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Relatos eróticos de esposas infieles: el secreto de Irene (Parte 1)

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Dicen que los relatos eróticos de esposas infieles siempre empiezan con una mentira pequeña. La mía empezó con un ascensor parado entre la planta siete y la ocho, con la mano de Gonzalo subiendo despacio por mi muslo mientras yo me mordía el labio para no gemir delante de la cámara de seguridad.

Me llamo Irene, tengo treinta y cinco años y soy interiorista. Mi estudio está en Chamberí, entre una panadería que huele a mantequilla y una librería que lleva años a punto de cerrar. Llevo nueve años casada con Andrés, que trabaja en logística y pasa más noches en hoteles de Zaragoza y Bilbao que en nuestra cama.

No voy a decir que mi matrimonio estaba roto. Estaba dormido, que es peor, porque nadie se molesta en despertar lo que sigue respirando. Andrés y yo nos queríamos con esa ternura cansada de las parejas que ya no se miran de verdad. Hacíamos el amor los domingos, rápido, con la tele encendida en la habitación de al lado. Yo fingía. Él no se daba cuenta. O fingía no darse cuenta, que viene a ser lo mismo.

El último domingo antes de que todo cambiara, Andrés me besó en la frente después de correrse en tres minutos y me dijo "te quiero" con la voz pastosa del que ya está medio dormido. Yo miré el techo y pensé que tenía treinta y cinco años y que mi cuerpo aún pedía cosas que mi marido ya no sabía pedir. Esa noche lloré un poco, en silencio, y me dije que era el estrés.

Gonzalo entró en mi estudio un martes de octubre con unos planos bajo el brazo y el pelo todavía húmedo de la ducha. Treinta y ocho años, arquitecto, divorciado, cliente nuevo. Quería reformar un ático en Salamanca y alguien le había dado mi nombre. Hablamos de tabiques y de luz durante una hora, y durante esa hora yo noté tres cosas: que me miraba la boca cuando hablaba, que se acercaba un poco más de lo necesario para señalar un plano, y que yo llevaba meses sin sentir ese calor bajo y espeso en el vientre.

"Este muro no se puede tirar", le dije, con el dedo sobre el papel. Él puso su mano sobre la mía y la dejó allí un segundo de más. "¿Segura?", preguntó, mirándome a los ojos, y no hablaba del muro. Retiré la mano riendo, nerviosa, y cambié de tema con una torpeza que me delató. Cuando se fue, me quedé oliendo el papel donde su mano había estado, como una adolescente. Me di asco y me dio igual.

Esa noche, en la cama, con Andrés roncando a mi lado, me toqué pensando en unos ojos grises y unas manos grandes de arquitecto. Me corrí rápido, con la mano sobre la boca, y después me quedé despierta mirando la oscuridad. No era solo deseo. Era la certeza de que algo en mí se había despertado y ya no pensaba volver a dormirse.

La primera vez fue en el almacén del estudio. Gonzalo había venido a las siete a revisar unas muestras de tela y yo me había quedado hasta tarde a propósito, con una excusa que ni yo me creía. A las ocho cerré la puerta con llave y apagué la luz del escaparate. Él lo entendió todo sin que yo dijera una sola palabra.

Me empujó suave contra las estanterías, entre rollos de tela, y me besó como si llevara semanas ensayando ese beso en su cabeza. Sus manos me subieron la falda y me bajaron las medias con una prisa torpe que me volvió loca. Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos y lo sentí duro y caliente contra mi muslo, latiendo.

"Irene", susurró contra mi cuello, y mi nombre en su boca sonó distinto, como si me estuviera bautizando de nuevo. Le bajé los pantalones y lo agarré, y él gimió y me mordió el hombro. No hubo preliminares elegantes ni palabras bonitas. Me dio la vuelta, me inclinó sobre la mesa de muestras y me penetró de una embestida profunda que me arrancó un grito ahogado.

El ruido de la mesa golpeando la pared me excitaba casi tanto como su polla dentro de mí. Me agarró del pelo, me lamió la oreja y me embistió con un ritmo brutal, cada vez más hondo, hasta que me corrí temblando con la cara hundida entre las telas, y él se vino dentro de mí gruñendo mi nombre con la frente apoyada en mi espalda.

Después nos quedamos quietos, respirando fuerte, con la ropa a medio quitar y el corazón desbocado. "Esto no puede repetirse", dije, arreglándome la falda con manos que no me obedecían. Él me miró y sonrió, esa sonrisa torcida que ya me sabía de memoria. "Claro que no", mintió. Esa noche le dije a Andrés que había tenido una cena imposible con una clienta. Fue la primera mentira. Las mentiras, como los amantes, se encadenan solas.

Durante tres semanas nos vimos donde pudimos. En su ático a medio reformar, sobre un colchón en el suelo entre sacos de cemento y botes de pintura. En mi estudio los viernes por la noche, con la persiana bajada y el miedo excitante de que alguien llamara. En su coche, en un parking de la Castellana, con el vaho empañando los cristales y su mano en mi nuca.

Gonzalo sabía tocarme como Andrés había olvidado que se tocaba a una mujer. Me desnudaba despacio y me lamía sin prisa, con la lengua y los dedos turnándose, hasta que yo le suplicaba que me follara ya. Me ponía de rodillas en el colchón del ático y me agarraba del pelo mientras yo se la chupaba hasta el fondo, con lágrimas en los ojos y él gimiendo mi nombre. Me follaba contra las paredes sin pintar, en el suelo de cemento, en la ducha del ático que aún no tenía agua caliente, y nos reíamos a carcajadas entre jadeos con la piel erizada.

Una tarde, entre polvo de obra, me dijo: "Deja a tu marido." Lo dijo sin mirarme, pasando la mano por una pared. Yo me reí, pero la risa me salió rota. "No digas tonterías", contesté, y me subí a horcajadas sobre él para que dejara de hablar. Lo cabalgué con rabia, con miedo, hasta que nos corrimos los dos temblando. Después, en silencio, pensé en su frase durante todo el camino a casa.

El viernes me escribió un mensaje corto: "He reservado una suite en Gran Vía. Ven a las ocho. Ponte el vestido rojo." El vestido rojo era el que me había comprado para la cena de Navidad de la empresa de Andrés y que nunca me había puesto. Me lo puse. Me pinté los labios de rojo también. Le dije a Andrés que tenía una cena con una clienta imposible que solo podía a esa hora. Me creyó, como siempre. La confianza de Andrés era el colchón blando sobre el que yo saltaba cada noche hacia Gonzalo.

El ascensor se paró entre la siete y la ocho con un tirón suave, y por un segundo pensé que era el destino dándome una última oportunidad de arrepentirme. Nos miramos. Gonzalo sonrió, metió la mano bajo mi vestido y me acarició por encima de las bragas, despacio, con dos dedos que encontraron el punto exacto sin buscarlo. Yo me apoyé en la pared espejada, con la respiración acelerada, y le dejé hacer, mirándonos en el espejo. Cuando el ascensor arrancó de nuevo, yo estaba empapada y temblando, y él se llevó los dedos a la boca.

La suite olía a limpio y a peligro. Gonzalo cerró la puerta con el pestillo y me besó contra ella, con esa hambre que ya era nuestra lengua común. Me quitó el vestido despacio esta vez, sin prisa, bajando la cremallera centímetro a centímetro como si quisiera memorizarme. Me tumbó en la cama enorme y me recorrió el cuerpo entero con la boca: el cuello, los pechos, que lamió hasta ponerme los pezones duros como piedras, el vientre, hasta llegar donde yo más lo necesitaba.

Me lamió con una lentitud cruel, alternando la lengua y dos dedos que entraban y salían de mí, hasta que me arqué gritando su nombre y me corrí en su boca agarrándole el pelo con fuerza. No me dio tregua. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas sobre las sábanas blancas y me penetró desde atrás agarrándome las caderas con unas manos que me dejarían marca. El ritmo fue creciendo, brutal y perfecto, sus testículos golpeando mi clítoris en cada embestida, hasta que nos corrimos casi a la vez, yo gritando contra la almohada y él con un rugido grave que me vibró dentro.

Después pedimos champán al servicio de habitaciones y nos lo bebimos en la bañera, riendo, con las piernas entrelazadas y el agua enfriándose. Me contó de su divorcio, de su hija que vive con su madre en Valencia y a la que ve dos fines de semana al mes. Yo le conté que a los veinte quería ser pintora y que acabé diseñando salones para otros. Hablamos como amantes de verdad, no como dos cuerpos que se usan. Eso me asustó más que todo el sexo.

A la una de la madrugada me vestí en silencio mientras él dormía boca abajo, con la sábana por la cintura. Le dejé una nota en la almohada: "La mentira pequeña ya es grande." Bajé en el ascensor arreglándome el pelo y cogí un taxi en Gran Vía. Le pedí al taxista que fuera despacio, que no tenía prisa. Mentira. Tenía prisa por llegar a casa y comprobar que todo seguía igual, que mi vida de esposa seguía intacta bajo la capa de perfume de hotel y champán.

Pero la luz del salón estaba encendida. Andrés estaba sentado en el sofá, completamente despierto, con mi móvil viejo en la mano. El móvil que yo creía apagado y olvidado en el cajón de la mesilla. Me miró con unos ojos que yo no le conocía, unos ojos que no eran los de mi marido dormido.

"¿Quién es Gonzalo, Irene?", preguntó con una calma que me heló la sangre. Y en ese mismo instante sonó mi otro teléfono, el de verdad, con un mensaje suyo iluminando la pantalla: "¿Ya estás en casa, mi amor?"

Continuará en la Parte 2...

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