Compañera de universidad relato erótico: dos horas en la biblioteca
Toda estudiante guarda una compañera de universidad relato erótico entre sus recuerdos, aunque solo lo cuente en voz baja y entre amigas de mucha confianza. El mío huele a papel viejo, a lluvia de octubre y a la piel de Nerea.
Eran las nueve menos cinco de una tarde gris cuando el guarda asomó la cabeza en la sala de estudio de la biblioteca de la facultad. "Cerramos en diez minutos, chicas. Vayan recogiendo."
Nerea y yo nos miramos por encima de los apuntes de Historia Moderna. Llevábamos tres horas empollando y el examen era al día siguiente. Ninguna de las dos tenía intención de irse.
"Cinco minutos más." Le supliqué al guarda con mi mejor cara. "Es que mañana nos jugamos la asignatura."
El hombre suspiró. "Cinco minutos. Ni uno más."
Volvimos a los apuntes, pero a los dos minutos un estruendo metálico nos hizo dar un respingo. Las persianas automáticas de la biblioteca estaban bajando, una tras otra, con un ruido de fin del mundo.
"¿Qué pasa?" Nerea se levantó de un salto. Corrimos a la puerta principal y la encontramos cerrada.
Golpeé el cristal, pero el guarda ya no estaba. Solo se oía la lluvia golpeando las ventanas altas.
"Nos hemos quedado encerradas." Lo dije en voz alta para creérmelo. Nerea se rio, nerviosa.
"No puede ser. Tiene que haber otra salida."
Recorrimos la biblioteca entera: la puerta de emergencia estaba bloqueada por fuera, las ventanas tenían rejas, y el teléfono de la entrada no tenía línea. Estábamos solas en un edificio de tres plantas lleno de libros.
"El guarda hace la ronda a las diez." Recordé el cartel de la entrada. "Faltan dos horas." Nos miramos en la penumbra de la sala de estudio, con solo las luces de emergencia encendidas, y nos echamos a reír.
"Dos horas encerradas contigo." Nerea se dejó caer en su silla. "Podría ser peor."
¿Sí?" "Podría haberme tocado estudiar con Álvaro, que huele a bocadillo. "Nos reímos más fuerte, y la risa nos soltó los nervios."
Volvimos a los apuntes por inercia, sentadas muy juntas en la misma mesa larga. Fuera, la tormenta arreciaba y los truenos retumbaban entre las estanterías. Dentro, solo se oía el pasar de las páginas.
"Lee esto." Nerea me pasó su libro abierto por un capítulo sobre el amor cortés. "Escucha: 'la dama entrega a su amante una prenda como promesa'."
Me miró por encima del libro. "¿Tú qué prenda entregarías?"
No sé. ¿Un mechero?" "Qué romántica.
"Se rio y me dio un golpecito con el pie por debajo de la mesa. Nuestros tobillos se quedaron tocándose, y ninguna apartó el suyo."
Seguimos estudiando, pero yo ya no veía las letras. Notaba su tobillo contra el mío, su hombro rozando el mío cada vez que se inclinaba sobre los apuntes, su perfume mezclado con el olor a libro viejo.
"Carla." Su voz sonó distinta, más baja. Levanté la vista y la encontré mirándome fijamente, con el libro olvidado.
"¿Alguna vez has pensado...?" No terminó la frase.
"¿Pensado qué?" "Esto." Se inclinó sobre la mesa y me besó.
Fue un beso torpe al principio, de sorpresa, con los labios apenas rozándose. Luego me tomó la cara entre las manos y el beso se hizo hondo.
Sabía a chicle de menta y a nervios. Le devolví el beso sin pensar, y mi mano subió sola hasta su nuca. Cuando nos separamos, las dos respirábamos deprisa.
"¿Desde cuándo...?" "Desde primero de carrera." Sonrió, avergonzada.
"Desde que te vi discutir con el profesor de Medieval en clase. Me pareciste la tía más interesante del mundo."
¿Y no me habías dicho nada en dos años?" "¿Y tú? "Me retó." Porque tú también me miras en clase, no te creas que no me he dado cuenta.
Era verdad. La había mirado cien veces, en los pasillos, en la cafetería, inventando excusas para sentarme cerca. Nos habíamos estado mirando dos años sin atrevernos.
La besé otra vez, esta vez sin sorpresa, con ganas. Nos levantamos de la mesa sin separar los labios y fuimos retrocediendo entre las estanterías, hasta la sección Q, la más alejada, donde nadie nos vería ni aunque hubiera alguien.
La apoyé contra los lomos de los libros y la besé en el cuello. Olía a lluvia y a su champú. Mis manos bajaron por su cintura y se colaron bajo su jersey, encontrando su piel caliente.
"¿Y si viene el guarda?" Susurró, pero no me apartó. Al contrario: sus manos ya estaban bajo mi camiseta, explorándome.
"Falta una hora y media. Y hace mucho ruido al andar, lo oiremos."
Le quité el jersey por la cabeza y me quedé mirándola a la luz tenue de emergencia. Llevaba un sujetador de encaje azul que le marcaba los pechos. La desabroché con dedos torpes y lo dejé caer al suelo, entre los libros.
Tomé sus pechos en mis manos, asombrada de lo suaves que eran, y bajé la boca hasta un pezón. Lo lamí despacio y ella gimió, echando la cabeza hacia atrás contra los libros. "Carla..."
Pasé al otro pezón mientras mis manos bajaban hasta sus vaqueros. Se los desabroché yo misma, con su ayuda, y los dejé caer hasta sus tobillos junto con las braguitas. Se quedó desnuda entre las estanterías, temblando.
Me arrodillé delante de ella sobre el suelo frío de la biblioteca y le separé las piernas con las manos. La besé por dentro de los muslos, subiendo despacio, notando cómo se tensaba con cada beso.
Cuando mi lengua la encontró, soltó un gemido que tuvo que ahogar mordiéndose el puño. Sabía a mujer, a deseo, a dos años de miradas contenidas. La lamí sin prisa, aprendiendo lo que le gustaba por sus reacciones.
Sus manos se enredaron en mi pelo y me guiaron. "Ahí... sí, ahí..." Su cuerpo se movía contra mi boca, buscando más, y yo le di más, con la lengua y con dos dedos que entraron en ella despacio.
Se corrió mordiéndose el puño para no gritar, con un temblor que le sacudió las piernas. Tuve que sujetarla por las caderas para que no se cayera entre los libros. Se dejó caer contra la estantería, jadeando.
"Dios mío." Se rio, temblorosa. "En la sección Q."
Mi madre me mata." "Tu madre no se va a enterar. "Me puse de pie y la besé, dejándole probar su propio sabor en mis labios."
Ella me quitó la camiseta de un tirón y me desabrochó el sujetador con una facilidad insultante. "¿Ves? Dos años mirándote y ya sabía cómo quitarte esto." Sus manos en mis pechos me hicieron gemir.
Me dio la vuelta y me apoyó contra la estantería, de espaldas a ella. Sentí su boca en mi cuello y sus manos bajando por mi vientre hasta colarse en mis vaqueros. "¿Te gusta?"
Mucho. "Me bajó los vaqueros y las braguitas hasta las rodillas y su mano encontró lo que buscaba. Me acarició con una destreza que me dejó sin aliento, dibujando círculos exactos donde más lo necesitaba."
Me mordí el labio para no gemir demasiado alto. Sus dedos entraron en mí mientras su otra mano me acariciaba un pecho, y su boca seguía en mi cuello, besándome, mordiéndome suave.
Me corrí contra los libros de la sección Q, temblando, con su mano todavía dentro de mí. Su voz en mi oído me susurraba que me quedara quieta, que ya pasaba, que qué bonito había sido.
Nos quedamos abrazadas entre las estanterías, desnudas de cintura para abajo, riéndonos bajito. "Hemos suspendido Historia Moderna." "Que le den a Historia Moderna." Nos besamos, felices.
Recogimos la ropa del suelo y nos vestimos a medias, con las mejillas ardiendo. Volvimos a la sala de estudio, pero ninguna de las dos tenía ya la cabeza en los apuntes. Nerea no dejaba de mirarme y sonreír.
"Ven." Me tomó de la mano y me llevó hasta la mesa grande del centro de la sala. De un manotazo apartó los libros a un lado y me sentó en el borde.
"Otra vez. Aquí hay más sitio."
Me tumbé bocarriba sobre la mesa fría y ella se colocó entre mis piernas. Me bajó los vaqueros del todo y me los quitó, dejándolos caer al suelo. Volvió a besarme por dentro de los muslos, más segura esta vez.
Me lamió con calma, sin la urgencia de antes, como si tuviéramos toda la noche. Y la teníamos: faltaba casi una hora para la ronda. Sus dedos volvieron a entrar en mí al ritmo de su lengua.
Le agarré la cabeza con las dos manos y me arqueé sobre la mesa. Los libros que quedaban en el borde cayeron al suelo con golpes sordos. Me corrí con un gemido largo que rebotó entre las estanterías vacías.
Entonces oímos un ruido: un tintineo metálico, lejano, como de llaves. Nos quedamos heladas, yo tumbada en la mesa y ella entre mis piernas, sin respirar. El ruido se alejó pasillo abajo y se perdió.
"¿Era...?" "El viento. O una tubería."
Nerea se rio, nerviosa, y me ayudó a incorporarme. "Creo que me ha dado un microinfarto."
A mí me ha dado algo mejor. "La besé, todavía temblorosa. Nos vestimos deprisa esta vez, bien, y recogimos los libros del suelo intentando dejarlo todo como estaba."
A las diez menos cinco oímos la llave en la puerta principal y la voz del guarda refunfuñando. "¿Hay alguien? ¡La biblioteca está cerrada!" Salimos de la sala de estudio con los apuntes bajo el brazo y cara de circunstancias.
"¿Ustedes qué hacen aquí?" El guarda nos miró como si fuéramos fantasmas. "Nos quedamos dentro sin querer."
Dijo Nerea, muy seria. "Estábamos estudiando y no oímos el aviso."
El hombre resopló y nos abrió, no sin antes soltarnos una charla sobre la responsabilidad y los horarios. Salimos a la noche lluviosa muertas de risa en cuanto doblamos la esquina.
"Hemos aprobado." Dijo Nerea, parándose bajo un portal. "¿El examen?"
"No, tonta. Nosotras. Llevamos dos años suspensas en esto y por fin hemos aprobado."
Nos besamos bajo la lluvia, sin importarnos quién pasara. Fue un beso distinto a los de la biblioteca: tranquilo, público, sin miedo. Su mano buscó la mía y entrelazamos los dedos.
A la mañana siguiente, en clase de Historia Moderna, el profesor repartió los exámenes y yo no me acordaba de ni la mitad. Nerea, dos pupitres más allá, me pasó una nota doblada sin mirarme.
La abrí bajo el pupitre: "esta noche, en mi piso. Trae el libro de historia." La miré y ella seguía copiando apuntes como si nada, pero sonreía.
Le devolví la nota con una línea mía debajo: "llevo el libro. Y me quedo a dormir."
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