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Relatos Eróticos de Estudiantes: La Noche de Tormenta de Lucía

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La llave giró en la cerradura y los dos nos quedamos helados. Lucía estaba sentada en el sofá con solo una toalla enrollada en el cuerpo, y mi mano estaba en su muslo, subiendo. La puerta se abrió dos centímetros y se detuvo. Ninguno de los tres respiró. Si aquello hubiera sido una de esas noches normales, nada de esto habría pasado, pero los mejores relatos eróticos de estudiantes siempre empiezan con un casi desastre.

"¿Marta?" susurró Lucía, pálida. Desde el pasillo llegó la voz de nuestra compañera de piso: "¡Solo cojo el cargador, que me he dejado el móvil muerto!" La puerta se cerró de nuevo. Sus pasos se alejaron hacia su habitación y un minuto después la puerta principal volvió a cerrarse. Esta vez con el clic definitivo.

Nos miramos. Lucía soltó una risa nerviosa que se le atragantó a la mitad. Yo tenía veintitrés años, ella veintiuno, y llevábamos ocho meses compartiendo aquel piso de estudiantes en el barrio de Malasaña, en Madrid, sin habernos tocado nunca de verdad. Hasta aquella noche de tormenta de octubre.

"Casi nos pilla," dije. Mi voz sonaba rara.

"Casi," repitió ella. Pero no apartó mi mano de su muslo. Al contrario: la apretó un poco más contra su piel. La toalla se había aflojado con el susto y ahora apenas le cubría el pecho.

Afuera, la lluvia golpeaba los cristales. Un trueno retumbó sobre los tejados de Madrid. La luz del salón parpadeó una vez y siguió encendida, amarilla y cálida, sobre nosotros dos.

"Diego," dijo Lucía, y mi nombre en su boca sonó distinto. "Llevo meses queriendo hacer esto."

"¿El qué?" pregunté, aunque lo sabía perfectamente.

En lugar de responder, se inclinó y me besó. No fue un beso tímido de compañera de piso. Fue un beso con hambre, con la lengua buscando la mía desde el primer segundo. Sus manos me agarraron la nuca y me atrajeron hacia ella.

La toalla se deslizó y cayó al suelo del salón. Lucía estaba desnuda delante de mí, con la piel aún húmeda de la ducha. Sus tetas eran redondas y firmes, con los pezones duros por el frío y por las ganas. Mi polla se puso dura al instante dentro de los vaqueros.

"Joder, Lucía," murmuré.

"Calla y tócame," ordenó ella, y me gustó cómo sonaba.

Le acaricié las tetas con las dos manos. Pesaban bien, suaves, calientes. Le pellizqué los pezones con cuidado y ella gimió contra mi boca. Bajé las manos por su cintura, por sus caderas, hasta sus muslos. Estaban lisos y calientes.

La tumbé en el sofá. Abrí sus piernas. Su coño estaba delante de mi cara, rosado, brillante de humedad, con el vello recortado en una línea fina. El olor me volvió loco.

La lamí despacio, de abajo arriba, saboreándola. Lucía arqueó la espalda y se agarró a los cojines. "¡Dios... Diego...!" Le metí la lengua dentro, la moví en círculos, y luego me concentré en su clítoris, lamiéndolo con ritmo constante.

"No pares, no pares," jadeó. Le metí dos dedos en el coño mientras seguía lamiendo. Estaba empapada, apretada, caliente por dentro. Curvé los dedos buscando su punto y ella gritó, un grito corto que se tapó con la mano.

Su cuerpo se tensó y tembló. Se corrió en mi boca, con las piernas apretándome la cabeza. Cuando se calmó, me miró con los ojos brillantes. "Ahora tú," dijo.

Se arrodilló en el suelo del salón, entre mis piernas. Me desabrochó los vaqueros con dedos impacientes y me sacó la polla. La miró un segundo, se lamió los labios y se la metió en la boca.

El calor de su boca me hizo gemir. La movía arriba y abajo, con la lengua enroscada alrededor del glande, mientras una de sus manos me acariciaba los huevos. Era la primera vez que me la chupaba y lo hacía como si llevara años practicando.

"Lucía, voy a..." advertí, agarrándole el pelo.

"No," dijo, apartándose justo a tiempo, con una sonrisa pícara. "Todavía no. Quiero correrme contigo dentro."

Se subió encima de mí en el sofá, a horcajadas. Me agarró la polla y la colocó en la entrada de su coño. Bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta tenerme entero dentro. Los dos gemimos a la vez.

Empezó a moverse, primero despacio, saboreando cada centímetro, luego más rápido. Sus tetas botaban delante de mi cara y las agarré, las apreté, le chupé los pezones mientras ella cabalgaba. El sofá crujía bajo nosotros.

"Más fuerte," me pidió al oído, mordisqueándomelo. La agarré de las caderas y la embestí desde abajo, clavándosela hasta el fondo. Ella echó la cabeza hacia atrás y gritó mi nombre.

Su coño me apretaba cada vez más fuerte. Supe que estaba cerca. "Córrete, Lucía. Córrete en mi polla," le dije. Y se corrió, temblando encima de mí, con un gemido largo que se perdió entre los truenos.

Yo estaba al límite, pero me aguanté. La levanté en brazos, con mi polla aún dentro de ella, y la llevé hasta la cocina. La senté en la encimera, fría contra su culo caliente. Ella se rió, sorprendida.

"¿Aquí?" preguntó.

"Aquí," confirmé. Le abrí las piernas de par en par y entré en ella de una embestida. La encimera era la altura perfecta. La follé de pie, agarrándola de los muslos, con fuerza, sin delicadeza. Los tarros de la cocina temblaban.

Lucía se agarró al borde de la encimera. "¡Diego, joder, sí...! ¡Así, así...!" Su coño estaba resbaladizo y caliente, y cada embestida sonaba húmeda y obscena. Me encantaba.

Le di la vuelta sobre la encimera, la puse a cuatro patas. Le acaricié el culo, redondo y firme, y volví a entrar en ella por detrás. Le agarré las tetas por debajo, que colgaban y se balanceaban con cada embestida.

"Tu culo me vuelve loco," le dije al oído, embistiéndola sin piedad. Ella gemía con la cara apoyada en la encimera fría. "Dímelo."

"¡Me encanta tu polla! ¡Fóllame más fuerte!" gritó. Y la follé más fuerte, hasta que los dos estábamos empapados de sudor y ella se corrió otra vez, con un grito que seguro oyó algún vecino.

Yo aún no me había corrido. "Dúchate conmigo," le pedí, tirando de su mano hacia el baño. "Pero rápido, que Marta puede volver."

Bajo el agua caliente, con el vapor llenando el baño, la abracé por detrás. El agua corría por nuestros cuerpos. Le enjaboné las tetas despacio, con las manos llenas de espuma, pellizcándole los pezones. Ella se apoyó contra mí y movió el culo contra mi polla, provocándome.

"Eres una tentación," le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo. La giré y la pegué contra los azulejos fríos. El contraste del frío en su espalda y el agua caliente la hizo gemir. Me arrodillé en la ducha y le comí el coño de pie, con el agua cayéndonos encima.

Lucía se agarró a mi pelo para no caerse. "¡Diego... en la ducha no... que nos oyen...!" Pero sus piernas temblaban y su coño sabía a agua y a ganas. La lamí hasta que se corrió contra los azulejos, con el agua llevándose sus gemidos a medias.

Salimos chorreando, riéndonos, y la llevé a su habitación. La tumbé en su cama, entre sus sábanas con olor a ella. Me coloqué entre sus piernas.

"Esta vez despacio," susurré, entrando en ella con calma. La besé mientras la follaba despacio, profundo, mirándola a los ojos. Sus manos recorrían mi espalda, mis hombros, arañándome suavemente.

"Eres preciosa," le dije. Y era verdad: con el pelo revuelto, los labios hinchados de besar, las mejillas rojas, nunca la había visto tan guapa en ocho meses de piso compartido.

"No me digas esas cosas mientras me follas," se rió, "que me pongo tonta."

"Pues ponte tonta," dije, y aceleré el ritmo. La cama golpeaba contra la pared con cada embestida. Lucía me rodeó la cintura con las piernas, clavándome los talones en la espalda, pidiéndome más fondo.

Le chupé las tetas, una y otra, mientras la embestía. Ella me arañaba la espalda y gemía mi nombre una y otra vez. Su coño me ordeñaba, apretándome con cada oleada de placer.

"Me voy a correr," jadeé.

"Dentro," pidió ella, mirándome a los ojos. "Quiero sentirlo dentro."

Me corrí con un gruñido, enterrado hasta el fondo en ella, sintiendo cómo mi leche la llenaba. Ella se corrió conmigo, por tercera vez aquella noche, temblando debajo de mí, agarrándome como si no quisiera soltarme nunca.

Nos quedamos así, conectados, jadeando, sudados. Afuera la tormenta empezaba a amainar. La lluvia ya no golpeaba, solo susurraba contra los cristales.

"Oye," dijo Lucía al rato, acariciándome el pelo. "¿Y si Marta vuelve?"

"Entonces le decimos la verdad," dije. "Que los compañeros de piso también follan."

Ella se rió, y su risa me hizo cosquillas en el pecho. "¿Y mañana? ¿Volvemos a ser solo compañeros de piso?"

La miré. "Mañana seremos compañeros de piso que follan. Si tú quieres."

"Quiero," dijo sin dudarlo. "Pero con una condición."

"¿Cuál?"

"Que la próxima vez empecemos sin el susto de la puerta. Me ha quitado años de vida."

Me reí y la besé. "Trato hecho."

Nos dormimos abrazados, desnudos, con la tormenta muriendo sobre Madrid. A la mañana siguiente, Marta encontró la toalla de Lucía en el suelo del salón, los cojines por todas partes y dos tazas en la encimera de la cocina. Nos miró a los dos, desayunando en silencio con ojeras y sonrisas tontas, y dijo solo: "Por fin. Era insoportable veros." Y nos tiró un cojín a la cabeza.

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