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Mi primera vez relato erótico: una noche de agosto en Alicante

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Todo el mundo recuerda su mi primera vez relato erótico con detalle de cirujano, aunque pasen los años. El mío ocurrió en un apartamento prestado de Alicante, una noche de agosto, con el Mediterráneo sonando al fondo y el corazón a punto de salírseme del pecho.

La puerta del apartamento se cerró con un clic a nuestra espalda y nos quedamos solos. Nuestros amigos habían bajado al chiringuito de la playa y nosotros nos habíamos quedado con la excusa de que yo estaba cansada. Mentira. Llevaba un año esperando esta noche.

Dani y yo llevábamos doce meses juntos. Él tenía veintiuno y yo acababa de cumplir diecinueve. Él ya lo había hecho antes, yo no. Y aquella noche, en aquel apartamento prestado por su primo, había decidido que ya era hora.

"¿Seguro que no quieres bajar?" Me preguntó, dejándose caer en el sofá. "Están todos abajo."

"Seguro." Me senté a su lado, más cerca de lo normal. "¿Estás segura de lo otro?"

Lo miré a los ojos. "Llevo un año segura, Dani." Sonrió, nervioso, y me tomó la mano.

"Vale. Pero si en algún momento quieres parar, paramos. Sin preguntas."

Salimos al balcón con dos tintos de verano. El mar estaba ahí abajo, negro y brillante bajo la luna, y la brisa nos traía olor a sal. Apoyé la cabeza en su hombro y su mano encontró mi muslo bajo el vestido.

"Estás temblando." "Es la brisa." "Mentirosa."

Me besó en la frente. Nos quedamos así un rato, mirando el agua, hasta que su mano subió un poco más por mi muslo y mi respiración cambió.

Lo besé yo. Fue un beso largo, con lengua, de los que llevábamos un año practicando. Su mano se coló bajo mi vestido y me acarició por encima de las braguitas, despacio, preguntando sin palabras.

"¿Entramos?" Susurré contra su boca. Me tomó de la mano y me llevó al dormitorio, donde la cama estaba hecha con sábanas limpias que olían a armario cerrado y a verano.

En el pasillo nos detuvimos y nos besamos otra vez, contra la pared, con una urgencia que nos hizo reír. Su mano se había colado bajo mi vestido y me acariciaba el muslo con una intención que ya no disimulaba.

"Llevo soñando con esto semanas." Me confesó al oído. "Yo meses." Le respondí, y tiré de él hacia el dormitorio antes de que el valor se me escapara por la ventana.

Se sentó en el borde de la cama y me atrajo entre sus piernas. Me quitó el vestido por la cabeza con cuidado, como si fuera algo frágil, y se quedó mirándome en sujetador y braguitas.

"Eres preciosa, Marta." Me abrazó por la cintura y apoyó la cara en mi vientre. Sus manos subieron por mi espalda y me desabrocharon el sujetador con una facilidad que me hizo reír, nerviosa.

El sujetador cayó al suelo y sus manos cubrieron mis pechos. Los acarició con suavidad, dibujando círculos alrededor de los pezones hasta que se endurecieron. Bajó la boca y lamió uno, despacio.

Cerré los ojos y me dejé hacer, notando cada roce multiplicado por diez. Sus pulgares dibujaban círculos lentos mientras su lengua jugaba, y un calor nuevo me subía desde el vientre hasta la garganta.

Gimí, sorprendida de mi propia voz. Nunca me habían tocado así, y la sensación me atravesó entera. Sus dedos jugaban con el otro pezón mientras su lengua seguía en el primero, y yo me agarré a su pelo.

Me tumbó en la cama con delicadeza y se colocó a mi lado. Siguió besándome: el cuello, los hombros, el vientre, bajando cada vez más. Cuando llegó al borde de mis braguitas, me miró pidiendo permiso.

"Sí." Fue todo lo que pude decir. Me bajó las braguitas despacio y se quedó mirándome un momento, y luego bajó la cabeza entre mis piernas.

Su lengua me encontró y el mundo se detuvo. Era una sensación tan intensa que al principio no supe si me gustaba o me asustaba. Luego empezó a moverse, despacio, y el miedo se convirtió en algo muy distinto.

"Dani..." Mis manos se agarraron a las sábanas. Lamía y succionaba con una paciencia infinita, y cuando metió un dedo dentro de mí, suave, creí que me iba a deshacer.

El placer fue creciendo en oleadas, cada vez más altas, hasta que rompió de golpe. Me corrí con un grito ahogado, arqueándome en la cama, temblando de pies a cabeza. Él siguió hasta que los espasmos pasaron.

"¿Eso...?" Jadeé, incrédula. "¿Eso qué ha sido?"

Se rio y subió a besarme, dejándome probar mi sabor en sus labios. "Eso ha sido un orgasmo, lista. El primero de la noche, espero."

Lo miré, todavía temblando, y sentí una oleada de valor. "Ahora tú." Lo empujé hasta tumbarlo bocarriba y me coloqué entre sus piernas. Le bajé el pantalón corto con manos que ya no temblaban tanto.

Lo tomé en mi mano, curiosa. Era caliente y duro, y latía un poco. Lo miré a los ojos y me lo llevé a la boca, imitando lo que había visto en las películas y lo que mi instinto me decía.

"Así..." Sus manos se enredaron en mi pelo, guiándome con suavidad. "Despacio, no hay prisa." Lo chupé despacio, con la lengua dando vueltas, y noté cómo se tensaba debajo de mí.

Fui cogiendo confianza y aceleré un poco. Sus gemidos me animaron a seguir, a hacerlo más hondo. Una de sus manos bajó hasta mi mejilla y me la acarició con ternura.

"Para." Me apartó con delicadeza antes de llegar al límite. "Si sigues, no llego a lo importante." Se incorporó y me besó con fuerza, saboreándome en mi boca.

Abrió el cajón de la mesilla y sacó un preservativo. Lo había comprado aquella misma tarde, me confesó después, con las manos sudadas en la farmacia. Se lo puso con práctica y volvió a tumbarme.

Se colocó entre mis piernas y me miró muy serio. "¿Segura?" "Segura." Me besó despacio y noté la presión, y luego un pinchazo de dolor que me hizo contener el aliento.

"Duele un poco." Susurré. "Lo sé, mi amor."

Respira. "Se quedó quieto dentro de mí, besándome, esperando. Poco a poco el dolor se fue convirtiendo en una presión extraña, y luego en algo parecido al placer."

Empezó a moverse muy despacio, entrando y saliendo apenas unos centímetros. Cada movimiento me resultaba nuevo, intenso, abrumador. Le rodeé la cintura con las piernas por instinto.

"¿Bien?" "Bien. No pares."

Aceleró un poco y el placer empezó a crecer, distinto al de antes, más profundo. Mis uñas se clavaron en su espalda y mis gemidos se hicieron más fuertes.

"Eres increíble." Me besó el cuello, los pechos, sin dejar de moverse. "¿Te gusta?" "Mucho..."

mucho... "No encontraba más palabras. Mi cuerpo había tomado el mando y mi cabeza se había ido de vacaciones."

Entonces me pidió que me pusiera encima. "Así tú controlas." Me ayudó a colocarme a horcajadas y me guió dentro otra vez. Apoyé las manos en su pecho y empecé a moverme, probando.

Arriba era diferente: yo marcaba el ritmo, la profundidad, todo. Encontré un ángulo que me volvía loca y me quedé ahí, moviéndome en círculos. Él me miraba como si fuera lo más bonito que había visto nunca.

"Marta..." Sus manos me agarraban las caderas, ayudándome. El placer creció rápido esta vez, una ola enorme que me arrastró. Me corrí gritando su nombre, temblando sobre él.

Mi orgasmo lo arrastró a él. Me agarró con fuerza y se corrió dentro del preservativo con un gemido largo, hundiéndose en mí hasta el fondo. Nos quedamos quietos, abrazados, jadeando.

Se dejó caer a mi lado en la cama y me atrajo contra su pecho. Estuvimos un rato sin hablar, escuchando el mar y nuestros corazones. Tenía la mejilla pegada a su piel sudada y no quería moverme nunca.

"¿Te ha dolido mucho?" "Al principio. Luego no." Levanté la vista.

"Luego ha sido... no tengo palabras." Sonrió y me besó la frente. "Ya las encontrarás."

Se levantó a por agua y bebimos los dos de la misma botella, sentados en la cama desnuda. Me contó que en la farmacia la dependienta le había guiñado un ojo al venderle la caja. Nos reímos hasta que nos dolió la tripa.

Después hicimos el amor otra vez, más despacio, más seguros. Esta vez no hubo dolor, solo placer, y descubrí que me gustaba morderle el hombro cuando estaba a punto. Él descubrió que a mí me gustaba que me hablara al oído.

Entre una vez y otra hablamos bajito, con la cabeza en su pecho. Me contó su primera vez, torpe y rápida en el asiento trasero de un coche, y me dijo que la mía había sido mil veces mejor. Le creí a medias, pero me gustó oírlo.

"¿Sabes qué es lo mejor?" Me preguntó, acariciándome el pelo. "¿Qué?"

"Que ahora ya no tenemos prisa. Tenemos todo el verano."

Nos dormimos abrazados con la ventana abierta y el ruido del mar como nana. Me desperté al amanecer con la luz gris entrando por la persiana y su brazo pesado sobre mi cintura.

Salimos al balcón con dos cafés que hizo él en la cocina diminuta. El mar estaba en calma, de un azul imposible, y los primeros bañistas ya bajaban a la playa con sus sombrillas.

"¿Te arrepientes?" Me preguntó, mirando el horizonte. Pensé en la noche, en sus manos, en su paciencia, en cómo me había hecho sentir la protagonista de mi propia historia.

"De no haberlo hecho antes." Dije, y el sol salió por detrás de los edificios, dorándolo todo.

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