Relatos Eróticos Cortos: El Vecino de la Escalera
El olor llegó primero, como siempre: café recién hecho mezclado con una colonia de madera y algo cítrico que se le metía en la nariz y no la soltaba. Lucía se detuvo en el rellano de la escalera, la bolsa de la compra colgando de su mano, y respiró hondo. Este es uno de esos relatos eróticos cortos que empiezan con un olor y terminan en una cama ajena.
El olor venía del piso de enfrente. Hacía tres semanas que Marco se había mudado allí, y en tres semanas Lucía había aprendido su rutina mejor que la suya: salía a correr a las siete, el olor a café inundaba la escalera a las ocho, y por las noches, a eso de las nueve, el aroma de lo que estuviera cocinando se colaba por debajo de su puerta. Era chef, le había dicho el portero. Treinta y dos años, de Valencia, solo.
Lucía tenía veintinueve años, un trabajo de diseñadora que la tenía pegada a la pantalla diez horas al día, y una vida amorosa que llevaba ocho meses en punto muerto. Su último novio se había ido a Berlín y ni siquiera había discutido. Ahora sus noches eran series, vino barato y un vibrador que empezaba a parecerle un compañero de piso más.
Pero el olor de Marco lo cambiaba todo. Cada mañana, al cruzarlo en la escalera, él sonreía, ella sonreía, y el aire entre ellos vibraba con algo que ninguno nombraba. Una vez sus manos se rozaron al sujetar la puerta del portal y Lucía sintió una descarga que le llegó hasta el estómago.
El jueves por la noche, Lucía decidió cocinar algo decente por primera vez en meses. Compró ingredientes, puso música, abrió una botella de vino. Y quemó la cena. El humo llenó la cocina en minutos, la alarma empezó a pitar, y Lucía corría de un lado a otro abriendo ventanas como una loca.
Tocaron al timbre. Tres golpes firmes. Lucía abrió la puerta con la cara roja y los ojos llorosos por el humo, y allí estaba Marco, en camiseta y vaqueros, con el ceño fruncido. "¿Todo bien? He olido humo en la escalera."
"Todo bien," dijo Lucía, avergonzada. "Bueno, casi. Mi cena ha muerto. Era... iba a ser risotto."
Marco miró por encima de su hombro hacia la cocina humeante y se echó a reír, una risa grave que a Lucía le resonó en el pecho. "Ven a mi casa," dijo. "Estaba haciendo pasta. Hay de sobra. Y así me cuentas cómo se quema un risotto, que tiene su mérito."
Lucía dudó exactamente dos segundos. "Voy a por vino," dijo. Y cruzó el rellano con la botella medio vacía y el corazón golpeándole las costillas.
El piso de Marco olía aún mejor por dentro: ajo, tomate, albahaca, y debajo, su colonia. La cocina era pequeña pero perfecta, cuchillos ordenados, sartenes colgadas. Marco se movía entre los fogones con una seguridad que a Lucía le pareció lo más erótico que había visto en meses.
"Siéntate," le dijo, sirviéndole más vino. "Cuéntame qué haces cuando no quemas cocinas."
Hablaron. De Valencia, de Barcelona, de su trabajo, de la ex de él que se había quedado con el perro. Lucía se rio más en una hora que en los últimos dos meses. Y todo el rato, cada vez que Marco se inclinaba para remover la pasta, su brazo rozaba el suyo, y cada roce era una chispa.
La cena estaba increíble. "¿Ves?" dijo Marco. "Esto es lo que pasa cuando no dejas el arroz solo." Lucía le tiró una miga de pan y él la esquivó riendo. Después del postre, un tiramisú que hizo que Lucía cerrara los ojos al probarlo, se quedaron en el sofá, cerca, demasiado cerca.
"¿Sabes lo que más me gusta de ti?" dijo Marco de pronto, mirándola. Lucía negó con la cabeza, la boca seca. "Que cada mañana, cuando me cruzo contigo en la escalera, haces esto." Y la imitó: respirar hondo, cerrar los ojos un segundo. Lucía se puso roja como un tomate.
"Yo no..." empezó a protestar, pero Marco ya se estaba inclinando hacia ella.
"No pasa nada," susurró. "A mí también me gusta cómo hueles tú."
Y la besó. No fue un beso tímido de primera cita. Fue un beso de hombre que lleva tres semanas imaginando ese momento. Sus labios eran firmes, su lengua buscó la suya sin pedir permiso, y Lucía respondió con un gemido que la sorprendió a sí misma. Dejó la copa en la mesa sin mirar y le rodeó el cuello con los brazos.
Marco la tumbó en el sofá, su cuerpo pesado y cálido sobre el suyo. Sus manos subieron por sus costados, bajo la camiseta, y le acariciaron la piel con una lentitud deliberada que la estaba volviendo loca. "Por favor," susurró Lucía, sin saber exactamente qué pedía.
Él pareció entenderlo. Le quitó la camiseta de un tirón suave y se quedó mirando sus pechos bajo el sujetador de encaje negro. "Preciosa," dijo, y bajó la boca hasta uno de sus pezones, lamiéndolo a través del encaje antes de liberar el broche con una facilidad insultante.
Sus pechos quedaron al aire y Marco los tomó con las manos, amasándolos, pellizcando suavemente los pezones erectos hasta que Lucía arqueó la espalda. Luego bajó la boca y succionó un pezón con fuerza mientras su mano se deslizaba por su vientre hacia el botón de sus vaqueros.
Lucía levantó las caderas para ayudarle a bajarle los pantalones. Su tanga negro estaba empapado. Marco lo apartó con un dedo y la miró, los ojos oscuros de deseo. "Estás tan mojada," dijo con voz ronca. Y bajó la cabeza entre sus muslos.
Su lengua la recorrió de arriba abajo, lenta al principio, aprendiendo su forma, y luego más rápida, más insistente. Lucía agarró el respaldo del sofá, sus caderas moviéndose solas contra su boca. Cuando su lengua encontró su clítoris y empezó a dibujar círculos, Lucía gritó.
"Marco... no pares... por favor, no pares..." Él deslizó dos dedos dentro de ella mientras su lengua seguía trabajando, y Lucía sintió que el orgasmo la arrasaba como una ola. Se corrió con un grito ahogado, su cuerpo temblando, sus muslos apretando la cabeza de Marco.
Antes de que pudiera recuperarse, Marco se incorporó y se quitó la camiseta y los vaqueros de un tirón. Su polla era grande, dura, venosa, y Lucía la miró con una mezcla de deseo y nerviosismo. Él se arrodilló entre sus piernas y la colocó en su entrada.
"Dime que pare si quieres," dijo, y Lucía negó con la cabeza, incapaz de hablar. Él empujó despacio, entrando centímetro a centímetro, y Lucía gimió ante la sensación de plenitud. Cuando estuvo completamente dentro, se quedaron quietos un momento, mirándose a los ojos.
Luego empezó a moverse, embestidas profundas y constantes. Lucía le rodeó la cintura con las piernas, atrayéndolo más hondo. El sofá crujía bajo ellos. "Más fuerte," le pidió, y Marco obedeció, aumentando el ritmo hasta que los dos jadeaban.
La giró sin salir de ella, poniéndola a cuatro patas en el sofá. Desde esa posición entraba aún más profundo. Marco le agarró el pelo con una mano y con la otra le acarició los pechos, que colgaban y se balanceaban con cada embestida. Lucía nunca se había sentido tan deseada.
"Me voy a correr," advirtió él con la voz entrecortada. "Córrete conmigo," le pidió Lucía, y él deslizó una mano hasta su clítoris, frotándolo al ritmo de sus embestidas. Lucía explotó de nuevo, gritando su nombre, y su orgasmo arrastró al de Marco, que se derramó dentro de ella con un gemido grave.
Se quedaron abrazados en el sofá, sudorosos, riendo bajito. "El risotto ha merecido la pena," dijo Lucía. Marco la besó en la frente. "Voy a quemar algo cada jueves si el resultado es este."
Marco la levantó en brazos, sin esfuerzo, y la llevó al dormitorio, donde la tumbó sobre las sábanas limpias que olían a lavanda. Allí la amó despacio, mirándola a los ojos, besando cada centímetro de su piel, hasta que Lucía se corrió por tercera vez, llorando de placer, y él la abrazó hasta que los dos se quedaron dormidos, enredados, con la ventana abierta y el rumor de Barcelona entrando como una nana.
Se duchó en su casa, con él enjabonándole la espalda y las manos deteniéndose más de lo necesario en cada curva. Volvió a su piso a las dos de la mañana, con el pelo mojado y una sonrisa que no se le quitaba de la cara.
A la mañana siguiente, el olor a café inundó la escalera a las ocho en punto. Lucía salió de su piso y se encontró a Marco esperándola en el rellano, con dos tazas. Le tendió una. "Buenos días, vecina," dijo, con una sonrisa pícara.
Lucía tomó la taza, respiró hondo, y esta vez no cerró los ojos. Lo miró directamente y dijo: "Buenos días, chef. ¿Qué hay en el menú de esta noche?" Marco se rio, la atrajo hacia sí y la besó en medio de la escalera, con el olor a café envolviéndolos como una promesa.
Dos semanas después, Marco invitó a Lucía a pasar el fin de semana en una casa rural cerca de Sitges. El sábado por la noche, después de cenar en la terraza bajo las estrellas, la llevó al jacuzzi de la parte trasera, iluminado con velas. El agua estaba caliente, el aire olía a pino y a mar.
Lucía se quitó el albornoz y entró en el agua, y Marco la siguió, sentándola sobre sus piernas. Sus manos recorrieron su espalda mojada, bajando hasta sus nalgas, amasándolas bajo el agua. Lucía se giró y lo besó, el agua chapoteando a su alrededor.
"Aquí no nos oye nadie," susurró Marco, y deslizó una mano entre sus piernas. Sus dedos encontraron su clítoris con precisión experta, y Lucía echó la cabeza hacia atrás, gimiendo hacia las estrellas. El contraste entre el agua caliente y la brisa fresca de la noche la volvía loca.
Cuando estuvo a punto de correrse, Marco la detuvo, la giró y la penetró desde atrás, agarrándola por las caderas. El agua se movía con cada embestida, salpicando el borde del jacuzzi. Lucía se agarró al borde, su cuerpo temblando de placer.
"Mírame," le pidió Marco, y la giró de nuevo, sentándola sobre él. Lucía lo cabalgó despacio, mirándolo a los ojos, el agua acariciando sus pechos. Cuando se corrieron juntos, el grito de Lucía se perdió entre los pinos, y Marco la abrazó fuerte, riendo.
Después, envueltos en toallas, brindaron con cava en la terraza. "¿Sabes qué?" dijo Lucía. "Creo que me estoy enamorando de tu olor." Marco sonrió. "¿Solo de mi olor?" Lucía lo besó. "Del olor, del chef, del vecino. De todo el pack."
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