Relatos Eróticos de Jefas: Adriana Manda Después de las Seis
¿Te quedas hasta tarde hoy, Álvaro? La pregunta me llegó desde la puerta de su despacho, con media oficina ya vacía y el viernes deshaciéndose fuera. Nunca imaginé que mis propios relatos eróticos de jefas empezarían así, un viernes a las seis de la tarde, con la persiana a medio bajar y ella mirándome como si ya supiera mi respuesta.
Adriana Vidal tenía treinta y ocho años, un divorcio a sus espaldas y fama de no perdonar ni un error. Yo llevaba ocho meses como analista junior en su equipo y nunca la había visto sonreír de verdad. Hasta esa tarde.
La presentación del cliente Meridian estaba incompleta y el lunes a las nueve había que defenderla. Mis compañeros se habían escabullido uno a uno con excusas de cena y cumpleaños. Yo me quedé con tres diapositivas rotas y un nudo en el estómago.
Ella salió de su despacho con dos copas y una botella de vino tinto a medio empezar. Se había quitado la chaqueta y la blusa blanca se le pegaba a la espalda por el calor. Llevaba el pelo recogido, pero un mechón rebelde le caía sobre la mejilla.
¿Trabajas mejor con vino o sin vino? preguntó, y me tendió una copa sin esperar respuesta. El viernes ya está muerto, Álvaro. Nadie va a juzgarnos por una copa.
Trabajamos una hora en silencio, ella a mi lado, corrigiendo gráficos por encima de mi hombro. Su perfume, algo cítrico y caro, me llegaba con cada movimiento. En un momento se inclinó para señalar un dato y su pecho rozó mi brazo. Ninguno de los dos se apartó.
¿Tienes a alguien, Álvaro? preguntó sin mirarme, corrigiendo un gráfico. ¿Novia, novio, algo? Negué con la cabeza. Ella asintió despacio. Mejor, dijo. Las complicaciones distraen. Y volvió a inclinarse sobre mi hombro, dejando esta vez que su mejilla rozara la mía un instante que duró una eternidad.
¿Sabes cuál es tu problema? dijo de pronto, sentándose en el borde de mi mesa. Eres demasiado obediente. Miras la pantalla como si fuera a morderte. La falda se le había subido un palmo y sus muslos bronceados quedaron a la altura de mis ojos.
Tragué saliva. El vino me quemaba un poco la garganta, o quizá era otra cosa. ¿Y cuál es la solución, jefa? Ella sonrió, y fue la primera sonrisa de verdad que le vi en ocho meses.
La solución es que cierres la puerta con llave, dijo. Y lo dijo sin apartar la mirada. Mi mano tembló un poco al girar la llave, y cuando me di la vuelta ella ya se había desabrochado dos botones de la blusa.
Ven aquí, ordenó. No fue una petición. Yo obedecí, porque en ese momento obedecerla era lo único que mi cuerpo entendía.
Me desabrochó la camisa botón a botón, sin prisa, mientras yo contenía la respiración. Cuando mi torso quedó al descubierto, recorrió mi pecho con las uñas, apenas rozándome, y sentí que cada vello de mi cuerpo se erizaba. Tienes buen cuerpo para un chico de oficina, murmuró.
Se puso de pie frente a mí y me desabrochó el cinturón con una lentitud deliberada, mirándome a los ojos todo el tiempo. Mi polla ya estaba dura cuando la liberó, y ella la contempló un segundo con una sonrisa torcida. Vaya, dijo. El chico obediente esconde sorpresas.
Se arrodilló allí mismo, entre mi silla y la mesa, y me la metió en la boca sin preámbulos. Su lengua trazó círculos lentos alrededor del glande mientras una de sus manos me acariciaba los huevos. Gemí y agarré el borde de la mesa.
La mamó con una maestría que me dejó sin aire, alternando succiones profundas con lamidas suaves por todo el tronco. Cuando sintió que yo estaba a punto de correrme, se detuvo y me miró desde abajo. Todavía no, dijo. Todavía no te he dado permiso.
Se levantó, se dio la vuelta y se inclinó sobre mi mesa, apartando el teclado con un gesto brusco. La falda se le subió hasta la cintura y vi sus bragas negras de encaje, empapadas en el centro. Rómpele, le dije, y ella se rio.
Me bajé los pantalones del todo y me coloqué detrás de ella. Le aparté las bragas a un lado y deslicé mi polla por su coño mojado, arriba y abajo, sin entrar todavía. Ella se retorció y golpeó la mesa con la palma. ¡Métela ya, joder!
La penetré de un solo empujón y su grito rebotó en las paredes vacías de la oficina. Estaba ardiendo por dentro y tan estrecha que tuve que agarrarme a sus caderas para no correrme en el acto. Empecé a follarla con embestidas largas y profundas.
Le agarré el pelo recogido y tiré suavemente hacia atrás, obligándola a arquear la espalda. Su cuello quedó expuesto y lo mordisqueé mientras la embestía. Ella jadeó mi nombre por primera vez, y oírlo en su boca me encendió aún más.
Cada golpe hacía temblar la mesa y bailar el monitor. Sus tetas, liberadas a medias de la blusa, se balanceaban con cada embestida. Le desabroché el sujetador por detrás sin dejar de moverme y amasé sus pechos con ambas manos, pellizcando sus pezones duros.
Más fuerte, exigió, y yo obedecí. La follé con todo lo que tenía, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mi polla. Sus gemidos se hicieron más agudos y supe que estaba cerca. Córrete para mí, le susurré al oído. Córrete en mi polla.
Su orgasmo la sacudió entera y su coño me estrujó con una fuerza increíble. Esa contracción me llevó al límite y me corrí dentro de ella con un gruñido, llenándola mientras ella seguía temblando bajo mi cuerpo.
Me retiré despacio y ella se dio la vuelta, apoyándose en la mesa. Tenía las mejillas encendidas y la blusa abierta del todo. Me miró de arriba abajo y sonrió con picardía. No está mal para un viernes, dijo. Pero la noche es joven.
Nos quedamos así un momento, jadeando, con la mesa crujiendo bajo nuestro peso. Entonces llamaron a la puerta. Tres golpes secos. ¡Limpieza! gritó una voz al otro lado.
Nos separamos como resortes. Ella se recompuso en segundos, abrochándose la blusa con dedos veloces, mientras yo me subía los pantalones a trompicones. ¡Un minuto! respondió ella, con una voz tan normal que me asombró.
Esperamos conteniendo la respiración hasta que los pasos del conserje se alejaron por el pasillo. Entonces nos miramos y estallamos en una risa nerviosa, a medio vestir, con el vino derramado sobre un informe.
Esto ha sido una locura, dije. La mejor locura de mi vida, corrigió ella. Y no hemos terminado. Me tomó de la corbata y me arrastró a su despacho privado, donde un sofá de cuero nos esperaba junto al ventanal.
Allí me desnudó del todo, prenda a prenda, como si desenvolviera un regalo. Recorrió mi cuerpo con las manos y la boca, deteniéndose en cada punto sensible. Cuando llegó a mi polla, ya dura otra vez, la miró con aprobación. El chico obediente se recupera rápido.
Esta vez fue ella quien se tumbó y me guió. Me senté entre sus muslos abiertos y la penetré despacio, mirándola a los ojos. Su coño me recibió con un calor húmedo que me hizo gemir. Nos movimos juntos, lentos al principio, encontrando un ritmo que era solo nuestro.
Le quité la blusa del todo y me dediqué a sus tetas, chupando y mordisqueando sus pezones mientras la follaba. Ella me clavó las uñas en la espalda y me susurró obscenidades al oído que me volvieron loco. Fóllame como si fuera lunes y me odiaras, dijo.
La levanté en brazos y la llevé hasta el ventanal. La apoyé contra el cristal frío, con las luces de la Gran Vía a sus espaldas, y la penetré de pie, sujetándola por los muslos. El contraste entre el cristal helado y su piel ardiendo la hizo gemir con fuerza.
Aumenté el ritmo hasta que el sofá golpeaba contra la pared. Cambiamos de postura y ella se puso encima, cabalgándome con una energía feroz. Sus tetas botaban frente a mi cara y yo las atrapaba con la boca una y otra vez.
Adriana, joder, estás increíble, gemí. Cállate y cómete mis tetas, ordenó, y yo obedecí encantado. Su coño se apretaba cada vez más y sus movimientos se volvieron erráticos. Estaba a punto.
Nos corrimos casi a la vez, ella con un grito ahogado que amortiguó contra mi hombro y yo con una oleada que me dejó temblando. Se desplomó sobre mi pecho y nos quedamos abrazados, sudorosos y en silencio, con las luces de Madrid parpadeando tras el ventanal.
Después nos duchamos por turnos en el baño de su despacho, riéndonos como dos adolescentes. Me ayudó a anudarme la corbata con dedos expertos y me alisó el pelo. Esto no ha pasado, dijo muy seria. Y el lunes soy tu jefa otra vez.
El lunes soy tu jefa otra vez, repetí. Ella asintió, pero sus ojos decían otra cosa.
Esa noche, ya en casa, me llegó un mensaje de un número desconocido. Era una foto: su blusa blanca sobre el sofá de cuero, y debajo un texto. Te has dejado esto. Ven a por ella cuando quieras. Guardé la foto como un tesoro y no dormí en toda la noche.
Recogimos la oficina, terminamos la presentación en veinte minutos y salimos juntos al parking vacío, manteniendo una distancia prudencial.
El lunes a las nueve defendimos la presentación y el cliente quedó encantado. Adriana estuvo impecable, fría y brillante, como siempre. Ni una mirada de más, ni un gesto. Yo empecé a preguntarme si el viernes había sido un sueño.
Al salir de la sala, me cruzó en el pasillo y me deslizó un papel doblado en el bolsillo de la chaqueta sin detenerse. Esperé a estar solo en el ascensor para abrirlo. Decía: El viernes que viene, misma hora. No llegues tarde. A.
Guarde el papel en la cartera, donde todavía lo llevo. Porque desde entonces, cada viernes a las seis, la oficina se vacía, una puerta se cierra con llave, y mis relatos eróticos de jefas escriben un capítulo nuevo.
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