Relatos Eróticos en la Universidad: El Cuaderno de la Biblioteca
Marta encontró el cuaderno entre dos libros de poesía en la biblioteca de la universidad de Valencia, y al abrirlo vio su propio nombre escrito con una letra cuidada en la primera página. "Si alguien escribiera relatos eróticos en la universidad, empezaría con un cuaderno como este," pensó, y el corazón le golpeó el pecho con fuerza. El cuaderno era de Alejandro, el profesor ayudante de literatura de veintinueve años, y cada página hablaba de ella.
Marta tenía veintitrés años y estaba en el último curso de literatura. Alejandro no era mucho mayor que ella, y sus clases eran las más populares de la facultad porque hablaba de los libros como si fueran cartas de amor. Marta llevaba meses sentándose en la primera fila, y Alejandro llevaba meses mirándola un segundo más de lo necesario cuando ella levantaba la mano.
Esa tarde, Marta esperó hasta que la biblioteca quedó casi vacía. Alejandro estaba ordenando libros en la última estantería, y ella se acercó con el cuaderno en la mano. "Profesor, creo que esto es suyo," dijo, y le tendió el cuaderno. Alejandro se puso pálido, y luego sonrió con nervios. "Marta, puedo explicarlo," dijo, pero Marta negó con la cabeza y dijo, "No explique nada, solo dígame si todo esto es verdad."
Alejandro la miró a los ojos y dijo, "Todo es verdad, cada palabra." Marta sintió que las piernas le temblaban, y en lugar de apartarse, se acercó un paso más. Entre las estanterías, con el olor a papel viejo alrededor, Alejandro la besó. El primer beso fue lento y cuidadoso, como si ambos comprobaran si el otro se apartaría. Ninguno lo hizo.
Las manos de Marta fueron a sus hombros, y las manos de Alejandro se posaron en su cintura, atrayéndola hasta que su cuerpo se pegó al suyo. Marta sintió el calor de su pecho contra el suyo, y el beso se hizo más profundo. Su lengua chocó con la de él, y una ola recorrió el cuerpo de Marta.
De la biblioteca pasaron a su despacho, una habitación pequeña con una ventana que daba al patio. Alejandro cerró la puerta con llave, y Marta se sentó sobre su mesa. Él le quitó la blusa con cuidado, y sus pechos quedaron libres, redondos y suaves, con los pezones duros. Alejandro tomó un pecho en su boca, jugando con el pezón con la lengua, y Marta arqueó la espalda, con los dedos en su pelo.
Alejandro apretó el otro pecho con la mano, y el cuerpo de Marta empezó a temblar de deseo. Marta le quitó la camisa, y pasó las manos por su pecho ancho. Alejandro le bajó la falda, y su coño estaba mojado y caliente, brillando. La tocó con el dedo, y Marta abrió más las piernas. Sus jugos fluían, y Alejandro metió dos dedos dentro de ella.
Marta gimió su nombre, y su cuerpo se retorció sobre la mesa. Alejandro curvó los dedos, y el primer orgasmo de Marta llegó rápido, su cuerpo temblando, sus dientes hundiéndose en su hombro. Luego Alejandro liberó su polla, dura y larga, y la frotó contra su coño. Marta rodeó su cintura con las piernas y dijo, "Alejandro, métela ahora, y no pares."
Alejandro empujó con una embestida profunda, y Marta gritó, luego rio y besó sus labios. Alejandro empezó a embestir, primero despacio, luego más rápido. Con cada embestida, los pechos de Marta rebotaban, y sus gemidos llenaban el despacho. Alejandro levantó sus piernas sobre sus hombros, y la profundidad aumentó. Marta dijo, "Más fuerte, Alejandro, más fuerte," y Alejandro aumentó el ritmo.
Después de un rato, Alejandro dio la vuelta a Marta y la tomó por detrás, a cuatro patas sobre la mesa. Su culo redondo estaba frente a él, y entró en su coño por detrás. Marta enterró la cara en unos libros y gimió, y Alejandro le agarró el pelo mientras embestía. La profundidad era aún mayor en esta postura, y el segundo orgasmo de Marta llegó rápido, su cuerpo temblando, su coño agarrando su polla con fuerza.
Alejandro también aceleró el ritmo, y después de unas embestidas profundas, su semen llenó el coño de Marta. Ambos cayeron sobre la mesa, sudando, y Marta apoyó la cabeza en su pecho y dijo, "Alejandro, esto es solo el principio." Alejandro le acarició el pelo, y se quedaron en silencio, escuchando la respiración del otro.
A la mañana siguiente, en la cafetería, Marta abrazó a Alejandro por detrás y le susurró al oído, "¿Cómo estuvo el profesor de anoche?" Alejandro rio y la besó, y desde ese día, una nueva relación se formó entre ellos, escondida, pero creciendo cada día. De día se comportaban como profesor y alumna, pero de noche las puertas se cerraban.
La tercera noche, Marta probó algo nuevo. Le vendó los ojos a Alejandro y tomó su polla en su boca. Su lengua giró alrededor de la punta, y Alejandro le agarró el pelo. Marta tomó poco a poco toda la polla en su boca, y una ola recorrió el cuerpo de Alejandro. Él empezó a follar su boca con suavidad, y Marta le siguió el ritmo, con los ojos llorosos, pero sin detenerse.
Cuando se quitó la venda, Alejandro pegó a Marta contra la pared. Levantó una de sus piernas, y de pie, metió su polla en su coño. La espalda de Marta estaba contra la pared, y con cada embestida, sus pechos rozaban su pecho. Marta le besó el cuello, le mordió la oreja, y dijo, "Alejandro, eres mejor que todos mis exámenes." Alejandro, al oír esto, la folló con más fuerza, y Marta llegó al orgasmo, agarrándolo con fuerza.
Una tarde, Marta le preparó a Alejandro su café favorito, y mientras lo tomaban, puso su pie sobre su pierna debajo de la mesa. Alejandro la miró, y Marta le guiñó un ojo con picardía. Después del café fueron al despacho, y Marta tumbó a Alejandro sobre la mesa y se sentó encima de él. Movió su cuerpo despacio, y la polla de Alejandro entró profundamente en su coño. Marta puso las manos en su pecho, y controló el ritmo ella misma, a veces rápido, a veces despacio, hasta que ambos llegaron juntos.
Cuando el curso se acercaba a su fin, Marta le dijo a Alejandro, "Cuando me gradúe, ¿qué pasará con nosotros?" Alejandro le tomó la mano y dijo, "Marta, entonces ya no seré tu profesor, y podremos tomarnos ese café en público." Marta sonrió y dijo, "Recuerda esa promesa, profesor."
La última noche, se saborearon por completo. Alejandro besó cada parte del cuerpo de Marta, su cuello, sus pechos, su cintura, y lamió su coño con la lengua hasta que su cuerpo tembló tres veces. Luego la folló despacio y profundamente, y ambos llegaron juntos. Marta le susurró al oído, "Alejandro, eres mi primer y último profesor."
Una tarde, Marta llevó un vestido nuevo, de color rosa, y Alejandro la miró y dijo, "Marta, hoy pareces la luna." Marta se sonrojó y dijo, "Profesor, la luna solo brilla de noche." Alejandro la atrajo hacia sí y empezó a besarle el cuello. La respiración de Marta se aceleró, y le desabrochó la camisa. Ambos cayeron sobre la mesa, y Alejandro le quitó el vestido, besó sus pechos, lamió su coño, y luego la folló despacio hasta que ambos llegaron juntos.
Otra noche, en la azotea bajo las estrellas, Marta y Alejandro estaban sentados. El aire era fresco, y Marta apoyó la cabeza en el hombro de Alejandro. Alejandro le tomó la mano y jugó con sus dedos. Marta lo miró y dijo, "Profesor, mira las estrellas, qué bonitas son." Alejandro dijo, "Marta, tú eres más bonita que las estrellas." La tumbó en la azotea, le abrió las piernas, y metió su polla en su coño. Bajo las estrellas, al aire libre, se sintieron por completo, y cuando ambos llegaron, Marta abrazó a Alejandro y dijo, "Nunca olvidaré esta noche."
Una mañana en la cafetería, Marta preparaba café cuando Alejandro llegó y se puso detrás de ella. Le puso las manos en la cintura, y Marta se giró y lo besó. Alejandro le levantó la falda, y la folló allí mismo, junto a la barra, rápido y profundo, hasta que ambos llegaron. Marta rio y dijo, "Profesor, el café se enfriará," y Alejandro dijo, "Marta, el café se puede calentar, esta mañana no volverá."
Una noche, Marta llamó a Alejandro a su propia casa, diciendo que una blusa necesitaba un arreglo. La casa estaba vacía, y en cuanto Marta cerró la puerta, abrazó a Alejandro. Fueron al dormitorio, y Alejandro le abrió la blusa, besó su cuerpo, la tumbó en la cama, y la folló despacio. Los gemidos de Marta resonaron por toda la casa, y cuando ambos llegaron, Marta le dijo a Alejandro, "Profesor, en casa te sientes aún mejor."
Por la mañana, cuando la maleta de Marta estaba lista para las vacaciones, ella dejó una nota pequeña en el cuaderno de Alejandro. Decía, "Profesor, cuando vuelva el curso, le esperaré en la biblioteca, en la última estantería." Alejandro leyó la nota, la guardó en el bolsillo, y miró hacia la puerta, donde Marta estaba sonriendo.
A la mañana siguiente, Marta estaba en la azotea de la facultad, mirando el patio, cuando Alejandro subió. La azotea estaba vacía, y Marta dijo con picardía, "Profesor, ya es de día, no es de noche." Alejandro rio y la atrajo hacia la barandilla, apretando sus pechos sobre la blusa.
La respiración de Marta se aceleró, y besó sus labios. Alejandro le levantó la falda y metió su polla en su coño, de pie, detrás de la barandilla. Con cada embestida, sus pechos rebotaban, y ella apoyaba la cara en su hombro, gimiendo en voz baja.
Alejandro le agarró la cintura y aumentó el ritmo hasta que el cuerpo de Marta tembló y llegó al orgasmo. Luego Alejandro también llegó, y ambos se separaron riendo, como si nada hubiera pasado. Marta volvió a mirar el patio, y Alejandro bajó a buscar café.
Luego Alejandro apartó a Marta de la barandilla y la pegó contra la pared de la azotea, besando sus pechos otra vez. La respiración de Marta se aceleró de nuevo, y tomó su polla en la mano y la acarició hasta que estuvo dura otra vez. Alejandro la pegó contra la pared y la folló otra vez, despacio y profundo, y el cuerpo de Marta tembló otra vez.
Le llevó el café y le susurró al oído, "Marta, la diversión de la mañana no es menor que la de la noche." Marta sonrió y bebió su café, y desde ese día, cada mañana le parecía aquella mañana. Miró a Alejandro, y una esperanza nueva despertó en su corazón, que cada mañana sería igual de bonita, y cada noche igual de caliente.
A la mañana siguiente, Marta llamó a Alejandro otra vez a la azotea, y disfrutaron otro encuentro rápido detrás de la barandilla. Alejandro la pegó contra la pared, le levantó la falda, y la folló rápidamente hasta que ambos se separaron, jadeando. Marta rio y dijo, "Profesor, esta regla de la mañana ya se ha hecho diaria."
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