Relatos XXX en Español: La Discusión en la Azotea
¡No me toques la copa! ¿Tú quién te crees para decirme cómo tengo que beber? La voz de Elena cortó la música de la azotea como un cuchillo, y media fiesta se giró a mirar. No suelen empezar así los relatos xxx en español, con una copa de vino tinto derramada sobre una camisa blanca y una mujer casada temblando de rabia frente al socio de su marido, pero esa noche de junio en Barcelona nada iba a ser normal.
Marco levantó las manos, palmas hacia ella, con una sonrisa que no era una disculpa. Tenía treinta y ocho años, la camisa arruinada y una calma que la enfureció aún más. "Elena, ha sido un accidente. Te compro otra copa y aquí no ha pasado nada."
"No quiero otra copa. Quiero que dejes de tratarme como si fuera una niña en la fiesta de mi propio marido." Su voz bajó un tono, peligrosa. "Y deja de mirarme así."
"¿Así cómo?"
"Como me estás mirando ahora mismo."
El silencio entre ellos se llenó de música electrónica y de risas ajenas. Marco se acercó un paso, lo suficiente para que ella oliera el vino en su aliento y algo más, algo caro, madera y humo. "Te miro como se mira a una mujer que está discutiendo conmigo delante de cuarenta personas porque le he rozado el codo. Dime tú cómo debería mirarte."
Elena sintió el calor subirle por el cuello. Tenía treinta y tres años, llevaba casada seis con Daniel, y no recordaba la última vez que un hombre la había mirado con esa mezcla de desafío y hambre contenida. "Deberías mirarme como se mira a la mujer de tu socio," dijo, y odió lo débil que sonó.
"Lo intento," dijo Marco, muy bajo. "Créeme que lo intento."
Se dio la vuelta antes de hacer algo irreversible, antes de que Daniel apareciera con su eterna sonrisa de anfitrión y sus preguntas. Se refugió junto a la barandilla, con la ciudad extendida abajo como una promesa, y trató de respirar. Pero el cuerpo no le obedecía. Los pezones se le habían endurecido bajo el vestido, y notó, con una vergüenza deliciosa, que estaba mojada.
La fiesta siguió sin ella durante una hora. Bailó con una amiga, fingió escuchar una anécdota sobre un yate, rechazó dos copas más. Y todo el rato sentía los ojos de Marco en la espalda como una mano.
Cuando salió a la terraza lateral a fumar un cigarrillo que no quería, él ya estaba allí, solo, apoyado en la barandilla con las manos en los bolsillos, mirando las luces del puerto. La camisa manchada de vino parecía una herida oscura sobre el pecho.
"¿Vienes a seguir discutiendo?" preguntó sin girarse.
"Vengo a que me dejes en paz," dijo Elena, pero se quedó en la puerta en lugar de irse, y eso lo dijo todo.
Marco se giró entonces, despacio, y la miró de arriba abajo sin ningún disimulo. "Llevas toda la noche enfadada conmigo, y no es por la copa. ¿Quieres que te diga por qué estás enfadada?"
"No."
"Porque desde que te he rozado el brazo no has dejado de pensar en mis manos." Dio un paso hacia ella. "Porque tu marido está dentro contando chistes y tú estás aquí fuera conmigo, y eso te excita y te da miedo a partes iguales."
Elena debería haberse ido. Debería haberle dado una bofetada. En lugar de eso, dejó que él cerrara la distancia entre ellos hasta que su pecho casi tocaba el suyo, y cuando Marco le tomó la cara entre las manos, ella no se apartó.
El beso fue brutal desde el primer segundo. Nada de tanteos, nada de cortesía. Marco la besó como si llevara meses imaginándolo, y quizá era verdad, y Elena respondió con una ferocidad que la asustó, mordiéndole el labio inferior, clavándole las uñas en los antebrazos.
"Esto está mal," susurró contra su boca, pero sus manos ya estaban desabrochando los botones de su camisa manchada, y las de él ya subían por sus muslos bajo el vestido, y ninguno de los dos se detuvo.
La terraza estaba en penumbra, oculta de la fiesta por una pared de plantas. Marco la empujó suavemente contra la barandilla de piedra, fría contra su espalda desnuda, y se arrodilló delante de ella. Le subió el vestido hasta la cintura de un tirón.
"Marco, aquí no, nos pueden ver..."
"Que miren," dijo él, y le apartó las bragas a un lado con dos dedos y la lamió, largo y lento, desde abajo hasta arriba, y Elena tuvo que agarrarse a la barandilla con las dos manos para no caerse.
La lengua de Marco era experta y despiadada. La lamió en círculos amplios y luego se concentró en el punto exacto donde ella más lo necesitaba, succionando con ritmo, y Elena gimió con la cabeza echada hacia atrás, mirando las estrellas sobre Barcelona sin verlas.
Cuando sintió que iba a correrse, Marco se detuvo. Se puso de pie, se desabrochó el cinturón con una calma obscena, y se sacó la polla, dura y gruesa, que Elena miró con la boca abierta. "¿La quieres?" preguntó, y ella asintió sin poder hablar, y él la penetró de una embestida profunda.
Elena gritó, un sonido corto y roto que se perdió entre la música. Marco la folló contra la barandilla con embestidas largas y potentes, sujetándola por las caderas, y el vestido se le había subido del todo, y el aire fresco de la noche le acariciaba los pechos desnudos porque él le había bajado el escote con una mano.
"Más fuerte," le ordenó Elena, sorprendida de su propia voz. "Más fuerte, joder."
Marco obedeció, clavándola contra la piedra, y ella sintió el orgasmo subirle desde lo más hondo, una ola que la arrastró entera, y se corrió mordiéndose el puño, temblando, con las piernas flojas, y él siguió dentro de ella, duro, esperando.
"Todavía no he terminado contigo," le dijo al oído, y la giró, y la puso de espaldas a él, inclinada sobre la barandilla, y volvió a penetrarla desde atrás, más hondo aún, y Elena gimió su nombre una y otra vez como una oración sucia.
La folló así hasta que ella se corrió por segunda vez, sollozando, y entonces Marco salió de ella, la giró de un tirón y se corrió sobre su vientre con un gruñido grave, salpicando su vestido y su piel. Se quedaron quietos, jadeando, con la ciudad brillando abajo, ajena a todo.
"Esto no ha pasado," dijo Elena, intentando adecentarse con manos temblorosas.
"Ha pasado," dijo Marco, abrochándose el cinturón con parsimonia. "Y va a volver a pasar." La miró a los ojos. "La habitación de invitados. Dentro de diez minutos. La del fondo, la que da al patio."
Ella quiso decir que no. Abrió la boca y no salió ninguna palabra, porque su cuerpo ya había decidido. Volvió a la fiesta, sonrió a Daniel, le dijo que iba al baño, y contó los minutos en el pasillo con el corazón desbocado.
La habitación de invitados olía a lavanda y a limpio. Marco llegó tres minutos después y cerró la puerta con llave. Lo que siguió no tuvo nada de la urgencia animal de la terraza; fue lento, deliberado, casi cruel en su precisión.
La desnudó prenda a prenda, besando cada centímetro de piel que descubría. Le quitó el vestido por la cabeza y se lo dejó caer a los pies, le desabrochó el sujetador con una mano experta y tomó sus pechos en las manos, amasándolos, pellizcando sus pezones erectos hasta hacerla gemir.
La tumbó en la cama y le abrió las piernas, y la miró, expuesta y mojada y temblando. "Eres preciosa," dijo, y lo dijo como un hecho, sin adornos. Luego bajó la cabeza y la devoró.
La lamió hasta que Elena se retorció entre las sábanas, hasta que le agarró el pelo con las dos manos y le empujó la cabeza más abajo, más fuerte, y se corrió con un grito ahogado que él recogió con la boca sin apartarse.
Después subió por su cuerpo besándola, y Elena le abrió las piernas aún más, desesperada, y él se colocó entre sus muslos y la penetró despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos todo el rato.
Hicieron el amor, si se le puede llamar así, con una intensidad que no tenía nada que ver con el cariño y todo que ver con la necesidad. Marco cambió de ritmo a capricho, lento y torturador, luego rápido y brutal, y Elena se aferró a sus hombros dejando marcas rojas.
"Dime que soy mejor que él," gruñó Marco de pronto, embistiéndola con fuerza.
"Eres mejor," jadeó Elena, y era verdad en ese momento, en esa cama, y los dos lo sabían. "Dios, eres mucho mejor."
Él la giró entonces, poniéndola a cuatro patas, y la tomó desde atrás agarrándola del pelo, y el espejo del armario les devolvió la imagen: ella arrodillada, él detrás, los dos brillantes de sudor. Elena no pudo apartar la mirada de su propio reflejo, de su cara descompuesta por el placer.
Se corrió así, viéndose correrse, con un alarido que amortiguó contra la almohada, y Marco la siguió segundos después, hundiéndose en ella hasta el fondo, temblando, con las manos crispadas en sus caderas.
Se quedaron tumbados en la cama de invitados, enredados, sudorosos, en silencio. Por la puerta cerrada llegaba amortiguada la música de la fiesta, otro mundo. Elena miró el techo y pensó en Daniel, y sintió una punzada de algo que no era exactamente culpa.
"¿Y ahora qué?" preguntó al fin.
Marco se incorporó sobre un codo y la miró, y en sus ojos no había arrepentimiento, solo una certeza tranquila que la asustó más que el deseo. "Ahora vuelves a la fiesta. Sonríes. Bailas una canción con tu marido."
"¿Y tú?"
"Yo te espero." Le besó el hombro, despacio. "Mañana, cuando Daniel se vaya a la oficina, vienes a mi despacho. A las diez. No me hagas esperarte, Elena."
Elena se vistió con dedos torpes, se recompuso el pelo en el espejo del baño, y volvió a la azotea como si nada hubiera pasado. Daniel la recibió con un beso en la mejilla y una copa nueva. "¿Dónde te habías metido?"
"Necesitaba aire," dijo ella, y bebió un sorbo, y por encima del borde de la copa vio a Marco al otro lado de la terraza, con la camisa manchada de vino, mirándola.
Y sonrió.
Lo que nadie en la fiesta supo jamás fue lo que pasó en el ascensor. Elena bajó sola, diez minutos antes que Marco, con las piernas todavía temblorosas y el vestido todavía húmedo en un punto que esperaba que nadie notara bajo las luces del vestíbulo. En la planta baja, la puerta del ascensor se abrió y Marco estaba dentro, solo, esperándola como si lo hubiera planeado desde el principio.
Entró sin decir palabra. Las puertas se cerraron con un susurro. Marco pulsó el botón de parada de emergencia y el ascensor se detuvo entre dos plantas con un leve sacudón, y la luz parpadeó una vez antes de estabilizarse. "¿Qué haces?" susurró Elena, pero ya sabía lo que hacía, y su cuerpo ya estaba respondiendo antes de que su mente pudiera protestar.
La besó contra la pared espejada del ascensor, una mano firme en su nuca, la otra subiéndole el vestido otra vez con una familiaridad que la hizo gemir, y Elena se miró en el espejo mientras él la tocaba, viendo su propia cara transformada por el deseo, los labios hinchados, los ojos brillantes, y sintió una oleada de excitación tan fuerte que tuvo que morderle el hombro para no gritar.
Marco le bajó las bragas hasta los tobillos y la penetró de pie, contra el espejo frío, con el ascensor detenido y la música de la fiesta sonando lejana sobre sus cabezas como de otro planeta. Fue rápido y feroz, un robo de placer en un espacio prestado, sus cuerpos golpeando suavemente el cristal con cada embestida, y Elena se corrió en menos de dos minutos, temblando contra el espejo, dejando el vaho de su aliento empañado en el cristal.
Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, salieron por separado, con treinta segundos de diferencia, como dos desconocidos que jamás se habían visto. Pero en el espejo del ascensor quedó, durante unos segundos antes de que el vaho se disipara, la huella de su espalda y de sus manos abiertas. La única prueba de que había pasado de verdad.
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