Relatos Eróticos de Oficina: Lucía Abre las Piernas para la Polla Dura de Mateo en Madrid
"No, Mateo, no voy a firmar una campaña que no creo", dijo Lucía con la voz temblando de rabia. Si alguien escribiera Relatos Eróticos de Oficina sobre aquella noche en Madrid, empezaría justo aquí, con dos adultos discutiendo a las diez de la noche y la oficina vacía. Mateo, de 36 años, director de cuentas, la miró fijamente sin retroceder ni un paso.
"Lucía, llevas tres semanas cambiando el concepto", respondió él, acercándose hasta quedar a medio metro de ella. "El cliente quiere impacto, no poesía". Lucía, de 31 años, responsable de marketing, cruzó los brazos y sostuvo su mirada. El aire entre ellos estaba cargado, y no solo de trabajo.
"Impacto no significa vender humo", replicó ella, señalando la pantalla donde brillaba el eslogan que él defendía. "Tu frase suena bien en una reunión, pero en la calle no dice nada". Mateo sonrió de lado, esa sonrisa que a Lucía siempre la sacaba de quicio. "Pues demuéstrame que la tuya funciona mejor", dijo él en voz baja.
"¿Que te lo demuestre?", preguntó Lucía, dando un paso hacia él. "Llevo toda la tarde demostrándolo con datos, y tú ni siquiera los has leído". Mateo dejó su chaqueta sobre una silla y se remangó la camisa lentamente. "Los he leído", dijo. "Y aun así, tu propuesta me parece fría".
"Fría", repitió ella, casi riendo. "Fría es tu forma de dirigir, Mateo. Todo control, todo orden, cero riesgo". Él se acercó un poco más, hasta que Lucía pudo oler su colonia mezclada con café. "¿Cero riesgo?", murmuró él. "Tú no sabes lo que arriesgo yo cada día contigo en esta oficina".
Lucía se quedó quieta. Aquello ya no sonaba a campaña. "¿Qué quieres decir con eso?", preguntó, aunque en el fondo lo sabía. Mateo bajó la voz todavía más. "Quiero decir que llevo meses mordiéndome la lengua cada vez que entras en mi despacho con esa falda".
"Mateo", advirtió ella, pero su voz salió más suave de lo que pretendía. "Estamos en el trabajo". Él asintió, sin apartarse. "Lo sé. Y por eso mismo llevamos meses sin decirnos nada". Lucía notó que su respiración se aceleraba. La discusión había cambiado de terreno sin que ninguno lo anunciara.
"Pues dilo ahora", retó ella, desafiante. Mateo no lo dudó. La tomó por la cintura con una mano firme y la atrajo hacia él. "Me vuelves loco, Lucía. Me vuelves loco desde el primer día". Antes de que ella pudiera contestar, sus labios estaban sobre los suyos.
El beso fue brusco, hambriento, nada parecido a un beso educado de oficina. Lucía le devolvió el beso con la misma fuerza, agarrándole la camisa con ambas manos. Sus lenguas se buscaron con urgencia, y ella sintió cómo su cuerpo entero se encendía. Mateo la empujó suavemente contra la mesa de reuniones.
"Aquí no", susurró Lucía entre besos, aunque sus manos ya estaban desabrochando los botones de su camisa. "Que nos vea alguien". Mateo negó con la cabeza y la besó en el cuello. "No queda nadie, Lucía. Solo estamos tú y yo". Sus labios bajaron por su garganta mientras ella echaba la cabeza hacia atrás.
Lucía deslizó las manos bajo su camisa y sintió su pecho caliente y firme. Mateo, a su vez, le subió la falda con lentitud deliberada, acariciando sus muslos con las palmas abiertas. "Dime que pare", murmuró él, "y paro". Ella lo miró a los ojos y sonrió. "Ni se te ocurra parar".
Él la sentó sobre el borde de la mesa y se colocó entre sus piernas. Lucía rodeó su cintura con las piernas y lo atrajo más cerca. A través de la tela, sintió su polla dura presionando contra ella, y un gemido escapó de su garganta sin que pudiera evitarlo. Mateo le mordió el labio inferior con suavidad.
"¿Ves lo que me haces?", susurró él, frotándose contra ella con movimientos lentos y firmes. Lucía asintió, jadeando, y le quitó la camisa del todo. Su torso quedó al descubierto bajo la luz fría de la oficina, y ella recorrió su pecho con la lengua, saboreando su piel. Mateo gimió y le agarró el pelo.
"Quítate esto", dijo él, tirando de su blusa. Lucía se la quitó por encima de la cabeza y quedó en sujetador, con los pechos subiendo y bajando con cada respiración agitada. Mateo le desabrochó el sujetador por detrás y lo dejó caer al suelo. Sus pechos quedaron libres, y él los tomó con ambas manos.
Lucía cerró los ojos cuando Mateo lamió uno de sus pezones y luego el otro, alternando entre lengua y dientes con una paciencia que la volvía loca. "Mateo, por favor", suplicó ella, arqueando la espalda. Él sonrió contra su piel. "¿Por favor qué, Lucía? Dilo". "Fóllame", dijo ella sin dudar. "Fóllame aquí mismo".
Mateo le bajó las bragas con una mano mientras con la otra seguía acariciando sus pechos. Lucía levantó las caderas para ayudarlo, y la prenda cayó sobre la mesa. Él deslizó dos dedos entre sus piernas y encontró su coño ya mojado y caliente. "Estás empapada", murmuró él, introduciendo un dedo lentamente.
"Es culpa tuya", respondió Lucía, agarrándole la muñeca. "Llevas toda la noche provocándome". Mateo añadió un segundo dedo y empezó a moverlos dentro de ella con ritmo creciente. Lucía se aferró a sus hombros y movió las caderas al compás, gimiendo cada vez más alto. El sonido de sus dedos mojados llenaba la sala silenciosa.
"Quiero probarte", dijo Mateo, arrodillándose entre sus piernas abiertas. Antes de que Lucía respondiera, su lengua ya estaba sobre su clítoris, lamiendo con movimientos circulares lentos y precisos. Lucía echó la cabeza hacia atrás y se agarró al borde de la mesa. "¡Dios, Mateo, sí!", gritó, con las piernas temblando.
Él alternó lametones largos con succiones suaves, y de vez en cuando introducía la lengua dentro de ella. Lucía sentía el placer subir en oleadas, cada vez más intensas, hasta que su cuerpo se tensó por completo. "No pares, no pares", repetía ella, y Mateo obedeció, aumentando la presión hasta que ella explotó en un orgasmo que la dejó jadeando y temblando sobre la mesa.
Cuando Lucía abrió los ojos, Mateo estaba de pie frente a ella, desabrochándose el pantalón con una sonrisa hambrienta. Su polla dura y gruesa quedó libre, y Lucía la tomó con la mano, acariciándola de arriba abajo con lentitud. "Es preciosa", murmuró ella, y luego se la llevó a la boca.
Lucía lamió la punta con la lengua, saboreando el líquido que ya asomaba, y luego se la metió entera en la boca, moviendo la cabeza con ritmo constante. Mateo gimió y le acarició el pelo, guiándola suavemente. "Lucía, así, justo así", murmuró él, con la respiración entrecortada. Ella aumentó la velocidad, usando la mano en la base mientras su boca hacía el resto.
Mateo la detuvo antes de correrse, levantándola con cuidado. "No, todavía no", dijo, besándola de nuevo. "Quiero estar dentro de ti". Lucía asintió y abrió las piernas para él, apoyándose sobre los codos sobre la mesa. Mateo se colocó entre ellas y empujó su polla dentro de su coño mojado, centímetro a centímetro.
"¡Ah, Mateo!", gritó Lucía cuando él la llenó por completo. Él se quedó quieto un momento, mirándola a los ojos, y luego empezó a moverse con embestidas profundas y firmes. Cada golpe hacía que la mesa crujiera ligeramente y que los pechos de Lucía se movieran al ritmo. "¿Así te gusta?", preguntó él. "Más fuerte", ordenó ella. "Más fuerte, Mateo".
Él obedeció, agarrándole las caderas con fuerza y follándola con más intensidad. Lucía rodeó su cuello con los brazos y lo besó con desesperación, mordiéndole el labio. Sus cuerpos chocaban una y otra vez, y el placer crecía en ambos con cada embestida. "Me voy a correr", advirtió ella, con la voz rota.
"Córrete para mí, Lucía", ordenó Mateo, acelerando todavía más. Ella gritó su nombre cuando el segundo orgasmo la atravesó, contrayéndose alrededor de su polla con fuerza. Mateo la siguió segundos después, embistiéndola hasta el fondo y corriéndose dentro de ella con un gemido profundo y largo.
Se quedaron abrazados sobre la mesa, jadeando, con la piel sudorosa y pegajosa. "La campaña", murmuró Lucía entre risas, "seguimos sin resolver la campaña". Mateo rio y la besó en la frente. "Ahora mismo me importa muy poco la campaña". Ella le dio un golpe suave en el pecho. "Pues a mí sí, aunque acabes de follarme sobre la mesa de reuniones".
"Ven", dijo Mateo, ayudándola a bajar de la mesa. "Hay un hotel a dos calles. Terminemos esto como es debido, sin mesas de oficina de por medio". Lucía recogió su blusa y su falda, y se vistió a medias, riendo. "¿Dos calles?", preguntó. "¿Ya lo tenías pensado?". Él sonrió, culpable. "Desde hace meses, Lucía. Desde hace meses".
Salieron de la oficina cogidos de la mano, con la ropa arrugada y las mejillas encendidas. La noche de Madrid los recibió en silencio. Caminaron deprisa, riendo como dos adolescentes, hasta el pequeño hotel que Mateo conocía. En recepción, él pidió una habitación sin mirar a nadie a los ojos.
En cuanto se cerró la puerta de la habitación, volvieron a besarse con la misma urgencia de la oficina. Lucía empujó a Mateo sobre la cama y se sentó a horcajadas sobre él, quitándose la blusa de nuevo. Sus pechos quedaron frente a su cara, y él los besó y lamió mientras ella se movía sobre su regazo, frotando su coño contra su polla a través de la tela.
"Quítate todo", ordenó Lucía, y Mateo obedeció, desnudándose por completo mientras ella hacía lo mismo. Desnudos sobre la cama, se miraron un momento, saboreando la imagen del otro sin ropa ni prisas de oficina. "Eres preciosa, Lucía", dijo él. "Y tú estás tremendo, Mateo", respondió ella, besándolo despacio.
Lucía se colocó sobre él y guió su polla dura dentro de su coño, bajando lentamente hasta tenerla entera dentro. "¡Ah, qué bien entras!", gimió, empezando a moverse arriba y abajo con ritmo pausado. Mateo le agarró las caderas y la ayudó a moverse, mirando cómo sus pechos subían y bajaban con cada movimiento.
Ella aceleró, cabalgándolo con fuerza, y Mateo le acarició el clítoris con el pulgar al mismo tiempo. La combinación la llevó rápidamente al borde, y Lucía gritó cuando el orgasmo la sacudió, contrayéndose sobre él una vez más. Mateo la giró entonces sobre la cama, colocándola boca abajo.
"Ahora yo mando", susurró él, levantándole las caderas y penetrándola desde atrás con una embestida profunda. Lucía gimió contra la almohada, agarrando las sábanas con ambas manos. Mateo la folló así, con movimientos largos y potentes, dándole una palmada suave en el culo de vez en cuando. "¿Te gusta así?", preguntó. "¡Sí, sí, no pares!", gritó ella.
Él cambió de postura y la puso de lado, con una pierna levantada sobre su hombro, para entrar todavía más profundo. Lucía sentía cada centímetro de su polla dentro de ella, y cada embestida le arrancaba un gemido nuevo. Sus cuerpos estaban empapados de sudor, y las sábanas se habían arrugado por completo bajo ellos.
"Mateo, me voy otra vez", advirtió Lucía, con la voz temblorosa. Él aumentó el ritmo, embistiéndola con fuerza hasta que ella se corrió gritando su nombre, con el cuerpo entero temblando. Mateo no tardó en seguirla: con tres embestidas finales y profundas, se corrió dentro de ella, quedándose abrazado a su espalda.
Después, se quedaron tumbados en silencio, respirando despacio, con las piernas entrelazadas. Lucía apoyó la cabeza en su pecho y escuchó su corazón, que poco a poco volvía a la normalidad. "¿Y ahora qué?", preguntó ella en voz baja. Mateo le acarició el pelo. "Ahora dormimos, y mañana discutimos la campaña otra vez".
Lucía rio y lo besó en el pecho. "Mañana te gano la discusión, Mateo". Él sonrió en la oscuridad de la habitación. "Mañana lo intentas, Lucía", dijo, atrayéndola más cerca, "pero esta noche ya sabes quién manda".
A la mañana siguiente, Lucía despertó con el brazo de Mateo cruzado sobre su cintura y el pelo revuelto sobre la almohada. La habitación del hotel estaba en penumbra, y el teléfono de Mateo vibraba en la mesilla con mensajes del trabajo que ninguno de los dos tenía prisa por leer. Lucía sonrió y le besó el hombro despacio, y Mateo abrió los ojos y la atrajo hacia él sin decir una palabra.
«Buenos días, jefa de la discusión», murmuró Mateo, besándole el cuello mientras sus manos bajaban por su espalda desnuda. Lucía rio y se giró hacia él, buscando sus labios con calma, sin la urgencia de la noche anterior. Sus besos fueron lentos al principio, y luego más profundos, mientras Mateo acariciaba sus pechos con una mano y su cintura con la otra.
«A la ducha», dijo Lucía, tirando de él hacia el baño. Bajo el agua caliente, se enjabonaron mutuamente con las manos, recorriendo cada centímetro de piel con una lentitud deliciosa. Mateo la besó bajo el chorro de agua, y Lucía sintió su polla dura presionando contra su vientre mientras el vapor llenaba el baño.
Lucía se arrodilló en la ducha y tomó su polla en la boca, lamiendo la punta con la lengua y luego metiéndosela entera, moviendo la cabeza con ritmo constante mientras el agua caía sobre su espalda. Mateo gimió y apoyó una mano en la pared de azulejos, mirándola con los ojos entrecerrados. «Lucía, así me vuelves loco», murmuró, y ella sonrió sin soltarlo.
Después, Mateo la levantó y la giró contra la pared, levantándole una pierna y penetrándola despacio, con embestidas profundas que hacían que el agua salpicara a su alrededor. Lucía gimió contra su hombro, agarrándose a su cuello con fuerza, y movió las caderas al compás de cada embestida. El sonido del agua se mezclaba con sus gemidos en el baño pequeño.
«Más rápido», pidió Lucía, y Mateo obedeció, follándola con más fuerza contra los azulejos fríos. Ella sintió el placer crecer rápidamente, y cuando Mateo le acarició el clítoris con los dedos mojados, se corrió gritando su nombre, con las piernas temblando bajo el agua caliente. Mateo la siguió poco después, corriéndose dentro de ella con un gemido largo.
Se quedaron abrazados bajo la ducha, riendo, con el agua cayendo sobre ambos. «La campaña sigue sin resolverse», dijo Lucía, y Mateo la besó en la frente. «Pues que espere», respondió él. «Esta mañana es solo nuestra».
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