Relatos Eróticos de la Compañera de Piso: Elena, la Polla de Jorge y Una Noche en Sevilla
Elena dejó las llaves sobre la consola sin hacer ruido porque la voz de Jorge llegaba desde la cocina, baja y segura, como si estuviera contando un secreto que no era para ella. No pensaba escuchar, pero la primera frase la dejó quieta en el pasillo, con la bolsa de la compra colgando del brazo y el corazón dándole un golpe seco. Él hablaba de relatos eróticos de la compañera de piso con una naturalidad que la puso nerviosa y curiosa a la vez, y cada palabra parecía describir su casa, su cocina y su forma de moverse por el piso.
¿En serio me estás diciendo eso ahora? dijo Jorge, riéndose por lo bajo, pues sí, tío, la chica es exactamente así, entra en la cocina en pantalón corto, se sube a un taburete para coger un vaso y yo me quedo mirando cómo se le marca todo. Elena se mordió el labio y no se movió. No era una historia inventada de internet, era ella, era esa misma mañana, era el vaso alto del armario que casi no alcanzaba.
Y luego, siguió él, me imagino que se da la vuelta, me pilla mirando y en vez de enfadarse me dice que si quiero mirar de cerca. Elena sintió calor en la cara y también una chispa rara en el estómago, porque nadie le había hablado así nunca, ni siquiera en broma. Jorge bajó más la voz y describió cómo la sentaba en la encimera, cómo le abría las piernas despacio y cómo ella le pedía que no parara. A Elena se le escapó el aire por la nariz y tuvo que apoyar la mano en la pared para no reírse ni soltar la bolsa.
Cuando Jorge colgó, Elena contó hasta tres y entró en la cocina como si acabara de llegar, hola, dijo, con una sonrisa demasiado inocente. ¿Hablabas con alguien interesante? Jorge se puso rojo de golpe, guardó el móvil en el bolsillo y empezó a recoger un vaso que ya estaba limpio, con un amigo, dijo, cosas de chicos, nada importante. Elena dejó la bolsa en la encimera, se cruzó de brazos y lo miró fijamente hasta que él no pudo sostenerle la mirada.
¿Cosas de chicos? repitió ella, alargando cada sílaba. ¿Como contarle a tu amigo que tu compañera de piso se sube a un taburete en pantalón corto? Jorge abrió la boca y la cerró sin sonido, como si buscara una salida que no existía, elena dio un paso hacia él y bajó la voz a propósito, porque me ha parecido oír algo así, Jorge, y me ha parecido oír también que yo no me enfadaba. ¿Me equivoco?
Él se rió nervioso y se pasó la mano por el pelo, vale, me has pillado, dijo, pero es que desde que me mudé no dejo de pensarlo, Elena, y no sabía cómo decírtelo sin que me echaras del piso, ella se acercó un poco más, lo justo para que él notara su perfume y el roce de su camiseta. Pues podías haberlo dicho directamente, murmuró. A mí me gusta más la gente que dice las cosas a la cara. O que las hace, añadió, y le dejó la frase flotando entre los dos.
Jorge la miró como si no supiera si era una broma o una invitación, y Elena decidió no dejarle dudar más, le puso una mano en el pecho, notó el corazón acelerado bajo la camiseta y subió los dedos despacio hasta su cuello, tú llevas dos semanas mirándome en la cocina, dijo. Yo llevo dos semanas fingiendo que no me doy cuenta. ¿Qué hacemos con eso? Él tragó saliva, le rodeó la cintura con las dos manos y la atrajo hacia sí hasta que sus caderas se tocaron.
Lo primero que hicieron fue besarse de verdad, sin prisa y sin disimulo, con la boca abierta y la lengua buscando la del otro, elena le mordió el labio inferior, él le contestó con un gemido corto y la levantó un poco para sentarla en la encimera, exactamente como en la historia del teléfono. ¿Ves? susurró ella, riéndose contra su boca, ya estás cumpliendo tu fantasía. Jorge le separó las rodillas con las manos y se colocó entre sus piernas, apretando su erección contra el pantalón corto de ella.
Elena le quitó la camiseta por encima de la cabeza y recorrió su pecho con las palmas, deteniéndose en los pezones hasta que él respiró más fuerte, luego le bajó la cremallera del pantalón y metió la mano dentro del bóxer, envolviendo su polla dura y caliente con los dedos. Está dura de verdad, dijo, mirándolo a los ojos. No era solo por teléfono, ¿eh? Jorge echó la cabeza hacia atrás y empujó las caderas hacia su mano, pidiendo más sin decirlo.
Ella bajó de la encimera, se puso de rodillas en la cocina y le bajó el pantalón y el bóxer hasta los tobillos. Le lamió la punta despacio, recogiendo la primera gota con la lengua, y después se la metió en la boca poco a poco hasta que él le puso una mano en el pelo. Elena movió la cabeza con ritmo, apretando los labios alrededor de su polla, subiendo y bajando mientras él gemía y le decía que así, justo así, no pares. Cuando notó que estaba a punto de correrse, ella paró, se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió.
Todavía no, dijo, primero yo, jorge la levantó, la sentó otra vez en la encimera y le quitó el pantalón corto y las bragas de un tirón suave. Le abrió las piernas, se arrodilló delante de ella y le lamió el coño con trazos largos, desde abajo hasta el clítoris, mientras Elena se agarraba al borde de la encimera. Ella jadeó, movió las caderas hacia su boca y le pidió más con la voz rota. Él chupó su clítoris con fuerza, metió dos dedos dentro de ella y los movió en círculos hasta que Elena se corrió temblando, con un grito que se le escapó sin control.
Antes de que se recuperara del todo, Jorge la cogió en brazos y la llevó al dormitorio, con las piernas de ella alrededor de su cintura y la boca de ella pegada a su cuello, la dejó sobre la cama, se quitó lo que le quedaba de ropa y se quedó desnudo delante de ella, con la polla dura y brillante. Elena se quitó la camiseta y el sujetador, se tumbó boca arriba y abrió las piernas para él. Ven aquí, dijo. Quiero sentirte dentro de verdad, no solo en una historia.
Él se colocó encima, apoyó la punta en su entrada mojada y empujó despacio hasta entrar entero, mientras Elena le clavaba las uñas en la espalda. Los dos se quedaron quietos un segundo, mirándose, respirando por la boca, acostumbrándose a esa presión llena y caliente. Luego Jorge empezó a moverse, primero despacio y profundo, después más rápido, con las caderas marcando un ritmo que hacía que la cama crujiera. Elena le rodeó la cintura con las piernas y empujó hacia él en cada embestida, pidiéndole que no aflojara.
Cuando ella notó que estaba cerca otra vez, le pidió que cambiara de postura, date la vuelta, dijo, y se puso a cuatro patas en medio de la cama, con la espalda arqueada y el culo levantado hacia él. Jorge se colocó detrás, le agarró las caderas con fuerza y entró de nuevo de un empujón profundo que le arrancó un gemido largo. La folló así, duro y constante, con una mano en su cintura y la otra bajando hasta su clítoris para frotarlo al mismo ritmo. Elena gritó su nombre, apretó las sábanas con los puños y se corrió con el cuerpo entero temblando.
Jorge siguió unos segundos más, con las embestidas cada vez más descontroladas, hasta que se corrió dentro de ella con un gemido grave y se dejó caer a su lado, sudando y respirando como si hubiera corrido una carrera, se quedaron abrazados en silencio, con las piernas enredadas y la piel pegajosa, escuchando el ruido de la calle de Sevilla que entraba por la ventana abierta. Elena le pasó un dedo por el pecho y sonrió. Tu amigo del teléfono no sabe ni la mitad, dijo. Jorge se rió y le besó la frente.
Después de un rato salieron al balcón con dos vasos de agua, desnudos bajo una camiseta larga que Elena le había prestado, y se sentaron en las sillas mirando los tejados, el aire de la noche les secaba el sudor y la conversación volvía sola al momento en que ella lo había escuchado. ¿Y si no hubiera entrado en ese momento? preguntó Jorge, elena se encogió de hombros y le rozó la rodilla con el pie. Pues seguirías contando historias por teléfono, dijo, y yo seguiría fingiendo que no te oía.
Pero Jorge no se quedó quieto mucho tiempo. Le quitó la camiseta prestada, la sentó sobre sus rodillas en la silla del balcón y volvió a besarle el cuello mientras sus manos subían por sus muslos. Elena se rió bajito porque algún vecino podía verlos, pero no hizo nada para pararlo, y en realidad esa idea la excitó más. Se movió sobre él, guió su polla otra vez dura hasta su entrada y bajó despacio hasta sentirlo entero dentro, con las manos apoyadas en sus hombros.
Más tarde salieron al balcón y se durmieron abrazados en la cama de Elena, con la ventana entreabierta y la ciudad todavía sonando abajo, y durante la noche se despertaron dos veces solo para besarse y volver a dormirse, por la mañana, la luz entró por la persiana y Jorge se despertó primero, mirando a Elena dormida con el pelo revuelto y la sábana bajada hasta la cintura. Le besó el hombro, ella se movió y abrió los ojos con una sonrisa lenta. Buenos días, compañera de piso, dijo él. Buenos días, cotilla del teléfono, contestó ella.
La mañana empezó sin prisas, con besos en la cama y las manos volviendo a recorrer lo que ya conocían de la noche anterior. Elena se puso encima de Jorge, le quitó el bóxer con calma y le lamió la polla hasta dejarla dura otra vez, disfrutando de ver cómo él cerraba los ojos y se dejaba hacer. Después se colocó sobre él, bajó despacio y empezó a moverse con un ritmo suave, con las manos en su pecho y el pelo cayéndole sobre la cara. Jorge le agarró las caderas, le pellizcó los pezones con suavidad y empujó hacia arriba para encontrarse con cada movimiento suyo.
Después desayunaron en la cocina, de verdad esta vez, con café, tostadas y la encimera ya limpia, riéndose cada vez que uno de los dos miraba el taburete del armario alto. ¿Y ahora qué? preguntó Jorge, con la taza en la mano, elena se apoyó en la encimera, se cruzó de brazos y lo miró con esa sonrisa que ya era solo para él, ahora vivimos aquí, dijo, y si vas a contarle algo a tu amigo por teléfono, más te vale que sea verdad. Jorge se acercó, la besó en la boca y le susurró que la próxima historia la escribirían juntos, en esa misma cocina, esa misma noche.
Esa misma noche, cuando Jorge volvió del trabajo, Elena ya lo estaba esperando en la puerta del baño con una toalla en la mano y una sonrisa que él conocía muy bien. Sin decir nada, le quitó la camiseta, le bajó el pantalón y lo empujó suavemente hacia la ducha, mientras el agua caliente empezaba a caer sobre los dos. Elena se pegó a su espalda, le pasó las manos enjabonadas por el pecho y bajó despacio hasta su polla, que se puso dura entre sus dedos en pocos segundos.
Jorge se dio la vuelta, la apoyó contra la pared de azulejos y la besó con fuerza mientras el agua les corría por la cara y el pelo. Le levantó una pierna, la rodeó con su cintura y entró en ella despacio, mirándola a los ojos mientras el agua caliente caía sobre sus hombros. Elena gimió contra su boca, movió las caderas hacia él y le pidió que fuera más fuerte, sin importarle que el ruido del agua no tapara del todo sus gemidos.
Él la folló contra la pared con embestidas profundas y constantes, con una mano en su cintura y la otra en su culo, apretándola contra él en cada movimiento. Elena le rodeó el cuello con los brazos, le mordió el hombro para no gritar y sintió cómo el placer le subía por todo el cuerpo hasta que se corrió temblando, con las piernas flojas y la respiración entrecortada. Jorge siguió un poco más, con el agua cayendo sobre los dos, hasta que se corrió dentro de ella con un gemido largo y la abrazó fuerte para que no resbalara.
Se quedaron un rato bajo el agua, abrazados y riéndose bajito, con la frente apoyada uno contra el otro y las manos todavía recorriendo la piel mojada. Elena cerró el grifo, le pasó la toalla por los hombros y le susurró que esa ducha, a partir de ahora, era su lugar favorito de todo el piso. Jorge la besó en la frente, la envolvió en la toalla y la llevó en brazos hasta la cama, donde se quedaron dormidos juntos, todavía con el pelo húmedo y la piel caliente.
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