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Relatos eróticos universitarios: secretos de la residencia

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«¿Tienes un cargador?» La pregunta llegó con dos golpes secos en la puerta de mi habitación, y yo, que estaba tumbado en la cama fingiendo estudiar anatomía, grité que pasara sin levantar la vista del libro. Aquella interrupción tan inocente fue el principio de uno de esos relatos eróticos universitarios que después se cuentan en voz baja en las fiestas de la residencia, con la puerta cerrada y las risas contenidas.

Alba entró como un torbellino, con el móvil moribundo en la mano y el pelo recogido en un moño despeinado. Tenía veintiún años, estudiaba arquitectura en el curso de arriba y vivía en la habitación 315, dos puertas más allá de la mía. Nos conocíamos de la cafetería, de esas conversaciones de bandeja en mano que siempre se quedaban a medias porque a uno de los dos le sonaba el móvil.

«El mío ha muerto esta mañana y tengo que entregar el plano a las seis», dijo, dejándose caer en el borde de mi cama mientras yo le pasaba el cargador. El colchón se hundió bajo su peso y nuestros hombros quedaron a un palmo de distancia. «Gracias, me salvas la vida», añadió, y enchufó el móvil en la mesilla. «¿Anatomía?», preguntó, mirando mi libro abierto. «No entiendo ni la mitad», confesé. «Yo te lo explico», dijo, «pero me debes un café.»

Se tumbó boca abajo en mi cama para mirar el libro, con los pies en el aire y la barbilla apoyada en las manos, y yo me quedé mirándola un segundo de más. Llevaba unos vaqueros cortos y una camiseta ancha que se le subía por la espalda cada vez que se movía, y yo intenté concentrarme en el fémur del diagrama sin mucho éxito. «El fémur es este», dije, señalando con un dedo tembloroso. «Qué listo», se burló, «¿y este?»

Su dedo señaló otro hueso y el mío lo siguió, y de pronto nuestras manos estaban juntas sobre la página y ninguno de los dos las apartó. El silencio se hizo denso, cargado de algo que llevaba semanas flotando entre nosotros en la cafetería. «Dani», dijo en voz baja, sin mirarme. «Dime.» «¿De verdad estamos estudiando anatomía?» Yo me reí, nervioso, y le aparté un mechón de pelo de la cara. «Podemos estudiarla mejor», dije.

Fue ella la que me besó primero, girándose sobre la cama con una rapidez que me pilló desprevenido. Su boca encontró la mía con una mezcla de timidez y ansia que me volvió loco al instante. Yo le rodeé la cintura y la atraje hacia mí, y el libro de anatomía cayó al suelo olvidado. El beso se hizo más profundo, más urgente, y sus manos se enredaron en mi pelo mientras yo recorría su espalda bajo la camiseta.

«Llevo semanas queriendo hacer esto», susurró contra mis labios, y yo confesé que yo también, que cada vez que la veía en la cafetería perdía el hilo de la conversación. Nos besamos con una desesperación dulce, como si tuviéramos dieciocho años y todo fuera nuevo, aunque ya no los teníamos. Su lengua jugó con la mía y sus caderas se movieron contra las mías, buscando un contacto que la ropa estorbaba.

Le quité la camiseta despacio y descubrí un sujetador deportivo negro que le marcaba el pecho con una sencillez que me pareció irresistible. Se lo desabroché y sus pechos quedaron libres, pequeños y firmes, con los pezones duros por el deseo. Los acaricié con las manos y luego bajé la boca a ellos, lamiéndolos suavemente mientras ella jadeaba y arqueaba la espalda. «Dani», gimió, «qué bien.»

Mis manos bajaron a sus vaqueros cortos y se los desabroché, y ella levantó las caderas para ayudarme a quitárselos junto con las bragas. Quedó desnuda sobre mi cama, con la luz de la tarde entrando por la persiana a rayas sobre su piel, y yo me quité la ropa a toda prisa, torpe de impaciencia, mientras ella se reía bajito. «Tranquilo», dijo, «tenemos hasta las seis.»

Me tumbé sobre ella y la besé despacio, recorriendo su cuerpo con las manos, aprendiendo cada curva. Bajé por su cuello, sus pechos, su vientre, besando cada centímetro, hasta llegar entre sus piernas. La besé allí con ternura primero y luego con más intensidad, lamiendo su sexo húmedo y caliente mientras ella se agarraba a las sábanas y gemía mi nombre. Sus caderas se movían contra mi boca sin control.

«Para, para», jadeó de pronto, tirando de mí hacia arriba, «que si sigues me corro y quiero que sea contigo dentro.» Nos besamos con desesperación y yo me coloqué sobre ella, y la penetré despacio, sintiendo cómo su cuerpo me recibía, estrecho y caliente. Los dos gemimos al unísono ante la plenitud del momento. «Quédate así un segundo», susurró, «quiero sentirte.»

Empecé a moverme con un ritmo lento y profundo, y ella me rodeó la cintura con las piernas, atrayéndome más hondo en cada embestida. Sus manos recorrían mi espalda y sus gemidos subían de tono con cada golpe. La cama de la residencia crujía bajo nosotros y el móvil cargando parpadeaba en la mesilla, ajeno a todo. «Más rápido», pidió, y yo aceleré, embistiéndola con fuerza creciente.

Su primer orgasmo la atravesó con un grito ahogado en mi hombro, su cuerpo tensándose y temblando bajo el mío, y la oleada de contracciones me llevó al borde. Me contuve con un esfuerzo sobrehumano, salí de ella un momento y la giré con delicadeza hasta dejarla a cuatro patas sobre la cama. «¿Así?», pregunté. «Así», contestó, mirándome por encima del hombro con una sonrisa pícara.

La penetré desde atrás agarrándola por las caderas, y ella se arqueó para recibirme más hondo, gimiendo con cada embestida. La luz de la tarde dibujaba rayas doradas sobre su espalda y yo la recorrí con las manos mientras la embestía, sintiendo su piel erizada bajo mis palmas. El ritmo se hizo frenético, primario, y los dos jadeábamos sin control, perdidos el uno en el otro.

Cuando me corrí dentro de ella fue con un rugido sordo, agarrándola con fuerza, y ella me siguió al instante con su segundo orgasmo, temblando y gritando mi nombre contra la almohada. Caímos de lado sobre la cama revuelta, enredados y sudorosos, riendo bajito como dos niños que acabaran de hacer una travesura. «Anatomía práctica», dijo ella, jadeando. «Aprobada con nota», contesté.

Nos quedamos abrazados un rato, con su cabeza en mi pecho y mi mano perdida en su pelo, escuchando los ruidos lejanos de la residencia: una puerta que se cerraba, risas en el pasillo, alguien practicando guitarra dos habitaciones más allá. «¿Y el plano de las seis?», pregunté. «Que le den al plano», dijo, y me besó en el pecho. «Bueno, no, que me suspenden. Pero todavía queda una hora.»

Y entonces, como si nuestros cuerpos se hubieran puesto de acuerdo sin consultarnos, el deseo volvió con una segunda oleada, más tranquila pero igual de intensa. Ella se colocó a horcajadas sobre mí y me besó despacio, con una ternura nueva, y yo la sentí endurecerme de nuevo bajo ella. «Vaya», dijo, sonriendo contra mis labios, «parece que alguien quiere repetir.» «Alguien quiere muchas cosas», contesté.

Descendió sobre mí con una lentitud exquisita, tomándome dentro de ella centímetro a centímetro, y los dos gemimos ante la sensación. Empezó a moverse con un ritmo sensual y pausado, con las manos apoyadas en mi pecho y los ojos cerrados, perdida en el placer. Yo la miraba embobado: el pelo suelto del moño, los pechos moviéndose al ritmo de sus caderas, la luz de la tarde en su piel.

La agarré por las nalgas y la ayudé a subir y bajar, y ella se inclinó hacia adelante para besarme, y nuestros cuerpos se movieron juntos en una danza lenta y perfecta. «Me encantas», susurró de pronto, y la confesión, tan simple y tan inesperada, me llegó más hondo que cualquier caricia. «Tú a mí», contesté, y la abracé con fuerza mientras nos movíamos.

Su tercer orgasmo llegó despacio, como una marea, con gemidos suaves y temblores largos que recorrieron su cuerpo entero, y yo la seguí poco después, corriéndome dentro de ella mientras la sostenía contra mi pecho. Nos quedamos así, abrazados, sin movernos, hasta que el móvil de la mesilla vibró: las seis menos diez. «El plano», dijo ella, incorporándose a regañadientes.

Se vistió a toda prisa, riendo, buscando un vaquero bajo la cama y el otro detrás de la puerta. Yo la miraba desde la cama, desnudo entre las sábanas revueltas, y pensé que aquella era la mejor tarde de anatomía de mi vida. La acompañé hasta la puerta y la besé una última vez, despacio, saboreando el momento antes de que volviera al mundo real de planos y entregas.

«Oye», dije cuando ya estaba en el pasillo, «¿y si el portátil no se estropea?» Ella se encogió de hombros con una sonrisa traviesa. «Entonces me invento otra excusa. En esta residencia siempre se estropea algo.» Y desapareció pasillo abajo, dejándome con el mejor sabor de boca del curso.

Pero a los dos minutos llamaron otra vez a la puerta, dos golpes secos idénticos a los de antes. Abrí y allí estaba ella, con el móvil en la mano y una sonrisa que ya conocía demasiado bien. «Dani.» «Dime.» «Mañana se me estropea el portátil. Ya sabes dónde vivo.»

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