Cuentos Eróticos: Primera Vez en una Azotea de Madrid
"¿Verdad o reto, Martín? Porque te aviso, yo no sé jugar flojo." Siempre me pirraron los cuentos eróticos, los de verdad, no los cuentos eroticos edulcorados que se leen con la luz encendida, y esta noche la azotea olía a octubre caliente y a algo más peligroso.
Se rió, una risa baja que le vibró en el pecho. Llevaba la cámara colgada al cuello como un escudo, y los ojos se le quedaron en mi boca un segundo de más. "Reto", dijo. "Pero uno que tú también te atrevas a cumplir."
La fiesta seguía detrás del toldo, con la música a medio volumen. Nadie nos miraba. Me acerqué un paso, lo suficiente para oler su colonia y el vino en su aliento.
"Mi reto", dije despacio, "es que me confieses lo que llevas pensando desde que llegué. Sin filtro. Y después yo te confieso lo mío." Martín tragó saliva. Se notó en el cuello, en cómo se le movió la nuez. "¿Y si nos expedientan los dos?", preguntó.
"Entonces nos expedientan juntos." Le puse el dedo en el centro del pecho, sobre la camiseta. "Empieza tú. No seas cobarde, fotógrafo." Él miró hacia la fiesta, luego de vuelta a mí, y bajó la voz hasta que fue casi un susurro. "Desde que llegaste no dejo de imaginar qué llevas debajo de ese vestido."
El vestido era negro, corto, de tirantes finos. Se me erizó la piel, y no fue por la brisa. "Buena respuesta. Ahora me toca a mí." Me incliné hasta su oreja. "Llevo un tanga rojo. Y desde que te vi con la cámara, no dejo de imaginar tus manos en vez del objetivo."
Se le cortó la respiración. Lo oí tragar aire como si saliera del agua. "Sofía...", empezó, y yo le corté con la mirada. "No me digas que no. Te lo leo en la cara desde hace una hora." Dejé mi copa en el murete, con cuidado, como quien deja las armas antes de pelear.
"¿Qué propones?", preguntó él, y la voz le salió más grave. Me encogí de hombros, juguetona, y me giré medio cuerpo hacia las vistas, dejándole la espalda. "Propongo que me hagas una foto que no puedas enseñar a nadie. Una que solo exista en tu cabeza." Noté cómo se movía detrás de mí, cómo se acercaba.
Sus manos aterrizaron en mi cintura, calientes a través de la tela fina. No me giré. "¿Así?", murmuró contra mi pelo. "Así", confirmé, y arqueé la espalda contra él para que notara exactamente lo que provocaba. Su cuerpo respondió al instante, duro contra mi culo, y solté una risa pequeña, mala, de pura victoria.
"Eres peligrosa", dijo, y sus dedos se clavaron un poco más. "Tú no sabes ni la mitad." Me di la vuelta de golpe, quedando cara a cara, y le quité la cámara del cuello con un gesto lento para dejarla sobre una mesa cercana. "Sin testigos", susurré. "Sin pruebas."
Entonces lo besé yo. Le agarré la nuca y le abrí la boca con la lengua. Sabía a vino y a menta, y besaba como si llevara meses esperando. Sus manos me recorrieron la espalda, bajaron al borde del vestido y se quedaron ahí, temblando, pidiendo permiso.
"No pidas permiso", le dije contra sus labios. "Tócalo todo." Fue como soltarle la correa a un perro grande. Me subió el vestido hasta la cintura de un tirón y el aire fresco de la noche me golpeó los muslos desnudos. Gimió al ver el tanga rojo, un sonido ronco que me puso la piel de gallina.
"Joder, Sofía..." Sus dedos trazaron el encaje, luego se colaron por debajo, y el primer contacto con mi coño mojado me arrancó un jadeo que tuve que morderme para no gritar. Estaba empapada, chorreando de verdad, y él lo notó porque se le escapó una risa incrédula. "Estás..." "Calla y sigue", le ordené.
Me apoyó contra el murete y se arrodilló delante de mí sin que yo se lo pidiera. Me separó los muslos, me apartó el tanga con un dedo y me miró desde abajo con un hambre que me derritió. "¿Segura?", preguntó, y asentí tan fuerte que casi me mareo.
Su lengua me tocó y el mundo se inclinó. Lamió despacio al principio, en círculos alrededor de mi clítoris, y luego más hondo, hundiéndose entre mis labios hasta que tuve que agarrarme al murete. Cada pasada me sacaba un gemido que la música apenas tapaba.
Metió dos dedos dentro de mí mientras su lengua seguía trabajando, y el doble estímulo me volvió loca. Los movía con un ritmo experto, buscándome por dentro, y cuando encontró ese punto que me hace ver estrellas apreté los muslos contra su cabeza. "Ahí, ahí, no pares, por favor no pares", jadeé, y él obedeció como un profesional.
El orgasmo me llegó en una ola que me dobló por la mitad. Me corrí en su boca con un grito ahogado, temblando entera, y él no se apartó, siguió lamiendo suave hasta que el temblor se calmó y me quedé jadeando contra el murete con las piernas de gelatina. "¿Ves?", dije cuando recuperé la voz. "Yo también sé cumplir retos."
Se levantó con la boca brillante y me besó, y probarme en sus labios me excitó de nuevo. Le desabroché el cinturón, le bajé la cremallera y metí la mano. Su polla estaba dura como una piedra, y al rodearla él soltó un gruñido que me supo a gloria.
"Aquí no", susurró, mirando hacia el toldo donde seguía la fiesta. "Aquí sí", le corregí, y me arrodillé yo ahora, delante de él, con el vestido subido y el tanga aún apartado. Le bajé los pantalones lo justo y me la metí en la boca de golpe, hasta el fondo, y su reacción fue agarrarme del pelo con fuerza.
La chupé con ganas, la lengua en espiral por el glande y la mano en la base al mismo ritmo. Cada vez que lo miraba desde abajo veía cómo se le desencajaba la cara. "Para, para", jadeó, apartándome suave. "Si sigues me corro y aún no."
Me puso de pie y me giró contra el murete, de espaldas a él, con las vistas de Madrid delante y su cuerpo pegado al mío detrás. Noté su polla buscando entre mis nalgas, resbalando por lo mojada que estaba. "Dime que quieres", me susurró al oído, mordisqueándome el lóbulo. "Te quiero dentro. Ya. Fóllame, Martín."
Entró de una embestida lenta y profunda que me llenó entera. Grité contra mi propio brazo para amortiguar el sonido, porque la sensación era brutal, perfecta, su polla abriéndome y llegando hasta el fondo. Se quedó quieto un segundo, dentro de mí, y los dos respiramos como si hubiéramos corrido una maratón.
Luego empezó a moverse, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con fuerza, y cada embestida me golpeaba ese punto que me volvía loca. Una mano se escapaba a mi clítoris y lo frotaba en círculos al ritmo de sus caderas. Era demasiado, era justo lo que necesitaba.
"Más fuerte", le pedí, y él obedeció, clavándome contra el murete con cada golpe. El murete me raspaba los muslos, la brisa me enfriaba la espalda sudada y su polla me llenaba una y otra vez. Oímos una risa lejana de la fiesta y eso, el peligro de que nos pillaran, me excitó hasta un punto casi doloroso.
Me corrí por segunda vez agarrada al murete, gritando su nombre entre dientes. Él aguantó unas embestidas más y se salió de golpe, se la agarró y se corrió sobre mis nalgas en chorros calientes que me resbalaron por la piel.
Nos quedamos quietos, pegados, jadeando. Me limpió con su propia camiseta, riéndose bajito, y me bajó el vestido con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. "Eso", dijo, "ha sido el mejor reto de mi vida." Le di un beso corto, travieso. "Espera, que aún no he pedido mi deseo."
Justo entonces se oyó un portazo y unas voces subiendo por la escalera. "¡Eh! ¿Hay alguien ahí arriba? ¡Vamos a cerrar la azotea!" Era el portero del edificio, o algún vecino con ganas de bronca. Martín y yo nos miramos con los ojos como platos, medio vestidos, con la risa atragantada. "La escalera", susurré. "El hueco de la escalera. Ya."
Bajamos a medio vestir, riéndonos como críos, y nos metimos en el hueco bajo la escalera, un rincón oscuro entre el contador de la luz y unas cajas. Olía a polvo y a lejía, y el corazón me latía tan fuerte que seguro que él lo oía.
"¿Y ahora qué?", susurró Martín, con la espalda contra la pared. En vez de responder me quité el tanga, lo retorcí y se lo metí en el bolsillo de la camisa. "Un recuerdo", dije. "Para que no digas que no tienes pruebas." Me miró como si fuera lo más bonito y lo más terrible que había visto nunca.
Le bajé los pantalones sin prisa y me puse de rodillas en el suelo frío. Se la chupé despacio, saboreándolo, hasta que se le puso dura de nuevo en mi boca. Él se apoyó en la pared, jadeando bajito, y me acarició el pelo con una dulzura rara.
Cuando estuvo a punto, me levanté y me di la vuelta, apoyando las manos en la pared rugosa. "Otra vez", pedí. "Pero esta vez mírame la cara." Me giré a medias, con la mejilla contra el cemento frío, y él entró en mí desde atrás, despacio, llenándome centímetro a centímetro mientras nos mirábamos a los ojos en la penumbra.
Fue distinto. Más lento, más hondo, sus manos recorriéndome entera mientras me tapaba la boca con la suya para ahogar mis gemidos. Cada embestida era una promesa. El hueco era tan estrecho que sentía su corazón golpeando contra mi espalda.
"No quiero que acabe", susurré, y él me mordió el hombro. "Pues no dejemos que acabe." Aceleró, sus caderas golpeando las mías con un sonido húmedo que retumbaba en el hueco, y su mano volvió a mi clítoris, implacable. El tercer orgasmo se construyó lento y estalló enorme, dejándome temblando contra la pared.
Él se corrió dentro de mí justo después, con un gemido largo que ahogó en mi cuello, abrazándome con fuerza mientras su cuerpo se sacudía. Nos quedamos así, encajados, sudados, respirando el mismo aire viciado del hueco de la escalera, hasta que los pasos del portero se alejaron azotea arriba y el silencio volvió.
Salimos al rellano arreglándonos la ropa a toda prisa, muertos de risa. Él llevaba mi tanga rojo en el bolsillo y yo llevaba su olor por todo el cuerpo. En el espejo del ascensor me peiné con los dedos y me retocé el pintalabios como pude. Parecía una superviviente feliz de algo inconfesable.
Volvimos a la fiesta por separado, como dos espías cutres. Lucía me pasó un chupito y me guiñó un ojo. "¿Dónde te habías metido? Estás radiante." "A tomar el aire", dije, y crucé la mirada con Martín al otro lado del salón. Él levantó su copa hacia mí y sonrió de esa manera que ya era solo nuestra.
Cuando la fiesta se apagaba, él se acercó a despedirse. Me rozó la mano al pasarme la chaqueta y me deslizó un papel doblado en la palma. Lo abrí en el taxi, con el corazón desbocado. Era su número, y debajo: "Mañana te hago las fotos que no te hice hoy. Y después, lo que tú quieras."
Guardé el papel en el sujetador, contra la piel, y miré por la ventanilla cómo Madrid se deslizaba en naranja y negro. Aún me ardían los labios y me temblaban las piernas. Saqué el móvil y escribí antes de arrepentirme: "Mañana no. Esta noche, mi casa, trae la cámara."
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