Rough & DirtySpanish⭐ Original Edition

Relatos eróticos de dependientas: El probador (Parte 1)

S
13 min read1 readers
Font:
0:000:00
Share Story:

Dicen que los mejores relatos eróticos de dependientas no empiezan en la cama, sino entre perchas y espejos. El mío empezó un martes a las seis de la tarde, con la campanilla de la puerta y una voz que ya me sabía de memoria. «¿Otra vez por aquí, Diego?», dije sin levantar la vista del mostrador. «Otra vez», contestó él, y su sonrisa llegó antes que sus pasos.

Diego tenía treinta y ocho años, traje caro sin corbata y la costumbre de comprar lencería para una novia que yo empezaba a creer que no existía. Era el tercer conjunto rojo en un mes. Ninguna mujer necesita tres conjuntos rojos en un mes, y ningún hombre recuerda tan bien la talla de su novia como él recordaba la noventa.

«¿Qué le apetece hoy a la afortunada?», pregunté, apoyando los codos en el cristal del mostrador para que el escote de mi blusa hiciera su trabajo. Diego carraspeó. Siempre carraspeaba cuando yo hacía eso.

«Algo... atrevido», dijo. «Pero elegante. Como tú.»

Me reí, un poco más alto de lo necesario. En la boutique El Encanto, en una calle estrecha de Gràcia, las tardes de martes eran lentas, y Diego era lo más interesante que me había pasado en semanas. «Como yo, ¿eh? Pues la afortunada tiene suerte. Ven, te enseño lo nuevo.»

Lo llevé hasta el fondo, donde colgaban los conjuntos de encaje francés. Mientras le mostraba un sujetador negro con ligas a juego, me di cuenta de que no miraba la ropa. Me miraba a mí. No con disimulo, no. Con hambre.

«Diego», dije bajando la voz, «¿puedo hacerte una pregunta indiscreta?»

«Las indiscretas son mis favoritas.»

«¿Esta novia tuya... existe?»

El silencio duró tres segundos eternos. Luego se rio, pero la risa le salió rota por la mitad. «¿Tan evidente soy?»

«Como un escaparate», dije. «Tres conjuntos rojos, talla noventa, y siempre vienes a la hora en que la tienda está vacía. O tu novia es invisible, o el que se prueba la lencería eres tú.»

«No me pruebo nada», dijo rápido. Demasiado rápido. «Es solo que... me gusta venir aquí.»

«¿A la tienda?», pregunté, acercándome un paso. Olía a colonia cara y a algo más, a deseo mal disimulado. «¿O a verme a mí?»

No contestó. Pagó el conjunto negro con tarjeta, como siempre, y se fue con la bolsa pequeña colgando de dos dedos, como si quemara. En la puerta se giró. «Mañana traigo a mi novia», dijo. «A ver si me crees.»

«Tráela», dije. «Le busco algo en su talla. Si existe.»

Esa noche, en mi piso pequeño de la calle Torrent, no dejé de pensar en sus manos. Manos grandes, de hombre que ha trabajado y luego ha dejado de hacerlo. Me imaginé esas manos en mi cintura, y me toqué pensando en él, despacio, con la persiana a medio bajar y el ruido de la calle entrando por la ventana. Me corrí mordiendo la almohada para no gritar su nombre.

A la mañana siguiente me vestí con más cuidado del habitual: un sujetador de encaje negro que me subía las tetas de maravilla y unas bragas que apenas tapaban nada. «¿Para quién te arreglas, Lucía?», me preguntó mi reflejo. No quise contestarme. Carmen, la encargada, me miró raro al verme tan sonriente un miércoles cualquiera. «¿Te ha tocado la lotería?», gruñó. «Algo mejor», dije, y fui a levantar la persiana con el corazón latiéndome en los oídos.

Al día siguiente vino a las seis en punto. Solo. «Tu novia tiene tráfico», dije. «Qué lástima.»

«Mi novia», dijo Diego, dejándose caer contra el mostrador, «no existe. Nunca existió. Soy viudo, Lucía. Mi mujer murió hace cuatro años y desde entonces no he tocado a nadie. Venía aquí porque...» Se interrumpió, y por primera vez lo vi nervioso de verdad. «Porque verte era lo mejor de mi día.»

Algo se me aflojó por dentro, en el pecho y más abajo. «Diego...»

«Lo sé, es patético. Un viudo de treinta y ocho años comprando bragas que nadie va a ponerse.» Sacó la bolsa de ayer del maletín. «He venido a devolver esto. Y a pedirte perdón por el teatro.»

Le quité la bolsa de las manos y la dejé caer al suelo, sin mirar. «No quiero tu perdón», dije. «Quiero que me digas la verdad de una vez. ¿Para qué venías?»

Dio un paso hacia mí. El mostrador nos separaba, pero su voz cruzó el cristal como si no existiera. «Para imaginarte con esto puesto. Cada noche, en mi casa vacía, te imaginaba.»

El aire de la tienda se volvió espeso. Fuera, la calle seguía con su ruido; dentro, solo se oía mi respiración. «Pues deja de imaginar», susurré. «Mira.»

Cogí el conjunto rojo de ayer, el del escaparate, y caminé hacia los probadores sin mirar atrás. Sabía que me seguía. Lo sentía en la nuca.

El probador grande tenía un espejo de cuerpo entero y una cortina gruesa que no cerraba del todo. Me quité la blusa despacio, de espaldas a la rendija, sabiendo exactamente lo que él veía: mi espalda desnuda, el cierre del sujetador, mis dedos jugando con él.

«Lucía...», dijo su voz, ronca, desde el otro lado de la cortina. «Esto es una locura.»

«La mejor clase de locura», contesté, y dejé caer la falda. Me puse el sujetador rojo delante del espejo, ajustándome los tirantes con gestos exagerados, y luego las bragas a juego. El encaje me marcaba la piel. Me miré: las tetas altas y duras bajo el encaje, el vientre plano, los muslos. Estaba preciosa y lo sabía.

«Entra», dije. «Cierra la cortina.»

Entró. La cortina se cerró tras él con un susurro, y de pronto el probador era un mundo pequeño y caliente que olía a mi perfume y a su deseo. Diego me miró de arriba abajo y se pasó la lengua por los labios como un hombre hambriento delante de un banquete.

«Dios mío, Lucía.»

«¿Te gusta cómo le queda a tu novia invisible?», pregunté, girando despacio para que viera mi culo bajo el encaje rojo.

«Me vuelve loco», dijo, y su mano temblorosa se posó en mi cintura. El contacto me quemó. Llevaba meses sin que un hombre me tocara así, con esa mezcla de miedo y ganas.

Me giré hacia él y le desabroché el primer botón de la camisa. «¿Sabes lo que llevo pensando desde ayer? En tus manos. En dónde las pondrías si te dejara.»

«¿Y me dejas?»

En vez de contestar, cogí su mano y la llevé a mi pecho. Sus dedos se cerraron sobre mi teta por encima del encaje, torpes al principio, luego más seguros, amasándola con una necesidad que me hizo gemir bajito.

«Así», susurré. «No tengas miedo de romperme. No soy de cristal.»

Me besó entonces, un beso torpe y urgente, de hombre que lleva cuatro años sin besar. Le mordí el labio inferior y le pasé la lengua por la boca hasta que su torpeza se convirtió en hambre. Sus manos bajaron a mi culo, me apretaron contra su entrepierna, y sentí su polla dura como una piedra contra mi vientre a través del pantalón.

«Joder, Diego», gemí contra su boca. «¿Cuánto tiempo llevas así por mí?»

«Desde el primer día», confesó, y me arrodillé.

Delante de mí, en el probador estrecho, le desabroché el cinturón con dedos que no temblaban. Yo sí sabía lo que hacía. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón, y su polla saltó libre, gruesa y venosa, con la punta húmeda y brillante.

La miré un segundo, saboreando el momento, y luego la metí en mi boca hasta el fondo. Diego soltó un gemido roto y apoyó las manos en el espejo, que tembló contra la pared. Se la chupé despacio al principio, con la lengua dibujando círculos en el glande, y luego más rápido, más hondo, hasta que sentí su polla latir contra mi garganta.

«Lucía, voy a...», advirtió, pero le agarré el culo con las dos manos y lo empujé más adentro. Quería sentirlo correrse en mi boca, quería ese sabor salado y caliente después de tantos meses de soledad.

Se corrió con un gruñido ahogado, derramándose en mi garganta a oleadas. Tragué todo, limpié la punta con la lengua y me levanté con una sonrisa de gata satisfecha. Él me miraba como si fuera un milagro con encaje rojo.

«Eso», dije, limpiándome la comisura de los labios con el pulgar, «era la prueba de la talla. ¿Te convence el modelo?»

Se rio, una risa nueva, joven, de hombre resucitado. «Me convence la dependienta.»

Nos vestimos rápido, con manos que se buscaban a cada momento. Antes de salir del probador me dio un beso largo en el cuello, justo donde el pulso me latía desbocado. «Mañana a la hora de cerrar», susurró. «Quiero verte sin el uniforme.»

«Mañana», prometí, «cierra tú la puerta.»

El jueves fue el día más largo de mi vida. Atendí a tres clientas sin enterarme de nada, doblé bragas pensando en su boca, y a las ocho menos diez colgué el cartel de cerrado con las manos temblorosas. Diego esperaba fuera, con el maletín y una sonrisa nerviosa.

«¿Segura?», preguntó al entrar. Eché la llave y giré el cartel. «Segurísima.»

Lo llevé al almacén, entre cajas de sujetadores y percheros con batas de seda. Apagué la luz principal y dejé solo la lamparita del fondo, que bañaba todo en un ámbar cálido. Diego me miró entre las sombras de las cajas y dijo: «Estás preciosa con esa luz.»

Llevaba un vestido negro sencillo, sin nada debajo. Lo sabía él y lo sabía yo. Me lo quité por la cabeza y lo dejé caer sobre una caja, quedándome desnuda entre el cartón y la seda.

«Ven», dije.

Vino. Me besó el cuello, los hombros, bajó por mi pecho y tomó un pezón en su boca, chupándolo con una dedicación que me hizo arquear la espalda. Sus manos me recorrieron entera: la cintura, el vientre, y luego más abajo, entre mis muslos, donde ya estaba mojada y caliente para él.

«Estás empapada», susurró, maravillado, hundiendo dos dedos en mi coño. Gemí y me agarré a sus hombros, moviendo las caderas contra su mano. Sus dedos me conocían ya, me encontraban el punto exacto, y en dos minutos estaba al borde, temblando.

«No», jadeé, apartando su mano. «Quiero correrme contigo dentro. Por favor, Diego.»

Se desnudó a toda prisa, la camisa volando sobre una caja, los pantalones en el suelo. Su polla estaba dura otra vez, impaciente. Me sentó sobre una caja resistente, me abrió las piernas y se colocó entre ellas, mirándome a los ojos.

«Dime que lo deseas», pidió.

«Te deseo», dije. «Fóllame, Diego. Fóllame como llevas un mes imaginando.»

Entró en mí de una embestida larga y profunda, y grité, un grito corto que rebotó entre las cajas. Me llenaba por completo, cada centímetro, y empezó a moverse con un ritmo hambriento y desordenado, de hombre que recupera el tiempo perdido.

Le rodeé la cintura con las piernas y lo atraje más hondo. Nuestros cuerpos chocaban con un sonido húmedo y obsceno que me excitaba aún más. «Más fuerte», le exigí, clavándole las uñas en la espalda. «No me trates como a una clienta.»

Me embistió más fuerte, y el almacén entero pareció moverse con nosotros. Una caja cayó al suelo con un golpe sordo y nos reímos a carcajadas sin dejar de follar, y esa risa en medio del placer fue lo más erótico de todo.

Entonces me dio la vuelta sin salir de mí, con una fuerza que me sorprendió, y me inclinó sobre la caja con las manos apoyadas en el cartón. Me agarró las caderas y me penetró desde atrás, profundo y brutal, y el cambio de ángulo me hizo ver estrellas. «Así», gemí, «así, no pares, por favor no pares.»

Sus embestidas se volvieron salvajes. Una mano me sujetaba la cadera y la otra subió a estrujarme una teta, pellizcándome el pezón al ritmo de sus caderas. El cartón crujía bajo mis manos, el aire olía a sudor y a sexo, y yo solo podía gemir su nombre una y otra vez.

Sentí el orgasmo subir desde lo más hondo, una ola que me tensó entera. «Ya viene, ya viene...», gemí, y me corrí gritando su nombre, contrayéndome alrededor de su polla en espasmos que parecían no terminar nunca.

Mi orgasmo lo arrastró al suyo. Se corrió dentro de mí con un rugido sordo, hundiéndose hasta el fondo una y otra vez, llenándome de su calor. Nos quedamos abrazados entre las cajas, sudados y temblando, riendo bajito como dos adolescentes.

«Cuatro años», susurró contra mi pelo. «Cuatro años esperando esto sin saberlo.»

Le acaricié la espalda, feliz, plena, con su semen tibio escurriéndome por los muslos. «Pues ya no esperas más.»

Nos quedamos así un rato largo, sin hablar, escuchando nuestras respiraciones acompasarse. Su mano dibujaba círculos perezosos en mi espalda desnuda. Por primera vez en meses, la tienda vacía no me parecía un lugar triste, sino nuestro.

Fue entonces cuando lo oímos. Un sonido metálico, inconfundible, viniendo de la puerta principal de la tienda.

Una llave girando en la cerradura.

Nos miramos, helados. La única persona con llave, además de mí, era Carmen, la encargada. Y Carmen nunca volvía después del cierre. Nunca.

«Lucía, ¿estás ahí?», llegó su voz desde la entrada. «Me dejé el móvil en el cajón.»

El pánico me subió por la garganta como una arcada. Diego se quedó paralizado, con los pantalones a medio subir y la camisa abierta. Yo agarré mi vestido del suelo con manos que ya no me obedecían.

Sus pasos se acercaban por el pasillo, firmes, sin prisa. Los tacones de Carmen contra el suelo de la tienda sonaban como un reloj contando hacia atrás. Diego y yo, desnudos entre las cajas, sin escapatoria, contuvimos la respiración al mismo tiempo.

La segunda parte llegará muy pronto...

Rate this story

🔥 NEXT CHAPTER IN LINE

Rough & Dirty

Relatos eróticos de dependientas: El almacén (Parte 2)

Relatos eróticos de dependientas: Carmen las pilla en el almacén y todo parece perdido, hasta que Lucía descubre el secreto mejor guardado de la encargada. Final de la serie.

Read Next Story

More stories by Sofía Martínez

View all →

Readers who enjoyed “Relatos eróticos de dependientas: El probador (Parte 1)” also read

8 curated stories
Rough & DirtySpanish

Relatos eróticos: una noche salvaje en Madrid

Marina sale un viernes por Malasaña decidida a dejar de leer relatos eróticos y vivir uno de verdad. Lo que no espera es que el camarero del bar lleve toda la noche mirándola igual que ella a él. Una noche en Madrid que empieza con una copa y termina mucho después del amanecer.

⏱️ 13 min read•👁️ 0 views
Rough & DirtySpanish

Relatos de Sexo Explícito: Una Noche en el Estudio de Flamenco

Relatos de sexo explícito: Elena, profesora de flamenco en Madrid, se queda a solas con su alumno Marcos para una corrección privada. Lo que empieza como baile termina en una noche inolvidable.

⏱️ 11 min read•👁️ 0 views
Rough & DirtySpanish

Cuentos sexuales: El garaje de la medianoche

Marta siempre pensó que los cuentos sexuales eran fantasía de metro y aburrimiento. Hasta que una madrugada, en el garaje vacío de su edificio, la alarma de su coche despertó algo más que a los vecinos: al vigilante nocturno.

⏱️ 9 min read•👁️ 0 views
Rough & DirtySpanish

Relatos Calientes: La Guitarra de Medianoche, Parte 2

Segunda y última parte de estos relatos calientes: el marido de Valentina vuelve antes de Bilbao y la pilla en la academia. El susto lo cambia todo.

⏱️ 13 min read•👁️ 0 views
Rough & DirtySpanish

Relatos Calientes: La Guitarra de Medianoche, Parte 1

Relatos calientes desde Madrid: Valentina, profesora de flamenco, se queda a ensayar hasta tarde y el nuevo profesor de guitarra, Diego, le ofrece música en vivo. Lo que empieza como arte termina en deseo. Primera parte de dos.

⏱️ 10 min read•👁️ 0 views
Rough & DirtySpanish

Relatos eróticos de profesoras de yoga: la clase privada de Martina

Relatos eróticos de profesoras de yoga: en una azotea de Valencia, a las seis de la mañana, Emilio descubre que las correcciones de su profesora Martina esconden algo más que buena técnica.

⏱️ 11 min read•👁️ 0 views
Rough & DirtySpanish

Relatos eróticos de mi entrenadora: clases nocturnas sin testigos

Tres meses de clases particulares y una noche Carla cerró el gimnasio con llave. Lo que empezó contra el saco de boxeo se convirtió en la historia más intensa de su vida.

⏱️ 10 min read•👁️ 0 views
Neighbour AffairSpanish

Relatos eróticos de vecinos: lo que pasó en la escalera

Entre todos los relatos eróticos de vecinos, pocos empiezan con un apagón a las once de la noche. Martín y Marta llevan ocho meses cruzándose en la escalera con miradas que duran un segundo de más, hasta que la oscuridad les da por fin una excusa para dejar de fingir.

⏱️ 13 min read•👁️ 6 views