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Relatos eróticos de profesoras: la clase después de clase

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Estos relatos eróticos de profesoras siempre me parecieron fantasías imposibles hasta aquella tarde de octubre en la que la profesora Elena Vargas me dijo, con la puerta del aula ya cerrada: "Marco, quédate. Tenemos que hablar de tu examen." Su voz sonaba distinta, más grave, y sus ojos no se apartaban de los míos.

Yo tenía veintiún años y cursaba tercero de carrera en una universidad de Madrid. Elena tenía treinta y cuatro, era la profesora de literatura más deseada de la facultad y estaba casada con un arquitecto que viajaba la mitad del mes. Aquella tarde llovía fuera y el aula vacía olía a tiza y a su perfume.

"Tu último trabajo fue brillante, pero tu examen fue un desastre." Se acercó a mi pupitre y se sentó en el borde de la mesa, justo delante de mí. Su falda se subió un poco y pude ver sus muslos. "¿Qué te pasa, Marco? ¿Te distraigo yo?"

Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que ella podía oírlo. "No, profesora, es que... últimamente no duermo bien." Mentí fatal. La verdad era que me distraía ella, cada día, en cada clase, con cada gesto.

Elena sonrió de medio lado y cruzó las piernas lentamente, dejando que su falda subiera un poco más. "¿Sabes cuántos alumnos me miran así? Ninguno se atreve a decirlo. Tú tampoco, ¿verdad?" Su tono era un desafío directo.

Me levanté de golpe, sin pensar. "Profesora, yo..." No terminé la frase porque ella también se levantó y quedó a un palmo de mi cara. Podía sentir su aliento cálido y ver el brillo de sus labios.

"Dilo." Susurró. "Dilo de una vez." Y entonces hice lo que llevaba dos años soñando: la besé. Mis labios encontraron los suyos y ella respondió al instante, con una hambre que me sorprendió. Su lengua invadió mi boca y sus manos agarraron mi camisa.

Nos besamos como si el mundo fuera a acabarse. Elena me empujó contra la pizarra y su cuerpo se pegó al mío. Podía sentir sus pechos aplastados contra mi pecho y su pierna colándose entre las mías. Mi polla se puso dura al instante.

"¿Esto es lo que querías, Marco?" Jadeó entre besos. "¿Llevas todo el curso mirándome el escote para esto?" Sus manos bajaron por mi pecho hasta mi cinturón y lo desabrocharon con una destreza que me dejó temblando.

Yo metí mis manos bajo su blusa y encontré su sujetador de encaje. Lo desabroché por delante con dedos torpes y liberé sus tetas. Eran perfectas, redondas, con los pezones duros como piedras. Me incliné y me metí uno en la boca.

Elena gimió y echó la cabeza hacia atrás. "Ah, sí, así. Chúpamelas, Marco." Su voz de profesora autoritaria se había convertido en un ruego ronco. Yo chupaba un pezón mientras masajeaba la otra teta con la mano, pellizcando suavemente.

Sus manos ya habían sacado mi polla del pantalón. La miró con los ojos muy abiertos y sonrió. "Vaya, vaya. El alumno aventajado viene bien dotado." La agarró con firmeza y empezó a mover la mano arriba y abajo, con un ritmo experto.

Yo gemía sin poder controlarme. Nadie me la había tocado así nunca. Elena se arrodilló delante de mí, allí mismo, entre los pupitres, y se metió mi polla en la boca sin previo aviso. El calor de su boca me hizo ver estrellas.

"Joder, profesora." Se me escapó. Ella me miró desde abajo con picardía y siguió chupando, con la lengua dando vueltas alrededor del glande. Sus manos masajeaban mis huevos con delicadeza. Yo agarré su pelo y empujé un poco más adentro.

Elena tosió un poco pero no se apartó. Al contrario, la metió más hondo, hasta la garganta, y empezó a mover la cabeza con fuerza. Sus gemidos vibraban alrededor de mi polla. Sentí que iba a correrme y la avisé.

"Espera." Dijo, soltándome con un hilo de saliva brillando entre sus labios y mi polla. "No quiero que te corras todavía. Quiero sentirte dentro de mí." Se levantó, se subió la falda hasta la cintura y se bajó las bragas de encaje negro.

Su coño estaba empapado. Se sentó en el borde de su escritorio, abrió las piernas y me miró con desafío. "Ven aquí, alumno. Demuéstrame lo que has aprendido." Me acerqué temblando y coloqué mi polla en la entrada de su coño.

Empujé despacio y sentí cómo su coño caliente y mojado me tragaba centímetro a centímetro. Elena cerró los ojos y gimió largo. "Ah, sí, qué grande, lléname entera." Cuando estuve dentro del todo, me quedé quieto un momento, saboreando la sensación.

Luego empecé a moverme, primero despacio, sintiendo cada pliegue de su interior. Sus piernas se enroscaron en mi cintura y sus uñas se clavaron en mi espalda. "Más fuerte, Marco, no seas tímido." Obedecí y aceleré el ritmo.

El escritorio crujía con cada embestida. Sus tetas botaban al ritmo de mis empujones y yo me incliné para morderle suavemente un pezón. Ella gritó y su coño se contrajo alrededor de mi polla con una fuerza increíble.

"Me corro, me corro." Gritó Elena, y su cuerpo se sacudió con un orgasmo violento. Su coño me ordeñaba y su jugo empapaba mi polla. Pero yo no paré. Seguí follándola mientras ella temblaba, alargando su placer hasta que me suplicó un respiro.

La giré sobre el escritorio y la puse a cuatro patas. Su culo redondo quedó frente a mí, con su coño brillante y abierto. Le di un azote suave y ella se estremeció de placer. "¿Te gusta que te den, profesora?" Le susurré al oído.

"Me encanta, sigue." Respondió, moviendo el culo provocativamente. Metí mi polla de nuevo en su coño desde atrás y empecé a follarla con fuerza. Mis manos agarraban sus caderas y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el aula vacía.

Elena gemía sin control, con la cara aplastada contra los papeles del escritorio. "Fóllame, Marco, fóllame como nunca te han follado a ti." Sus palabras me volvían loco. Aumenté el ritmo hasta que el escritorio empezó a desplazarse por el suelo.

Sentí que mi corrida se acercaba, imparable esta vez. "Profesora, me voy a correr." Jadeé. "Dentro, córrete dentro de mí." Ordenó ella. "Tomo la píldora, no te preocupes." Esas palabras fueron mi perdición: empujé hasta el fondo y me corrí con un rugido.

Mi leche inundó su coño en oleadas. Elena se corrió conmigo, gritando mi nombre, y su cuerpo se convulsionó debajo del mío. Nos quedamos así, jadeando, con mi polla todavía dentro de ella, escuchando la lluvia golpear los cristales.

Cuando por fin salí de ella, un hilo de nuestra mezcla resbaló por sus muslos. Elena se dio la vuelta, me miró con una sonrisa pícara y me besó con ternura. "Has aprobado con matrícula, Marco. Pero el curso no ha terminado."

Nos vestimos entre risas nerviosas y besos robados. Antes de salir, Elena me agarró del brazo. "Esto queda entre nosotros. Si alguien se entera, los dos estamos acabados." Asentí, aunque por dentro ya estaba soñando con la próxima vez.

La próxima vez llegó dos días después. Me citó en su despacho con la excusa de revisar mi trabajo. En cuanto cerré la puerta, me empujó contra la estantería y se arrodilló. Su boca experta me llevó al borde en minutos.

Pero esta vez quise tomar yo la iniciativa. La levanté, la senté en su silla de despacho y le abrí las piernas. Enterré mi cara en su coño y la comí con la desesperación de un hambriento. Su sabor, su olor, todo me enloquecía.

Elena se retorcía en la silla, agarrando mis pelos. "Ah, Marco, nadie me lo ha comido así nunca." Su coño chorreaba en mi boca y yo bebía cada gota. Metí dos dedos dentro mientras mi lengua jugaba con su clítoris, y la hice correrse gritando.

Sin darle tiempo a recuperarse, la puse de pie, la giré contra la pared y la penetré por detrás, con su falda subida y mis manos en sus tetas por dentro de la blusa. Follamos de pie, salvaje, con sus gemidos amortiguados por mi mano en su boca.

"¿Te gusta ser la profesora mala?" Le pregunté, embistiendo con fuerza. "Me encanta, y me encanta que seas mi alumno malo." Respondió, empujando su culo contra mí para recibirme más hondo. Nos corrimos juntos, abrazados contra la pared.

Así empezó nuestro secreto. Dos o tres veces por semana, después de las clases, el aula vacía o su despacho se convertían en nuestro refugio. Cada encuentro era más atrevido: una vez me la follé en la mesa del laboratorio, otra en los baños de la facultad durante un descanso.

Elena me enseñó cosas que ningún libro podría enseñarme. Me enseñó a leer el cuerpo de una mujer, a saber cuándo ir despacio y cuándo ser brutal, a prolongar el placer hasta el límite. Yo era su alumno más aplicado, y ella mi mejor maestra.

Una tarde, mientras descansábamos desnudos en la moqueta de su despacho, me confesó: "Mi marido no me toca desde hace meses. Tú me has devuelto la vida, Marco." La abracé fuerte y la besé, y en ese momento supe que esto era más que sexo.

Pero los secretos en una universidad pequeña tienen patas cortas. Un bedel nos oyó una tarde y empezó a hacer preguntas. Elena se asustó y me dijo que teníamos que parar una temporada. "Es por tu bien y por el mío." Dijo, con lágrimas en los ojos.

Pasamos un mes entero sin tocarnos, mirándonos en clase con un hambre contenida que dolía. Yo sacaba las mejores notas de mi vida, como si el deseo me diera superpoderes. Ella me miraba desde la tarima con una sonrisa secreta que solo yo entendía.

Hasta que un viernes por la tarde me dejó una nota en mi trabajo corregido: "Biblioteca, sótano, 19:00. Ven solo." Mi corazón se desbocó. A las siete en punto bajé al sótano de la biblioteca, entre estanterías polvorientas y luz tenue.

Elena me esperaba con un vestido que se abría por delante. Sin decir palabra, nos abalanzamos el uno sobre el otro. Fue el polvo más urgente y desesperado de todos, de pie entre los libros, con el miedo a ser descubiertos multiplicando cada sensación.

Cuando terminamos, abrazados en el suelo entre tomos de poesía clásica, Elena me susurró: "El curso termina en junio, pero esto no tiene por qué terminar." La miré a los ojos y supe que tenía razón. Algunas lecciones duran toda la vida.

Hoy, años después, sigo recordando aquellas tardes cada vez que entro en un aula vacía. Elena se divorció aquel verano y yo terminé la carrera. Lo que empezó como una fantasía de estudiante se convirtió en la historia que nunca contaré en voz alta, pero que nunca olvidaré.

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