Relatos Eroticos de Vecinos: Carmen Abre las Piernas para la Polla Dura de Pablo en su Piso de Madrid
Carmen estaba pintando con los auriculares puestos cuando sonaron tres golpes secos en la puerta, y aquel ruido cortó su concentración como un cuchillo en mitad de uno de esos relatos eroticos de vecinos que solo pasan cuando nadie los espera. Se quitó los auriculares con un suspiro, miró el reloj y vio que eran casi las once de la noche. Tenía pintura azul en las manos, en la camiseta y en un mechón de pelo. Abrió la puerta dispuesta a disculparse, y se encontró con Pablo, su vecino del piso de enfrente, con el ceño fruncido y una camiseta vieja.
Pablo tenía treinta y cinco años, hombros anchos y una voz grave que a Carmen siempre le había parecido demasiado atractiva para un simple vecino. Le dijo, sin rodeos, que la música llevaba sonando dos horas y que mañana madrugaba. Carmen, de treinta y dos años, ilustradora y noctámbula confesa, se rio y le pidió perdón con las manos manchadas de pintura. Él miró sus manos, luego su boca, y tardó un segundo más de lo normal en contestar.
Carmen le ofreció pasar un momento para compensar el ruido. Pablo dudó en el umbral, miró el pasillo vacío y entró. El piso olía a trementina, a café frío y a papel. Había lienzos apoyados en las paredes y pinceles en cada superficie. Pablo se quedó mirando un cuadro a medias, una mujer desnuda de espaldas, y Carmen notó cómo se le tensaba la mandíbula.
Ella le sirvió una copa de vino tinto y se sentó frente a él en el sofá, con las piernas cruzadas. Pablo bebió despacio, sin apartar los ojos de ella. Le preguntó si siempre pintaba tan tarde. Carmen dijo que solo cuando no podía dormir, y que esta noche tampoco iba a poder. Él sonrió de medio lado y dijo que entonces ya eran dos.
La conversación se volvió lenta y cercana. Pablo le contó que llevaba meses oyéndola reír a través de la pared, y que algunas noches la oía cantar mientras pintaba. Carmen sintió calor en las mejillas. Se acercó un poco más en el sofá, y su rodilla rozó la de él. Ninguno de los dos se apartó. El roce se quedó ahí, deliberado, caliente.
Pablo dejó la copa en la mesa y tomó la iniciativa. Le agarró la barbilla con suavidad, le levantó la cara y la besó. Fue un beso lento al principio, luego hambriento. Carmen abrió la boca y sintió su lengua, el sabor del vino, la fuerza de sus manos. Ella le rodeó el cuello con los brazos y se pegó a su pecho. Su cuerpo reaccionó al instante, los pezones duros contra la camiseta fina.
Él le quitó la camiseta manchada de pintura por encima de la cabeza y se quedó mirándola. Carmen llevaba un sujetador negro sencillo, y sus pechos subían y bajaban con la respiración agitada. Pablo le desabrochó el sujetador y lo dejó caer al suelo. Le tomó un pecho con la mano y se metió el pezón en la boca, chupando despacio, luego más fuerte, mientras con la otra mano le pellizcaba el otro pezón.
Carmen gimió y le agarró el pelo. Él le besó el cuello, el hombro, el hueco entre los pechos, bajando poco a poco. Ella le levantó la camiseta y le pasó las manos por el abdomen duro y caliente. Pablo se quitó la camiseta y se quedó desnudo de cintura para arriba, con el pecho ancho y la piel morena. Carmen le besó el pecho y le mordió suavemente un pezón, y él gruñó.
Pablo la tumbó en el sofá y le quitó los pantalones cortos y las bragas de un solo movimiento. Carmen abrió las piernas sin vergüenza, mojada, brillante, deseando que la tocara. Él se arrodilló entre sus piernas y la miró un momento, como si quisiera grabarse la imagen. Luego bajó la cabeza y le lamió el coño con trazos largos y lentos, desde abajo hasta el clítoris.
Carmen arqueó la espalda y gritó bajito. Su lengua era caliente y experta. Le chupó el clítoris con suavidad, luego lo rodeó con la lengua en círculos rápidos. Ella se agarró a los cojines y levantó las caderas hacia su boca. Pablo le metió dos dedos dentro, moviéndolos despacio, buscando el punto que la hacía temblar. Su coño estaba tan mojado que los dedos entraban y salían con un sonido húmedo y obsceno.
Él siguió lamiéndola mientras la follaba con los dedos, cada vez más rápido. Carmen sintió que el orgasmo se acercaba como una ola. Sus muslos temblaban, su respiración se cortaba. Gritó su nombre cuando se corrió, con el coño palpitando alrededor de sus dedos, el cuerpo entero estremeciéndose en el sofá. Pablo no paró hasta que el último temblor se calmó.
Carmen lo atrajo hacia arriba y lo besó, saboreándose a sí misma en su boca. Le desabrochó los pantalones con manos impacientes y le sacó la polla, dura, gruesa, con la punta brillante de líquido. La agarró con fuerza y la masturbó despacio, de arriba abajo, mirándolo a los ojos. Pablo cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, gimiendo.
Ella se arrodilló delante de él en el suelo y se metió su polla en la boca. La chupó despacio al principio, lamiendo la punta, luego se la metió más adentro hasta que le llegó casi a la garganta. Pablo le agarró el pelo y empujó suavemente las caderas. Carmen lo miró desde abajo, con los ojos brillantes, y siguió chupando con ganas, con la saliva resbalando por su barbilla.
Pablo la levantó, la llevó en brazos hasta el dormitorio y la tumbó en la cama, entre pinceles y papeles. Se quitó los pantalones del todo y se colocó entre sus piernas. Carmen le rodeó la cintura con las piernas y lo guió hacia dentro. Su polla entró despacio, abriéndola, llenándola por completo. Ella gimió fuerte, sintiendo cada centímetro dentro de su coño mojado.
Él empezó a follarla con embestidas lentas y profundas. Cada empujón la hacía gemir y clavarle las uñas en la espalda. Carmen levantó las caderas para recibirlo mejor, frotando su clítoris contra su pelvis en cada movimiento. El colchón crujía, sus cuerpos chocaban con un sonido húmedo, y el cuarto olía a sexo y a pintura.
Pablo aumentó el ritmo, follándola más rápido y más fuerte. Le agarró las muñecas y se las sujetó por encima de la cabeza. Carmen se retorcía debajo de él, pidiendo más, diciendo que no parara. Él le besó el cuello y le mordió el hombro mientras la embestía sin piedad. Su coño se apretaba alrededor de su polla en oleadas.
Carmen se corrió de nuevo, gritando, con el cuerpo tenso y las piernas temblando alrededor de su cintura. Pablo siguió follándola a través del orgasmo, prolongando cada espasmo. Ella lloraba de placer, con la cara roja y el pelo revuelto sobre la almohada. Él la miró, sonrió con deseo, y siguió moviéndose dentro de ella.
Entonces Pablo la giró con cuidado y la puso a cuatro patas en medio de la cama. Le agarró las caderas con fuerza y le separó las nalgas con las manos. Miró su coño abierto, mojado y brillante, y le dio una palmada suave en una nalga. Carmen empujó el culo hacia atrás, pidiéndolo. Él se la metió de golpe, hasta el fondo, y ella gritó de placer.
La folló desde atrás con fuerza, con las caderas golpeando sus nalgas una y otra vez. Carmen se agarró a las sábanas y empujó hacia atrás para encontrarse con cada embestida. Sus pechos colgaban y se balanceaban con el movimiento. Pablo le agarró un pecho con una mano y le pellizcó el pezón mientras la follaba, y ella gimió más fuerte.
Él le susurró al oído cosas sucias, le dijo lo mojada que estaba, lo bien que se sentía su coño apretado alrededor de su polla, lo mucho que llevaba deseando follarla desde que la oyó reír al otro lado de la pared. Carmen se excitó aún más al oírlo. Le pidió que la follara más fuerte, que no se contuviera. Él obedeció, embistiéndola con toda su fuerza.
Carmen sintió el tercer orgasmo acercarse, más intenso que los anteriores. Todo su cuerpo se tensó, su coño se cerró con fuerza alrededor de su polla, y se corrió gritando su nombre, con las piernas flaqueando. Pablo gruñó, salió de ella en el último momento y se corrió sobre su espalda y sus nalgas, con chorros calientes y espesos que le resbalaron por la piel.
Se quedaron quietos un momento, jadeando, con los cuerpos pegados y sudorosos. Pablo le limpió la espalda con una toalla y le besó el hombro. Carmen se dio la vuelta y lo abrazó, riéndose bajito, con la cara todavía colorada. Él le apartó un mechón de pelo con pintura azul de la cara y la besó despacio en los labios.
Se quedaron hablando en voz baja en la cama, con las piernas entrelazadas, hasta que el cielo fuera de la ventana empezó a aclararse. Pablo le dijo que la música ya no le molestaba, que en realidad le gustaba oírla pintar por las noches. Carmen se rio y le dijo que entonces tendría que quejarse más a menudo. Él la besó de nuevo, despacio, y ella sintió que su cuerpo volvía a despertar.
Cuando Pablo se levantó para marcharse, Carmen lo agarró de la mano en la puerta. Le dijo que dejara la puerta de su piso sin cerrar esta noche. Él sonrió, le dio un último beso largo en la boca, y cruzó el pasillo hacia su casa. Carmen cerró su puerta, se apoyó en ella con una sonrisa, y pensó que la próxima queja iba a tardar muy poco en llegar.
La noche siguiente, Carmen dejó la puerta de su piso entornada a propósito y puso música suave, esperando. No tuvo que esperar mucho. Pablo llamó con dos golpes suaves, entró sin pedir permiso y la encontró pintando en bata, con el pelo suelto y nada debajo. Él cerró la puerta despacio, se acercó por detrás y le besó el cuello mientras ella seguía con el pincel en la mano.
Carmen dejó el pincel, se dio la vuelta y le desabrochó la camisa botón a botón. Le besó el pecho, le lamió un pezón y bajó de rodillas delante de él. Le bajó los pantalones, le agarró la polla dura con las dos manos y se la metió en la boca, chupando con ganas, con la lengua recorriendo toda su longitud. Pablo gimió, le agarró el pelo y empujó las caderas despacio.
Él la levantó, la sentó en la mesa del estudio y le abrió las piernas. Le lamió el coño con trazos lentos y profundos, chupándole el clítoris hasta que ella gritó y se agarró al borde de la mesa. Le metió los dedos dentro, moviéndolos rápido, y Carmen se corrió con un grito largo, temblando, con las piernas abiertas y el cuerpo brillante de sudor.
Pablo se colocó entre sus piernas y se la metió de golpe, hasta el fondo. La folló con fuerza sobre la mesa, con los pinceles cayendo al suelo y los papeles arrugándose debajo de ella. Carmen le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo más adentro en cada embestida. Se corrió de nuevo, gritando su nombre, y él se corrió dentro de ella, con un gruñido profundo, quedándose dentro mientras se besaban despacio, con la música sonando bajito alrededor.
Después se quedaron abrazados sobre la mesa, riendo bajito entre papeles arrugados y pinceles caídos, con la respiración todavía agitada y la piel brillante. Carmen le besó la frente, le apartó el pelo de los ojos y le dijo que la próxima vez pintaría su retrato. Pablo sonrió, la besó en los labios y contestó que prefería ser su modelo toda la noche.
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