Porno Relatos Español: Llegada Nocturna
El coche se detuvo delante de la cancela y el motor se quedó tosiendo unos segundos antes de apagarse, como si también él hubiera llegado cansado. Carmen agarró la maleta del asiento trasero y miró la casa rural: dos plantas de piedra blanca, persianas verdes, y al fondo, brillando bajo los focos, la piscina. Había leído porno relatos español en el avión, esas historias que una devora en silencio con la pantalla baja, y ahora el corazón le latía como si la noche la estuviera esperando a ella también.
La noche andaluza olía a romero y a tierra caliente. Bajó, y el tacón se hundió un poco en la gravilla. Maldita sea, murmuró, y entonces oyó pasos.
Un hombre salió de entre los olivos con una linterna apagada en la mano. Alto, moreno, la camiseta pegada al pecho por el calor del día.
¿Carmen? Soy Andrés. El jardinero. Tu suegra me avisó de que venías hoy.
Ella asintió y le tendió la maleta más pesada. Él la cogió como si pesara la mitad. Gracias, dijo ella, y se fijó en sus antebrazos, en las venas marcadas, en cómo la miraba sin ninguna prisa.
La casa olía a cerrado y a lavanda. Andrés abrió las contraventanas del salón y el aire de la noche entró de golpe, trayendo el croar de las ranas de la acequia.
¿Te preparo algo? ¿Una copa? preguntó él, ya en la cocina, como si fuera su casa también.
Carmen se quitó los zapatos. Vino, dijo. Si hay.
Hay, rio él. Tu suegra deja la despensa llena como para un asedio.
Salieron a la terraza con dos copas de tinto. La piscina parecía un espejo negro con lucecitas azules en el fondo. Carmen se sentó en el borde, metió los pies en el agua y soltó un suspiro que sonó más fuerte de lo que pretendía.
Larga semana te espera, dijo Andrés, sentándose a su lado, no demasiado cerca. No demasiado lejos.
Mi marido está en Fráncfort. Feria de maquinaria. Vuelve el domingo que viene.
Y tú aquí sola, dijo él, y la miró de una forma que no era la de un jardinero hablando con la nuera de su jefa.
Carmen bebió un trago largo. Sola, repitió. La palabra le supo rara en la boca. O quizá le supo a libertad.
Andrés se quitó la camiseta de un tirón y la dejó sobre la tumbona. El torso brillaba un poco con el sudor seco del día. ¿Te molesta? Hace un calor...
No, dijo ella demasiado rápido. No me molesta.
Él sonrió y se metió en el agua hasta la cintura, salpicándola un poco. Carmen rio, un risa nerviosa, y él la miró desde abajo, el agua goteándole por la barbilla.
Ven, dijo. El agua está perfecta.
Llevo un vestido, protestó ella, señalando el vestido de lino que se le pegaba a los muslos con la humedad.
Y yo unos vaqueros, dijo él, encogiéndose de hombros. Aquí no nos ve nadie.
Ella dudó dos segundos que le parecieron una hora. Luego se levantó, se bajó la cremallera lateral del vestido y lo dejó caer a sus pies. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que se había puesto para ella misma, sin pensar en nadie. O pensando en alguien que no era su marido.
Andrés se quedó mirándola. No dijo nada elegante. Solo: Joder.
Carmen se metió en la piscina despacio, sintiendo el agua fría subirle por las piernas, por la cintura, por el pecho. Cuando llegó hasta él, estaban a un palmo de distancia, y el agua entre los dos parecía hervir sin estar caliente.
Él la agarró por la cintura bajo el agua y la pegó a su cuerpo. Sus manos grandes le recorrieron la espalda, bajaron hasta sus nalgas y la apretaron contra él, para que sintiera bien lo dura que la tenía ya. Carmen soltó un jadeo y le mordió el labio inferior, suave, provocándolo.
Ten cuidado conmigo, susurró él, con la voz rota. Llevo imaginándome esto desde que tu suegra me enseñó tu foto.
¿Mi foto? rio ella, incrédula, mientras sus dedos le recorrían el pecho mojado.
La del salón. La de la boda. Con ese vestido rojo, dijo, y le besó el cuello, despacio, saboreando el agua en su piel. Desde entonces no he pensado en otra cosa.
Esto no debería pasar, susurró ella.
Entonces dime que pare, dijo él. Dímelo y me voy a mi cuarto ahora mismo.
Ella no dijo nada. Él acercó una mano y le apartó un mechón mojado de la cara, y el roce de sus dedos en su mejilla le puso la piel de gallina en todo el cuerpo.
Andrés la besó. No fue un beso tímido: fue un beso de hombre que lleva días mirándola en fotos o imaginándosela, con la lengua entrando en su boca y una mano grande agarrándole la nuca. Carmen gimió contra sus labios y notó su erección dura apretándose contra su vientre a través de los vaqueros mojados.
Le desabrochó el botón con dedos torpes por el agua. La bragueta. Metió la mano dentro y encontró su polla, gruesa y caliente, palpitando en su puño. Él soltó el aire entre dientes.
Carmen, joder, no sabes las ganas...
Él le bajó un tirante del sujetador con la boca y le lamió el pezón por encima del encaje mojado. Ella echó la cabeza hacia atrás y el pelo le rozó la superficie del agua. Sus manos le agarraron los hombros, las uñas clavándose un poco.
Salieron del agua a trompicones, riendo y besándose, dejando un reguero hasta la tumbona grande de la terraza. Andrés extendió una toalla y la tumbó encima con cuidado, como si fuera algo frágil, aunque los dos sabían que no lo era.
Le quitó el sujetador y se quedó mirando sus tetas, los pezones duros por el frío del agua y el calor de sus manos. Se los metió en la boca uno por uno, chupando fuerte, mordisqueando suave, y Carmen arqueó la espalda y le agarró del pelo.
Más, susurró. Por favor, más.
Él bajó por su vientre lamiendo el agua salada de su piel, le enganchó las bragas de encaje con los dientes y se las bajó despacio por las piernas. La abrió con los pulgares y la miró un segundo, el coño brillante y mojado, y luego hundió la boca en ella sin avisar.
Carmen gritó, un grito corto que se tragó la noche. La lengua de Andrés la recorría entera, arriba y abajo, y luego se centraba en el clítoris, lamiendo en círculos rápidos mientras dos dedos se deslizaban dentro de ella. Ella se retorcía en la tumbona, las piernas temblando, una mano agarrando la toalla y la otra su pelo.
No pares, no pares, no...
El orgasmo la golpeó como una ola, desde dentro, y se corrió en su boca con un gemido largo, el cuerpo sacudiéndose, los muslos apretándole la cabeza. Andrés siguió lamiendo despacio hasta que ella tuvo que apartarlo porque era demasiado.
Se quitó los vaqueros empapados de una patada y se arrodilló entre sus piernas, la polla goteando, enorme contra la luz azul de la piscina. Carmen la agarró y se la llevó a la boca, lamiendo la punta, saboreando el líquido preseminal salado, y luego se la metió entera hasta donde pudo, moviendo la cabeza con ritmo.
Él le agarró el pelo con fuerza, guiándola, gimiendo su nombre. Joder, Carmen, qué boca...
Cuando notó que estaba a punto, él se apartó, la tumbó de espaldas y le abrió las piernas con las rodillas. La penetró de una embestida profunda, hasta el fondo, y los dos gritaron a la vez.
Estaba tan mojada y tan caliente por dentro que cada embestida sonaba, un chapoteo obsceno que los ponía más cachondos todavía. Andrés la follaba con ritmo creciente, agarrándole las caderas, mirándola a los ojos sin apartar la mirada, y ella le clavaba los talones en el culo, pidiendo más fondo, más fuerte.
Date la vuelta, gruñó él.
Carmen se puso a cuatro patas en la tumbona, el culo en alto, y él entró en ella por detrás de un golpe seco que le arrancó un gemido ronco. Le agarró del pelo y tiraba un poco con cada embestida, y la otra mano le rodeaba la cintura para frotarle el clítoris con dos dedos mojados.
Así, así, joder, así me gusta, gemía ella, la cara hundida en la toalla.
Él aceleró, los testículos golpeándole el coño con cada embestida, el sonido de la carne contra la carne llenando la terraza. Carmen sintió el segundo orgasmo subirle desde los dedos de los pies, una presión dulce e insoportable, y se corrió gritando su nombre, el coño contrayéndose alrededor de su polla.
Eso lo desató. Andrés salió de ella, se corrió sobre su espalda y sus nalgas en chorros calientes y espesos, gimiendo con la cabeza echada hacia atrás, y luego se desplomó a su lado, jadeando.
Se quedaron así un rato, pegajosos, el corazón desbocado, mirando las estrellas que se veían entre las ramas del olivo. La toalla estaba empapada y a ninguno le importaba lo más mínimo.
¿Y tu marido? preguntó él al fin, con la voz baja, trazando círculos perezosos con un dedo en su hombro.
Mi marido está en Fráncfort contando máquinas, dijo Carmen, y se volvió hacia él. Y yo estoy aquí. Contigo. No me hables de él esta semana.
Él sonrió en la oscuridad y le besó la frente, luego la boca, despacio, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Porque lo tenían: seis noches enteras por delante, y la casa vacía, y la piscina esperándolos.
Ninguno dijo lo obvio: que quedaban seis noches más.
Fue Carmen quien rompió el silencio, con la voz ronca y una sonrisa que él sintió más que vio en la oscuridad.
Mañana, dijo, traes otra botella.
La segunda noche Carmen bajó a la piscina descalza, con solo una camisa blanca de su marido abierta por delante. Andrés ya estaba en el agua, y al verla se quedó quieto, con la mandíbula tensa.
Te he traído algo, dijo él, señalando una cesta en el borde. Dentro había fresas, nata montada y una botella de cava en una cubitera improvisada.
Qué clásico, rio ella, metiéndose en el agua hasta la cintura. La camisa se le pegó al cuerpo al instante, transparente, marcándole los pezones.
Los clásicos funcionan, dijo él, acercándose. Le quitó la camisa botón a botón, despacio, y la dejó flotando en el agua como una medusa blanca.
La sentó en el borde de la piscina, con las piernas colgando en el agua, y se arrodilló entre ellas. Le untó nata en los pezones y la lamió con calma obscena, dibujando círculos con la lengua mientras ella le agarraba del pelo y gemía bajito, mirando las estrellas.
Bajó más, le separó los muslos y le puso una fresa entre los labios del coño. La mordió allí mismo, el jugo mezclándose con el suyo, y Carmen gritó, un grito que rebotó en las paredes de piedra de la casa vacía.
Él la lamió entera, sin prisa, metiéndole dos dedos mientras la lengua le torturaba el clítoris. Ella se retorcía en el borde, las manos agarrando la piedra rugosa, hasta que se corrió con un temblor largo, empapándole la cara.
Entonces él salió del agua, la cogió en brazos, chorreando los dos, y la llevó hasta la mesa de madera de la terraza. La tumbó encima de un golpe suave y le abrió las piernas de par en par.
La penetró mirándola a los ojos, profundo y lento al principio, y luego cada vez más fuerte, la mesa crujiendo bajo ellos. Carmen le rodeó la cintura con las piernas y le clavó las uñas en la espalda, pidiendo más, siempre más.
Córrete conmigo, le ordenó él, y aceleró el ritmo, los dedos frotándole el clítoris sin piedad. Ella se corrió gritando su nombre, el cuerpo arqueado sobre la mesa, y él la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un gemido ronco que se perdió entre los olivos.
Se quedaron abrazados sobre la madera húmeda, riendo como dos adolescentes. Quedan cinco noches, susurró Carmen contra su pecho. Él le besó la coronilla. Cinco, repitió. Y pienso aprovechar cada una.
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