Relatos eróticos de vecinas: La ducha de Elena
Dicen que los mejores relatos eróticos de vecinas empiezan con un favor inocente, y el mío empezó con Elena en mi puerta, el pelo mojado y una toalla enrollada al cuerpo, mirándome como si yo fuera su última esperanza.
¿Marco? Perdona que te moleste a estas horas. Mi ducha está goteando justo encima de tu baño y el fontanero no puede venir hasta mañana. ¿Podría usar la tuya? Te lo juro, solo serán diez minutos.
Diez minutos. Me aparté de la puerta antes de que pudiera cambiar de opinión y ella entró descalza, dejando un rastro de gotas sobre mi parquet, con esa toalla blanca que parecía sujetarse por pura fuerza de voluntad.
Elena Vargas, treinta y cuatro años, casada con Javier, ese comercial que se pasa media vida en aviones y la otra media contando kilómetros. Llevábamos dos años de vecinos y hasta aquel martes solo habíamos cruzado saludos en el ascensor y discusiones sobre quién dejaba la basura fuera de hora.
El baño está al fondo, a la derecha, le dije, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía. Ella sonrió de medio lado, como si lo hubiera notado, y desapareció por el pasillo con la toalla moviéndose al ritmo de sus caderas.
Me quedé en el salón con las manos en los bolsillos, escuchando cómo se abría el grifo. El agua golpeando la mampara sonaba obscenamente alto en mi piso silencioso. Encendí la tele para no parecer un mirón y la apagué a los diez segundos.
¿Qué se le ofrece a una vecina medio desnuda que está en tu ducha? Abrí la nevera. Vino tinto. Dos copas. Si aquello terminaba siendo solo un favor, al menos parecería un anfitrión decente, y si no, pues ya estaba preparado.
El agua se cortó. Escuché el roce de la toalla, el clic de la puerta, y sus pasos descalzos acercándose. Elena apareció en la puerta del salón con mi camisa de cuadros puesta, la que había dejado colgada en el baño, abrochada con solo tres botones.
Mi ropa estaba empapada, dijo, encogiéndose de hombros, y el gesto hizo que la camisa se abriera un poco más sobre su escote. Espero que no te importe. Te la lavo y te la devuelvo.
No me importaba. No me importaba nada en absoluto. Le tendí una copa de vino y ella la aceptó, sentándose en mi sofá con una pierna doblada bajo el cuerpo, la camisa subiéndose lo justo para enseñarme el borde de unas braguitas negras de encaje.
Me levanté a rellenar las copas y ella me siguió a la cocina, descalza, la camisa apenas cerrada. Cuando me giré con la botella, la tenía pegada a mí, entre mis brazos y la encimera, mirándome desde abajo con una sonrisa que ya no era de vecina educada.
Se te ha caído algo, dijo, y antes de que pudiera mirar, su mano ya estaba en mi pecho, bajando despacio, deteniéndose justo encima del cinturón. El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que ella podía oírlo.
Volvimos al sofá con las copas llenas, pero ya nadie bebía. Su rodilla rozaba mi muslo cada vez que se reía, y no se apartaba, y yo empecé a sospechar que la ducha rota era la excusa más vieja y más bonita del mundo.
Javier está en Bilbao hasta el viernes, dijo de pronto, mirando su copa. Tres noches por semana duermo sola en un piso de noventa metros. A veces hablo con la tele para no sentirme idiota.
No supe qué decir, así que no dije nada. Dejé mi copa en la mesa y cuando volví a mirarla, ella me estaba mirando a mí, con esos ojos oscuros muy abiertos, y su pie descalzo había subido hasta mi pantorrilla, dibujando círculos lentos.
Elena, empecé, y ella me cortó poniéndome un dedo en los labios. Chist. Llevo dos años preguntándome a qué sabrás, Marco. No me lo estropees hablando.
Me besó. No fue un beso de vecina. Fue un beso con hambre, con la lengua buscando la mía desde el primer segundo, con sus manos agarrándome la nuca como si temiera que fuera a escapar. El vino se derramó un poco sobre el sofá y a ninguno de los dos le importó.
La camisa se abrió del todo cuando tiré de ella hacia mí y la senté a horcajadas sobre mis piernas. Debajo no llevaba sujetador, solo aquellas braguitas negras, y sus tetas quedaron a la altura de mi boca, firmes, con los pezones duros como piedras pequeñas.
Los lamí despacio, uno y luego el otro, mientras ella echaba la cabeza atrás y gemía bajito, un sonido que me puso la polla dura al instante contra la tela del pantalón. Sus caderas empezaron a moverse solas, frotándose contra mi erección con un ritmo que me volvía loco.
Espera, susurró, y se deslizó al suelo entre mis piernas con una gracia felina. Me desabrochó el pantalón con dedos que temblaban un poco, me bajó los calzoncillos, y mi polla saltó libre, dura y palpitante, goteando ya de anticipación.
La miró un segundo, se mordió el labio, y se la metió en la boca sin más ceremonia. Joder. Su boca estaba caliente y apretada, y sabía exactamente lo que hacía: la lengua dibujando círculos en el glande, una mano subiendo y bajando por la base, la otra acariciándome los huevos con suavidad.
Agarré su pelo mojado y marqué un ritmo lento, entrando y saliendo de su boca mientras ella me miraba desde abajo con los ojos brillantes. Cada vez que la punta le tocaba la garganta, emitía un gemidito que vibraba alrededor de mi polla y me hacía ver estrellas.
Noté que estaba cerca demasiado pronto y la aparté con suavidad. Si me corro ahora, me arrepentiré toda la semana, le dije. Ella sonrió con la boca brillante y se puso de pie, quitándose las braguitas con un movimiento rápido, dejándolas caer al suelo del salón.
La cogí en brazos, ella soltó una risita sorprendida, y la llevé a mi dormitorio mientras me besaba el cuello y me mordisqueaba la oreja. La tumbé sobre mis sábanas grises y me quité la camiseta de un tirón, quedándome desnudo sobre ella.
Su coño estaba empapado, lo comprobé con dos dedos que se deslizaron sin resistencia mientras ella abría más las piernas y me miraba con la respiración acelerada. Estaba caliente y estrecha por dentro, y cuando curvé los dedos, gritó mi nombre tan alto que me alegré de que el edificio estuviera medio vacío.
Bajé la boca hasta ella y la lamí sin prisa, aprendiendo su sabor, su ritmo. Con la lengua dibujé ochos sobre su clítoris mientras dos dedos entraban y salían de ella, y sus caderas se levantaron de la cama buscando más, siempre más.
Marco, por favor, no me hagas esperar más, gimió, tirándome del pelo. Métemela ya. Te lo suplico.
No necesité que me lo pidiera dos veces. Me coloqué entre sus muslos, apoyé la punta en su entrada resbaladiza, y entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abría para mí, cómo me tragaba entero hasta que mis huevos golpearon su culo.
Nos quedamos quietos un segundo, mirándonos, respirando el mismo aire. Luego empecé a moverme, primero lento, saboreando cada embestida, y ella me rodeó la cintura con las piernas, clavándome los talones en la espalda para que entrara más hondo.
El ritmo creció solo. Sus tetas botaban con cada empujón y yo bajé la cabeza para morderle suavemente un pezón, lo que la hizo correrse de golpe, contrayéndose alrededor de mi polla en oleadas, gritando con la cara enterrada en mi hombro para no despertar a todo el edificio.
Sentirla correrse me desató. La giré sin salir de ella, poniéndola a cuatro patas, agarré sus caderas con fuerza, y la follé duro desde atrás, viendo cómo su culo se movía contra mí, escuchando el sonido obsceno de nuestros cuerpos chocando.
Así, así, no pares, jadeaba ella, con las sábanas agarradas en puños. Estoy otra vez, joder, estoy...
Se corrió por segunda vez temblando entera, y yo aguanté unas embestidas más, hasta que el placer me subió por la columna como una descarga eléctrica y me corrí dentro de ella con un gruñido, enterrándome hasta el fondo mientras ella apretaba su culo contra mí para recibirlo todo.
Caímos de lado, enredados, sudorosos, riéndonos como dos adolescentes. Su cabeza en mi pecho, mi mano dibujando círculos perezosos en su espalda. Fuera, Madrid seguía con su ruido de martes por la noche, y dentro de mi dormitorio el mundo se había detenido.
¿Sabes qué es lo mejor de todo?, dijo al rato, incorporándose sobre un codo. Que mañana viene el fontanero a las diez. Y pasado mañana Javier vuelve de Bilbao. Y pasado, quién sabe.
Nos duchamos juntos, esta vez en mi ducha, sin prisa y sin toallas de por medio. Le enjaboné la espalda despacio, ella me devolvió el favor con más intención de la necesaria, y salimos del baño riéndonos del agua que habíamos dejado por todo el suelo.
Se vistió con su ropa todavía húmeda, haciendo muecas, y en la puerta me dio un beso largo y lento, de esos que prometen más de lo que dicen. Gracias por la ducha, vecino, susurró contra mis labios.
Cuando quieras, contesté. Y lo decía en serio.
Cerré la puerta y me apoyé en ella, sonriendo como un idiota. En el salón, dos copas de vino vacías y unas braguitas negras de encaje olvidadas sobre el sofá. Las guardé en el cajón de mi mesilla. Algo me decía que Elena volvería a por ellas, y que la próxima vez ni siquiera necesitaría la excusa de una fuga.
A la mañana siguiente encontré una nota bajo mi puerta, con su letra rápida: El fontanero dice que la ducha ya funciona mejor que nunca. Gracias por comprobarlo tan a fondo. E.
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