cabeza con picardía profesional. El obturador chasqueó varias veces mientras ella aflojaba la corbata nudo a nudo, botón a botón, sin dejar de mirar al objetivo.

Al fondo, la ampliadora del cuarto oscuro zumbaba bajito y el aire olía a químicos de revelado, a papel fotográfico y a algo más indefinible. Marco le enseñó la pantalla de la cámara: en la foto, ella parecía una provocación con fecha de caducidad inmediata. "Esta no la enseño a nadie", dijo él, y su voz sonó más grave que antes. Elena se acercó a mirar la pantalla por encima de su hombro, y el roce de su mejilla contra la de él los dejó a los dos sin aliento un segundo.

Marco bajó la cámara despacio y la dejó sobre una silla. "Se acabó la sesión pública", murmuró, y cruzó la distancia entre ellos en dos zancadas. La besó con una urgencia que la pilló desprevenida, una mano en su nuca y la otra bajando por su espalda hasta la cintura de la falda. Elena respondió abriendo los labios y enredando los dedos en su pelo.

Él la sentó en el brazo del sofá y se arrodilló frente a ella, subiendo las manos por sus muslos por debajo de la falda corta. Los calcetines altos le llegaban a la rodilla y él los bajó despacio, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo. Cuando sus dedos rozaron el encaje de sus bragas, Elena soltó un gemido ahogado y se agarró con fuerza al respaldo.

Marco apartó el encaje a un lado y la probó con la lengua, despacio al principio, trazando círculos perezosos que la hicieron temblar entera. Ella echó la cabeza hacia atrás y sus caderas empezaron a moverse solas, buscando más presión, más ritmo, más lengua. Él obedeció encantado, hundiéndose entre sus muslos con las manos sujetándole las caderas para que no pudiera escapar.

"No pares... por favor, no pares", jadeó Elena, y sus dedos se clavaron en los hombros de él hasta dejarle marcas. El placer subió en oleadas cada vez más rápidas, más altas, hasta estallar de golpe: su cuerpo se tensó entero, un grito se le escapó entre los dientes apretados y se corrió con fuerza contra su boca. Se quedó temblando, con la respiración entrecortada, mientras él la miraba desde abajo con los labios brillantes y una sonrisa de triunfo.

Elena lo levantó de un tirón por la camisa abierta y lo besó con sabor a ella misma, desabrochándole los botones restantes con dedos impacientes. Le recorrió el pecho con las uñas, despacio, marcando el camino hacia abajo, y él gimió contra su boca. "Ahora te toca a ti no escapar", susurró ella, y le bajó la cremallera del pantalón.

Liberó su polla, dura y caliente, y la envolvió con la mano en una caricia firme que le arrancó un jadeo. "Mi turno", anunció, y se arrodilló frente a él sobre la alfombra gastada del estudio. Lo tomó en la boca despacio, saboreándolo, con la lengua dibujando círculos en la punta antes de hundirlo hasta el fondo de su garganta.

Marco gimió y le acarició el pelo, y ella marcó el ritmo con la mano en la base, subiendo y bajando mientras su boca hacía el resto. Notó cómo sus muslos empezaban a temblar y cómo su respiración se descontrolaba, y justo entonces se apartó con una sonrisa maliciosa. "Todavía no, corsario", dijo, poniéndose de pie con una lentitud deliberada. "¿Seguro que eres solo fotógrafa?", preguntó él, descompuesto. "Seguro que no", respondió ella.

Se giró, se apoyó con las manos en la pared de ladrillo y se levantó la falda por detrás, ofreciéndose sin el menor pudor. Marco se pegó a su espalda, le apartó las bragas empapadas a un lado y la penetró de una sola embestida profunda que les arrancó un gemido a los dos. La embistió con fuerza contra la pared, cada golpe haciendo temblar los marcos de las fotos colgadas.

Ella se volvió a medias para besarlo por encima del hombro mientras él la follaba sin piedad, con una mano amasándole un pecho por encima de la blusa ya desabrochada. Cambiaron al sofá de cuero: ella encima, cabalgándolo con las rodillas clavadas en el cuero, la falda escocesa rebotando con cada movimiento. El ritmo se volvió frenético, desesperado, animal, hasta que los dos se corrieron casi a la vez, gritando entre el estruendo de la tormenta.

Se quedaron abrazados en el sofá, sudados y riendo bajito, con la luz roja del cuarto oscuro tiñéndolo todo de un color irreal. Afuera, un trueno especialmente violento hizo vibrar los cristales, y Elena se estremeció contra su pecho. "¿Y las fotos?", preguntó, señalando con la barbilla la cámara abandonada en la silla. Ninguno de los dos tenía la menor prisa por volver al ruido de la fiesta.

Marco la miró de arriba abajo, deteniéndose en la corbata torcida y la falda arrugada, y sonrió con suficiencia. "Las fotos te las paso... si posas para la segunda parte". Ella se recolocó la falda, se anudó de nuevo la blusa con dedos todavía temblorosos y le guiñó el ojo antes de apartar la cortina roja.

"Trato hecho, corsario. Pero la próxima vez el disfraz de colegiala lo llevas tú".

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