Diego folla a Valeria en la galería de Barcelona: historias porno en español que terminan con ella corriéndose gritando su nombre
«Si esto fuera una de esas historias porno en español, ya te habría besado delante de todo el mundo», le susurró Diego a Valeria frente a la fotografía más grande de la sala. «¿Y quién te ha dicho que yo me dejaría besar tan fácilmente?», respondió ella sin apartar los ojos de la imagen. Valeria sabía que Diego la estaba provocando, y le gustaba demasiado aquel juego.
La galería de Barcelona olía a madera nueva y a vino tinto, y la luz de la tarde entraba por los ventanales altos del barrio del Born. Valeria, diseñadora gráfica de veintiocho años, había llegado sola a la exposición, con un vestido negro ajustado y el pelo recogido con prisa. Diego, fotógrafo sevillano de treinta y dos años, la observaba desde hacía un rato con una copa en la mano y una sonrisa que no disimulaba nada.
La fotografía que discutían mostraba a una mujer desnuda de espaldas, con la luz dibujando la curva de su cintura y la sombra cubriendo el resto. «Es demasiado perfecta para ser verdad», dijo Valeria, cruzando los brazos sobre el pecho. «La perfección está en lo que no se ve», contestó Diego, acercándose un paso más. «Tú miras la foto y yo miro cómo la miras tú».
Valeria se rio, pero sintió un calor repentino en la nuca cuando la voz de Diego bajó de tono. «Los fotógrafos siempre decís eso para ligar», replicó ella, ladeando la cabeza. «Y las diseñadoras siempre fingís que no os gusta que os miren así», respondió él. La distancia entre los dos se hizo tan pequeña que Valeria notó el olor de su colonia y el calor de su cuerpo.
Diego fue quien dio el primer paso de verdad cuando rozó con los dedos la muñeca de Valeria, como si fuera un accidente. «Ven a ver la última sala», le dijo, con una calma que la desarmó por completo. «Allí no hay nadie y la luz es mejor». Valeria dudó un segundo, miró a su alrededor y luego siguió sus pasos hacia el fondo de la galería.
La trastienda era un cuarto pequeño, con cajas de fotografías, un sofá viejo y una puerta que Diego cerró con llave sin dejar de mirarla. «¿Esto también forma parte de la exposición?», preguntó Valeria, con la voz más ronca de lo que esperaba. «Esto es la parte que no se expone», respondió Diego, y la besó antes de que ella pudiera contestar nada más.
Diego le bajó la cremallera del vestido por la espalda con una mano mientras la otra le acariciaba el cuello y el hombro. El vestido cayó hasta su cintura y dejó al descubierto sus pechos, que Diego cubrió con las manos al instante. Valeria echó la cabeza hacia atrás cuando él le lamió un pezón y luego el otro, despacio, con la lengua caliente y húmeda.
Valeria le desabrochó la camisa a Diego y le pasó las manos por el pecho y el abdomen, notando cada músculo bajo su piel morena. Él le bajó las bragas por las piernas mientras ella se apoyaba en una mesa llena de fotografías. Diego se arrodilló delante de ella, le separó los muslos con las manos y le lamió el coño con largas pasadas de lengua.
Valeria se agarró a la mesa con fuerza y abrió más las piernas mientras la lengua de Diego entraba y salía de su coño y jugaba con su clítoris. «Diego, por favor, no pares», susurró ella, con las rodillas temblando y la respiración entrecortada. Él chupó su clítoris con más fuerza, metió dos dedos dentro de ella y la hizo gemir alto, sin importarle quién pudiera oírla al otro lado de la puerta.
Cuando Valeria estuvo a punto de correrse, Diego se puso de pie, se bajó los pantalones y sacó su polla dura y gruesa. «Quiero follarte aquí mismo», le dijo, agarrándola por la cintura y girándola contra la mesa. Valeria se inclinó hacia delante, apoyó las manos sobre las fotografías y abrió las piernas, ofreciéndole su coño mojado y caliente.
Diego le metió la polla despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro de ella. Valeria gimió al sentir cómo la llenaba por completo y cómo su cuerpo se adaptaba a su tamaño. Él empezó a follarla con embestidas profundas y constantes, agarrándola por las caderas y tirando de ella hacia él en cada movimiento.
El sonido de sus cuerpos chocando llenó la trastienda, mezclado con los gemidos de Valeria y la respiración pesada de Diego. Él le agarró el pelo con una mano y le besó el cuello mientras seguía follándola cada vez más fuerte. Valeria se corrió gritando su nombre, con el coño contrayéndose alrededor de su polla y las piernas temblando sin control.
Diego no paró, sino que la folló con más fuerza todavía, hasta que él también se corrió dentro de ella con un gemido ronco. Se quedaron abrazados sobre la mesa, con la respiración agitada y la piel sudorosa, riéndose en voz baja como dos cómplices. «La exposición ha sido un éxito», bromeó Valeria, y Diego le besó la frente antes de ayudarla a vestirse.
Dos noches después, Valeria lo invitó a su piso del Eixample, un apartamento luminoso lleno de libros, plantas y carteles de diseño. Diego llegó con una botella de vino y una cámara pequeña colgada del cuello, y Valeria le preguntó si iba a fotografiarla o a besarla. «Primero una cosa y luego la otra», respondió él, dejándola sin respuesta.
Valeria lo llevó al dormitorio tirando de su mano, y lo empujó sobre la cama con una sonrisa traviesa. «Esta vez mando yo», le dijo, subiéndose encima de él y besándole el pecho y el abdomen. Diego se rio y le agarró las caderas mientras ella le bajaba los pantalones y le sacaba la polla, ya dura y palpitante.
Valeria se la metió en la boca despacio, lamiendo primero la punta y luego tragándola cada vez más adentro. Diego gimió y le agarró el pelo con suavidad, guiando su cabeza arriba y abajo sin prisa. Ella chupó su polla con fuerza, jugando con la lengua alrededor del glande, hasta que él tuvo que apartarla para no correrse en su boca.
«Ahora te toca a ti», dijo Diego, girándola sobre la cama y abriéndole las piernas con las manos. Le lamió el coño con ansia, metiendo la lengua dentro de ella y chupando su clítoris hasta que Valeria arqueó la espalda. Ella se agarró a las sábanas y gritó su nombre mientras un orgasmo fuerte la recorría de pies a cabeza.
Sin darle tiempo a recuperarse, Diego la puso a cuatro patas en el centro de la cama y se colocó detrás de ella. Le agarró las caderas con firmeza y le metió la polla de un solo empujón profundo. Valeria gritó de placer y empujó las caderas hacia atrás, buscando cada embestida con un hambre que la sorprendió a ella misma.
Diego la folló a cuatro patas con fuerza, dándole palmadas suaves en el culo y tirando de su pelo hacia atrás. Valeria gemía sin parar, con los pechos balanceándose y el coño cada vez más mojado. Él cambió el ritmo, despacio y profundo, y luego rápido y duro, hasta que ella se corrió de nuevo, apretando su polla con fuerza.
Valeria se giró entonces, lo tumbó de espaldas y se sentó encima de su polla, metiéndosela hasta el fondo con un gemido largo. Cabalgó sobre él moviendo las caderas en círculos, con las manos apoyadas en su pecho y los pechos rozando su cara. Diego le chupó los pezones mientras ella subía y bajaba cada vez más rápido, persiguiendo su propio placer sin vergüenza.
Cuando Valeria se corrió por tercera vez, Diego la agarró por la cintura y la folló desde abajo con embestidas fuertes y profundas. Ella gritó su nombre una vez más y se dejó caer sobre su pecho, exhausta y sonriendo. Diego se corrió dentro de ella segundos después, abrazándola con fuerza y besándole el cuello mientras recuperaban el aliento.
Al sábado siguiente, Diego la invitó a su estudio fotográfico cerca del Poblenou, un espacio grande con fondos blancos, focos y olor a café recién hecho. Valeria le preguntó si quería hacerle unas fotos de verdad o si era otra excusa, y Diego respondió que eran las dos cosas. Valeria se rio y se quitó el abrigo despacio, sabiendo que aquella tarde iba a ser larga.
Diego empezó fotografiándola junto a la ventana, con la luz de la tarde entrando de lado y dibujando su silueta. Valeria posaba con naturalidad, seria primero y sonriendo después, mientras él le pedía que se moviera un poco más. «Quítate la chaqueta», le dijo Diego, y ella obedeció, dejando ver una blusa fina y ajustada que marcaba sus pechos.
Valeria le quitó la cámara y la dejó sobre una mesa, y luego lo besó mientras le desabrochaba los pantalones con dedos rápidos. Diego le quitó la blusa y el sujetador, y le chupó los pechos con fuerza, mordiéndole los pezones con suavidad. Ella gimió y le agarró la cabeza, apretándolo contra su pecho mientras él le bajaba la falda hasta los tobillos.
Diego la sentó sobre una mesa del estudio, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas para lamerle el coño. Valeria se agarró al borde de la mesa y echó la cabeza hacia atrás, sintiendo su lengua entrar en ella una y otra vez. Él metió los dedos dentro de su coño mientras chupaba su clítoris, y ella se corrió pronto, con un grito que resonó en todo el estudio vacío.
Valeria lo atrajo hacia ella, lo besó con sabor a su propio placer y le agarró la polla dura con la mano. «Fóllame aquí, contra la luz», le susurró, abriendo más las piernas y guiándolo hacia su coño. Diego le metió la polla despacio, mirándola a los ojos, y luego empezó a follarla con embestidas largas y profundas.
Diego la levantó de la mesa sin sacársela, la llevó hasta un sofá del estudio y la tumbó de espaldas. Le abrió las piernas, se colocó encima y la folló con fuerza, con sus cuerpos pegados y sudorosos. Valeria le clavó las uñas en la espalda y gritó cuando se corrió, con el coño apretando su polla con espasmos intensos.
Diego siguió follándola hasta que se corrió dentro de ella, con un gemido profundo y la frente apoyada en su cuello. Se quedaron abrazados en el sofá, entre focos apagados y fotografías por revelar, riéndose de lo absurdo y lo perfecto de todo. «Creo que estas fotos van a salir movidas», bromeó Valeria, y Diego le besó la nariz.
Antes de vestirse, Diego le enseñó en la cámara una foto que le había hecho al principio, seria y hermosa junto a la ventana. Valeria la miró en silencio y luego lo miró a él, con una sonrisa que decía más que cualquier palabra. «Guárdala», le dijo, «para que recuerdes cómo empezó todo». Diego asintió y guardó la cámara con cuidado.
Al salir del estudio, la noche de Barcelona los recibió con aire fresco y luces encendidas en todas las calles. Valeria le tomó la mano a Diego sin pensarlo, y él entrelazó los dedos con los suyos al instante mientras caminaban hacia el metro. «¿Mañana en mi piso?», preguntó Valeria, y Diego respondió: «Mañana, y pasado, y siempre que tú quieras».
Unos días después, Diego llamó a la puerta del piso de Valeria con un sobre grande bajo el brazo. «Te he traído las fotos impresas», le dijo, entrando al salón y dejándolas sobre la mesa. Valeria abrió el sobre despacio, y al ver su retrato junto a la ventana sintió que el corazón le latía más rápido.
Valeria se giró hacia él y lo besó con fuerza, agarrándole la camisa y atrayéndolo hacia el sofá del salón. Diego le quitó el vestido por encima de la cabeza y le besó los pechos con ansia, lamiéndole los pezones hasta que ella gimió. Ella le desabrochó los pantalones y le agarró la polla dura, acariciándola despacio mientras él le bajaba las bragas.
Diego la tumbó en el sofá, le abrió las piernas y le lamió el coño con largas pasadas de lengua, entrando y saliendo sin prisa. Valeria se agarró a los cojines y arqueó la espalda, gimiendo su nombre mientras su clítoris palpitaba bajo su boca. Él metió dos dedos dentro de ella y chupó con más fuerza, hasta que ella se corrió con un grito largo y tembloroso.
Sin esperar, Valeria lo empujó sobre el sofá, se sentó encima de su polla y se la metió hasta el fondo con un gemido de placer. Cabalgó sobre él moviendo las caderas con fuerza, con las manos en su pecho y los pechos rozando su cara. Diego le agarró las caderas y la ayudó a subir y bajar, follándola desde abajo con embestidas profundas.
Valeria aumentó el ritmo, sintiendo cómo su coño se apretaba alrededor de su polla y cómo otro orgasmo crecía dentro de ella. Diego le chupó un pezón mientras ella se movía cada vez más rápido, y Valeria se corrió gritando su nombre, con todo el cuerpo temblando. Él la agarró con fuerza, la giró sobre el sofá y la folló a cuatro patas, dándole palmadas suaves en el culo.
Diego la folló con fuerza desde atrás, agarrándola por el pelo y besándole la espalda entre embestida y embestida. Valeria gemía sin parar, empujando las caderas hacia atrás para sentirlo más adentro. Él cambió a un ritmo lento y profundo, y luego volvió a follarla rápido y duro, hasta que ella se corrió de nuevo, apretando su polla con espasmos intensos.
Diego se corrió dentro de ella con un gemido ronco, y se quedó abrazado a su espalda. Se quedaron así un rato, entre las fotografías esparcidas por el suelo y la luz de la tarde entrando por la ventana. Valeria se giró, lo besó despacio y le susurró al oído que aquella foto favorita suya ya tenía una historia completa detrás.
Diego se rio y guardó las fotografías en el sobre, «La próxima vez te fotografío en mi estudio, sin ropa y sin prisa», le dijo, besándole la mano. Valeria sonrió y respondió: «La próxima vez, Diego, yo te fotografío a ti».
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