Relatos eróticos de la vecina casada: Marta y la ducha de medianoche
El timbre sonó a medianoche y Diego abrió la puerta en calzoncillos. Al otro lado estaba Marta, la vecina del tercero, envuelta solo en una toalla blanca y con el pelo mojado. Estos relatos eróticos de la vecina casada empiezan justo ahí, en el rellano a oscuras, con el corazón de Diego golpeando tan fuerte que juraría que ella podía oírlo.
¿Te he despertado? susurró Marta, y su voz temblaba un poco. Es que se me ha roto la ducha, sale el agua helada, y mi marido está de viaje hasta el lunes. ¿Puedo usar la tuya? Solo serán diez minutos, lo juro.
Diego tragó saliva. Marta tenía treinta y seis años, estaba casada con un comercial que viajaba media semana, y era la mujer más deseada del edificio. Él la había visto mil veces en el ascensor, con sus faldas ajustadas y esa forma de reírse que le ponía nervioso. Y ahora estaba en su puerta, en toalla, pidiendo entrar.
Pasa, dijo él, apartándose. Marta entró descalza, dejando huellas húmedas en el parqué. El piso olía a jazmín por su champú. Diego cerró la puerta y se quedó mirándola, sin saber dónde poner las manos. La toalla apenas le cubría los muslos.
El baño está al fondo, dijo por fin. Marta sonrió, una sonrisa que no era de vecina amable. Gracias, Diego. Eres un sol. Y se perdió por el pasillo. Diego se sentó en el sofá y trató de respirar. Oyó el agua de la ducha abrirse y su imaginación hizo el resto.
Cinco minutos después, Marta gritó desde el baño. ¡Diego! ¿Tienes champú? El mío se me ha olvidado. Él se levantó de un salto, cogió el bote del armario del pasillo y entró en el baño sin pensar. El vapor lo envolvió. Marta estaba detrás de la mampara de cristal, completamente desnuda, el agua resbalando por su cuerpo.
La mampara estaba empañada, pero no lo suficiente. Diego vio la curva de sus pechos, el vientre plano, las caderas redondas. Se quedó clavado en el sitio, el bote de champú en la mano. Marta abrió la mampara unos centímetros y alargó la mano, sin pudor, sin prisa.
Dámelo, dijo. Sus dedos rozaron los de él y fue como una descarga. Diego no se movió. Marta ladeó la cabeza y lo miró de arriba abajo, deteniéndose donde los calzoncillos ya no disimulaban nada. Vaya, murmuró. Parece que no soy la única que está nerviosa.
Entra, dijo de pronto. ¿Qué? Entra en la ducha, Diego. El agua está caliente y hace mucho que nadie me mira así. Él no lo pensó dos veces. Se quitó los calzoncillos y entró bajo el agua. El cuerpo de Marta, mojado y caliente, se pegó al suyo en cuanto cerró la mampara.
Sus labios se encontraron con una urgencia que ninguno de los dos esperaba. Marta sabía a menta y a deseo. Sus manos bajaron por la espalda de Diego y le agarraron el culo con fuerza, apretándolo contra ella. Él sintió su sexo rozando su polla, dura como una piedra.
Marta se arrodilló en la ducha, el agua golpeando su espalda. Miró a Diego a los ojos y se metió su polla en la boca sin apartar la mirada. Diego gimió y apoyó una mano en la pared de azulejos. La lengua de Marta giraba alrededor del glande, sus labios subían y bajaban con un ritmo perfecto.
Él le agarró el pelo mojado y empujó un poco más hondo. Marta no se quejó, al contrario, aceleró. El agua caliente, el vapor, su boca. Diego sintió que iba a correrse y la apartó con suavidad. Todavía no, jadeó. Quiero hacerlo bien.
La levantó y la pegó contra la pared de la ducha. Sus pechos se aplastaron contra su pecho. Diego bajó la mano entre sus piernas y encontró su coño empapado, caliente, abierto para él. Metió dos dedos y Marta gritó, echando la cabeza hacia atrás bajo el chorro.
Sus dedos entraban y salían mientras su pulgar jugaba con su clítoris. Marta se retorcía, el agua corriendo entre sus cuerpos. Diego la besó en el cuello, le mordió el lóbulo de la oreja. Ella le clavó las uñas en los hombros.
Diego la giró de espaldas contra la pared. Levantó una de sus piernas, apoyándola en el borde de la bañera, y guió su polla hasta la entrada de su coño. Marta contuvo el aliento. De un empujón firme, entró hasta el fondo. Los dos gimieron a la vez.
Empezó a moverse despacio, sintiendo cada centímetro de ella. El agua caía sobre sus espaldas. Marta empujaba sus caderas hacia atrás, pidiendo más. Más fuerte, susurró. Fóllame más fuerte, Diego.
Él obedeció. Sus embestidas se volvieron rápidas y profundas. El sonido del agua se mezclaba con sus gemidos y con el golpeteo de sus cuerpos. Marta apoyó las manos en la pared, el culo en alto, entregada por completo.
De pronto, todo su cuerpo se tensó. Su coño se contrajo alrededor de la polla de Diego con una fuerza increíble. Un grito largo salió de su garganta y un chorro de placer la recorrió. Diego sintió su orgasmo y no pudo aguantar más: se corrió dentro de ella con un rugido sordo.
Se quedaron abrazados bajo el agua, jadeando. Marta se rio bajito, una risa feliz y culpable a la vez. Esto no ha pasado, dijo. Diego sonrió. Claro que no. Pero sus manos seguían en su cintura y las de ella en su cuello.
Salieron de la ducha y Diego le dio una toalla limpia. Marta se secó despacio, sin prisa por vestirse, paseándose desnuda por el baño como si fuera su casa. Diego la miraba desde la puerta, todavía desnudo, todavía excitado.
¿Tienes vino? preguntó ella. En la cocina. Marta fue a la cocina envuelta en la toalla, abrió la nevera y sacó la botella. Bebieron de pie, riéndose, la toalla de ella aflojándose cada vez más. Diego la miraba y ella lo sabía, y le gustaba.
La toalla cayó al suelo de la cocina. Marta no hizo ademán de recogerla. Se acercó a Diego, le quitó la copa de la mano y lo besó con el sabor del vino en los labios. Sus pechos desnudos se aplastaron contra él. Su mano bajó y encontró su polla dura otra vez.
Diego la sentó en la encimera de la cocina. El mármol frío contra su culo caliente la hizo jadear. Él se arrodilló entre sus piernas abiertas y enterró la cara en su coño. Su lengua la recorrió entera, lenta, saboreándola. Marta se agarró al borde de la encimera.
Él lamía y chupaba su clítoris mientras dos dedos la penetraban. Marta gemía cada vez más alto, sin importarle los vecinos. Sus caderas se movían solas contra su boca. Cuando llegó el segundo orgasmo, gritó su nombre tan fuerte que Diego tuvo que taparle la boca con la mano.
Ella lo miró con los ojos brillantes, lo bajó de la encimera y lo tumbó en el suelo de la cocina. Se montó encima de él, guiando su polla dentro de su coño con un suspiro de placer. Empezó a cabalgarlo despacio, sus pechos botando ante sus ojos.
Diego le agarró las caderas y la ayudó a moverse más rápido. Marta echó la cabeza atrás, el pelo suelto cayendo sobre su espalda. Sus gemidos llenaban la cocina. Él sintió que su coño se apretaba otra vez y supo que estaba cerca.
Se corrieron juntos, ella gritando, él gruñendo, sus cuerpos pegados y sudados en el suelo frío de la cocina. Marta se desplomó sobre su pecho, riendo y jadeando. Eres increíble, murmuró. Mi marido no me hace ni la mitad de esto.
Diego no supo qué decir a eso, así que la besó. Se quedaron en el suelo un rato, acariciándose, hablando en voz baja. Marta le contó que su marido viajaba tanto que a veces se sentía invisible. Que esa noche, al ver la luz de su piso encendida, había decidido llamar a su puerta.
A las cuatro de la mañana, Marta se vistió con su toalla y sus chanclas. En la puerta, se volvió y lo besó una última vez, largo y despacio. El lunes vuelve, dijo. Pero viaja mucho. Diego sonrió. Aquí estaré.
Ella se fue de puntillas por el rellano, dejando tras de sí el olor a jazmín. Pero a mitad del pasillo se detuvo, se volvió y regresó corriendo. Diego apenas tuvo tiempo de abrir la puerta de nuevo antes de que ella se le echara encima, besándolo con una desesperación dulce.
No me dejes ir todavía, susurró contra sus labios. Solo cinco minutos más. Lo arrastró hasta el sofá del salón y se sentó a horcajadas sobre él, la toalla ya olvidada en el suelo del pasillo. Su coño, todavía húmedo y caliente, encontró su polla sin ayuda.
Se movió sobre él despacio, mirándolo a los ojos, sus pechos rozando su cara. Diego le lamió los pezones mientras ella gemía bajito, mordiéndose el labio para no gritar. Fue un polvo lento, íntimo, casi tierno, que terminó con los dos temblando en silencio.
Esta vez sí se fue, de verdad. Diego cerró la puerta y se apoyó en ella, sonriendo como un idiota. En el suelo del baño encontró un pendiente de Marta. Lo guardó en el cajón de la mesilla. Algo le decía que volvería a por él.
Y así terminan estos relatos eróticos de la vecina casada, con un pendiente en un cajón y una promesa sin palabras. Porque en ese edificio, las paredes son finas, los maridos viajan mucho, y algunas vecinas llaman a medianoche con el pelo mojado.
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