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Cuentos eróticos: mi primera vez

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El timbre sonó justo cuando estaba decidiendo si me atrevía a llamarlo yo. Ocho de la tarde de un sábado de julio, yo sola en el piso de la playa, con el corazón latiéndome en la garganta y el móvil en la mano. Abrí la puerta y ahí estaba Iker, el vecino del tercero, con una bolsa de cerezas en la mano y una sonrisa que me desarmó. Yo había leído muchos cuentos eróticos sobre primeras veces, pero ninguno contaba lo que se siente cuando la tuya llama a tu puerta sin avisar.

Me llamo Lucía, tengo veintiún años y hasta aquel verano mi vida amorosa cabía en una frase corta: nada serio, nada completo, nada de verdad. Había tenido novietes de instituto, besos en portales y manos atrevidas por debajo de la camiseta, pero nunca había llegado hasta el final. No por principios ni por miedo, sino porque nunca había encontrado a alguien con quien me apeteciera de verdad.

Iker tenía veintitrés años, trabajaba de socorrista en la cala del pueblo y llevaba todo el verano cruzándose conmigo en la escalera con saludos que cada vez duraban un poco más. Moreno, con el pelo siempre húmedo y una risa fácil que se le escapaba por cualquier cosa. Llevaba dos semanas soñando con él sin atreverme a reconocerlo.

«Mi madre me ha mandado con cerezas», dijo, tendiéndome la bolsa. «Dice que te vio ayer en la playa y que estás muy pálida para ser de aquí.» Yo me reí, nerviosa, y lo invité a pasar sin pensar. «Pasa, que hace un calor horrible en el rellano.»

El piso era el de mis abuelos, un apartamento pequeño en un pueblo costero de Cádiz donde yo pasaba los veranos desde niña. Aquel año era el primero que venía sola, oficialmente «a estudiar para septiembre», aunque estudiar era lo último que hacía. El salón olía a salitre y a limpio, con las ventanas abiertas al atardecer.

Nos sentamos en el sofá con un bol de cerezas entre los dos, y la conversación fluyó como si nos conociéramos de toda la vida. Me contó historias de rescates absurdos en la playa, yo le conté mis desastres en la universidad. Cada vez que nuestras manos se rozaban al coger cerezas, yo notaba una descarga que me subía por el brazo.

En un momento dado, me miró de una forma distinta, más seria, y dijo: «Lucía, llevo dos semanas queriendo hacer esto.» Y me besó. No fue un beso de tanteo: fue un beso de verdad, con intención, con su mano en mi mejilla y su cuerpo inclinándose hacia mí en el sofá.

Yo le respondí con todo lo que llevaba dos semanas guardando. Le pasé los brazos por el cuello y me pegué a él, y noté su respiración acelerarse contra mi boca. Sus manos bajaron por mi espalda y me apretaron contra su pecho, y yo sentí contra mi vientre la dureza inconfundible de su deseo.

«Espera», susurré, separándome un poco. Tenía que decírselo, y prefería hacerlo ahora que después. «Iker, yo... nunca lo he hecho. Nunca he llegado hasta el final con nadie.» Él me miró a los ojos, sin sorpresa y sin burla. «¿Y quieres hacerlo conmigo?», preguntó simplemente.

«Sí», dije, y era la respuesta más sincera que había dado en meses. «Contigo sí.» Él sonrió, me besó en la frente y dijo: «Entonces vamos despacio, y paramos cuando tú digas. ¿Trato hecho?» Yo asentí, y el nudo que llevaba años en el pecho se aflojó un poco.

Volvió a besarme, más despacio esta vez, con una ternura que me puso la piel de gallina. Sus manos recorrieron mi cuerpo por encima de la camiseta, sin prisa, aprendiendo mis formas. Yo me dejé llevar, explorando su espalda bajo la camiseta, notando los músculos tensos de nadador.

Me quitó la camiseta con delicadeza y se quedó mirándome un momento, como si fuera algo valioso. «Eres preciosa», dijo, y me besó el hombro, la clavícula, el hueco entre los pechos. Yo me arqueé en el sofá, sintiendo cada beso como una chispa.

Le quité la camiseta yo también, y recorrí con las manos su pecho moreno, sus abdominales, la línea de vello que bajaba hacia sus pantalones cortos. Él me desabrochó el sujetador con dedos hábiles y lo dejó caer al suelo, y sus manos tomaron mis pechos con una reverencia que me hizo gemir bajito.

Bajó la cabeza y tomó un pezón entre los labios, lamiéndolo y succionándolo suavemente mientras su mano acariciaba el otro. Yo me retorcía en el sofá, con las manos en su pelo, descubriendo que mi cuerpo sabía exactamente qué hacer aunque mi cabeza no tuviera ni idea.

Sus besos bajaron por mi vientre, y me abrió los pantalones cortos con cuidado. «¿Sigo?», preguntó, mirándome. Yo asentí, incapaz de hablar. Me bajó los pantalones y las bragas a la vez, y se quedó arrodillado delante del sofá, mirándome.

«Eres la cosa más bonita que he visto», susurró, y me besó la cara interna del muslo. Luego su boca encontró mi coño, y su lengua me lamió con una suavidad increíble, explorando, aprendiendo lo que me gustaba por mis gemidos. Yo me agarré a los cojines del sofá y dejé que el placer me inundara.

Metió un dedo dentro de mí con muchísimo cuidado, moviéndolo despacio mientras su lengua seguía en mi clítoris. Noté una presión nueva, desconocida, que se fue convirtiendo en calor. Cuando me corrí, fue como una ola que me recorrió entera, y grité su nombre sin darme cuenta.

Subió por mi cuerpo besándome, y yo lo abracé fuerte, temblando todavía. «¿Estás bien?», preguntó. «Estoy perfecta», dije, y lo besé con ganas. Mis manos bajaron hasta sus pantalones y los abrí yo misma, liberando su polla, dura y caliente.

La acaricié con curiosidad, maravillada de lo suave que era la piel y lo duro que estaba por dentro. Él gimió y me guió con la mano, enseñándome el ritmo que le gustaba. Yo lo miré a los ojos mientras lo tocaba, y ver su placer en su cara me excitó más que nada de lo anterior.

Me la metí en la boca con timidez al principio, lamiendo la punta, y luego con más confianza, siguiendo mis instintos. Él me acariciaba el pelo y murmuraba mi nombre, y yo notaba cómo se tensaba. «Para», dijo de pronto, apartándose con dulzura. «Quiero que tu primera vez sea... ya sabes. De verdad.»

Se tumbó sobre mí en el sofá, colocándose entre mis piernas abiertas. «Voy a ir muy despacio», prometió. «Si duele, paramos.» Yo le rodeé la cintura con las piernas y le dije: «Confío en ti.»

Noté la presión de su polla en mi entrada, y luego cómo entraba despacio, centímetro a centímetro. Hubo un momento de dolor agudo que me hizo contener la respiración, y él se quedó quieto, besándome, esperando. «¿Sigo?», susurró. Yo asentí, y siguió entrando hasta estar completamente dentro de mí.

El dolor se fue disipando y quedó una plenitud extraña y maravillosa, la sensación de estar llena de él. Empezó a moverse con embestidas lentas y cortas, mirándome a los ojos todo el tiempo, pendiente de cada gesto mío. Yo le acariciaba la espalda y lo besaba, y poco a poco empecé a moverme con él.

El placer fue creciendo, distinto al de antes, más profundo, más completo. Yo gemía contra su hombro y él me susurraba cosas bonitas al oído, y cuando me corrí fue abrazada a él, con su cuerpo pegado al mío y su respiración en mi cuello. Él se corrió segundos después, con un gemido contenido, y se quedó sobre mí, temblando.

Nos quedamos abrazados en el sofá, sin hablar, con la brisa del atardecer entrando por la ventana. Yo lloré un poco, no de tristeza sino de algo que no sabía nombrar, y él me secó las lágrimas con los pulgares. «Gracias», le dije. «Por hacerlo así.» Él me besó en la frente. «Gracias a ti por elegirme.»

Se quedó a cenar: hicimos una tortilla con lo que había en la nevera y comimos en la terraza viendo ponerse el sol sobre el mar. Hablamos de todo y de nada, y cada vez que me miraba yo sentía mariposas como una adolescente. Cuando se hizo de noche, me preguntó si podía quedarse. Yo le respondí llevándolo de la mano al dormitorio.

La segunda vez, en mi cama, con las sábanas frescas y la ventana abierta al sonido del mar, fue distinta. Yo ya sabía lo que quería y no me dio vergüenza pedirlo. Lo tumbé de espaldas y me coloqué encima de él, guiándolo dentro de mí con mi propia mano.

Cabalgué sobre él despacio al principio, encontrando el ritmo que más me gustaba, y luego más rápido, con las manos apoyadas en su pecho. Él me miraba con adoración y me agarraba de las caderas para ayudarme a moverme. Sus pulgares dibujaban círculos en mi piel y yo me sentía poderosa y deseada.

Me corrí gritando su nombre, con el cuerpo entero temblando sobre él, y él me abrazó y se giró sin salir de mí, quedando encima. Me folló con embestidas profundas y constantes, besándome el cuello, hasta correrse con un gemido largo contra mi piel.

Dormimos abrazados, con las piernas enredadas y el mar sonando de fondo. Me desperté al amanecer con sus besos en la espalda y su cuerpo pegado al mío. «Buenos días», susurró. «¿Te duele algo?» Yo me giré y lo besé. «Solo me duele no haber hecho esto antes.»

La tercera vez fue por la mañana, sin prisas, con la luz del sol entrando por la persiana. Me hizo el amor de lado, con su cuerpo pegado a mi espalda y su mano entre mis piernas, susurrándome al oído. Fue lento y dulce y perfecto, y nos corrimos juntos, abrazados, riéndonos bajito.

Pasamos el día entero en la cama, saliendo solo para comer cerezas y beber agua. Hablamos de nuestros miedos, de nuestros sueños, de todo lo que no se cuenta la primera noche. Yo le confesé que había leído cuentos eróticos sobre primeras veces perfectas y que ninguna se acercaba a la realidad. Él se rio. «La realidad, cuando es contigo, es mejor.»

Al atardecer me llevó a la cala, a una zona de rocas apartada donde no iba nadie. Nos bañamos desnudos al ponerse el sol, riéndonos y salpicándonos como niños. Sobre una toalla, con la piel salada y el pelo mojado, me hizo el amor por cuarta vez, con el mar de fondo y el cielo naranja.

Fue salvaje y tierno a la vez: yo encima de él sobre la toalla, con la arena pegada a la piel y las olas rompiendo a pocos metros. Nos corrimos mirando el atardecer, y nos quedamos tumbados hasta que salió la primera estrella.

De vuelta al piso, en la puerta, me abrazó fuerte y me dijo: «Lucía, esto no ha sido solo tu primera vez. Ha sido mi favorita.» Yo lo besé una última vez, con sabor a sal y a cerezas.

«Mañana trabajo hasta las ocho», dijo, bajando las escaleras. «¿Ceno aquí?» Yo me apoyé en el marco de la puerta y sonreí. «Trae más cerezas», le dije. «Las de hoy se han acabado.»

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