Relatos eróticos de mi vecino: la camisa en mi balcón
Estos relatos eróticos de mi vecino empezaron con algo tan tonto como una camisa. El viento de Madrid la había arrancado del tendedero de Marco y la había dejado tirada en mi balcón, todavía húmeda, oliendo a su detergente y a algo más que no supe nombrar en ese momento. La recogí con dos dedos, como si quemara, y me quedé mirando la tela blanca a contraluz. Yo sabía de quién era. Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, meses de buenos días corteses y de miradas que duraban un segundo más de lo debido.
Me llamo Elena y tengo veintinueve años. Trabajo traduciendo novelas en un piso pequeño del tercer piso, y mi vecino Marco vive justo enfrente, en el cuarto. Es arquitecto, tiene treinta y cuatro años, y siempre huele a café recién hecho cuando baja por las mañanas. Aquella tarde, con su camisa en las manos, sentí una excitación absurda y deliciosa. No era solo curiosidad. Era la excusa perfecta que llevaba meses esperando sin atreverme a admitirlo.
Me puse un vestido sencillo, me solté el pelo y llamé a su puerta con la camisa doblada sobre el brazo. Cuando abrió, llevaba una camiseta gris vieja y el pelo revuelto, y se quedó mirándome como si no supiera si reír o disculparse. «Creo que esto es tuyo», dije yo, y le tendí la prenda. Él la cogió, rozando mis dedos un instante demasiado largo, y sonrió de una forma que me puso la piel de gallina. «El viento me hace favores», contestó, y me invitó a pasar a tomar una copa de vino.
Su piso olía a madera y a libros viejos. Había planos sobre la mesa del salón y una guitarra apoyada en la pared. Me sirvió vino tinto en una copa grande y se sentó cerca, demasiado cerca, en el mismo sofá. Hablamos de los vecinos, del ruido de las obras de la calle, de mi trabajo. Pero cada vez que yo me reía, él me miraba la boca. Cada vez que él se inclinaba hacia delante, yo notaba el calor de su pierna junto a la mía. La conversación era normal. Lo que pasaba debajo de la conversación no lo era en absoluto.
«¿Sabes lo que pensé cuando te vi en el ascensor la primera vez?», me preguntó de pronto, bajando la voz. Yo negué con la cabeza, con el corazón golpeándome en el pecho. «Pensé que ojalá se estropeara el ascensor», dijo. «Para quedarme encerrado contigo un rato». Me reí, nerviosa, y él aprovechó ese segundo para acercarse y besarme. Fue un beso lento al principio, casi tímido, con sabor a vino. Después se volvió hambriento. Su mano se posó en mi cintura y me atrajo hacia él, y yo sentí su erección dura contra mi muslo a través de la tela del vestido.
No hubo ninguna duda, ninguna pausa incómoda. Le quité la camiseta por la cabeza y recorrí con las manos su pecho fuerte, sus hombros, su espalda. Él me bajó los tirantes del vestido y me besó el cuello, los hombros, el nacimiento de los pechos, mientras sus dedos encontraban el cierre de mi sujetador. Cuando el sujetador cayó al suelo, me miró los pechos desnudos con una admiración tan abierta que me hizo gemir. Me tomó un pezón entre los labios y lo chupó despacio, luego el otro, mientras yo le clavaba los dedos en el pelo y arqueaba la espalda.
«Quítate todo», me susurró al oído, y su voz sonaba ronca, distinta. Me levanté del sofá y me quité el vestido delante de él, sin prisa, disfrutando de cómo me miraba. Me quedé solo con las braguitas de encaje negro, y él se arrodilló delante de mí, me besó el vientre, la parte interior de los muslos, y después apartó la tela con los dientes. Su lengua encontró mi clítoris y empezó a lamerlo con movimientos lentos y firmes, y yo tuve que agarrarme a sus hombros para no caerme. El placer me subía por las piernas en oleadas, y cuando metió dos dedos dentro de mí, calientes y seguros, gemí su nombre en voz alta.
«Marco», gemí, «no pares, por favor, no pares». Él siguió lamiendo y moviendo los dedos dentro de mí, cada vez más rápido, hasta que el orgasmo me atravesó entera y me hizo temblar, con las piernas flojas y la respiración rota. Me sostuvo por la cintura mientras yo me recuperaba, me besó en la frente y me llevó casi en brazos hasta su dormitorio. La cama estaba deshecha, con las sábanas revueltas, y olía a él. Me tumbó boca arriba y se quitó los pantalones despacio, y por fin lo vi desnudo del todo.
Su polla era grande, gruesa y dura, y se me hizo la boca agua solo de mirarla. Me incorporé, la tomé entre mis manos y la lamí desde la base hasta la punta, despacio, saboreándola. Él echó la cabeza hacia atrás y gimió, y sus manos se enredaron en mi pelo. La metí en mi boca cada vez más adentro, chupando con fuerza, jugando con la lengua en la punta, hasta que él me apartó con suavidad, respirando agitado. «Si sigues así, no aguanto», dijo, y me besó con una urgencia nueva.
Se puso encima de mí, me abrió las piernas con las rodillas y me penetró de una sola embestida profunda. Grité de placer al sentirlo llenarme por completo, tan dentro, tan duro. Empezó a moverse despacio, entrando y saliendo con un ritmo que me volvía loca, y cada embestida me hacía gemir más fuerte. Sus manos apretaban mis caderas, sus ojos no se apartaban de los míos, y yo le rodeé la cintura con las piernas para atraerlo más adentro. El colchón se movía, las sábanas se enredaban en nuestras piernas, y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación.
Después me dio la vuelta, me puso de rodillas y me penetró desde atrás, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra. Así me sentía todavía más llena, y cada embestida me golpeaba en un punto que me hacía ver estrellas. «¡Más fuerte!», le pedí, y él obedeció, embistiendo con fuerza, sin piedad, hasta que un segundo orgasmo me sacudió entera y grité su nombre contra la almohada. Él siguió un poco más, jadeando, y entonces se corrió dentro de mí con un gemido largo, temblando, abrazado a mi espalda.
Cuando recuperamos el aliento, él me miró con una sonrisa pícara y me preguntó si quería ducharme con él. El agua caliente caía sobre nuestros cuerpos desnudos, y bajo el chorro volvimos a besarnos, con las manos resbalando por la piel mojada. Me puso contra la pared de la ducha, me levantó una pierna y me penetró de pie, despacio y profundo, mientras el agua nos corría por la cara y el pelo. Yo me agarraba a sus hombros, gimiendo bajito, sintiendo cada embestida con una intensidad nueva por el contraste del agua caliente y su cuerpo caliente contra el mío.
Después, ya secos y envueltos en toallas, volvimos a la cama, y esta vez fui yo quien tomó el mando. Me subí encima de él, a horcajadas, y me deslicé sobre su polla todavía dura, moviendo las caderas en círculos lentos que le hacían gemir y agarrarse a mis muslos. Me incliné hacia delante para besarlo mientras me movía, y él me chupó los pezones, uno tras otro, mientras yo aceleraba el ritmo. El placer crecía y crecía, y cuando llegué al borde, me dejé caer sobre su pecho, temblando, y él me abrazó y me besó en la frente con ternura.
Él me dio la vuelta una vez más, con suavidad, y me penetró de lado, con mi pierna sobre su cadera, en un ritmo lento y profundo que parecía no tener prisa por terminar. Nos mirábamos a los ojos a pocos centímetros, respirando el mismo aire, y cada embestida suya me arrancaba un suspiro. Fue el polvo más tierno y más intenso a la vez, y cuando nos corrimos casi al mismo tiempo, nos quedamos abrazados, riendo bajito, sin querer separarnos todavía. Su polla seguía dentro de mí, y su mano no soltaba mi cintura.
Antes de vestirme, me miró con esa sonrisa suya y me dijo que la camisa, en realidad, la había dejado secar en mi lado a propósito. Yo me reí y le di un manotazo suave en el pecho, y él me abrazó por detrás y me besó en el cuello, prometiéndome que la próxima vez sería yo quien tendiera algo en su balcón.
Nos quedamos tumbados, sudorosos y enredados, sin decir nada durante un rato. Su mano dibujaba círculos lentos en mi espalda desnuda. Yo pensaba en la camisa, en el viento, en lo absurdo y perfecto que era todo aquello. «Mañana», le susurré al oído, «cuando tienda la ropa, que el viento haga otra vez su trabajo». Él se rió contra mi cuello, me besó en el hombro y me abrazó más fuerte. Y supe que aquellos relatos eróticos de mi vecino no habían hecho más que empezar.
Al amanecer, la luz entraba por la ventana del dormitorio de Marco y yo seguía despierta, con su brazo sobre mi cintura y la piel todavía caliente. Me levanté sin hacer ruido, me puse su camiseta gris y salí a la terraza con dos cafés. El aire de la mañana era fresco y olía a pan recién hecho de la panadería de abajo. Él salió detrás de mí, descalzo, con solo los pantalones del pijama, y me abrazó por detrás mientras mirábamos los tejados de Madrid.
«Quédate un rato más», me susurró al oído, y sus manos se deslizaron por debajo de la camiseta, buscando mis pechos desnudos. Yo dejé los cafés en la mesa de la terraza y me giré hacia él, y nos besamos despacio, sin prisa, con la ciudad despertando a nuestro alrededor. Él me levantó y me sentó en la barandilla, con cuidado, y se arrodilló delante de mí para lamerme otra vez, despacio, mientras yo me agarraba a su pelo y miraba el cielo que se iba poniendo rosa.
Cuando ya no pude más, le pedí que me tomara allí mismo, en la terraza, con el riesgo delicioso de que algún vecino madrugador pudiera vernos. Él me penetró de pie, con mis piernas rodeando su cintura, y nos movimos juntos, despacio al principio y luego con más fuerza, hasta que el orgasmo me hizo morderle el hombro para no gritar. Él se corrió dentro de mí un momento después, abrazándome fuerte, y nos quedamos así, riendo bajito, con el café ya frío en la mesa.
«Ahora ya tienes otra camisa que devolverme», le dije, señalando la camiseta que llevaba puesta. Él se rió y me besó en la frente. «Quédate con ella», contestó. «Así tendrás que volver». Y supe que volvería, esa misma noche, sin necesidad de que el viento me trajera nada más.
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