Office RomanceSpanish⭐ Original Edition

Mi jefa me provocó en la oficina relato: horas extra

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En la oficina todos fantasean alguna vez con un mi jefa me provocó en la oficina relato, pero muy pocos pueden decir que lo vivieron de verdad. Yo lo viví un martes, pasadas las ocho de la tarde, cuando escuché la llave girar en la cerradura de su despacho.

Elena Vidal, mi jefa, cuarenta y cuatro años, directora comercial, la mujer que en las reuniones hacía temblar a hombres que le doblaban el tamaño. Se había quedado hasta tarde conmigo para cerrar la presentación del día siguiente, o eso me había dicho.

"Ya está, Marcos. Se han ido todos." Dejó las llaves sobre su mesa con un golpe seco y me miró por encima de sus gafas. "Ahora podemos trabajar tranquilos."

Su despacho olía a su perfume, caro y denso. Ella se quitó la chaqueta del traje y la colgó con cuidado, quedándose en camisa blanca y falda de tubo negra. Abrió un cajón y sacó una botella de whisky y dos vasos.

"¿Whisky?" "Son las ocho y cuarto, Elena." "Y mañana presentamos al cliente más grande del año."

Sirvió dos dedos en cada vaso. "Bebe. Te va a hacer falta."

El whisky me quemó la garganta y me soltó los hombros. Ella bebió el suyo de un trago, sin pestañear, y se sirvió otro. "¿Sabes cuántas noches me he quedado aquí hasta tarde este mes?"

Once. ¿Sabes cuántas veces he pensado en ti en esas once noches?

"¿En mí?" "En ti, Marcos. En tu manera de tomar notas sin levantar la vista."

En cómo te muerdes el labio cuando no entiendes algo. "Dio un paso hacia mí." Me tienes distraída, y yo no me distraigo nunca.

Bebimos de pie junto a la ventana, mirando las luces de la Castellana. Ella se colocó detrás de mi silla cuando volvimos a la mesa y se inclinó sobre mi hombro para mirar la pantalla, tan cerca que su pelo me rozaba la mejilla.

"Esta diapositiva no me convence." Su mano se apoyó en el respaldo de mi silla, y luego, como quien no quiere la cosa, en mi hombro. "Cámbiala. Y ponme más grande el gráfico de ventas."

Sus dedos me apretaron el hombro mientras yo tecleaba, y noté sus uñas a través de la camisa. "¿Estás nervioso, Marcos?" "Un poco."

"La presentación..." "No hablo de la presentación."

Su aliento me rozó la oreja y se me erizó toda la piel. Intenté seguir tecleando, pero las letras se me mezclaban en la pantalla. Ella se dio cuenta y se rio bajito, un sonido grave que me atravesó.

"Deja eso." Me quitó las manos del teclado y las puso sobre mis propios muslos. "La diapositiva puede esperar. Hay cosas más urgentes."

Se apartó y fue hasta la puerta de su despacho. La cerró con suavidad y giró la llave. El clic resonó en el despacho silencioso. Cuando se volvió, se estaba quitando las gafas muy despacio.

"Ven aquí." Lo dijo en el mismo tono con el que pedía los informes los lunes: sin admitir réplica. Me levanté y crucé el despacho hasta quedar delante de ella.

Se sentó en el borde de su mesa, se cruzó de piernas y la falda se le subió hasta medio muslo. "¿Sabes por qué te he pedido a ti que te quedaras esta noche?"

Porque soy el que mejor maneja el PowerPoint. "Sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa." Entre otras cosas.

Me puso una mano en la corbata y tiró de mí hasta que nuestras caras quedaron a un palmo. "Llevo tres meses mirándote en las reuniones y preguntándome si eres tan obediente en todo como en el trabajo."

Elena..." "Shhh. "Me puso un dedo en los labios."

Aquí no soy Elena. Aquí soy tu jefa, y tú vas a hacer exactamente lo que te diga. ¿Entendido?

Asentí, con la boca seca. Me soltó la corbata y se recostó sobre la mesa, apoyándose en los codos. Con un movimiento lento, se subió la falda hasta la cintura.

No llevaba nada debajo. La miré, incrédulo, y ella se rio bajito. "Se me olvidó ponérmelas esta mañana."

Qué despiste, ¿verdad? "Abrió las piernas despacio, ofreciéndose."

De rodillas. "Obedecí al instante, arrodillándome entre sus piernas sobre la moqueta de su despacho. El olor de su deseo me golpeó antes incluso de tocarla."

La lamí despacio, con la lengua plana, saboreándola. Ella se agarró al borde de la mesa y soltó un gemido contenido. "Así..."

despacio... que dure.

Alterné la lengua con los dedos, entrando y saliendo de ella mientras la lamía. Sus caderas empezaron a moverse contra mi boca, buscando más, y una de sus manos bajó hasta enredarse en mi pelo.

"Joder, no pares." Su voz sonó rota, nada que ver con la directora serena de las reuniones. Me gustó romperla un poco, verla perder el control que tanto le costaba mantener delante de todos.

Metí un tercer dedo y aceleré la lengua, y su cuerpo respondió arqueándose sobre la mesa. Los papeles que quedaban cayeron al suelo, pero a ninguno de los dos le importó.

"Más hondo." Tiró de mi pelo para pegarme más a ella. "Joder, Marcos, qué boca tienes." La mesa crujía bajo su peso mientras se retorcía.

Cuando noté que estaba a punto, aceleré el ritmo sin piedad hasta que se corrió con un grito ahogado, apretándome la cabeza entre sus muslos. Se quedó temblando sobre la mesa, jadeando, con la camisa desabrochada.

Me puse de pie y ella me miró con los ojos brillantes. "Ven." Me desabrochó el cinturón con manos expertas y me bajó los pantalones.

Me miró fijamente. "¿Quieres?"

Sí." "Dilo bien, Marcos. "Me agarró por la corbata y tiró." Dilo como un hombre, no como un becario.

"Quiero follarte, Elena." Sonrió, satisfecha. "Así me gusta." Se puso de pie, me dio la vuelta y me empujó hasta doblarme sobre su mesa, con la mejilla contra los informes del trimestre.

Se colocó detrás de mí y me guió dentro de ella con la mano, de una sola vez, hasta el fondo. Solté un gruñido contra los papeles. Estaba caliente, estrecha, perfecta.

Empezó a moverse, primero despacio, marcando el ritmo como quien dirige una reunión, y luego más rápido, clavándome las uñas en las caderas. "¿Te gusta que tu jefa te folle en su despacho?"

Cada embestida me empujaba contra el borde de la mesa y yo me agarraba a la madera para no caer. Su falda se había subido del todo y su espalda brillaba de sudor bajo la luz del flexo.

"Dime que soy la mejor jefa que has tenido." "Eres la mejor jefa que he tenido." "Miente mejor, Marcos."

Me mordió el hombro, jugando. "Dilo como si lo creyeras."

Sí... joder, sí." "Dilo otra vez.

" "Me gusta que mi jefa me folle en su despacho. "Se rio, un risa ronca y triunfal, y me agarró del pelo para levantarme la cabeza."

"Mírate. El chico aplicado de las presentaciones, doblado sobre mi mesa." Aumentó el ritmo y la mesa empezó a desplazarse con cada embestida. Los vasos de whisky temblaban peligrosamente.

Me corrí de golpe, sin avisar, con un gemido que no pude contener. Ella se quedó quieta un momento, sintiéndome, y luego se apartó con elegancia. "Rápido. Tendremos que trabajar eso."

Me dio un vaso de whisky y bebimos los dos, ella sentada en la mesa con la falda todavía subida y yo apoyado contra la pared, intentando recuperar el aliento. "¿La presentación?" Pregunté.

"La presentación puede esperar diez minutos." Dejó el vaso y se puso de pie. Se quitó la camisa botón a botón, delante de mí, hasta quedarse solo con la falda. Sus pechos eran firmes, con los pezones duros.

"Túmbate." Señaló la mesa, ahora despejada de papeles de un manotazo. Obedecí, tumbándome bocarriba sobre la madera fría. Se subió encima de mí a horcajadas y me guió dentro de ella otra vez.

Cabalgó despacio, con las manos apoyadas en mi pecho, mirándome a los ojos sin parpadear. Sus pechos se movían sobre mi cara y levanté la cabeza para tomar un pezón entre los labios.

"Eres insaciable." "Soy tu jefa. Puedo ser lo que quiera."

Aceleró, y yo le agarré las caderas para ayudarla. El despacho se llenó del sonido de nuestros cuerpos y de su respiración entrecortada.

Se corrió con un temblor largo, echando la cabeza hacia atrás, y yo estuve a punto de irme con ella. "¿Puedo?" Pregunté, al borde.

"¿Puedes qué?" "Correrme."

Todavía no. "Se inclinó y me besó con fuerza, moviéndose despacio, torturándome." Cuando yo diga.

"¿Entendido?" "Entendido."

Aguanté como pude, con los puños apretados, mientras ella seguía moviéndose sobre mí con una sonrisa cruel. "Por favor..." "¿Por favor qué?" "Por favor, déjame correrme."

Ahora. "Fue una sola palabra, una orden, y mi cuerpo obedeció al instante. Me corrí dentro de ella con un gemido largo, temblando bajo su peso, mientras ella seguía moviéndose para exprimirme hasta la última gota."

Se dejó caer sobre mi pecho, los dos sudados y jadeando sobre su mesa de directora. "La presentación", dijo contra mi cuello, "va a ser la mejor del año. Con esta motivación, ¿cómo no."

Nos vestimos en silencio, con calma, como después de una reunión larga. Ella se rehízo el moño frente al espejo, se pintó los labios y volvió a ser Elena Vidal, directora comercial, intocable.

"Una cosa más." Se volvió hacia mí con el pintalabios en la mano. "Esto no sale de este despacho."

Ni una palabra, ni una mirada rara en las reuniones. ¿Entendido?

"Entendido." "Bien." Sonrió, y por un segundo volvió a ser la mujer de la mesa.

"Aunque los martes voy a necesitar que te quedes hasta tarde más a menudo. La carga de trabajo, ya sabes."

Me arregló la corbata con dos movimientos precisos y me miró a los ojos. "La presentación, mañana a las nueve en mi correo. Y tú, puntual. Como siempre."

Como siempre. "Me guardó el USB en el bolsillo de la chaqueta y me abrió la puerta del despacho. El pasillo estaba a oscuras y en silencio."

El guardia de seguridad levantó la vista de su garita al verme pasar. "Buenas noches, Marcos. Trabajando hasta tarde, ¿eh?"

Buenas noches. "Mi voz sonó rara, ronca, y tuve que carraspear."

En el ascensor, solo, me olí los dedos y sonreí. Olían a ella. A whisky, a perfume caro y a victoria.

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