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Relatos Eróticos de Profesores: La Tesis de Marta

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Aquella tarde, entre los estantes de su despacho, Marta discutía con Alejandro sobre su tesis, y él le soltó que sus clases parecían sacadas de unos relatos eróticos de profesores. Marta se quedó mirándolo, con el bolígrafo en la mano y la puerta del despacho abierta al pasillo vacío. Alejandro no bajó la mirada. Fuera, la universidad de Valencia se vaciaba poco a poco, y dentro de aquel despacho pequeño, con olor a libros viejos y café frío, empezaba algo que ninguno de los dos había planeado.

Marta tenía treinta y cinco años y llevaba ocho enseñando literatura. Alejandro tenía veinticuatro y era su estudiante de posgrado más brillante y más insoportable. Llevaban semanas discutiendo un capítulo de su tesis sobre el deseo en la novela del siglo diecinueve. Él decía que ella leía demasiado entre líneas. Ella decía que él tenía miedo de leer lo que realmente estaba escrito. Aquella tarde, la discusión había subido de tono hasta convertirse en algo personal.

¿Tienes miedo de admitir que te gusta? le preguntó Alejandro, acercándose a su mesa. Marta cerró el manuscrito y dijo, yo no tengo miedo de nada, y tú confundes la literatura con la provocación. Él se apoyó en la mesa, muy cerca de ella, y dijo, entonces demuéstramelo. Marta sintió que su corazón latía demasiado rápido. Se levantó, cerró la puerta del despacho con llave y volvió a mirarlo. Ya no eran profesora y estudiante, eran dos personas solas en una habitación.

La discusión había empezado por un pasaje concreto, una escena en la que la heroína de una novela elige el deseo antes que el deber. Marta defendía que la escena era un acto de libertad. Alejandro decía que era un acto de egoísmo. Llevaban dos semanas peleando por aquel pasaje, en clase, en tutorías, por correo. Cada mensaje suyo terminaba con una pregunta que la dejaba pensando toda la noche. Cada respuesta suya lo dejaba a él igual. Sin saberlo, llevaban semanas escribiéndose cartas de amor disfrazadas de crítica literaria.

Alejandro la besó primero, con una urgencia que la sorprendió. Marta respondió con la misma urgencia, agarrándolo por la camisa y atrayéndolo hacia ella. Sus lenguas se buscaron y sus manos se movieron sin pedir permiso. Él le quitó la chaqueta y ella le desabrochó la camisa, botón a botón, mientras él le bajaba la cremallera del vestido. El vestido cayó al suelo y Marta quedó en ropa interior, con la respiración acelerada.

Él le quitó el sujetador y tomó sus pechos en sus manos. Los apretó suavemente y luego tomó un pezón en su boca, lamiéndolo con la lengua hasta que Marta gimió y le agarró el pelo. Ella le bajó los pantalones y tomó su polla en su mano. Estaba dura y caliente, y Marta la acarició lentamente mientras él le quitaba las bragas y ponía su mano en su coño. Estaba completamente mojado, y sus dedos se hundieron en su humedad con facilidad.

Marta se sentó en el borde de la mesa y abrió las piernas. Alejandro se colocó entre ellas y puso su polla en la entrada de su coño. Marta lo miró a los ojos y dijo, no pares ahora, ya has empezado la discusión, termínala. Él empujó de una vez y su polla entró por completo en su coño. Marta gritó bajito y lo agarró por la cintura, atrayéndolo más hacia ella.

Alejandro empezó a follarla, primero despacio, luego más rápido, y con cada embestida la mesa se movía ligeramente. Los pechos de Marta se movían con cada movimiento, y él se inclinó para besarlos mientras seguía dentro de ella. Su coño estaba empapado y goteaba sobre la mesa. Marta clavó las uñas en su espalda y le pidió que no parara, que siguiera, que la discusión todavía no había terminado.

Marta lo empujó hacia atrás y se puso encima de él, en la silla del despacho. Ahora era ella quien marcaba el ritmo, subiendo y bajando lentamente sobre su polla, a veces hundiéndose hasta el fondo, a veces quedándose solo en la punta. Alejandro le agarró la cintura y le besó los pechos desde abajo. Marta cerró los ojos y sintió un placer que llevaba años sin sentir, un placer que era suyo y de nadie más.

Voy a correrme, susurró Marta. Alejandro la agarró y la volvió a poner sobre la mesa, follándola con fuerza. En pocos movimientos, el cuerpo de Marta se tensó, su coño apretó su polla con fuerza, y ella se corrió gritando su nombre. Su flujo mojó la polla de Alejandro, y él, con unos movimientos más, se corrió dentro de su coño, abrazándola con fuerza contra su pecho.

Se quedaron así un rato, entre papeles desordenados y libros caídos. Marta dijo, la tesis sigue sin estar terminada. Alejandro se rió y dijo, ahora tengo un capítulo nuevo que escribir. Ella lo miró y dijo, si escribes esto, te suspendo. Él dijo, entonces lo escribiré en secreto, como todo lo bueno. Marta se vistió despacio, y él la ayudó con la cremallera, con una ternura que no tenía nada que ver con la discusión.

Al salir del despacho, el pasillo estaba vacío y las luces eran tenues. Marta caminó delante y Alejandro detrás, como si fueran otra vez profesora y estudiante. Pero en la escalera, él le agarró la mano por un segundo, y ella no la apartó. Fuera, la noche de Valencia era cálida, y Marta sintió que algo en ella había cambiado, como si una puerta que llevaba años cerrada se hubiera abierto de golpe.

En su apartamento, más tarde, Marta le sirvió una copa de vino y le enseñó su biblioteca. Hablaron de libros, de la tesis, de la discusión que los había llevado hasta allí. Alejandro le dijo que nunca había conocido a una profesora como ella. Marta le dijo que nunca había tenido un estudiante como él. Entre copa y copa, volvieron a besarse, esta vez sin prisa, sin discusión, solo con deseo.

Antes de ir al dormitorio, prepararon juntos una cena sencilla en la cocina pequeña. Él cortó el pan y ella abrió otra botella de vino. Hablaron de sus vidas fuera de la universidad, de sus familias, de los libros que leían de niños. Alejandro le confesó que había elegido su clase porque alguien le dijo que era la profesora más dura de la facultad. Marta se rió y dijo, y tú eres el estudiante más pesado que he tenido. Él la besó en la cocina, con las manos todavía manchadas de tomate, y ella no lo apartó.

En el dormitorio, Marta lo desnudó por completo y lo tumbó en la cama. Le chupó la polla despacio, lamiendo la punta primero, luego tragándola poco a poco hasta que él gimió y le agarró el pelo. Ella lo miró desde abajo y sonrió, y él la levantó y la besó con fuerza. Luego la puso de espaldas, le abrió las piernas y la folló desde atrás, agarrándole las caderas con firmeza.

Marta gritó contra la almohada con cada embestida. Alejandro le agarró los pechos desde atrás y los apretó mientras la follaba. Ella le pidió más, más rápido, más fuerte, y él obedeció hasta que los dos se corrieron casi al mismo tiempo, ella gritando su nombre y él gimiendo el suyo. Se quedaron tumbados, sudados y enredados entre las sábanas, escuchando el ruido de la calle.

Por la mañana, Alejandro se fue temprano, con la tesis bajo el brazo y una sonrisa que no pudo esconder. Marta se quedó en la cama un rato más, mirando el techo, pensando en lo que había pasado. Luego se levantó, se duchó y se vistió para ir a la universidad. En su despacho, encontró un papel doblado sobre su mesa. Era una página de la tesis, corregida, con una dedicatoria escrita a mano en el margen.

La dedicatoria decía, para la profesora que me enseñó que discutir también es una forma de desear. Marta se rió sola en su despacho vacío y guardó la página en su bolso. Cuando Alejandro entró a clase aquella mañana, ella lo miró por encima de sus gafas y dijo, su tesis sigue teniendo errores, pero hoy no vamos a discutirlos. Toda la clase se rió, pero solo dos personas sabían lo que realmente significaba aquella frase.

Durante la clase, Marta hizo una pregunta difícil y miró directamente a Alejandro. Él respondió con calma, pero sus orejas estaban rojas, y ella tuvo que morderse el labio para no reírse. Cuando la clase terminó, él se quedó un momento recogiendo sus papeles, y ella pasó a su lado y le susurró, esta noche corregimos el capítulo tres. Él asintió sin mirarla, y salió del aula con la sonrisa de alguien que guarda un secreto enorme.

Esa noche, Alejandro volvió a su apartamento con otra página corregida, y Marta lo recibió en la puerta con una copa de vino. Él le dijo, traigo deberes. Ella le dijo, los deberes se hacen en la mesa, pero se corrigen en la cama. Él se rió y la siguió hasta el dormitorio, donde la discusión, como siempre, terminó de la única manera en que sabía terminar.

🔒 Bonus Scene locked

La noche siguiente Alejandro volvió con otra página corregida, y Marta lo recibió en la puerta con una copa de vino.

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