Relatos eróticos de primera vez: Una noche en Madrid
En el sueño, Mateo la besaba despacio en el pasillo de su piso, con la puerta entreabierta y la música de la fiesta sonando muy lejos, y Elena se despertaba con el corazón golpeándole en el pecho como si acabara de vivir uno de esos relatos eróticos de primera vez que se cuentan en voz baja entre amigas. Cuando por fin abrió los ojos, la habitación estaba a oscuras y su cuerpo seguía temblando, y supo que ya no podía seguir fingiendo que Mateo era solo su vecino.
Se levantó con las piernas un poco débiles y fue al baño descalza, se mojó la cara con agua fría y se miró al espejo buscando una explicación que no fuera tan evidente. Se duchó con agua caliente, dejó que el chorro le cayera por los hombros y se tocó despacio, sin prisa, pensando en la forma en que Mateo sonreía cuando la miraba. No llegó a correrse, solo quería calmarse un poco antes de verlo, pero el deseo se quedó ahí, latiendo, recordándole que aquella noche iba a haber una fiesta en su piso.
En la universidad no pudo concentrarse en clase, tomaba apuntes sin entender nada y revisaba el móvil cada pocos minutos esperando un mensaje suyo. Mateo le escribió a mediodía para preguntarle si iba a llevar algo para beber, y ella contestó que sí, que llevaría unas cervezas y algo de picar, y añadió un emoticono que después le pareció demasiado coqueto. Él respondió con otro emoticono y un “genial, te espero”, y Elena se quedó mirando la pantalla como una tonta, con una sonrisa que no se le quitaba.
Por la tarde se probó tres conjuntos distintos delante del espejo y terminó eligiendo unos vaqueros ajustados y una blusa negra que le marcaba el pecho sin enseñar demasiado. Se maquilló poco, se dejó el pelo suelto y se perfumó las muñecas y el cuello, y al salir de casa el ascensor le pareció más lento que nunca. Mateo vivía enfrente, en el mismo rellano, y aquella cercanía era lo que más le daba miedo, porque si se equivocaba no perdería solo un ligue, perdería a su mejor amigo.
La fiesta era pequeña, apenas seis personas, con música suave, cervezas frías y una mesa llena de patatas y tortilla que Mateo había comprado en el bar de abajo. Elena saludó a todos, se sentó cerca de la ventana y trató de comportarse con normalidad, pero cada vez que Mateo pasaba a su lado le rozaba el brazo sin querer y ella sentía un escalofrío. Él le sirvió una cerveza, le preguntó por los exámenes y le contó una anécdota del trabajo que la hizo reír de verdad, y durante un rato fue como siempre, fácil y cómodo. Pero debajo de esa comodidad había algo nuevo, una tensión que los dos notaban y que ninguno se atrevía a nombrar.
Poco a poco la gente se fue marchando, primero una pareja que tenía que madrugar, luego dos amigos que cogieron un taxi, y al final solo quedaron Elena y Mateo en el salón, con los vasos vacíos y la música ya muy baja. Elena respiró hondo, se armó de valor y decidió que aquella noche no se iba a ir a su piso sin decir la verdad.
“Mateo, tengo que decirte algo”, le dijo, con la voz un poco temblorosa, y él se quedó quieto, mirándola con atención, sin bromear por una vez. Elena le confesó que llevaba años sintiendo algo más que amistad, que lo había escondido porque tenía miedo de estropearlo todo, y que el sueño de la noche anterior la había empujado a no callarse más, aunque Mateo sonrió despacio y le dijo que él también lo había sentido muchas veces, pero que nunca se había atrevido a dar el paso por respeto. “¿Y ahora?”, preguntó Elena, y Mateo, en lugar de responder con palabras, le tomó la cara entre las manos y la besó.
El beso fue lento al principio, casi tímido, como si los dos estuvieran aprendiendo algo nuevo, y luego se hizo más profundo cuando Elena le rodeó el cuello con los brazos y se pegó a él. Mateo le acarició la espalda, bajó las manos hasta su cintura y la atrajo hacia sí, y ella sintió su polla dura presionándole a través de los vaqueros, y en lugar de asustarse se excitó aún más. “¿Estás segura?”, le preguntó él, y ella asintió sin dudar, le cogió de la mano y lo llevó hacia el dormitorio.
En el dormitorio, con la luz tenue de la mesilla, Mateo la desnudó despacio, primero la blusa, botón a botón, besándole los hombros a medida que quedaban al descubierto. Elena le quitó la camiseta y le recorrió el pecho con las manos, notando su piel caliente y su respiración acelerada, y se besaron de nuevo, ya sin timidez. Él le desabrochó el sujetador y le acarició los pechos con las palmas, luego con los dedos, pellizcándole los pezones con suavidad hasta que se pusieron duros. Elena echó la cabeza hacia atrás y gimió, y Mateo le besó los pechos, primero uno y luego el otro, lamiendo y chupando despacio, mientras ella le hundía los dedos en el pelo.
Después Elena se quitó los vaqueros y las bragas delante de él, un poco nerviosa pero decidida, y se tumbó en la cama mientras Mateo la miraba como si no pudiera creer que aquello estuviera pasando de verdad. Mateo bajó la mano entre sus piernas y le acarició el coño con los dedos, primero por fuera, luego separándole los labios con delicadeza, y Elena abrió las piernas y le dejó hacer, gimiendo cada vez más alto. Estaba muy mojada, y cuando él metió un dedo dentro, luego dos, ella arqueó la espalda y le pidió que no parara.
Mateo la folló con los dedos despacio, entrando y saliendo, mientras con la otra mano le acariciaba los pechos y con la boca le besaba el cuello y las orejas. Elena le agarraba los hombros, le clavaba las uñas sin darse cuenta y movía las caderas buscando más, y cuando él le frotó el clítoris con el pulgar, ella se corrió con un gemido largo, temblando entera. Mateo la abrazó mientras se calmaba, le besó la frente y le preguntó si estaba bien, y ella, todavía jadeando, le dijo que estaba mejor que nunca.
Luego fue ella quien tomó la iniciativa, lo empujó suavemente para que se tumbara boca arriba y bajó besándole el pecho, el vientre y las caderas. Elena le cogió la polla con la mano, la acarició despacio de arriba abajo y se la metió en la boca, primero solo la punta, luego más adentro, chupando y lamiendo con ganas. Mateo gimió, le acarició el pelo y le dijo que lo estaba haciendo increíble, y ella siguió, alternando la lengua y los labios, hasta que él tuvo que pedirle que parara para no correrse tan pronto.
Se miraron, se rieron, y Mateo la atrajo hacia arriba para besarla, saboreando su propia excitación en los labios de ella. “Quiero que sea contigo, de verdad”, le susurró Elena, y Mateo le puso un preservativo con cuidado, besándole las manos mientras lo hacía, y le preguntó una vez más si estaba lista. Cuando Mateo se colocó encima de ella y le guió la polla hasta la entrada de su coño, Elena respiró hondo y le rodeó la cintura con las piernas, preparada para lo que viniera.
Él entró despacio, muy despacio, y al principio dolió un poco, una presión intensa que la hizo apretar los dientes y agarrarse a sus hombros. Mateo se quedó quieto, besándola y hablándole bajito, diciéndole que era preciosa y que no tenían ninguna prisa, y poco a poco el dolor se convirtió en placer. Elena empezó a mover las caderas, pidiéndole más con el cuerpo, y él entró un poco más, y luego un poco más, hasta estar completamente dentro de ella.
Follar así, despacio y mirándose a los ojos, fue más íntimo de lo que Elena había imaginado nunca, y cada embestida la hacía gemir y aferrarse más a Mateo. Él salía casi del todo y volvía a entrar, con un ritmo constante que la iba calentando por dentro, y ella le besaba el cuello, le mordía el hombro y le susurraba que siguiera. Cuando el placer creció, Mateo aceleró un poco, y Elena notó cómo su coño se apretaba alrededor de su polla, y cómo el calor le subía por todo el cuerpo. Se corrió por segunda vez con un grito ahogado, clavándole las uñas en la espalda, y Mateo la sostuvo, sin salir de ella, dejándola disfrutar de cada oleada.
Después Elena quiso probar encima, así que Mateo se tumbó boca arriba y ella se colocó sobre él, guiando su polla dentro de su coño con una mano y apoyando la otra en su pecho. Al principio se movió despacio, subiendo y bajando con cuidado, sintiendo cómo la llenaba en cada movimiento, y Mateo le agarraba las caderas y le acariciaba los pechos. Poco a poco cogió confianza, se movió más rápido, con las caderas en círculos, y el sonido de sus cuerpos chocando llenó la habitación. Mateo la miraba fascinado, le decía que estaba preciosa así, y Elena, con el pelo cayéndole por la cara, se sintió poderosa y deseada, y se corrió de nuevo, temblando encima de él.
Sin salir de ella, Mateo la giró con suavidad hasta dejarla de lado, frente a él, y siguió follándola así, despacio y profundo, con una pierna de Elena sobre su cadera. Aquella postura les permitía besarse todo el rato, mirarse, hablarse bajito entre gemidos, y Elena le confesó que nunca se había sentido tan cerca de nadie. Mateo le acarició la cara, le besó los labios y aceleró el ritmo, y ella sintió que él estaba a punto de correrse por la forma en que se tensaba su cuerpo. “Córrete dentro, con el preservativo, quiero sentirlo”, le susurró Elena, y Mateo gimió, la agarró fuerte por la cintura y se corrió dentro de ella, con embestidas cortas y profundas, mientras ella le abrazaba y le besaba el cuello.
Se quedaron abrazados un buen rato, con la respiración todavía agitada, las piernas entrelazadas y las sábanas revueltas a su alrededor. Mateo le apartó el pelo de la cara, le besó la frente y le dijo que aquello había sido lo mejor que le había pasado en mucho tiempo, y Elena se rió y le dijo que a ella también, aunque todavía no se creía que por fin lo hubieran hecho. Elena se quedó dormida en su pecho, escuchando su corazón, y Mateo la abrazó toda la noche, sin soltarla ni un momento.
Por la mañana, la luz entraba por la persiana y Mateo ya estaba despierto, mirándola dormir con una sonrisa tonta que a Elena le encantó en cuanto abrió los ojos. Se besaron con calma, sin prisa, y se quedaron un rato más en la cama, acariciándose y recordando la noche anterior entre risas y susurros. Elena fue al baño, se puso una camiseta suya que le quedaba enorme y volvió a la cama, y Mateo le dijo que estaba guapísima así, despeinada y con su camiseta.
En la cocina, Mateo preparó café y tostadas mientras Elena, sentada en la encimera con las piernas cruzadas, le robaba trozos de pan y le contaba que todavía le temblaban las piernas. Él le acercó una taza humeante, se colocó entre sus rodillas y la besó en la frente, y ella le rodeó la cintura con las piernas y le devolvió el beso, sin ninguna prisa por bajar de ahí. Desayunaron juntos en la mesa pequeña de la cocina, compartiendo la mermelada y riéndose de la noche anterior, y cuando Mateo le preguntó qué quería hacer el fin de semana siguiente, Elena sonrió, le cogió la mano por encima de la mesa y le dijo: “Quedarme aquí, contigo, exactamente así”.
El sábado siguiente, Elena se despertó antes que Mateo, con la luz suave entrando por la persiana y su cuerpo pegado al suyo bajo las sábanas. Se quedó un rato mirándolo dormir, con el pelo revuelto y la respiración tranquila, y le acarició el pecho con la yema de los dedos, dibujando círculos lentos. Cuando él abrió los ojos y sonrió, ella le besó los labios sin prisa, y el beso se hizo más profundo, más caliente, hasta que los dos se olvidaron de que era temprano.
Mateo la atrajo hacia sí, le besó el cuello y bajó besándole los hombros, y Elena se arqueó un poco, buscando su boca y sus manos. Él le quitó la camiseta con suavidad, le acarició los pechos y le pellizcó los pezones hasta que se pusieron duros, y ella gimió bajito, mordiéndose el labio. Le rodeó la cintura con las piernas y sintió su polla dura contra su vientre, y en lugar de esperar, le guió con la mano, impaciente y sonriendo.
Elena lo besó por todo el pecho, bajó por su vientre y le cogió la polla con la boca, chupando despacio al principio, luego con más ganas, mientras él le acariciaba el pelo y gemía su nombre. Cuando Mateo estuvo a punto de correrse, la detuvo con suavidad, la atrajo hacia arriba y la besó, y ella se colocó encima de él, guiando su polla dentro de su coño con un movimiento lento y profundo.
Se movió encima de él con calma, subiendo y bajando, sintiendo cómo la llenaba en cada embestida, y Mateo le agarraba las caderas y le besaba los pechos. Elena aceleró poco a poco, con las caderas en círculos, hasta que el placer le subió por todo el cuerpo y se corrió temblando encima de él, con un gemido largo que él recibió besándole los labios.
Sin salir de ella, Mateo la giró hasta dejarla debajo, y siguió follándola despacio y profundo, mirándola a los ojos y hablándole bajito entre gemidos. Elena le rodeó la cintura con las piernas, le clavó las uñas en la espalda y le pidió que no parara, y cuando él se corrió dentro de ella, con el preservativo, se quedaron abrazados, jadeando, con las sábanas revueltas y la mañana ya entrando por la ventana.
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