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Relatos Eróticos de Compañeras de Clase: La Nota del Último Banco

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Estos relatos eróticos de compañeras de clase empiezan, como casi todo lo bueno, con una nota doblada en cuatro que alguien dejó en mi pupitre. La clase de historia del arte estaba a punto de terminar cuando la vi: un papelito amarillo con mi nombre, Martín, escrito con una letra redonda que no reconocí. Lo abrí bajo el pupitre y el corazón me dio un vuelco.

Decía: "Te he estado mirando todo el semestre. Esta tarde, quédate después de clase. Último banco. L." Leí la nota tres veces. Mis manos sudaban. Miré alrededor del aula magna: cincuenta caras, y ninguna me devolvía la mirada. ¿L? ¿Laura? ¿Lena? ¿Lucía?

Soy Martín, tengo veintiún años y estudio segundo de Bellas Artes en Madrid. Nunca he sido el chico popular. Dibujo bien, hablo poco, y mi vida amorosa hasta ese día se resumía en dos novias de instituto y muchas noches en vela. Aquella nota me cayó como un rayo en un día despejado.

La clase terminó. Fui recogiendo mis cosas despacio, con el pulso en las sienes. El aula se vació. El profesor apagó el proyector y salió sin mirarme. Me quedé solo entre filas de pupitres vacíos, con la nota arrugada en el puño. Entonces oí pasos en el pasillo.

Era Lucía. Compañera de clase, veinte años, la chica del último banco que siempre dibuja en los márgenes de sus apuntes. Pelo castaño recogido en una coleta deshecha, camiseta negra ajustada, vaqueros rotos. Se quedó en la puerta, me miró, y sonrió de una forma que me puso la piel de gallina.

"¿Te ha gustado mi nota?", preguntó, entrando y cerrando la puerta con llave. El clic de la cerradura sonó como un disparo en el silencio del aula. "Llevaba semanas queriendo escribírtela, pero no me atrevía. Hoy me he cansado de esperar."

Se acercó despacio, contoneándose entre los pupitres. "Te miro en cada clase, Martín. Me gusta cómo frunces el ceño cuando dibujas. Me gusta tu boca cuando muerdes el lápiz." Se sentó en el borde de mi pupitre, tan cerca que pude oler su perfume, algo dulce mezclado con pintura al óleo.

"¿Y qué quieres que haga?", logré decir, con la voz ronca. Ella se inclinó hasta que sus labios casi rozaron mi oreja. "Quiero que me dibujes", susurró. "Pero no aquí. Ven." Me cogió de la mano y me llevó al fondo del aula, al último banco, junto a los ventanales altos.

La luz de la tarde entraba a raudales, tiñendo el polvo en suspensión de color dorado. Lucía se subió al banco de un salto y se sentó con las piernas cruzadas, mirándome desde arriba. "Dibújame", repitió, y empezó a desabrocharse la camiseta, botón a botón, sin apartar los ojos de los míos.

Me quedé paralizado. "¿Aquí? ¿Y si entra alguien?" Ella se rio, un sonido bajo y ronco que me encendió por dentro. "La puerta está cerrada, tonto. Y además..." Se quitó la camiseta del todo. Debajo no llevaba sujetador. Sus pechos, firmes y redondos, quedaron al descubierto ante mí. "El riesgo me pone."

Saqué mi cuaderno de bocetos con manos temblorosas. Pero ella negó con la cabeza. "No. Primero mírame de verdad." Se puso de pie sobre el banco, se desabrochó los vaqueros y los dejó caer. Luego las bragas, negras y de encaje. Se quedó desnuda ante mí, con la luz de la tarde recorriendo su cuerpo.

Era preciosa. Caderas estrechas, vientre plano, pechos que pedían a gritos unas manos. "Mírame", ordenó. La miré. Recorrí cada centímetro con los ojos, memorizándola. Sentí que mi polla se endurecía dentro de los vaqueros hasta doler.

"Ahora dibújame", dijo, y adoptó una pose, una mano en la cadera, la otra perdiéndose entre sus muslos. Dibujé. El carboncillo volaba sobre el papel mientras ella se movía despacio, provocándome, abriendo un poco más las piernas cada vez que yo levantaba la vista.

A los diez minutos no aguanté más. Dejé el cuaderno, me acerqué y la besé. Fue un beso hambriento, desesperado. Ella me devolvió el beso con la misma hambre, metiéndome la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio inferior. Sus manos ya estaban en mi cinturón.

Me desabrochó los vaqueros con una destreza que me dejó sin aliento. Mi polla saltó libre, dura como una piedra. Ella la miró, se lamió los labios y dijo: "Joder, Martín. Y yo pensando que eras el chico tímido." Se arrodilló sobre el banco y me la metió en la boca.

El calor de su boca me hizo gemir. La cogí del pelo, suavemente al principio, y ella empezó a moverse, arriba y abajo, cada vez más hondo. Su lengua dibujaba círculos en la punta mientras sus manos me acariciaban los huevos. Yo miraba por los ventanales, medio esperando que alguien pasara, y eso me ponía aún más cachondo.

"Para", jadeé, "que me corro." Ella me soltó con un chasquido obsceno y se tumbó sobre el banco, abriendo las piernas de par en par. Su coño estaba empapado, brillante, los labios hinchados. "Fóllame", ordenó. "Fóllame aquí mismo, en el último banco, como en mis fantasías."

Me coloqué entre sus muslos. La punta de mi polla rozó su entrada y ella arqueó la espalda. Empujé despacio, sintiendo cómo se abría para mí, caliente y estrecha. Entré hasta el fondo de una sola vez y los dos gemimos al unísono.

Empecé a moverme, primero despacio, saboreando cada centímetro. Ella me clavaba las uñas en la espalda, me mordía el hombro para no gritar. "Más fuerte", susurraba. "Dame más fuerte, Martín." Aumenté el ritmo. El banco crujía bajo nosotros. Sus pechos botaban con cada embestida.

Le cogí las piernas y me las eché sobre los hombros, entrando aún más hondo. Ella echó la cabeza hacia atrás, la boca abierta en un gemido silencioso. Podía sentir cómo su coño se contraía alrededor de mi polla, ordeñándome. "Me voy a correr", avisó, con la voz rota.

"Córrete", le ordené, sorprendido de mi propia voz. "Córrete en mi polla." Ella gritó, un grito ahogado que retumbó en el aula vacía, y su cuerpo se sacudió violentamente. La sentí correrse, caliente y abundante, mientras yo seguía embistiéndola sin piedad.

Su orgasmo me llevó al límite. Salí de ella en el último segundo y me corrí sobre su vientre, en chorros espesos que le mancharon la piel. Los dos nos quedamos jadeando, sudorosos, con la luz dorada bañándonos. Ella se rio, feliz, y se limpió con la camiseta.

"¿Te ha gustado el dibujo?", preguntó, guiñándome un ojo. Miré mi cuaderno: el boceto estaba a medias, pero era lo mejor que había dibujado en mi vida. "Es una obra maestra inacabada", dije. "Tendremos que terminarla otro día."

Nos vestimos deprisa, entre risas y besos robados. Antes de salir, Lucía sacó otro papelito del bolsillo y me lo puso en la mano. "Para mañana", dijo. Lo abrí en el pasillo, con el corazón desbocado. Decía: "Mañana, la biblioteca. Sección de arte. Tercera estantería. Ven solo. L."

A la mañana siguiente no pude concentrarme en nada. En cada clase miraba el reloj. Lucía se sentaba dos filas por delante de mí y de vez en cuando se giraba y me sonreía, con esa sonrisa que solo nosotros dos entendíamos. Mis apuntes de ese día son ilegibles.

A las cinco en punto entré en la biblioteca. La sección de arte estaba desierta, entre estanterías altas que olían a papel viejo. Al fondo, en la tercera estantería, Lucía me esperaba. Llevaba una falda de vuelo y una blusa blanca. Nada más verme, me arrastró detrás de la estantería.

"He estado mojada todo el día pensando en esto", confesó, subiéndose la falda. No llevaba bragas. Me besó con furia mientras me bajaba los pantalones. Me di la vuelta y la puse contra la estantería, levantándole una pierna. Entré en ella de pie, allí mismo, entre libros de arte.

Follamos de pie, rápido y silencioso, mordiéndonos para no hacer ruido. Sus gemidos quedaban ahogados contra mi hombro. Yo la embestía con fuerza, sintiendo cómo la estantería temblaba tras ella. Algún libro cayó al suelo con un golpe sordo y los dos nos reímos en silencio, sin parar.

Ella se corrió primero, mordiéndome el cuello para no gritar, clavándome las uñas en los brazos. Yo la seguí segundos después, derramándome dentro de ella, abrazándola fuerte para no caernos. Nos quedamos así un minuto, respirando agitados, escondidos entre los libros.

"Esto se está convirtiendo en una costumbre", susurré. Ella me miró, con los ojos brillantes. "La mejor costumbre del mundo." Me dio un beso corto y se arregló la falda. "El viernes hay fiesta en casa de Pablo. Después de la fiesta, mi piso. Mis compañeras no están."

El viernes llegó como una eternidad después. La fiesta fue un borrón de música alta y copas. A medianoche, Lucía me cogió de la mano y salimos sin despedirnos. En el taxi no pudimos evitarlo: nos besamos como locos en el asiento de atrás, con el taxista mirando por el retrovisor y sonriendo.

Su piso estaba a oscuras. Nada más cerrar la puerta, me empujó contra la pared y se arrodilló. Me la chupó allí mismo, en el recibidor, con una entrega total, mirándome a los ojos mientras su cabeza se movía. Yo me apoyé en la pared, temblando.

La llevé al dormitorio en brazos. La tumbé en la cama y le quité la ropa despacio, saboreando cada prenda. Su cuerpo a la luz de la lamparilla era aún más bonito que en el aula. Le besé los pechos, el vientre, bajé hasta su coño y la comí hasta que se corrió gritando mi nombre.

Luego la puse a cuatro patas. Entré en ella por detrás, agarrándola de las caderas. Follamos así un buen rato, salvaje y profundo, con sus gemidos llenando la habitación. Cambiamos de postura tres veces: de lado, ella encima, yo encima. No nos cansábamos.

Al final, agotados y empapados en sudor, nos quedamos abrazados. "¿Sabes qué es lo mejor de todo?", dijo Lucía, dibujando círculos en mi pecho. "Que empezó con una nota. La nota más valiente que he escrito en mi vida." La besé en la frente.

"Pues sigue escribiendo", le dije. "Yo pienso seguir respondiendo." Ella se rio y sacó de la mesilla un bloc de notas amarillas, igual que la primera. Escribió algo, lo dobló y me lo dio. Lo abrí: "Mañana, mi cama, sin nota. Solo tú. L."

Guardé la nota en la cartera, junto a la primera. Dos notas amarillas que cambiaron mi vida. Mi compañera de clase se durmió en mi pecho, y yo me quedé mirando el techo, pensando que a veces las mejores historias empiezan con cuatro dobleces de papel y una inicial.

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