Relatos Eróticos de Universitarias: La Habitación de Valentina
«¿Me pasas el libro o prefieres que vaya yo a buscarlo?» La voz de Marcos sonó justo detrás de ella, tan cerca que Valentina notó su aliento en la nuca. Así empiezan muchos relatos eróticos de universitarias en Madrid: con una excusa tonta, una puerta entreabierta y dos cuerpos que llevan semanas buscándose con la mirada.
Valentina tenía veintiún años, cursaba tercero de Filología en la Complutense y compartía piso con dos compañeras en Malasaña. Aquella noche las dos estaban fuera, una de fiesta y la otra en casa de su novio, y el piso se había quedado en un silencio espeso que solo rompía el zumbido de la nevera. Marcos, el vecino del cuarto B, había llamado a la puerta con un libro de poesía en la mano y una excusa que ninguno de los dos se creyó del todo.
«Pasa», le dijo ella, apartándose. Llevaba un pantalón corto de algodón y una camiseta vieja que dejaba ver más de lo que pretendía. No era casualidad. Desde hacía semanas, cada vez que se cruzaban en el rellano, las miradas duraban un segundo de más.
Marcos dejó el libro sobre la mesa del salón y la miró de arriba abajo sin disimular. «Bonita camiseta», dijo con una sonrisa torcida.
«Es de mi hermano. Me queda grande», respondió ella, aunque los dos sabían que la camiseta era suya y que la había elegido a propósito. Se sentó en el sofá y dio unas palmaditas en el cojín de al lado. «Siéntate. Cuéntame qué poesía traes.»
Él se sentó tan cerca que sus muslos se rozaron. Abrió el libro por una página marcada y leyó en voz baja un poema de amor antiguo, de esos que hablan de cuerpos y de noches. Mientras leía, su mano libre se apoyó en el sofá, justo al lado de la cadera de Valentina, y ella sintió el calor subirle por el vientre.
«¿Te gusta?» preguntó él al terminar.
«Me gusta cómo lo lees», contestó ella, y antes de que él pudiera responder, Valentina se inclinó y le besó. Fue un beso corto, de prueba, con los labios apenas húmedos. Marcos se quedó quieto un instante, sorprendido, y luego la agarró por la cintura y la atrajo hacia él con fuerza.
El segundo beso no tuvo nada de tímido. Sus lenguas se encontraron y ella gimió bajito contra su boca. La mano de Marcos subió por su espalda, bajo la camiseta, y sus dedos ásperos le recorrieron la piel desnuda. Valentina se estremeció y se apretó más contra él, sintiendo contra su muslo el bulto duro que crecía en los vaqueros de él.
«Las chicas no están», susurró ella entre besos. «Tenemos toda la noche.»
«Entonces no perdamos ni un minuto», respondió él, y le quitó la camiseta de un tirón.
Los pechos de Valentina quedaron al aire, firmes y redondos, con los pezones duros por el deseo. Marcos los miró con hambre y bajó la cabeza para tomar uno en su boca. Lo lamió despacio, en círculos, y luego lo succionó con fuerza mientras su mano amasaba el otro pecho. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, clavándole las uñas en los hombros.
«Más», pidió, casi sin voz. «No pares.»
Él obedeció. Sus manos bajaron por su cintura hasta el pantalón corto y se lo bajaron junto con las bragas, despacio, saboreando cada centímetro de piel que descubría. Valentina quedó desnuda en el sofá, con las piernas ligeramente abiertas, y Marcos se arrodilló delante de ella en el suelo.
«Eres preciosa», dijo, y sin más preámbulos hundió la cara entre sus muslos.
Su lengua encontró el coño de Valentina, caliente y mojado, y empezó a lamerla con movimientos largos y seguros. Ella gritó de placer y se agarró al borde del sofá. La lengua de Marcos jugaba con su clítoris, lo rodeaba, lo presionaba, y cada movimiento le arrancaba un gemido más alto. Valentina movía las caderas contra su boca, desesperada, sintiendo cómo el placer crecía dentro de ella como una ola.
«Voy a correrme», jadeó. «No pares, por favor, no pares.»
Marcos no paró. Metió dos dedos dentro de ella mientras seguía lamiéndola, y Valentina explotó en un orgasmo brutal que la dejó temblando y gritando su nombre. Su cuerpo se arqueó en el sofá y el placer la recorrió en oleadas hasta dejarla sin aliento.
Cuando por fin se calmó, lo miró con los ojos brillantes. «Ahora te toca a ti», dijo, y se puso de rodillas en el suelo frente a él.
Le desabrochó los vaqueros con dedos temblorosos y le sacó la polla, dura y gruesa, palpitante de deseo. La miró un momento, admirándola, y luego la tomó en su boca. Marcos soltó un gruñido grave y le puso una mano en la nuca, guiándola. Valentina la chupó con ganas, moviendo la cabeza adelante y atrás, lamiendo la punta cada vez que salía, sintiendo cómo él se ponía más duro en su boca.
«Para», dijo él de pronto, apartándola con suavidad. «Si sigues así me corro en tu boca, y quiero correrme dentro de ti.»
La levantó del suelo y la llevó en brazos hasta su habitación. En el pasillo, con ella aún desnuda entre sus brazos, se detuvo y la besó de nuevo, largo y profundo, apretándola contra la pared. Valentina sintió su polla dura contra el vientre y se frotó contra él, impaciente, gimiendo en su boca.
«Tranquila», susurró él, riendo contra sus labios. «Tenemos toda la noche, ¿recuerdas?»
«No quiero tranquilidad», respondió ella, mordiéndole el labio inferior. «Quiero que me folles hasta que no pueda andar.»
La tumbó en la cama, sobre las sábanas revueltas de la mañana, y se quitó la ropa de prisa. Su cuerpo era atlético, con el pecho ancho y los abdominales marcados, y Valentina lo recorrió con la mirada, hambrienta.
Marcos se tumbó sobre ella y la besó con pasión mientras su polla se deslizaba entre sus muslos, rozando su coño mojado. Ella abrió las piernas y lo rodeó con ellas, atrayéndolo hacia dentro. Él empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro de ella. Los dos gimieron al unísono.
«Estás tan mojada», susurró él, empezando a moverse. «Tan caliente.»
La folló con un ritmo lento al principio, profundo, sacándola casi entera y volviendo a entrar hasta el fondo. Valentina se movía con él, levantando las caderas para recibir cada embestida, y sus pechos botaban con cada movimiento. Él bajó la cabeza y le mordisqueó un pezón mientras seguía follándola, y ella gritó de placer.
El ritmo se aceleró. La cama crujía bajo ellos y sus cuerpos chocaban con un sonido húmedo y obsceno que los excitaba aún más. «Más fuerte», le pidió ella. «Fóllame más fuerte.»
Marcos la obedeció y empezó a embestirla con fuerza, hundiéndose en ella una y otra vez. Valentina sintió que otro orgasmo se acercaba, más grande que el primero, y se aferró a su espalda con las uñas.
«Córrete conmigo», le rogó. «Quiero sentirte dentro.»
Él asintió, incapaz de hablar, y aceleró aún más. Los dos llegaron al clímax al mismo tiempo, en una explosión de placer que los dejó gritando y temblando, abrazados, sudorosos, con los corazones latiendo desbocados.
Se quedaron quietos un rato, recuperando el aliento, con la polla de él aún dentro de ella, latiendo despacio. Valentina le acarició la espalda con las yemas de los dedos y sonrió.
«El libro era una excusa, ¿verdad?» preguntó.
«La peor excusa del mundo», admitió él, riendo. «Pero ha funcionado.»
«¿Y el poema?»
«El poema era de verdad. Pensé que te gustaría.»
Ella lo besó en los labios, despacio, con ternura. «Me ha gustado todo. Pero ahora quiero más.»
«¿Más?» Marcos arqueó una ceja. «¿No has tenido suficiente, universitaria?»
«Ni de lejos», respondió Valentina, y se dio la vuelta en la cama, poniéndose a cuatro patas frente a él, con el culo en alto. «Ven aquí y demuéstrame lo que sabes hacer.»
Marcos no necesitó que se lo pidiera dos veces. Se arrodilló detrás de ella y la penetró de un solo empujón, hundiéndose hasta el fondo. Valentina gritó de placer y se agarró a las sábanas. Él la agarró por las caderas y empezó a follarla con fuerza, con un ritmo salvaje que hacía que sus pechos se balancearan y su culo chocara contra él con cada embestida.
«Así», jadeó ella. «No pares, no pares.»
Una de sus manos bajó hasta su clítoris y empezó a frotarlo al ritmo de las embestidas. El placer se duplicó, se triplicó, y Valentina sintió que se acercaba a otro orgasmo, más intenso que los anteriores. Sus muslos temblaban y su voz se rompía en gemidos.
«Me corro», gritó. «¡Me estoy corriendo!»
Su coño se contrajo alrededor de la polla de Marcos en espasmos violentos, y él, incapaz de aguantar más, se corrió dentro de ella con un rugido, llenándola por completo. Se desplomó sobre su espalda, abrazándola, y los dos quedaron tumbados en la cama, jadeantes, empapados en sudor.
Valentina se dio la vuelta entre sus brazos y lo miró a los ojos. «¿Sabes qué? Creo que voy a suspender Filología. No voy a poder concentrarme en nada que no seas tú.»
Marcos rio y la besó en la frente. «Entonces tendré que darte clases particulares. Todas las noches.»
«Trato hecho», susurró ella, y se acurrucó contra su pecho, sintiendo el latido de su corazón bajo la mejilla. Fuera, en el rellano, alguien llamó a la puerta del cuarto B y no obtuvo respuesta. Dentro del piso, en la habitación de Valentina, empezaba una historia que ninguno de los dos quería que terminara.
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